Cedazo

Solitario, pero sin cartas. Jugado, perdido, descartado, leo la noche en este techo que se orina de humedad. El eco de lo que callo grita que no hay piedad en la belleza cuando irrumpe así, con sus huesos desnudos en la penumbra. Estamos igual de confundidos. Debajo de las sábanas, sonamos como esa guitarra rota que nos desafina. Ya no suma ni resta quién busca o quién pierde la cadena o el abrazo. Descreo del sexto sentido, las ciencias exactas y del mes más cruel. Ahora que el polvo ha guardado sus instrumentos es el silencio el que grita llevate tu cuerpo, dejame a solas con el mío. Vaciame.

Hotel Scarlett

Mil veces le escuché decir que nunca llevaría un diario. Le parecía una concesión al estereotipo del escritor, un exceso de la intimidad. De animarse, de saltar su prejuicio podría escribir lo que apunta ahora en el café en un papel cualquiera y que luego tira no sin algo de culpa. La mujer de la mesa de al lado lo intuye y recoge disimuladamente el papel. Lee: “La soñé como un hotel. Me hospedé en ella, comí con ella, me bañé en ella. Cogí con ella. Tenía para un día y me quedé cinco. No salí ni diez minutos para estar siempre dentro de ella. Vacié mi valija para poder llenarla toda de ella. Su perfume aún me acompaña. Está en mi ropa, en mis libros. En lo queda de ella”. La mujer que lee tiembla como una hoja. Piensa que esa gota de sangre en el papel no tiene nada de romántico.

Eugenias

Las dos salen apuradas, cargando pesadas bolsas de Ricky Sarkany. Van vestidas en el límite del mal gusto. Dos Eugenias Grandet, se diría. Una le dice a la otra: "Apurate, con suerte alcanzamos el micro". Y corren. El que escribe sube a un taxi que huele a desodorante de ambiente. Mientras se acomoda, piensa que nunca les compraría unos zapatos de esa marca. Sí las llevaría a bailar un lunes o mejor aún: a caminar descalzas por el Parque.

El tren de Evita

Lo único que logró salvar del incendio que se llevó su casa y con ella la colección de discos de Gardel, los libros de Cortázar y la camiseta de Marzolini, es un trencito de lata que años ha recibió de manos de Evita. Sentado en la vereda de enfrente, no ve cómo las llamas comen todo a su paso; prefiere mirar la película de su vida pasándole por delante a la velocidad de una vaca sagrada. De pronto se arrodilla y empieza a jugar como alguna vez lo hiciera en aquel patio de tierra que daba a las vías. Los vecinos se le acercan, quieren hablarle, tratan de ayudarlo, de ofrecerle un café, un techo para pasar la noche. El no los registra, sigue en el cordón de la calle arrastrando el tren de la santa. Tanto va y viene que se pierde en su propio humo. Cuando éste se disipa, una mujer se le acerca para darle un vaso de agua, pero con estupor comprueba que allí sólo queda una espesa ceniza verde. El tren, en cambio, acaba de descarrilar en la estación de su infancia.

Hasta que

La siesta. Sirenas de ambulancia y reggaeton y disparos en la tele y la calle. Vendedores ambulantes en el timbre. El timbre en toda la casa y los niños escondidos entre los libros y debajo de las camas. Arriba, aviones militares en el laberinto de sus acrobacias. Abajo, las mujeres de los pilotos rezando en voz alta. Un golpe en la puerta, el vaso que cae, la beba que llora, el estómago que aulla, el mueble que se astilla. La siesta. Repentino dolor en el pecho. Se toca como si con ese mecánico gesto pudiera calmar la zozobra interior. Una araña le camina el brazo. Respira profundo, cierra los ojos y se le representa una pared y el agujero que deja un clavo donde quizás colgó un cuadro o un espejo o el banderín de Boca. Hasta que logre determinar qué simboliza esa imagen o si existe alguna relación con la puntada en la periferia del corazón, deja la respuesta (o el final) en suspenso. Y la siesta.

