Corpúsculos de Krause
Leo y marco con resaltador amarillo: “Los corpúsculos de Krause son los encargados de registrar la sensación de frío que se produce cuando entramos en contacto con un cuerpo o un espacio que está a menor temperatura que nuestro cuerpo. Se encuentran en el tejido submucoso de la boca, la nariz, ojos, genitales, etc. Llevan este nombre en honor de su descubridor, el anatomista alemán Wilhelm Krause”. Apunto en lápiz, al margen: "Y yo que pensaba que no había nombre para eso que sentía cuando estábamos tan lejos, uno dentro del otro".
Los pies en la caja
Algo no encajaba en su vida; era como poner los pies en una caja de zapatos y querer caminar. Elsa, la de los pies en la caja, no sabía por qué desde hacía un tiempo las manos no le respondían. Por ejemplo, cuando quería escribir una carta, terminaba planchando una camisa o rompiendo un plato, o al intentar cebarse un mate lo que lograba era pintarse las uñas mejor que nunca. Ella creía que alguien había pinchado su foto y cuando especulaba acerca de quién podría querer hacerle tanto daño, también fracasaba: lo único que conseguía la pobre Elsa era dibujar una y otra vez una piedra cayendo, una mujer rodando, un hospital sin techo y unos ojos que la miraban y la miraban y la miraban hasta cerrárseles como un libro de magia negra.
Descarrilar o parecido
La última imagen que retiene el abuelo antes de morir es un improvisado florero con una rosa blanca. El viejo maquinista de Ferrocarriles Argentinos se va de este mundo convencido de que al cerrar sus ojos (lo más parecido a descarrilar) la flor se deshojará inevitablemente. Piensa que no puede haber imagen más triste para abandonar esta vida. Lo que nunca sabrá es que el médico de guardia que lo cree dormido aprovecha esa circunstancia para hurtar la rosa y regalársela a su amante; la misma enfermera que minutos después llorará sentidamente al abuelo y le dejará sobre el pecho un puñado de pétalos blancos. El humo que sale de la boca del muerto indica que al fin ha llegado a destino. Por eso los pañuelos, por eso los brazos que salen a recibirlo.
(Oh)róscopo
Sería un desperdicio, una equívoca señal del destino, no aprovechar la escena de la adolescente aplastada por el cuadro de un olvidado autor renacentista para tomarla, sin alterar la sanguinolenta escena, como modelo de una obra que la continúe en el más acá. Acaso esta bella naturaleza muerta sea la misma a la que sus astros le vaticinaban claras aptitudes para el arte; virtudes para dar el cuerpo como otras el pecho o el alma. Ahora, cual perra abandonada en busca del calor de la estufa, sabemos que su suerte estaba echada; desintegrada y todo, la otrora nínfula se nos apagó tan perfecta como la luna en el agua de Venecia.
El duelo
Para Zelmar las tardes de jueves son tardes de ajedrez. Una elección que, aunque no lo reconozca, se ve favorecida por su insobornable fobia social. Es simple: juega solo, gana o pierde solo y solo decide cuándo terminar una partida. Jamás aceptaría someterse a la tiranía de una mujer que avisa desde la cama que sus pies ya están fríos. Tantos años desdoblándose para vencer o evitar ser vencido, intentando a su vez aplicar con mayor o menor éxito los consejos de Sun Tzu, lo han llevado silenciosamente a un final inevitable. Tras un encarnizado duelo consigo mismo, esta tarde se ha prometido que no habrá capitulación posible: quien pierda deberá morir. No le tiembla el pulso saber que sea cual fuere el resultado encarnará a su propio verdugo. Como en sus sueños, el rey será depuesto a manos de una reina bipolar.
Fileteado
En la memoria uno siempre es otro. Y en el espejo, también. Se podría decir que al mirarse está llorando cuando en realidad llueve en sus quince o en sus treinta. Como ayer, como mañana, ahora una mujer se le desnuda entre ceja y ceja y el agua se viste con lo primero que encuentra. Cuando él cierra los ojos, ella se va como un peine. La cara que queda tiene el tajo del adiós.
Lo que pasa
La situación es más o menos así. Dos periodistas están hablando. Uno, parado. El otro, sentado. Detrás del que está de pie, en realidad detrás de una persiana americana, pasa a gran velocidad una sombra. El que está sentado se distrae por un momento, al punto de no escuchar lo que le está contando el otro. Apostaría que esa sombra que ve pasar es un cuerpo que cae. Es más, espera de un momento a otro escuchar el impacto contra uno de los balcones o directamente contra la playa de estacionamiento que está junto al edificio de la redacción. Al no escuchar ningún ruido suspira aliviado. Sin embargo tiene la certeza de que algo ha pasado. La noticia que no fue.
El reino
Camina hablando solo. Dice: “Los insectos son monoteístas”. La vecina de enfrente lo mira desconfiada. El cobrador del seguro lo esquiva por si acaso. Su madre la llama por su nombre y es su padre quien le avisa que la mesa está servida. El no escucha; sigue caminando y hablando. Solo. Únicamente se detiene en el jardín de al lado a dejar una pastilla blanca sobre el minúsculo agujero de un hormiguero. Al rato, irrumpe una larguísima hilera de hormigas cargando cientos de fragmentos de una hoja de mora. En cuclillas, él les habla con tono monocorde, casi marcial: “De ustedes será el reino y ese día yo voy a estar codo a codo con ustedes”. Un rubio que pasa en bicicleta lo escucha y se detiene a increparlo. El no entiende nada; apenas atina a defenderse de los golpes que el otro le propina con un libro grueso, de tapas negras. En medio del forcejeo, una hormiga roja grita furiosa y los dos se quedan petrificados, mirándola fijo. “Ustedes no entendieron nada, carajo”, les dice y ofendida vuelve al centro de la tierra. Avergonzados, cada uno se va por su lado. El rubio parte en su bicicleta, rezando para adentro. El que habla solo, se aleja con la boca cerrada, llena de preguntas. La comida ya se ha enfriado.
Un aire familiar
Por las noches, sólo por las noches, Icaro es el Jekyll de Emilio. Pero claro, serlo tiene sus costos. En principio, debió vender hasta lo último que tenía para comprarse un departamento de dos ambientes en un octavo piso, con balcón. Cualquiera hubiera pensado que a esa avidez por las alturas la impulsaba un natural instinto asesino. Nada más equivocado. Emilio se arrojaba una y otra vez al vacío para no pensar. Y cuando no pensaba le nacían generosas alas o algo parecido a ese imprescindible sostén. Lo que resulta un tanto difícil de explicar es que al despertar no fuera en la calle sino en el cuello de una mujer desconocida y por lo general hermosa. Sin alas ni colmillos, Emilio era un pájaro sentado; un tipo de lo más común, que gustaba pasar largas horas tomando mate en su balconcito mientras miraba pasar aviones a los que se sentía unido por un aire ciertamente familiar.
La paradoja de Andrés T.
Conoció el miedo exactamente a los cuatro años. Fue en el cine, viendo una en blanco y negro de la que ni recuerda el nombre. De lo único que se acuerda con precisión es que gritó a la par de esa mujer a la que apuñalaban por la espalda mientras se duchaba. Del susto, Andrés T. se quedó sin habla por unas cuantas horas. Eso se lo contó su madre y se lo recuerdan sus hermanos cada vez que lo quieren hacer enojar. La terapia que se autoimpuso -no ir al cine ni siquiera con sus novias- se extendió varios años. Apenas se permitía ver en la de tele películas de perros (sus preferidas) y siempre en su casa, rodeado de gente. Una vez superado el trauma (para lo cual reconoce no poder determinar una fecha exacta), Andrés T. ingresó a la Escuela de Cine, se recibió con honores, se casó con la actriz que protagonizó su primer corto y hoy todos sus films tienen una particularidad que a todas luces define su estilo: son de humor pero siempre mueren niños.
Sin solución de continuidad
“El amor es astringente”. Fue lo primero que se le ocurrió y lo último que le dijo antes de dejarla perpleja en medio de la estación. Ella no lloró ni le contestó. Sólo pensó en tirarse a las vías y ni siquiera eso le salió bien. Un ciego que buscaba su lazarillo la atropelló haciéndola caer donde ella hubiera querido caer. El tren aportó el resto. Todos, incluido el novio -o técnicamente el ex- alcanzaron a ver el trágico cuadro. El ciego, que frenó su marcha a escasos metros, escuchó el accidente sin asimilar su rol protagónico. Las miradas de los testigos se cruzaron y en ellas se podía leer: no le digamos que él es el culpable. Quien sí intuyó la gravedad del asunto fue su perro; el hasta entonces fugado apareció de improviso y en segundos lo sacó de allí. Como si nada, el ciego continuó con su trabajo: sacó la armónica, colocó su sombrero en el piso y tocó más inspirado que nunca esa melodía irlandesa inspirada en la historia de una mujer despechada que muere bajo las ruedas de un tren. Los aplausos y unas cuantas monedas le dibujaron una sonrisa más cínica que de costumbre. Años pasarán para que olvide su perfume; ese irrespirable aroma a limón que anida en su conciencia como una música insoportable.