Doce fotogramas por segundo

Cae en medio del escenario como una libelula talada, en exactos doce fotogramas por segundo. El público apenas vislumbra a esa oruga que se cierra en sí misma como el puño de un campeón. Un minuto después la verán derramada en ese improvisado ring de oropeles. Su caída no cesará detrás del telón. Y la orquesta, incómoda en su repentino Titanic, debe seguir tocando para que la noche no llegue al río. Acorazado en su atril de fe, el director confía que ella volverá a tomar vuelo, que la libelula malquerida resucitará en ese jardín hostil donde no llega el sol ni la campana salvadora del aplauso.

Piensa el que mira

Hacia la montaña el cielo se avizora más oscuro y por la tormenta que lo va ganando en su hambre parece un enloquecido electroencefalograma, con afiebrados rayos que dibujan un paisaje abstracto en el horizonte. Las ventanas, piensa el que mira, sirven para dar fe de cómo la naturaleza también lanza pedidos de auxilio en clave. Si tuviera algún talento para el dibujo intentaría captar esta maravilla que se esfuma; la atraparía para decorar mi mejor pesadilla. Lo escribo sabiendo que me quedo a mitad de camino. Esta foto verbal no le hará debida justicia. Mi mano izquierda es una antena de lana, una cámara con lente de palo, nunca el garfio de la belleza o la sabiduría. Ese último rayo, en cambio, lo guardo para ella en mi oído. "Escuchalo en tu almohada de nieve", le susurro antes de cerrarle la ventana y la boca. En ese orden.

Días como éste

Veracruz no lleva un diario y ahora se dice que tal vez llegó el momento de empezarlo. Su idea no es registrar las intrascendencias cotidianas o detalles de una vida nada memorable. Lo necesita para convencerse de que debe tener algún sentido pasar por este mundo y llenar unas cuantas hojas en blanco. Le gustaría que tuviera el tono de Kawabata en Kyoto, algo así como “¿No te ocurre a veces que te sientes feliz simplemente sin pensar en nada?”. “Por supuesto. En días como éste, con las flores”.

Una foto de Elisa

También las cosas hablan por nosotros. Una mesa de luz, el reloj, las llaves. La foto de Elisa en su habitación, por caso. El Cristo en el portarretrato, sus vírgenes de yeso, una crema para la piel, los cigarrillos, esos libros. El rosario. Sobre su cama, revueltos, diarios y cuadernos y más diarios. Todo lo que la rodea es ella, aun si ella no estuviera en la foto. Su presencia sustenta el resto, esa sábana arrugada, aquel zapato, el agua en el vaso. El espejo de su cara.

Materia prima

Escribir un cuento es ponerse una media. Es decir, el mecanismo funciona así. La media puede ser propia o ajena. Ella es el tema, la punta del ovillo hurtado a un gato suicida. A partir de esa modesta prenda la trama desanda el camino entre la media perdida y la media encontrada. Esta puede pertenecer al hombre que huyó apurado de la casa de su amante o haber caído de la cesta con ropa sucia que esa -u otra- mujer lleva con desgano a un laverap. El hombre sería un funcionario de la aduana o un sociólogo desocupado. La mujer, empleada de una óptica, una farmacia, o top model retirada. Entre ellos hay una ligazón que es parte de la trama tanto como lo es esa media que ni ella ni él reconocen pero que tarde o temprano habrán de ponerse para que la historia cierre aquí. O dentro de un zapato olvidado bajo la cama.

Medicina natural

Una pareja se para frente a la pared y mira la hoja de marihuana pintada. La obra en stencil lleva como título “Medicina natural”. La pared y ellos están en una vereda por donde habitualmente pasa mucha gente, por eso no extraña que al cabo de unos minutos ya sean unas diez o doce personas las que miran y comentan. De la nada aparece un policía (parece de los nuevos) y antes de que alcance a preguntar o hacer algún comentario, todos se han hecho humo. Sólo queda un pibe que tose. No tendrá más de 16 y lleva puesta una remera de Las Pelotas. Ningún rictus delataría que le preocupa tener al lado al de uniforme. El policía clava la vista en la pared, carraspea, y sin mirar al chico le pregunta, ¿tenés fuego?