Rita, la de Prokofiev
Un disco, cualquier disco, se puede romper. Está dentro de las posibilidades; por qué tendría que sorprender. ¿Pero justo tenía que ser “El amor por tres naranjas”, su ópera favorita, la de su venerado Prokofiev? Es cierto que no fue a propósito, que la siempre cuidadosa Rita estaba limpiando como todos los jueves y que por intentar colocarlo en su lugar se le resbaló de las manos. Le podría haber pasado a cualquiera. El, sin embargo, no tiene consuelo. Quiere gritarle, quiere insultarla, quiere echarla previo colgarse de su cuello hasta verla sangrar por la nariz pidiéndole perdón. Rita, por su parte, llora sin consuelo; no puede disimular que es consciente del error que cometió. Le dice a su patrón que no le pague el día, que va a ver si se lo consigue en una disquería del centro. Ya un poco más tranquilo, él le pide que se calme. “Ya encontrarás la forma de solucionarlo. Mientras tanto, abrime la ducha y desvestite. Voy enseguida”. Eso fue lo último que Rita le escuchó decir antes de partirle la cabeza con un florero. Quien la escucha ahora drenar de a poco su angustia es el temible comisario Persia. Algo tiene ella a su favor: de los rusos, a Persia lo conmueve mucho más Stravinski.
Del color del
La inscripción en la pared era borrosa, apenas se dejaba intuir un mierda en azul, pero no mucho más que eso. Otra palabra podía ser amor ya que terminaba en or y en estas pintadas lo que abunda no es la creatividad. No sé, lo cierto es que todos los días pasaba por ahí y me era inevitable tratar de completar lo que veía incompleto. Lo único que logré fue obsesionarme al punto de escribir a la vuelta del trabajo mil frases utilizando todas las combinaciones posibles. Hasta compré pintura, pincel, aguarrás. Estaba decidido a ir una madrugada a cerrar la puerta de ese estúpido misterio. El mismo día en que pensaba concretarlo, me encontré la pared en cuestión con un enorme cartel que promocionaba el champú que prometía dejarles a ellas el pelo del color del oro. “Una mierda de color”, pensé. En un segundo, la frase se me completó como por arte de magia. Esa noche volví a dormir.
Shhhhhhhh
Su madre es la misma mujer de “Silencio, hospital”; la del dedito pidiendo que no hagan ruido. Bueno, no es que sea la misma, aunque sí bastante parecida. O peor. Todo el tiempo lo hace callar porque, según dice, debe concentrarse y rezar. En esa casa no hay, nunca hubo, tevé, radio, discos, ni siquiera revistas. El tiene que cubrir esos vacíos leyendo a escondidas un libro prestado o haciendo crucigramas o intentando descifrar los enigmas del ajedrez. Hasta lleva un diario que empieza con “Mamá, te odio y quiero matarte” y termina con “¿Viste que podía?”. Cada noche antes de dormirse, ella va a su habitación a darle un beso en la frente y le repite con tono amenazante que no se olvide de rezar. El no alcanza a devolverle un “hasta mañana” porque ella ya le ha puesto el dedo sobre los labios. Cuando la puerta se cierra, se tapa la cara con la almohada y grita con todas sus fuerzas. Está seguro de que un día alguien lo escuchará. Su padre, que no salió a comprar cigarrillos pero jamás volvió, ni siquiera lo intentó.
Los bateristas son los mejores amigos
Y sí, es arbitrario, digamos caprichoso, sostener que los bateristas son los mejores amigos. Ni siquiera podría respaldar tal hipótesis desde lo personal; apenas conozco un par de guitarristas y un tipo que toca el saxo, pero bateristas sólo alguno de “hola, qué tal” y otros acaso de vista. Sospecho que tal teoría, por llamarle de alguna forma, se desprende de la certeza comprobable de que los bateristas no dejan una banda para aventurarse a ser solistas, la cara nueva en el póster de los cuartos adolescentes. Un baterista siempre será -o debería serlo- el que sostenga los cimientos de la canción, ese incansable obrero que no luce pero al que todos quisieran darle a construir su propia casa. De algo estoy seguro, los que odiamos el día del amigo, a propósito el veinte pensaremos en un baterista. Ellos no cometerán la torpeza de llamarnos y además nos honrarán con su mejor regalo: una música que trice las copas, que agite las sábanas y nos despierte del peor sueño.
Cuidado con
Las escaleras hablan. Lo supe al bajar. Lo comprobé al subir. Hablan y no con cualquiera. Mucho menos con ascensores o cortinas. A mí, por ejemplo, me contaron la historia de un fantasma que de día duerme en los floreros y de noche se acuesta con las mujeres casadas del edificio. Por lo cual deduzco que un fantasma no se diferencia demasiado de una escalera; ambos no son ni parecen.
Tío Aníbal
El cajón estaba vacío y aún así conservaba las formas del cuerpo, su perfume a tabaco rancio. Calculo que habrá estado en él apenas unas tres horas hasta que desapareció. Es extraño, en casa de tía Marta no éramos más de cinco personas. El resto de la familia y los amigos recién se estaban enterando de la muerte del tío Aníbal. Puede que su abrupta ausencia haya ocurrido cuando fuimos a la cocina a preparar un café y tomar un poco de aire. Sí, ahí debe haber sido. Admito que yo estaba en otra; mi prima Lucía se me insinuaba como en nuestra adolescencia y esta vez su vestido negro, excesivamente escotado, impedía que me concentrara en otra cosa. Es cierto que por una deuda de juego al tío se la tenían jurada, pero de ahí a llevarse su cuerpo era como mucho. Fue Carlitos, mi primo menor, el que se dio cuenta de que el tío no estaba. Me lo dijo al oído e inmediatamente tratamos de distraer a tía Marta. Mientras, pensábamos cómo se lo decíamos o si era conveniente llamar a la policía. La mantuvimos alejada del ataúd todo lo que pudimos hasta que, con la mirada perdida en el pocillo de café, nos lanzó sorpresivamente: “No hace falta que digan nada. Yo sé que se fue. Siempre fue un tipo raro, un jodido. Ni muerto iba a pasar la noche en casa”. Sin saber qué responderle, sólo atinamos a mirarnos cómplices y a esperar alguna señal del tío Aníbal. De un momento a otro llegarían sus viejos compañeros del circo.
Felinesca
Alguna vez Aldo Lisboa me explicó que el signo de preguntas deviene de un jeroglífico egipcio que significa algo así como “un gato yéndose”. "El signo -siguió explicándome como a un niño- vendría a ser la cola del felino". Pienso en eso mientras ella guarda el dinero y al irse me besa fríamente en la frente. Vestida es una respuesta.
Más gente muere en invierno
Lo leyó por ahí. Hasta lo escuchó en la radio. Todos los días se lo repite Rosario, su vecina de enfrente: “En invierno muere más gente”. Una frase que siente entrar violentamente en su cuerpo como el frío debajo de la puerta. A sus 78, Manuel es lo suficientemente hipocondríaco como para que eso que escucha le provoque un temor que lo lleva a encerrarse, a evitar cruzarse a tomar unos mates, a rechazar la invitación de sus hijos para ir a almorzar o ver a los nietos. El cree que así aleja esa suerte de maleficio; le echa llave a la posibilidad de que la parca se meta a su dormitorio camuflada en una perturbadora enfermera rubia. De alguna manera decide vivir tres meses como un preso, por eso anota en un papel los días que lleva recluido (sobrevive a duras penas con los alimentos que guarda en su despensa; siempre fue un tipo previsor). Recién a principios de octubre se permite darse “el alta” de su ostracismo; retomar una vida normal que debería incluir desde contactos familiares hasta jugar a las bochas en el club. Un modesto plan que no llega a prosperar por un artero ataque al corazón en plena calle. Sin embargo, todos los testigos coinciden en algo: Manuel ha caído sobre el asfalto con la sonrisa de los que mueren en primavera.
Castillo fue
Deja correr el agua un buen rato. Siempre lo hace, mientras fuma o se afeita. Esta vez, en un gesto automático, acerca el jabón a su nariz y aspira un perfume reconocible que en un inesperado cross lo devuelve a otro tiempo, a otro lugar. Cree haber abierto una puerta a aquellos días en el Valparaíso de los ‘80, donde él escribía y ella juntaba caracoles en un bolso rojo. Donde ella leía revistas de decoración y él se dejaba ir en un barco que pasaba a lo lejos. La vida en esos momentos tenía la perfección de las postales. Hasta que llega ese día en que los barcos se hunden ante la complicidad de un faro que baja la vista y lo que era castillo no es más que arena... El agua se enfría de golpe y lo saca violentamente del letargo; vuelve a ser un hombre desnudo con un jabón como inasible oráculo. Ahora se siente triste y estúpido. Por suerte, la ducha se lleva rápidamente esas vergonzantes lágrimas. En las cañerías quedan aullando los lobos de aquel amor.
Plano secuencia
Cuando lo conoció a Guevara, todavía tenía bigote, por eso le sorprendió verlo afeitado y con la cabeza totalmente rapada. Estaba tirado en la vereda de su casa con dos disparos en el corazón (lo que hasta hace media hora fuera una remera blanca ahora era una sola mancha de sangre). Al principio le dio un poco de impresión; le tenía cierto afecto al viejo y si bien no eran amigos solían cruzar comentarios de fútbol y no pocas veces de política. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue que en su puño tenía aferrado un rosario de madera. Si de algo estaba seguro es que Guevara no era un fervoroso creyente. Mientras la policía seguía los pasos de rigor en un homicidio, llegó una mujer que no había visto en su vida. Traía una biblia y la mirada extraviada. Se presentó como una amiga del muerto y llorando con cierta teatralidad pidió que le dejaran leerle en silencio una plegaria. Cuando terminó, ante el asombro de peritos, agentes y curiosos, la mujer sacó algo de su cartera y se disparó un tiro en la cabeza. La inmediata llegada de la hija de Guevara amplió aún más el desconcierto. “Sabía que esto iba a pasar –dijo imperturbable- pero él se negó a escucharme”. Después pidió un cigarrillo, se sentó en un cantero cercano y llamó a su madre. En el bolsillo de su padre sonó la música del celular. Recién entonces lloró.
Otras ellas
Son imprescindibles aunque no se las tenga en cuenta para pintar una naturaleza muerta o confiarles un secreto. Más de un vidrio ha seguido en su lugar gracias a ellas y hasta ciertos libros volvieron a casa debido a su sagaz gestión. Se podría probar científicamente que tienen un sentido extra para auscultar el fuego donde aún circula el agua. No las intimida el humo negro que despide una discusión de A y B ni la ropa interior que demarca el territorio ajeno. Son la jaula abierta, el pájaro cerrado al que todos quieren derrumbar para acariciarlo. Caerá la Torre de Pisa y ellas seguirán aquí, firmes, impredecibles como una mancha de humedad.
¿De qué se ríe?
Me pregunta si a veces sueño en colores. Le digo claro que sí, y le cuento el de anoche. Diez minutos después termino mi relato y ella me mira molesta y me dice “¿y eso qué tiene de color?”. Ahí es cuando me despierto (yo estoy de negro y ella tan blanca que no resisto y la escribo hasta colmarle de tinta el ombligo). Entonces es ella la que despierta con la lengua roja y me confiesa “soñé que te comía el corazón”. Y se echa a reír. A mí me duele.
El amigo de la doctora Fligg
De los elefantes que pintan, el preferido de la doctora Jennifer Fligg es Mamadou, el senegalés. Según ella, su estilo es lo más parecido al impresionismo; algo que podría deberse a su carácter naturalmente introspectivo, su extraña capacidad para observar lo que está oculto detrás de lo que la mayoría cree ver. Una vez terminada su faena diaria (una obra le puede llevar hasta dos jornadas), Mamadou va en busca de su recompensa: un buen trozo de caña de azúcar y unos cuantos litros de agua. Ya satisfecho, junto a la doctora Fligg vuelven caminando a la ciudad. Mientras, el sol se pone en cámara lenta, esperanzado de que Mamadou vea en él el cuadro de mañana.
Mancha venenosa
El pecado de manchar el mantel. De hacerlo con el vino más barato, ese que te deja un agujero en el estómago por el cual podría saltar sin dificultad un delfín. Y tu transparente enojo como la mejor excusa para no hablarme en toda la tarde. Un domingo cualquiera, después de todo. Rápido de reflejos acepto esa contraseña y me dedico con pasión a cultivar el rencor en mi jardín mental (allí mis cactus, su flor innombrable, los caracoles besando el vidrio). Después, lo de siempre, la mesa vacía, los vasos sucios, los platos rotos, y la tele que pide una tregua con su absurdo lenguaje de señas. Nos salva (eso creemos los dos) intuir que alguien más bipolar que nosotros es el que nos escribe o nos pinta a su antojo y que basta que deje de hacerlo para que volvamos al beso en la puerta y nuestro amor permanezca intacto. Dos manchas en el mantel.
S.M.S.: Q.P.D.
Frena su 307 a la orilla del parquecito. Se baja con dificultad y sin sacarse los lentes oscuros mira para todos lados. A lo lejos divisa a dos chicos en bicicleta. Un perro amaga a acercarse pero cambia de planes y, respondiendo al grito de su dueña, corre hacia la otra punta. El hombre busca el primer árbol que encuentra y en segundos libera horas de líquido y esperas. Con un alivio que le dibuja una leve sonrisa de satisfacción, vuelve al auto y le escribe un mensaje de texto: “En cinco paso a buscarte. Ponete el vestido rojo. Besos”. Enciende la radio, busca algo de música, prende un cigarrillo. Arranca. Al llegar a la esquina se le cae el cigarrillo bajo el asiento, hace una extraña pirueta para alcanzarlo y cuando intenta reaccionar ya es demasiado tarde. Un camión en contramano lo deja reducido a un túmulo de huesos, carne y latas retorcidas. Una hora después, apenas resignada, ella cuelga prolijamente el vestido rojo y empieza a sacarse el maquillaje. Mirándose en el espejo, se dice convencida: “Apostaría a que fue ella. No hay dudas, otra vez fue ella”.
Azul vuelve a casa
Cuando salió a trabajar, bien temprano, lo encontró paradito ahí en la puerta. Alguien lo había dejado atado a la reja. Al mirarlo a los ojos, el unicornio bajó la vista, avergonzado. El, trató de controlar la emoción y la bronca por los nervios acumulados y sólo atinó a decirle: “Que sea la última vez”. En agradecimiento, Azul corrió a la esquina a buscarle el diario sabiendo que esta vez la única buena noticia era él.
El nudista serial
No tiene método ni horario determinado para sus estudiadas apariciones. Lo único que suele repetir son algunos lugares para mostrar lo que él, según reconoció a su abogado, considera un verdadero arte. Algunos especulan que todo comenzó en la facultad con sus estudios de la representación del cuerpo humano. Otros aseguran que de niño fue víctima de un tío abusador. Para su madre se trata de algo mucho más simple, nada vinculado con seudo teorías psicológicas. De chico, recuerda ella, la ropa le producía un molesto sarpullido y él no duraba ni diez minutos vestido. Con el tiempo, la solución se transformó en costumbre y la costumbre en exhibicionismo. Al menos, consuelo pueril, pudo pagar las incontables fianzas con su modesto trabajo de modelo vivo para un puñado de pintores de escaso talento. Y aunque llegó a tener un papel secundario en una famosa película porno de los ‘80, para él no hay nada que se compare a desnudarse en la calle. Ni siquiera esas miradas que dicen más de lo que ven.
Fidelidad
Su perro la saca a pasear. La lleva al bosque de su infancia, la sube al árbol de siempre. Le presta su mejor ladrido de fiesta para después atarla a la rama más débil de un plátano. La mujer grita (no se le entiende qué grita). Tiene un hueso en la boca y una boca en el grito. Lo llama por su nombre pero él ya no la escucha (está en casa orinando sobre el falso Monet). Ella sí puede oírlo a la distancia ladrar de excitación como un castrato. Será recién a la hora del hambre cuando él decida regresar por ese cuerpo todo cadenas y sentirse como más le gusta: la presa persiguiendo al cazador.
El pez de Li Po
Mi psicólogo también es escritor y es el escritor quien dice -tipea en realidad- que escribir un haiku en cualquier momento del día lo salva. Y a mí, que frente a sus propios ojos me alejo cada vez más de la costa, ¿quién me tira una soga, una cuerda de guitarra? ¿Quién me lee su infalible tanka para salir a flote como el visionario pez de Li Po?
Un dogma intocable
Cuando volvió en sí lo único que vio fue un pedazo rectangular de lata. Lo que olió le pareció nafta, tierra humeda, grasa tal vez. No sabía dónde estaba y un insoportable dolor de cabeza le impedía pensar con claridad. Una voz gruesa, imperativa, le ordenó salir de ahí. “Bajá, ¿o querés que te baje en brazos?”, insistió irritado. Sólo cuando pudo aclarar la vista cayó en la cuenta de que estaba en el baúl de un auto. Aturdido y todo, alcanzó a preguntar “¿quién sos; qué querés?”. El tipo con físico y modales de patovica, lo miró de mala gana y mientras se prendía un cigarrillo negro, le marcó la cancha: “Primero, las preguntas las hago yo y segundo, no te hagás el pelotudo”. El curita, que no tendría más de 25 años y un rosario de sudor surcándole la frente, no podía salir de su estado de conmoción. Impaciente por terminar su trabajo, el oso humano no esperó una nueva pregunta del aterrado hijo del Señor y con todo el odio que logró juntar le aclaró la duda: “¡Hijo de puta, le volvés a tocar un pelo a mi hermana y te mando con un tiro en la frente allá arriba a ver a tu jefe! ¿Te quedó clarito?”.