Las campanas también

Cementerio inglés. Un matrimonio de turistas, hoja de ruta en mano, camina lento por una calle angosta. Comparten el paraguas porque llueve fino. El se agacha en una tumba cualquiera para sacar una rosa y cae pesadamente. Un paro cardíaco, fulminante, lo deja con los ojos abiertos mirando fijo cómo cae la lluvia. Ella grita, nadie parece escucharla a pesar de que se divisan sombras en unas bóvedas cercanas. Aparece un perro. No es cualquiera, es el que tuvo de niña. Agitada, lo sigue hasta una lápida que verá por primera y única vez. Allí lee su nombre y ahora es ella quien cae. La lluvia se detiene en ese preciso instante. Su mano aferra la rosa usurpada. El perro, sin luna ni cadena, ladra tres veces. Las campanas también, también, también.

La pecera

Despierta cerca de las 10 y apenas pisa el suelo, siente el agua. Aún adormilado, no se convence de que sea cierto. Bastan unos segundos para confirmarlo. Viene del living; de eso está seguro. El baño y la cocina están en la otra punta, lejos. Al acercarse ve al primer pez boqueando en un ángulo de la alfombra. La imagen es bellísima, tanto que quisiera ser fotógrafo para eternizarla. El segundo está muerto, cerca del televisor, como si hubiera caído de un dibujo animado. Al fondo, centro de toda la atención, la pecera rota. Imposible que se rompiera sola, especula, los vidrios son gruesos y resistentes. Ni una piedra ni un disparo podrían haberlo hecho. Las ventanas no muestran rastros de haber sido violentadas. La puerta está cerrada y la alarma nunca se activó. Nadie más que él tiene las llaves. La única copia alguna vez estuvo en manos de su ex pero ella jura que se las devolvió a su secretaria. ¿Por qué entonces la nota tan nerviosa cuando le dice “te lo juro”?

Como quien se levanta a sacar algo de la heladera

Su radio ve. La ve regar las plantas, enderezar un cuadro, abrir una caja. El hombre envasado le habla mientras la mujer no escribe. Y después, pájaro bobo, le canta un fado, le atrasa el reloj, le lee diez poemas chinos. Ella escucha y como quien se levanta a sacar algo de la heladera, deja flotando un silencio que se apura a llenar con el ruido de las teclas. La radio la oye respirar. Y calla. La música se va de a poco, dejando sus ropas en el camino. Primero él, después su voz, llegan hasta ella. La noche ahora toma la palabra, sirve otra copa para dos. La radio, cuervo por liebre, se ha ido de las manos. A estas horas hamaca en el aire a otro corazón que supura soledad, mentiras apenas dichas al oído.

Digresión

Balzac nunca lo hubiera imaginado. No digo morirse a los seis meses de casado, sino que un delivery lleve impunemente su nombre. Tampoco que La comedia humana no se lea con frenesí en micros, taxis y guardias de hospital. Hoy, al pobre Honoré se lo lee tan poco como a los poetas de provincia y a los ensayos sobre el adn de las luciérnagas. Balzac, en todo caso, es un buen nombre para una banda electrónica o una librería o una delicatessen para sibaritas ilustrados. Mal que les pese a políticos y cantantes de narcocorridos, Balzac es perenne como una estatua en el desierto de Atacama o el anillo de un cadáver. Balzac es ese amigo que se fue lejos pero te escribe y en cualquier momento, como Victor Hugo, vuelve para despedirse.

El sombrero de mi padre

La cara de mi madre llega antes que mi madre. No necesito un astrolabio para verla cruzar la calle. Me alcanza una ventana, los ojos bien despiertos, las ganas. Trae bolsas del supermercado en cada mano, su campera azul, el pelo sin canas, una billetera marrón, quince pesos, hambre de ayer. Mi madre siempre piensa –y lo dice– que algo malo le va a pasar. Igual sale a la calle, desafiando al horóscopo, las runas, los consejos de sus hermanas, los taxistas suicidas y esos pianos que no dejan de llover por las veredas y que ella sabiamente esquiva. Mi madre, ochenta años como ochenta mundos u ochenta satélites de amor, llega hasta mi casa y sabe que el niño que ahora la recibe también soy yo. Tengo el pelo más corto, menos vocabulario y aún demasiados libros por leer en mi mesa de luz. Cuando atraviesa la puerta y de casualidad se ve reflejada en un vidrio, saluda con su mejor sonrisa. Esa es su lección. Y yo sigo su ejemplo, cada vez que paso frente a un espejo me saco el sombrero de mi padre.