Así de frágil
La gorda lo amó hasta desinflarse, hasta quedarle la voz como un imperceptible hilo de agua. Por él dejó todo: casa, madre, perro, estudio, comida. Por él hizo lo que nunca hizo. Estudió chino mandarín. Diseñó joyas. Quemó una bandera. Oró por las madres que alquilan su vientre. Contó piedras en Lanzarote. Bocetó giocondas en cada sábana donde se acostaron. La gorda no mezquinó energías para ofrendarle su amor. Lo dio todo y él, a su modo, también. Antes de olvidarla definitivamente, la pintó como la bailarina de cristal que no era.
Petit orsai
Diez por lado en los Campos Elíseos. Libros y discos de vinilo para improvisar arcos y áreas de exclusión. Cinco ciegos para el equipo de los turistas, cinco strippers para el de los patafísicos locales. El filósofo estructuralista con el silbato y la última palabra. Directores técnicos: un alfarero polaco, un dermatólogo chino. La contienda dura lo que dura el laberinto. Hacia adentro o hacia fuera, uno a uno se pierden los jugadores y el único gol llega a destiempo a causa de una sutil digresión climática: una lluvia de haikus que deja al hincha sordomudo con la boca abierta como un túnel.
Teatro aéreo
Pasó buena parte de su vida buscando una vocación, la señal de que algún sentido debía tener llegar, pasar, partir. La encontró en el lugar menos indicado: un baño. Sentada, algo borracha y con un cigarrillo colgándole como un collar prestado, leyó un teléfono en la pared, medio perdido entre cientos de graffitis escatológicos y crípticas declaraciones de amor. (Repasemos: ella en el baño, el baño en una sala de teatro under y el teatro en una calle a la vuelta de su casa). Grabó en su celular el número leído y al otro día, ya con la lucidez recuperada, se decidió a llamar impulsada más por curiosidad que por la intuición de encontrar al fin la sortija esquiva. Después de las presentaciones de rigor, alguien la invitó “sin compromiso” a ver un ensayo y, si le gustaba, sumarse en la próxima. Bastó ver una pareja simulando volar abrazados para saber que eso, a lo que aún no sabía darle un nombre, era lo suyo. Lo del vértigo, en todo caso, sería un tema a resolver en otro momento. Mientras tanto, se apuró a dejar sus datos y volvió a la calle con un entusiasmo desconocido. Se diría que flotaba.
Extraescolar
El alma, le explico a mi hija de cinco años, es como esa bolsa que vimos pasar arrastrada por el viento. Aunque también, le aclaro, podría ser lo que está dentro de ese árbol al que acaban de talar en el jardín de enfrente. ¿O sea -me dice ella- que puede ser cualquier cosa? Claro, por ejemplo la mirada de tu gata, improviso. Cuando espero que agregue otro comentario, opta por atrapar por sorpresa a su mascota y mirarla fijo a los ojos. Tenés razón, me dice y corre a jugar con esa virgen tallada que alguna vez confundí con una muñeca demasiado solemne.
En cadena
La charla transcurre en la escalera mecánica. Una mujer le informa a otra que hay una liquidación de zapatos en un local de una famosa firma de Miami. La otra, agradecida, la saluda con un beso en el aire y corre a aprovechar la oferta. En media hora será ella quien repita el santo y seña y esta vez recomiende a otra un perfume imperdible. De esta manera, la cadena no se interrumpe a lo largo de todo el día; siempre en uno u otro escalón de la escalera, nunca en tierra firme. Desde una mesa de café, el sociólogo ad hoc apunta en su netbook de segunda mano: “A la hora de comprar (lo que sea), el instinto y timing femeninos superan largamente a la más efectiva campaña de marketing. Se podría decir que en ellas el consumo es intrínseco a su instinto; suerte de olfato que envidian -en vergonzante secreto- publicitarios, periodistas y, por qué no, maridos celosos. Lo de la escalera, en cambio, debe interpretarse como una licencia poética o una consecuencia aún no probada del estrés postraumático”.
Letras de molde
De las que se fueron de este mundo metiendo su cabeza en un horno de cocina, sin dudarlo me quedo con Teresa Mouriño. Poeta inédita hasta apenas 24 horas después de su muerte, esta portuguesa de 23 años escribió 14 versos por día durante sus últimos cinco años de vida. Una cuenta rápida arrojaría poco más de 25 mil. Debido a lo ilegible de su letra alcanzaron a salvarse escasos 128, de los cuales 73 estaban en un idioma que nadie logró identificar (es probable que se tratara de un dialecto inventado en su adolescencia), 5 con errores ortográficos que hubieran dejado para la posteridad una triste imagen de la malograda Teresa, y 49 sospechosamente parecidos a los distintos heterónimos de Pessoa. Finalmente, tras un denodado trabajo de filólogos y amigos bienintencionados, sólo un poema logró sortear el maleficio y alcanzar letras de molde. A su madre debe reconocérsele la brillante idea de incorporarlo como epitafio en esa exquisita lápida que reproduce un libro abierto.
37 de marzo
Sólo yo sé qué pasó ese día. Podría contarlo con palabras o con los dedos. ¿Para qué? ¿Para que me diga que otra vez miento, que no nevó en enero, que fue un pájaro y no un gato eso que no vimos en la ventana? Ese día es sólo mío. Como suyo el espejo en su cara.
Satie y vos
Quería contar la historia de los veinte trajes verdes de Satie y en el camino, vaya a saber por qué catzo, me acordé cómo te conocí. Eso no significa que quiera contarlo aquí y ahora. Aunque una cosa no tenga que ver con la otra, a ambas las une un misterioso paso de cebra. Satie y vos son como los dos lados de la cama: tan iguales como distintos. Cómo quisiera haber aprendido piano para tocar la mejor gymnopédie. O simplemente para tocarte y dar la nota. Debo resignarme; él murió, yo nunca puse las manos sobre un piano y vos te volvés a poner aquel vestido verde para esa foto donde, maldita sea, no estoy.
Habrase visto
Los carteros ya no son lo que eran. Te tiran las cartas por la ventana, te leen el futuro en la boleta del gas. No son lo que eran. Mi madre lo dice mejor y más claro: un cartero en moto no es un cartero. Será un empleado más veloz, pero no un cartero. Por eso los perros de hoy eligen ladrarles a las mujeres de Cáritas y los solitarios chatear con prostitutas universitarias. Los carteros no son, eran.
La vida misma
Y así como los caminos son los únicos que no se detienen. Y los autos se suicidan con sus cadáveres dentro. Y los trenes venden humo haciéndonos creer que llegaremos. Así nos dejamos ir en un charco de tinta que, vaya milagro, confunde de tan blanca y pegajosa.
Ley de educación
A la salida del colegio, mientras hacen tiempo, la maestra le pregunta “¿Cuál es tu dinosaurio favorito?” El niño se queda en blanco. En busca de auxilio, mira a su mamá que acaba de llegar y alcanzó a escuchar lo que dijo la mujer. Para salir del paso, la madre hace como que contesta un mensaje de texto. Sin nadie a quien recurrir, el pequeño se apura a contestar lo primero que le viene en mente. El ejemplar inventado, que termina en rex o algo así, desubica a la directora, a tal punto que para no pasar vergüenza le dice con su mejor sonrisa: “Mirá vos, el mismo que me gusta a mí”.
Otro relato genealógico
A primera vista parecía el cuerpo de un hombre muerto dando la espalda. Luego su forma se le reveló completa; se trataba de un tronco seco, tal vez caído en una fuerte y no muy lejana tormenta. De cerca, la impresión fue distinta, mucho peor: el tronco sangraba copiosamente. Se quedó estupefacta, parada sobre un charco que no dejaba de extenderse en la hierba hasta multiplicarse en una suerte de laberinto de venas abiertas. Lentamente, la vista se le fue nublando hasta que el paisaje se diluyó por completo. Cuando volvió en sí, sus piernas eran dos raíces arraigadas en lo más profundo de la tierra y sus brazos, ramas enormes donde los pájaros se guarecían de la repentina lluvia. El hachazo le llegó a destiempo pero la devolvió entera. Despertó en su cama, rodeada de hojas y con la boca llena de tierra. Con rencor, maldijo a su abuela por tantos Había una vez.
La pregunta esquimal
Suena el teléfono. Del otro lado, un esquimal. “¿Alguien dejó abierta la puerta de la heladera?”, pregunta en un dudoso inglés. Como me toma de sorpresa, voy rápidamente a fijarme. Cándido le respondo que no, que está bien cerrada. “Ah, perdón”, dice y sin más, corta. Cuando reacciono, es tarde. La cerveza en mi mano ya está caliente.
Arriba pasan cosas
A Luk, el ufólogo, Jam lo conoció en un viaje de exploración al Uritorco. Año ‘79, ‘80. Ambos llegaron con el mismo libro en sus mochilas, lo que más tarde sería interpretado por los dos como una primera señal. Si bien no hubo atracción inmediata, al segundo día no paraban de hablar de avistamientos, discos de Bowie, películas de ciencia ficción y de por qué allá arriba pasan cosas. Sin embargo, la hora de regresar llegó más rápido de lo que hubieran querido. Esa noche compartieron carpa, cama y porros. Y donde no deberían haberse visto resplandores, el cielo de sus dos metros cuadrados se iluminó como los ojos de una parturienta. Cuando volvieron en sí, no encontraron respuesta científica para tal fenómeno. Fue más fácil, más práctico, pensar que finalmente habían logrado el milagro de abducirse el uno al otro.
La fe mueve
Se enciende la luz en una habitación de Lima. Una estrella fugaz cae sobre Valparaíso. La puerta de un ascensor se atranca con el fagot de un libanés. Una faca atraviesa el cuello de un preso en Lisboa. Dos mujeres de Andalucía mueren atropelladas. Y arriba de mi mujer con talle de reloj arena* estoy yo. Esta noche todo tiene que ver con todo. Esta noche las horas caben en una botella. Por eso el espejo nos habla sucio y con la boca llena. (*Breton)
Piedra, no camino
Si tenés una piedra energética en tu mesa de luz ya estás en problemas. Pregunto: ¿Nunca leíste a Ramponi? ¿No escuchaste eso de “era una piedra en el agua, seca por dentro"? ¿Qué tengo que hacer para que te des cuenta de que la energía es otra cosa? No es lo que hace girar los molinos como una ruleta fuera de foco ni tampoco los aullidos que promete la pastillita azul; es ese capitán Ahab que tenés al mando de tu cabeza, un indomable moby dick de sangre que te hace bailar el corazón como un títere pasado de éxtasis.
Dejar para mañana
Anoto: "Escribir la carta que la hermana Irma nunca le escribió a Dumier-Smith, el falso profesor de arte de Salinger". Algún día, tal vez el perfecto para atrapar al pez banana, lo haga con el grado de pasión que hoy carezco. Mientras tanto, rezo porque nadie esté escribiendo ese cuento igualmente apócrifo.
Un cigarro para la Sontag
Su mano es una planta carnívora que se cierra a deshoras en un gesto tenso, casi de nouvelle vague. Con esfuerzo atrapa el humo, ese pérfido pájaro de aire que le delata los labios heridos, la lengua como una cama deshecha. Hay fuego en su última sábana de hospital. Cenizas quedan.
Puede fallar
Como los tobas, Miguel R. lee el futuro en los sueños. Por eso, como sabe que un domingo de estos morirá al volante, decide no salir más a la calle. Se convence de que no debe ser muy complicado sobrevivir en el autoexilio. Por teléfono pide comida, cigarrillos, el diario. Los impuestos y la tarjeta los paga por Internet. Trabajo no tiene: lo echaron y no quiere recordar por qué. Con su novia, becada en Italia desde hace dos meses, se chatea sin siquiera mencionarle su inminente final. A su madre la llama al menos tres veces por día, algo que a ella no le llama la atención; su hijo siempre dio con el perfil del edípico irredimible. Un solo detalle no ha previsto Miguel R.: nunca aprendió a manejar.
Segundos afuera
Lisa, casi agua o celofán, al primer round del amor deviene cactus, nena coyote que va del techo a la sed trepada en la liana de su corpiño. Aun así, bestia herida en su propio juego, se repliega a su guarida llevándose en la piel mis espinas rotas. Uñas de la carne compartida. En su boca, el jugo de mi corazón.
Su propio anzuelo
Fueron a pescar sin caña. No era la primera vez que lo hacían de esa forma. En cada ocasión el método se repetía sin variar el más mínimo detalle: sentarse a la orilla, los pies en el agua, y lo más importante: mirar profundo hacia un punto equis. Al cabo de un rato, como eyectados por la mano humana, peces de los más variados tamaños y colores saltaban fuera del agua. La parábola, casi el vuelo, concluía en una serie de canastas ubicadas una al lado de la otra a lo largo de unos quince o veinte metros. Dos horas después, a veces el padre, otras el hijo, emitía la primera y única palabra de la tarde para decir “vamos”, tras lo cual recogían lo (no) pescado y lo cargaban en la camioneta. Claramente satisfechos, regresaban a casa disimulando el silencio con la música de la radio. Cuando el secreto dejó de serlo, de un día para otro la exigua laguna se llenó de principiantes como así también de expertos en busca de nuevas experiencias. Fue en vano. Un fracaso total. Apenas lo vieron aparecer fue demasiado tarde para pensar o escapar. "Mordieron su propio anzuelo", fue lo único que se le escuchó decir al más viejo cuando leyó en el diario lo del tiburón.
La misión
Amanece en Ucrania. Ana y yo tomamos el café helado porque hoy tampoco hay gas y afuera sigue nevando. Los dientes nos castañean y si bien es cierto que con guantes se hace muy complicado escribir no nos queda otra que terminar lo que empezamos. A cuatro manos seguimos dándole forma a la Biblia de Palíndromos. Nos quedan apenas quince páginas para cumplir la misión. Si pudimos con el Atlas de los Anagramas no veo por qué no podremos lograr otra vez el objetivo. Por eso nos gusta pensar que somos un auténtico par de deportistas de la palabra, un dúo que se niega a sonar en estéreo. De a ratos solemos miramos para darnos aliento. Lo hacemos en silencio, sobreentendiendo lo que ya sabemos. “Peor sería trabajar”, leo sin esfuerzo en los ojos de Ana, que ahora prefiere perderse en una bufanda hasta el próximo capítulo.
Hacer pie
El buzo se ha subido al caballo sin ayuda. Lo supongo. En la foto que yo vi ya estaba montándolo. No se sabe si acaba de salir del agua o si va en busca de ella. La gente lo ve pasar por la calle principal del pueblo como a un cowboy extraterrestre. Dudan si reír o aplaudir su paso de héroe impostor que regresa a casa. En los cafés se preguntan que lo trae por aquí si no hay agua; nunca la hubo. El buzo no se da por aludido. Mira a los costados, se pasa la lengua por los labios resecos y cuando al fin divisa un bar se baja con movimientos torpes. Caminando algo incómodo entre los parroquianos llega hasta la barra para pedir un whisky con mucho hielo. Y otro. Y otros cinco más. Cuando el techo ya no es más el techo, siente que el mar está ahí nomás. Tan cerca que no lo duda y se tira. Mientras todos ríen, su caballo hace lo de siempre: lo sacude hasta volverlo en sí y lo arrastra hasta la calle. Juntos esperan que caiga la noche. Mañana lloverá, se dice antes de quedarse otra vez sin oxígeno.
Vamos a un corte
Por no querer subir a la montaña rusa. Por eso la dejé. Tan simple como eso. “Pedime que te encuentre el Santo Grial, que no me pierda en un shopping, que me guste el vino caliente, pero por favor no me pidás que suba con vos”. Eso le tendría que haber dicho y no, hice la más fácil. La dejé llorando en medio del parque, mientras todos nos miraban como si fuéramos dos fenómenos de circo. Ellas me lanzaban miradas de odio; ellos también. Uno incluso se acercó con la clara intención de pegarme una piña y un providencial corte de luz me salvó el pellejo. En un segundo el parque quedó negro como la lengua del Marqués de Sade. Al volver la luz yo ya estaba muy lejos de allí, jugando al pocker con un puñado de extraños. A mi chica tampoco le fue tan mal. Conmovidas por su llanto, unas veinte almas caritativas se ofrecieron, por turno, a subir con ella a la maldita montaña rusa. Una hora después su cabeza era un tiovivo desmadrado. Tan mareada estaba que se había olvidado de todo. Hasta de mí.
Malaya
Todas mis novelas empiezan con una foto, hasta que llega el viento con su pico y pala y vuelta a empezar. Algo que en verdad nunca me pasó con un soneto o un palíndromo. Pienso en Jorge Luis y ahí sí, la foto indefectiblemente se me vela.
Ni para el té
El barco se estacionó en la puerta. Se enteró de casualidad porque los vecinos corrieron a avisarle, alterados por los bocinazos del Capitán. De mala gana preparó la valija. Dos camisas, tres pantalones, un par de medias y otro de calzoncillos. Los zapatos negros. Como todos los lunes, no llovía ni para el té. Los sapos hacían lo de rutina: karaoke de sí mismos. Después besó uno por uno a sus siete hijos y al número cinco le dejó un billete de cien pesos debajo de la almohada. Bebió un café a las apuradas, higienizó su dentadura y por último abrazó a su mujer con la sumisión de los castos. Salió a la calle. Una vez más el barco había partido sin él. Resignado, subió al primer camello que pasaba. A mano llevaba su paf para el oído y un libro en blanco por si despertaba.