De tapas

La escena transcurre en el Museo del Jamón, Madrid. El hombre, 50 años, barba candado, arito, termina de pagar. Ella, no más de 40, rubia, mechón rojo, aros tipo perla, tropieza y le tira la cerveza encima. Cuando está por lanzar un insulto, la reconoce: es la misma mujer de la tapa del libro que acaba de comprar en el Corte Inglés. Para disculparse, ella lo invita a tomar algo, luego a otra copa por haberla reconocido y a la tercera ya están en su casa (su cama). Años después la recordará, no así su cara en la tapa. El libro, como tantas otras cosas de lo imprevisto, quedó olvidado en la mesa de luz. Hablaba de un hombre como ella y una mujer como él.

Agua va

La camioneta se detiene al costado de la ruta. Bajan en silencio. De fondo, la radio rebota una chacarera del Chaqueño Palavecino. La madre de los tres que van con ella lleva en su mano una pepsi de dos litros, llena con agua de la canilla. Con un gesto ceremonioso la deja junto a cientos de botellas similares. Están solos porque es plena siesta, pero hay días en que no se puede caminar por ese cementerio de plásticos e insectos. Ninguno habla o hablan para dentro, como hacen cada vez que visitan al Gauchito. Pasajeros de un viaje que no admite intrusos, sus ojos se concentran en la pequeña gruta. La mujer, que viste la misma blusa roja de todos los meses, pide por sus hijos, mientras sus hijos piden por ella, la cosecha que se viene y el hermano purgando su pena en una cárcel del Sur. Los cuatro agradecen estar vivos. Sienten que si se acabara el mundo en ese instante, ellos al menos estarían a salvo. Cerca, a unos cien metros, un camión va perdiendo una rueda y el conductor, que tomó de más, el control del volante. Un ruido, un solo ruido, acalla al Chaqueño. Lo que sigue, lo leímos en los diarios.

Elefante en el azar

Siete de abril. Elijo ese día porque me es ajeno. No me dice nada y algo o mucho esconde. Sugiere. Digo ochenta y tres y no es mi madre ni mi padre. Tampoco la página del libro que abandoné. Pienso en Piscis y apenas si creo en la Luna porque ahora otea como una gata en celo. El azar es el que dicta. Lengua larga, piernas cortas. Podría este día ser el último o dejar que corra sangre como tinta. Admirar al elefante y punto.

El Señor

El predicador se para frente a la puerta y duda si tocar el timbre o golpear. Golpea con timidez. Dos veces. Cuando la mujer se asoma y está por decir, con su estudiado tono amable pero cortante, "disculpe, somos católicos", el hombre abre ceremoniosamente su maletín, saca una armónica y toca una melodía de Tools Thielemans. Extasiada, la mujer lo invita a entrar. Una vez adentro, el predicador revuelve el café y le dice con una sonrisa sincera, "viste, Dios es una música que entra por cualquier parte".

Paso de cebra

El ataque de pánico le sobreviene en medio del paso de cebra. Queda detenida como en una foto. Se diría un árbol atravesado por el rayo de Vallejo. Desde el interior de su cápsula momentánea, puede verse a sí misma como la tapa de un disco. Ella en Abbey road. Extática con su banda sonora de monedas, frenadas, portazos, ramas caídas, corazones rotos. Los autos le pasan a centímetros, no reparan en su cuerpo de maniquí demodé. La rozan, la despeinan. La ignoran mecánicamente. Ella sigue dentro de ella durante segundos que pesan o duran tres días. Cuando retorna, la foto se mueve y el disco vuelve a girar, entonces llora como si fuera otro domingo en Londres. Ella.

Música para un ascensor que sólo sube

Empieza con el despertar de una araña. Continúa con el pliegue de las alas de una mantis. Y concluye con el despegue de un pájaro capicúa. Antes y después hay una puerta. Detrás, el sonido que sostiene y eleva. Las notas, a su turno, sortean sus propios escalones: esas piedras innumerables que hacen callar o caer o volar.