Un villancico para Nostradamus
Se lo dije. Se-lo-di-je. Dos veces se lo dije. “Lucy, yo no sé un carajo de electricidad. Sabés que soy un desastre con las manos. Después no digás que no te avisé”, le advertí clarito. “Dale, no es más que unir dos cables y listo. No hay que ir al Balseiro para saber eso”, retrucó irónica para meterme presión. Más cansado que convencido acepté unir el bendito par de cables como reclamaba mi pitonisa de cabecera. El resultado fue el esperable: se cumplió el vaticinio de este modesto Nostradamus de bermudas y ojotas. Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Casi una estrella fugaz bajo techo. Cuando vio el arbolito de Navidad completamente quemado, sus flamantes borlas doradas y rojas derretidas como una vela, lloró primero y después me insultó de una manera tan extraña que a mí me pareció escucharla rapear un villancico. Se lo dije. Dos veces se lo dije. Para qué. Esa noche en casa no hubo pirotecnia. Salvo la verbal, claro.
Bajo perfil bajo
Abre la puerta. En lugar de salir él, entra la calle. Un taxi lo para. Una hamburguesa lo saborea. Las sábanas lo acuestan. Un niño lo sueña. Esa mujer lo ama. La puerta lo cierra.
Caracoles muertos
Escribe desde la cárcel. Elije la radio porque escuchar todos los días el mismo programa es lo más parecido a abrirse una ventana. No es la primera vez que manda unas líneas para después escucharlas en esa voz que logra el milagro de acallar a la de su diablo guardián. Generalmente lo hace para contar que se siente solo, que extraña a su chica y a los pibes del barrio. Que ahí adentro sólo piensa en afuera. O que los días pasan como caracoles muertos. Hoy, sin embargo, escribió unas pocas palabras. Lo que perturba, lo que es complicado e incómodo de leer es esa parte donde la letra de pronto se torna temblorosa para decir “hasta acá llego”. El que lee se frena con el punto final del preso y pide, casi exige al operador, una bocanada de música; agua virtual para salir del paso y del aire. Se escucha Kafkanueces, la cumbia electrónica del momento. Para los que creen haber oído una suerte de despedida, esta música les suena más triste que un documental de botellas al mar varadas en la arena. Y con caracoles muertos.
Sinapsis
La radio anestesiada en un gol de mujer, la huella del cilantro dejándose estar en la casa prestada, el abuelo silbando una en 78 rpm, el perramus colgado como un cartel de Pepsi, ginseng versus desmemoria, la primera bic y el último post, aquel primer crujido del cuerpo, este cigarrillo sin fuego, aquella ceniza, sus iniciales en madera balsa, la aguja y la herida. La belleza como hilo conductor.
Antes, la naranja
“Lo que en la nieve crece a la larga deviene agua negra. Pozo con hambre. No hay luna que disimule esa boca abierta, esa lengua de escalera hacia adentro”. Dejó escrito en una servilleta Aldo Lisboa antes de comerse su último durazno y usar el alicate como nunca antes. El resto deberé escribirlo yo. Pero antes, la naranja.
A la Madonna
Ya no es un secreto, apenas un misterio para un puñado de incómodos creyentes. Desde hace tres días la Virgen del Agua se corporiza en los espejos de uno de los baños del Shopping. Quien la ha visto dice que no se puede dejar de mirarla, que te entra una sed desconocida y no hay líquido conocido o por conocer que libere de ese gusto amargo que se instala en las bocas. A otros les produce un guiño permanente en un ojo, cuyo antídoto más efectivo es correr al cine y ver tres películas de corrido. Dirán que no es más que una pobre versión del teléfono descompuesto, pero el otro día -el de la tormenta con vibrato- a la muy virgen se le dibujó una sugestiva sonrisa y de golpe comenzó a granizar sólo en el baño. Antes del sefiní místico, alguien logró contar que la insípida madonna se valió de esas minúsculas piedras para dejar escrito un mensaje. Lamentablemente hay que decir que un escéptico del sector Limpieza se apuró a borrarlo. De no creer.
Focus group
Aprovecha el semáforo para pintarse los labios enfocando con pericia su cara en el minúsculo espejo retrovisor. En el micro que se ha detenido a su derecha, la enfermera de los ojos turbios piensa que ese rojo no es el correcto, el bancario quisiera gritarle que su rostro no necesita pintura y el mecánico obsesivo está a punto de hacerle señas de que ese motor suena como una orquesta sin ensayo. El chofer, en cambio, la observa desde su propio espejo y fantasea con un beso que le devuelva su color original. Cuando el semáforo se pone en verde, la cara de la mujer sale a toda velocidad pero sus labios ya están en boca de todos.
Hoyo en uno
Mi primera vez en el golf fue para el olvido. No hay día que no me acuerde con lujo de detalles. Y en caso de que me olvide, Raquel se encarga de hacérmelo recordar de una manera lo suficientemente irritante como para que termine gritándole, diciéndole cosas que ni borracho le diría. Yo no quería ir cuando me sorprendieron con la invitación. En realidad, me obligó mi jefe en un momento en que la relación en la empresa era muy tensa y no daba para hacerse el difícil. Acepté a desgano y allá fui, convencido de que todo consistía en pegarle a la pelotita con algo de puntería mientras se caminaba por esa mullida alfombra verde a la yo le hubiera puesto una pileta en el medio. No estaba nada mal un poco de relax, de aire puro, lejos de computadoras, ascensores, números, papeles y más papeles. El día acompañaba con un sol espléndido. Nada puede salir mal, me repetía a la par que cerraba el celular para desconectarme por completo del mundo exterior. Cuando llegó mi turno pasó lo que no tenía que pasar. La verdad, no quiero ni acordarme. Si me acuerdo siento que caigo en un hoyo del tamaño de mi vergüenza.
Realismo melancólico
Una madre colgando la ropa es una de las contadas bellas artes, un capítulo traspapelado del realismo melancólico. Verla así, los brazos en alto como si dios o uno de los suyos la hubiera tomado por asalto, duele casi tanto como ponerse una camisa que ya no tiene su olor. La lluvia admite a destiempo que le pulió las manos para llevarse al nido su abrazo. A cambio, entre sol y sol ella saluda desde un patio lejano, tristemente ajeno.
Las cinco verdades del sushi
Justo que iba a revelarme las cinco verdades del sushi suena el teléfono. Mi suegra para invitarme a su sábado de pastas. Con ella no hay excusas que valgan. Con tal de que no faltes a su mesa es capaz de mandarte un taxi a tu casa. Una vez agotado el intercambio de digresiones climáticas y familiares, vuelvo a la cocina donde Takido, mi amigo japonés, improvisa una cena con restos indefinidos hallados en mi heladera sin freezer. Lo que resulta es un regalo visual, una suerte de origamis comestibles que merecerían su cuarto de hora en una galería de arte. Sin darle las gracias por su gesto estético-culinario, le recuerdo lo del sushi inconcluso. Takido ni se inmuta. Mientras juega con su servilleta me contesta con una mirada tajeada que tanto dice “vamos a comer” como “he aquí mi obra”.
El azul, el amarillo, la milarbona
La milarbona es una planta que sólo crecía en el jardín de mi abuelo. Por más que se buscara replantar un gajo o intentarlo con sus semillas, no había caso. Sólo se reproducía allí. Su flor era de un azul intenso, con un centro amarillo al que no se podía dejar de mirar con cierta fascinación. Hablo en pasado porque el mismo día que murió el abuelo la milarbona se inclinó derrotada y en cuestión de minutos se marchitó definitivamente. Por la noche, el viento puso las cosas en su lugar: esparció el azul y el amarillo por los jardines de cada hijo y lo que hasta entonces no era, fue.
Coreografía inmóvil
Algo no encaja. Los dos están sentados. Uno al lado del otro. Sobre el pasto, mirando hacia la ruta. Los autos allá, trazos de un óleo casi líquido. Uno, cincuentón, pelado, ropa de trabajo. El otro, caniche toy, blanco ala, collar sin nombre. Ambos están quietos, aparentemente relajados. Así una hora, dos, tres. De pronto, un zumbido. Imperceptible. El hombre sale disparado. Algo no encaja.
El examen
El cadáver les costó quinientos pesos. Pagó ella. Cash. Todavía estaba intacto, con algo de color incluso. No tuvieron que dar demasiadas explicaciones; lo de siempre para cuidar las formas: estudiantes de medicina ante la inminencia de un examen. Por cierto, al tipo de la morgue no le importa un carajo lo que hagan con sus muertos; está acostumbrado a responder, no a hacer las preguntas. Esa noche ella y él comen como reyes. Y por sólo quinientos pesos.