Carne sobre carne

Lo mío con ella fue como esa frase que Romualdo Quiroga le lanzaba lascivamente a Isabel Sarli cuando la sometía sobre una media res en la caja trasera de un camión: "Carne sobre carne". Nunca pude sacarme de la cabeza esas palabras, esa piel, esa blanca carne de mujer que con sólo llevarse a la boca un cigarrillo el humo se atoraba en medio de su pecho. Han pasado tantos años que por no recordar su nombre la evoco como Isabel. Hubiera deseado que al menos una vez el arribo a su cuerpo sin fronteras superara el mero contrapunto de la física y la química. Habría muerto feliz, completo, escuchándola susurrarme "¿qué pretende usted de mí?".

Asociación libre

El árbol es un sauce eléctrico. Tendrá unos cinco años y se lo trajeron de Formosa para un cumpleaños. Todavía no da buena sombra pero al menos sirve para atar al perro o apoyar la bicicleta. Aunque el árbol crece más que su hija o la mancha de humedad en la cocina, un día se levanta decidido y, sin consultarlo, lo corta en silencio, casi rezando para adentro. “Esas hojas… esas hojas me hacían acordar demasiado a mi primera mujer”. Fue lo único que se le escuchó antes de atarse al perro en su cuello y dejarlo correr y correr hasta que los ojos se le cerraron como una carta.

Los sedentarios

Cruzarle temerariamente el auto antes de llegar a una esquina bastó para retarlo a duelo a los gritos como una adolescente histérica. El otro, sin pestañear, mostró una sorpresa un tanto teatral pero sin demora aceptó el desafío como si lo convidaran a un partido de fútbol o a un asado con los amigos. Las únicas armas para el anacrónico reto serían sus propios cuerpos y el objetivo a superar llegar en pie hasta cierto punto establecido, después de caminar cien cuadras sin descanso alguno. El final para ambos -fumadores y con marcado sobrepeso- fue tan previsible como penoso: ninguno llegó a la meta. Agotados, los dos quedaron a mitad del recorrido, boqueando y maldiciendo a madres y hermanas (ajenas) desde sus lenguas pastosas. Tras el papelón, en algo coincidieron los improvisados padrinos, lo más digno hubiera sido resolver el entuerto callejero con la habitual pirotecnia de insultos dando por cerrada una discusión vial tan usual como poco épica.

Fluir

Teje, para no morirse teje. Con frenesí cruza las agujas como espadas en un duelo con sí misma o como un cuchillo y un tenedor que pugnaran por un trozo de la carne de una vaca sagrada. Tiene 80 pero también 40 o 93 o 101. Teje porque tejer es como escribir, escribió años ha en un pulover con colores de otro mundo. "Todo es cuestión de ritmo, de fluir como en una pesadilla con final abierto", enseña sin pizarrón a quien guste oír su asordinada letanía. Ahora que muere, que su orquesta de lana se viene abajo, en la bufanda negra sin terminar puede leerse con caligrafía de bruma que esta vez será Penélope la que oville el viaje, la que teja historias de un solo ojo y seduzca a las sirenas con el nudo ciego de su silencio.

Cosas mínimas

Lo primero que piensa es que se trata de una gota de sangre. Cuando baja de la cama, se agacha y la toca le parece que es pintura pero nadie está pintando y en los últimos tres meses a la casa únicamente entró un electricista. Vive solo, no se le conoce mujer, amigos, padres, acreedores. Los vecinos saben de su sombra; apenas si han cruzado alguna mirada con él en las veredas o la parada del micro. Se diría que le temen, tanto que prefieren ignorarlo y seguir con sus vidas no menos opacas, igualmente olvidables. El no repara en esas conductas, está demasiado concentrado en pasar sus días buscando explicaciones a todo, deteniéndose en cosas mínimas, en detalles que sólo a él le importan. Ayer, en los cinco agujeros de un botón; hoy, en la mancha roja. Mañana será el espejo que habla o el agua que canta desde una canilla rota.