Sola
El hamster que le regalaron le duró exactamente 48 horas. No crean que le asombró demasiado encontrarlo muerto, con los ojos abiertos en una expresión de espanto o algo muy parecido. Lo mismo le pasó hace un tiempo a una dálmata que le trajo de Salta su tío Arturo y a la tortuga que le dejó esa vecina que de un día para otro decidió mudarse lo más lejos posible de allí. Tampoco es de extrañar que ahora su novio apele a una buena excusa para no verla más. Un viaje de trabajo a Costa de Marfil es lo primero que se le ocurre para acelerar su partida. A Eugenio, el anterior, lo perdió con apenas 23 años, y si mal no recuerda, Agustín tendría unos 27 cuando sufrió esa inesperada y fulminante puntada en el corazón. Mientras piensa en esto, las flores que le dejó Octavio antes de huir se le marchitan en las manos. A sus espaldas, la rueda del hamster sigue girando. Sola.
Por el fin
Lo más fácil es enamorarse de una actriz de cine mudo. Con ella es posible soñar la relación perfecta. Nada del histérico ping pong del sí y el no. El ajedrez de las omisiones. Ella puede ser el río de siete colores, el puente del abrazo sostenido por un perfume. Su corazón es dos veces ficción, la cifra perfecta para el espectador que ya las vio todas. Detrás del telón, el amor desaprende a las señas el guión. Empieza por el fin.
Es la hora
Nadie la saca una sonrisa, una mueca. Mucho menos una palabra. Está sentada en la escalera de la escuela con un globo negro atado en su dedo índice. Durante quince minutos pasan a su lado niños, niñas, maestros, celadores, padres, y ella distante como la estatua de Belgrano. Cuando ya no queda nadie y el día ha caído para todos, su mirada barre de izquierda a derecha, entonces, convencida de que está realmente sola, se ríe de una forma tal que se encienden las luces de la calle. Es la hora. El globo la toma de la mano y se la lleva allá donde nadie pregunta. Lloverá.
Dos niñas gitanas
Quiere que le hable de las niñas muertas en la playa. Que le cuente quiénes fueron. Si jugaban en la arena o habían perdido el barco. Si no hubiera sido mejor que las tragara el mar al caer la tarde. Pide que le diga si eran felices, si conocieron algo del amor, el primer abc. Insiste que le explique por qué hay flores que se cortan a destiempo. Por qué el agua que las acaricia no cambia de color en las manos del asesino. Dejo pasar un ángel (y otro y otro y otro y otro…).
Voto de silencio
“Yo podría ser la esposa de un mafioso”, se jacta en la peluquería para garantizarle a ese puñado de arpías que pueden contar con su voto de silencio. “Una tumba soy”, remarca por si quedaran dudas. Las otras, miembros estables del deslenguado confesionario, se miran con disimulo y esbozan sonrisas incómodas. El código de miradas confirma que ninguna está dispuesta a sugerir siquiera lo de su marido con la adolescente de la heladería o el escándalo que armó el otro día en el hotel de la vuelta. En cambio se permiten comentar el desliz de Esther, la rubia platinada que acaba de irse y cuya silla aún conserva el calor de su pesado cuerpo. “¿Qué, no sabías que está saliendo con un rugbier de 18? Parece que el pibe tiene tatuado el nombre de la madre en el hombro”, se pavonean en busca del efecto sorpresa. Mientras escucha, su cara se va transformando como el peinado de Sofía. “¿Mi hijo con esa puta?”, piensa allá dentro de su cabeza con anti frizz. Como puede, disimula su turbación y evita el menor comentario. Perfectamente podría ser la esposa de un mafioso.
Herida
Sus amigos le dicen que está loco, que parece un personaje del Queneau más lisérgico porque anda todo el día silbando canciones de Spinetta. No van a comparar, advierten ellos, silbar Pájaro campana que Jugo de lúcuma o Alarma entre los ángeles. No se sabe cómo, pero el quía puede silbarte cosas como “Ella reía con su fina ropa blanca/ despojándose al sol/ como un fantasma que deshollina todo mi cuerpo/ o “El vino entibia sueños al jadear/ desde su boca de verdeado dulzor/ o “… Los coatíes del monte oirán también la voz/ creando girasoles ocultos el sol se agitará/”. Y lo hace sin una emoción aparente. Cuando ejecuta su arte se muestra inconmovible como un emo o un psicocisne, pero por dentro la belleza le chupa la sangre. ¿Será la herida de París?
Me suena
Un trapecista haciendo equilibrio en un hilo dental. Esa fue la imagen más exacta que se le ocurrió para justificar por qué en un descuido de los que estábamos en el cumpleaños huyó hacia la terraza del edificio y una vez en la cornisa miró la calle con más hambre que sed, buscando una mano abierta que lo invitara a una contrafiesta. A una cena con su corazón jibarizado como único menú. En el preciso momento en que su cuerpo se abandonaba a la inercia y de su lengua muerta colgaba una última palabra, justo ahí sonó el teléfono. ¿Ella?
Yu
¿Sabías que estoy en YouTube?, me pregunta demorando en su boca la bombilla del mate. Sin esperar que le responda, sigue: Sí, se me ocurrió grabarme leyendo un texto mío donde hablo de la inexistencia del amor y de la absurda mitificación del romanticismo en todas sus formas. Por si no lo viste, te cuento: estoy sola en el baño, hablándole al espejo. No usé música; directamente dejé abierta el agua de la ducha. Le da como más textura sonora al discurso y a la vez subraya cada palabra. La cosa termina cuando el vapor ha empañado todo y apenas se vislumbra mi espalda. ¿No está bueno? Antes de que pueda contestarle me escanea los ojos en busca de una respuesta que nunca llega. Le diría que la amo secretamente desde ese día que ella y yo preferimos guardar bajo siete llaves. Pero negocio mi silencio y voy hacia la bombilla como al puerto de su boca. Siempre seré uno más en su facebook. Un póster detrás de la puerta.
La pluma
Al único pájaro varado en el cable de alta tensión lo derriba una piedra. Desde abajo su caída se percibe como una rara parábola que desorientaría al fotógrafo más experimentado. Cuando finalmente toca el piso, del pequeño cuerpo se desprende una pluma. Quisiera pensar que escribo con ella, que no soy yo el de la piedra. A ese niño creí haberlo dejado atrás hace demasiados años.
De su diario
“En algún momento situado entre el derrumbe y el aire que sostiene, todos creemos que el amor o un libro o una botella será el hilo para salir del laberinto. Todos sabemos que ninguna puerta es la salida. Hasta al mejor mago se le vuelan los conejos negros”.
La diez
El plato es cuadrado, con dos flores pintadas y una hiedra estrangulándolas. En el plato no hay carne ni fideos ni una manzana cortada en dos. En el plato flota en aceite un anillo de perlas. Mi padre lo observa un tanto desorientado. Mi madre, más atenta, le explica que se trata de una instalación. El intenta contenerse, masculla un insulto que nadie escucha y se aleja pensando que hizo lo correcto, no contarle jamás a sus compañeros del Ferrocarril que su hijo es un artista conceptual. Su derrocado sueño también sublimaba lo artístico: verlo hacer poesía con la diez.
Sin nexus
Henry Miller trabajó en Western Union. ¿Lo sabrá esta cajera que me cuenta los dólares mientras yo me pierdo en su profundo escote? A ella también le habría resultado muy difícil no caer en las garras de aquel vampiro diurno. De haberla tenido en sus brazos se hubiera visto tentado en escribirle, en llenarle de tinta esos pechos demasiado blancos. ¿Y si intentara hacerlo yo? Como si me leyera el pensamiento, ella borra de su rostro todo gesto de simpatía, recuenta el dinero y dando por terminada una fiesta que aún no empezó me despide con un “gracias” que en su boca suena al equivalente de “nunca vuelvas a llamarme”. Cabizbajo me voy contando los billetes a la misma velocidad con que me hubiera puesto los pantalones antes de huir de su habitación.
Punto final
Donde hasta hace unos pocos años estaba la canchita del barrio hoy se levanta un cementerio privado que apenas cruzar el umbral ostenta un lago pequeño, adornado con un puñado de patos incómodos. En el exacto lugar que ocupaba uno de los arcos hoy se ubica la modesta tumba de un escritor inédito. Dato fácilmente comprobable ya que sus gardenias se dejan ver en una tipografía que bien podría ser una courier, tal vez una garamond.
En el eco de
El nido vacío de la mamá de Nietzsche es un agujero negro donde caben todos los suicidas con sus correspondientes instrumentos del abandono. Para llenarlo, Franziska escribe a diario cartas a sí misma que él se empeña en contestar con una risa como de puntos suspensivos.