Tus cactus

Como cuando era chica, frena la sangre del pinchazo chupándose el dedo. Esa minúscula herida se la debe a su nuevo hobbie: coleccionar cactus. El primero, recuerda, lo trajo de San Luis, de las orillas del río; el segundo, lo heredó de su madre, cuando la mudaron a un geriátrico. Después, gracias a un dato clave de tuscactus.com, ya no paró de sumar ejemplares de todo el mundo. Al principio los ubicaba en lugares estratégicos de la casa: rincones, huecos, ventanas. Sin embargo, al tiempo esa pasión se transformó en un incómodo problema. La biblioteca, la mesada de la cocina, el botiquín del baño, los pasillos, la mesa de luz, fueron prácticamente tomados por las más extrañas variedades de cactáceas. El día que él llegó más tarde que de costumbre, se metió en la cama sin prender la luz y al intentar abrazarla sintió millones de agujas atravesándole el cuerpo, ella se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Quizá tanto como un Gymnocalycium o una Mammillaria.

Delay

En el sueño de Atilio siempre suena un piano en Yo. En el sueño de Atilio los tigres copulan con la nieve. En el sueño de Atilio la música es una almohada mal estacionada. En el sueño de Atilio a la iglesia se entra desnudo y sin alas. En el sueño de Atilio las pesadillas circulan en puntas de pie. En el sueño de Atilio las noches son blancas y las medias azules. En el sueño de Atilio el único que no sueña es Atilio.

Una luz klieg

Eso y nada más encontró escrito detrás de una vieja receta médica dejada como al descuido dentro de un libro: "Una luz klieg". Ahora sabía que tendría que seguir investigando un poco más, consultar a gente de su confianza o al menos hacer memoria. Completar el círculo, cerrarlo con una respuesta lo más cercana posible a una verdad, se tornaba en un desafío casi tan complejo como jugar al scrabell sólo con consonantes. Y si de esa doméstica pesquisa nada salía a flote, entonces sí, debería volver al libro o ir por un molesto plan b: llamar a su psiquiatra.

Fue él

Adonde va lleva un pequeño lápiz negro, herencia de su padrino carpintero. No es porque crea en ese lugar común de la inspiración, tan sólo trata de que en cualquiera de sus lecturas (jamás sale sin un libro, mucho menos si va a pagar impuestos) no se le escape una frase memorable, un fragmento maravilloso que con el tiempo no pueda redescubrir. Para su sorpresa, con los años ese minúsculo trozo de madera ha ido tomando vida a punto tal de tomarse la confianza de hacer sus propias marcas, dejar arbitrarias anotaciones al margen, reflexionar sobre determinado texto y hasta sugerir temas para poemas, cuentos y notas periodísticas. Por precaución –su mujer dirá que es no otra cosa que pánico– lo ha dejado confinado al rincón más lejano de su mesa de luz, no lo suficientemente oculto como para evitar que a mitad de la noche escriba en la libreta de apuntes: “Me voy, no me busques. La historia que pensabas escribir seguirá siendo mía”.

Acuariano

La calle desolada tras el bombardeo. Lo único que pido después de tanto fuego cruzado, tanta pirotecnia doméstica. Un silencio absoluto, una soledad proporcional. Caminar pisándome la sombra con un libro bajo el brazo, silbando para adentro una melodía que aún nadie oyó (¿un tango luminoso?). Tranquilo por saber que ella mira por la ventana y me sonríe (aunque llore a su modo). A esta distancia apenas alcanzo a leerle los labios: no sé si balbucea que espere de ella un tsunami de amor o maldice que me caiga un rayo o un piano o la peor versión del Quijote. Yo también le sonrío y le digo algo que ella entiende como “nuestra vida es una novela que escribimos juntos” cuando en realidad le estoy diciendo “el sueño donde te partía la cabeza con una máquina de escribir como la de Jack Kerouac no era una pesadilla. Era una visión. Empezá a correr...¡ahora!”.

Sin título

Ya perdí la cuenta de cuántas veces me paré frente a ese cuadro y me dejé ir. Desorientado, caminé entre sus girasoles con un habano cubano guiándome desde el humo y un sombrero estrafalario coronó mi cromático desconcierto. En esas costas, conocí a la mujer del desnudo sobre una piedra (su piel olía a manzana verde, a mañana junto al río). Allí golpeé la puerta de una casa vacía que al abrirse me devolvió aquí, a estos zapatos embarrados, a las veredas repletas de poetas y carteristas y a esos demacrados mimos que en la esquina tiran de una soga imaginaria y tanto tiran que me falta el aire; veo visiones, gitanas regalando mascotas, violinistas en un spa, niños que besan al Presidente. Ahora soy yo quien cuelga como un cuadro y él quien entra en mí. Sin sombrero, habano, mujer, piedra, girasoles, manzana, río, casa, puerta, mañana ni humo, se deja ir como un ahorcado.


Bolivia real

Lo primero que le ofrecieron al aterrizar en el aeropuerto de La Paz fue un té de coca, como para acomodarse a la altura. Lo tomó de mala gana; a esa hora lo único que le importaba era conseguir lo antes posible un hotel donde hacer tiempo entre un avión y otro. Terminó en un cuatro estrellas (ese tipo de calificaciones no dejaban de resultarle un tanto arbitrarias), bastante húmedo pero acogedor. Lo más extraño se encontraba de las ventanas hacia afuera: por el jardín recién cortado caminaban unos cuantos pavos reales. Uno de ellos se acercó lo suficiente como para dejarse fotografiar. A la larga, su foto resultó ser lo mejor de ese penoso viaje que también incluyó insólitas y agobiantes escalas nocturnas en Honduras y Ecuador. Finalmente, de Bolivia se llevaba, además de la preciada imagen, un sutil catálogo de olores. Por momentos se había sentido algo así como un chef intruso, degustando comidas inéditas, sabores excitantes, en una fiesta única para su paladar. Ya de nuevo en el avión, miró por la ventanilla las lejanas luces de la ciudad. La noche, con unas copas de más, ahora tenía los colores de aquel pavo real. Y también su sabor.

Puro

El realismo, explicaba el portero al alumno del taller literario, es subir una escalera y no decir "estoy más cerca de Teseo". Por si no le hubiera quedado lo suficientemente claro, le hacía abrir una puerta y escribir en su notebook: "Cuando ella se va es necesario que sea yo quien le abra la puerta y no dejarla que salte por la ventana". Eso es realismo puro, subrayó el portero. Mágico sería si, llegado el caso, uno publica un libro y alguien lo usa para llorar o emparejar un piano en que el suena Para Elisa y es la propia Elisa quien le abre al portero.

Navidad, navidad

La muerte nace todos los días. Retorna con ese ruido de autos que se estrellan en su propia música o con el atronador silencio del corazón que se duerme vacío. Viene a cortarnos desde el tallo, a deshojarnos con mano de verdugo. La muerte renace pero no vive, apenas se alimenta de esta nada que somos. Y nunca, nunca le alcanza.

Un vals

Aquellos ciegos que bailaban un vals en la oscuridad cuando nadie los veía, ahora caminan como borrachos por el borde de la rambla. Huelen el agua, mojan los pies como enviando un mensaje, y se ríen de las estrellas, de sus lugares comunes. Cuando empieza a llover, uno desnuda al otro con la precisión de los pájaros carpinteros; esperan que la noche les tatúe el secreto de la luz y los devuelva a su cama negra, a la almohada de sombras. A la noche dentro de la noche.

Children design

Octavio es un niño artesanal. Diseñado genéticamente en coautoría por sus padres y un pediatra de confianza, nació hace ocho meses con 3.250 kilogramos. El margen de error previsto oscilaba los 50 gramos. Octavio es rubio, tiene ojos verdes y rasgos bien definidos, casi femeninos. Hasta cuenta con alma, gracias a un programa directamente enviado por el Vaticano. Por el momento, de lo único que carece el niño Octavio es de corazón; no obstante, sus creadores ya están trabajando para subsanar ese pequeño detalle.

Debilidad

Era una mañana ideal para darle de comer a los espejos. Primero un ojo, después el otro. Luego el pelo, la nariz, el cuello. No conforme, aún con hambre, debió subirse a una silla para ofrecerle las piernas, una media, incluso el zapato. De postre, le dio la lengua para que cantara pero ya no pudo escucharlo. Se sabe, la debilidad de los espejos son los oídos.