Cada quien, cada cual
Si tuviera el valor suficiente, elegiría a esa maniquí de la blusa lila y la desnudaría allí mismo para amarla furiosamente contra la vidriera. Siente que entre ambos acaba de nacer una conexión que nadie podría entender. Especialmente los que van y vienen por la vereda sin reparar en su belleza. Ahora la toma cuidadosamente entre sus brazos y la lleva hasta la caja. Después de decirle algo al oído, la deja parada a un costado para sacar su tarjeta de crédito; no se ha percatado de que detrás ya tiene a dos guardias de seguridad dispuestos a sacarlo a empujones a la calle. La cajera no entiende nada. Mucho menos esa expresión de tristeza que va ganando el rostro del maniquí.
Cuatro ojos
No hay día que no se pare frente a la misma ventana de ese segundo piso (la que tiene un vidrio roto apenas sostenido con cinta adhesiva). De nada sirvió la piedra del aviso arrojada aquella noche de lluvia e impotencia. Sigue esperando que de una vez por todas se abra. Una señal le bastaría para irse de allí con algo parecido a una palabra, una posibilidad que atenúe su pena en ascenso. Sigiloso como siempre, el voyeur del tercero confía en un descenlace que lo involucre. Ruidos de colchón, gemidos, botellas que se abren, fósforos que se encienden en medio de la noche para iluminar a todos los lobos sueltos en la habitación. Pero la luz sigue apagada y ya son las tres. Resignado, mete las manos en los bolsillos, tantea el arma, y parte sin rumbo fijo. Detrás de la ventana del segundo, cuatro ojos ven más que dos.
Los dos lados
Lejana, apenas audible, la música llega como un aroma más hasta su mesa. Le suena conocida pero no está del todo seguro de quién se trata. Intenta concentrarse en lo que le está contando su mujer, sin embargo ya está muy lejos de allí, revisando de memoria sus discos. De pronto, se acuerda. “¡Hayden!”, grita al mismo tiempo que vuelca el vaso de vino sobre el vestido que ella está estrenando. Sin decir palabra, la mujer se levanta, camina hacia el mozo y le susurra algo al oído. El hombre asiente con la cabeza, va hacia la cocina, busca algo que esconde con disimulo y vuelve con paso firme a la mesa de la pareja. Clavándole la mirada a él, le lanza furioso: “¡Usted no puede confundir Hayden con Liszt!”, y con el cuchillo más contundente que encontró le parte el cráneo en dos. Ahora su cabeza tiene un lado A y un lado B como sus primeros discos de Mozart.
En sus marcas
Cuento osos. Por las noches y por si acaso. Las ovejas huelen mal y además son tan previsibles como los cíclopes. Cuento osos y por contar osos amanezco todo rasguñado. Ella no me cree. Por eso en pleno día sueña con vampiros. Y vuela.
Aranda
Iba a hablar de Aranda, el jardinero. Decir, por ejemplo, que su pala tenía un filo sospechoso, que solía llevar un rollo de alambre que no utilizaba para nada, que sus guantes eran de gamuza y su mirada esquiva, desconfiada. Con él, el trato no superaba el mero cruce de un “buen día” y un “hasta luego”. Iba a hablar de Aranda y termino hablando de su amante, enterrada junto al jazmín, perfumada para siempre.
El pozo
"Disculpe las molestias", avisa el cartel. Demasiado tarde. La mujer cae en el pozo. Del otro lado, la reciben sin asombro un búfalo y un matemático. Asustada, pregunta "¿dónde estoy?". El hombre le dice “tranquila, estás en casa”. Para corroborarlo, el búfalo le convida un vaso de leche bien caliente. Aliviada, la mujer va a la habitación vacía, se desviste y se mete en la cama. A su lado, uno de los albañiles le recita a Auden hasta que la gana el sueño y el pozo se cierra lentamente con ella adentro.
Altavoz
La ficción aquí y ahora, 159 años después del hálito final de Poe, se define por correrse del punto. Por desgenerar lo generado. Minar el páramo y habitar sus esquirlas. Por tomar por asalto los escritorios abarrotados de libros sin alma. Tirar a la basura lo que no late, lo que se disuelve al mero contacto con la luz. Se impone desandar la ceniza para volver al fuego. Arder hasta el contagio. El reto es que los conejos saquen magos de la galera. No al revés.
Y un grito
La casa está al costado de la ruta. La ruta, perdida entre las montañas en su parte más baja, a pocos kilómetros de la ciudad. De la casa sale una música de piano. El inconfundible sonido de un Steinway. A medida que se acerca a la casa, la melodía gana en claridad. De repente, el silencio absoluto y un grito desgarrador. Una mujer sale corriendo con un hacha en su mano. Al huir va liberando una fina lluvia roja que empalaga a las hormigas. Bajo un aguaribay entierra con esfuerzo la mano del pianista. Este, con sus últimos latidos y el manojo de dedos que le cuelgan, recupera la arquitectura elemental de la música suspendida. Alguien que no es la mujer, observa y escucha desde la ventana. El pianista finalmente se desangra sobre las teclas. La mujer, otro tanto, en el pentagrama de un auto desbocado. Testigos protegidos, el piano y el árbol armonizan una coda que suena como dos aviones cayendo a un río. Alguien prende fuego a la casa. Y lo cuenta con otras manos.
Mal trago
Mezclo palabras, especias o abalorios de mi lengua más negra. El resultado es un ominoso cóctel que nadie estaría dispuesto a beber en esta noche donde hasta Alicia baila en el caño para verse brillar. Sospecho que tanta sed sin copa de cristal es otra forma de callar. Soy un teléfono roto, una pantalla apagada. La mano del ahogado aferrada al cuello equivocado. Por eso hablo solo antes de apagar la luz de toda la calle. Ustedes se lo pierden, me digo, y antes de acusar a la almohada brindo conmigo frente a un espejo donde estamos todos.
Rinocerontes no
Después que dormiste dos días seguidos en el pasillo de un hospital cualquier cama es la de un rey. Lo pienso ahora que estoy en un hotelucho de la Avenida de Mayo y dos cucarachas caminan por arriba del televisor. Apuesto a que vienen de un documental de la Nacional Geographic. Para corroborarlo enciendo la tele y no, hay uno de rinocerontes. Una vez que me entero de que pesan entre 2.300 y 3.500 kilos, que viven en promedio unos 50 años y que son solitarios salvo en períodos en que buscan aparearse, apago. Recién entonces enciendo el primer cigarrillo de la noche y me quedo mirando atentamente a las cucarachas, su lenta procesión sin fanfarrias. Ellas son más reales y sobre todo me recuerdan a Kafka.
Lo de adentro
Hay gente que colecciona cactus, muñecas antiguas, monedas o púas de guitarra. Mi debilidad son las tapas de los libros. Ni siquiera los libros. He llegado a comprar ejemplares antiquísimos y tirar su interior. Mi biblioteca está compuesta sólo de tapas. Algunos amigos creen que se trata de una estrategia para no prestarles libros. Están seguros de que tengo una biblioteca paralela donde oculto el interior de esa extraña cáscara que acaban de ver sobre los estantes. Si supieran que he llegado a encender el fuego para el asado con páginas de Joyce, o limpiar los vidrios del auto con La soledad del manager, podrían pensar que estoy más loco que Artaud. Incluso recuerdo haber equilibrado una mesa con un viejo García Márquez, creo que era El otoño del patriarca. Mi teoría, discutible por cierto, es que la literatura no está en el interior. Está, en todo caso, en esa tapa que a simple vista nos produce una súbita emoción, una inmediata pulsión por pasar por caja y llevárnoslo. Por eso no me importa que ella rompa cada uno de mis poemas; lo único que suelo pedirle es que después limpie. Si algo tengo claro es que el libro que yo escriba solamente tendrá tapas. Lo adentro, advierto, ya no será mi problema. Como tantas veces, la imaginación será tarea del lector.
Como el ojo de Max
Antes de dormirse, su hija de ocho años le lee Las aventuras de Max y su ojo submarino. Fabián es ciego, por lo que este libro le produce un interés extra, casi morboso. El también quisiera sacarse un ojo como lo hace Max y dejarlo que ruede por ahí. Que después venga y le cuente lo que él no ha visto en tantos años de oscuridad. Describirle acaso la belleza de su mujer al bañarse, el sol poniéndose en la montaña, su niña dibujando una jirafa más alta que el ego de una modelo. Ella sabe que el ojo de Max no es real, que es tan falso como un porro de chocolate, pero estaría dispuesta a vaciar su alcancía para comprarle uno parecido a su padre. Sueña que él vea cómo escribe que lo ama en todos los colores de este mundo.
Vellesa
En el idioma de Martina la belleza es vellesa. Horrorizada, su profe de Lengua la corrige en rojo furioso. Le puede aceptar rey con i latina, pero que se meta con la belleza jamás. Así escrita, esa palabra le abre una ancha puerta al castigo, a escenas de pugilato en medio del curso. Pero su intransigencia estética tiene fecha de vencimiento. "Tal vez Martina la escribe así porque para ella la vellesa es así", piensa la profe y enmudece como una triste hache.
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