Ni cara ni ceca

Siempre se rió de aquellos que tropiezan o se caen cuando van caminando por la calle. Ahora que está cayendo de un décimo piso también se ríe. Ellos, en cambio, se espantan. Y rezan. No para que se salve ese prescindible pedazo de carne (Rodolfo según el DNI triplicado) sino para que se le borre esa estúpida sonrisa.

Incendio en el circo

Que haya sido la mujer barbuda la única que salvó su vida aquella noche en las afueras de Santiago del Estero, donde el circo había debutado con éxito ese mismo día, es un hecho que tiene al menos dos posibles lecturas: Morena era la única que fumaba pero también era vox populi que sostenía un amor furtivo con el lanzallamas. Según los pesquisas, la pasión que despertaba esa indómita mujer a la que temían espejos, trapecistas y elefantes, habría sido la chispa que dejó tanta ceniza a cielo abierto.

Idioma de los maniquíes

Con ojos ausentes el maniquí vigila a una mariposa que juega al equilibrio sobre sus hombros. Remeda la cadencia de un reloj de pared hasta caer mareada, como pájaro novato, al piso de parquet. Entrará un niño. Entrará descalzo. La pisará sin bajar la vista. Hay, imprevistamente, algo de morboso placer en sentir ese violento e imperceptible crujido bajo su pie. Nadie ve. Nadie escucha. Nadie habla. El niño ahora le canta a su víctima la canción del espantapájaros. La canta en un idioma extraño, imposible de traducir. Es, según contará el niño cuando ya no sea el niño, el idioma en el que se comunican los maniquíes. Ellos nacen con una caja negra allí donde se intuye el corazón. Queda así registrada cada mirada que abduce la vidriera. En la vereda o bajo tierra, quienes no supieron ver a esa mariposa sobre sus hombros igualmente tendrán su castigo. Hasta el fin de sus días oírán cantar al maniquí con la voz del niño asesino: el espantapájaros que fuimos delante del vidrio.

Esa música

Cuando encontraron su cuerpo aún sonaba en la computadora el último disco de Library Tapes. Al detective Veracruz le llamó demasiado la atención esa música, al punto de desentenderse del resto del operativo y sentarse en un rincón a escuchar. Como siempre, tomó apuntes en su libreta de dos pesos y no se privó de alterar la escena del crimen sirviéndose un whisky en el vaso del muerto. Cuando se acercó el agente Benítez, una lágrima le cortaba la mejilla a Veracruz. "¿Qué pasa, jefe, lo conocía?", preguntó incómodo. "No, Benítez. Es... es esa música. ¿Quién puta no se va a pegar un tiro si está solo escuchándola, con esta lluvia de fondo y encima leyendo un libro de Sándor Márai?", disparó Veracruz apurando el último trago antes de apretar el stop y ocultar en un bolsillo de su perramus el CD de la evidencia.

Mandato oriental

La rosa china no resistió las heladas del último invierno. Cheng Fu podría echarle la culpa al calentamiento global o sincerarse y admitir no haber escuchado a tiempo a los que saben. Cheng Fu no pierde la calma. Deduce que si romper un espejo trae siete años de desgracias, abandonar a su suerte a una rosa china no puede menos que ofrendar tres años de inspiración. Hoy es el primer día de ese crédito abierto y el hombre del jardín ha escrito cuatro poemas. En todos hay un espejo que se seca y una rosa que se triza. En ninguno llueve o sale el sol. Nieva. Y allí también Cheng Fu escribe.

Fotocopias Galván

Todos los días, a la misma hora, pasa en el micro por esa calle igual a tantas otras. Lo único que marca una sutil diferencia es un cartel rojo y blanco (o al menos así lo recuerda él) donde se lee "Fotocopias Galván". Nadie puede explicarle por qué cada vez que pasa por ahí y ve las desprolijas letras de "Fotocopias Galván" piensa en ella y se pone casi tan triste como una canción de The Cure o una película iraní. Nada lógico une ese cartel a aquel viejo amor, sin embargo el día que la fotocopiadora cierra, recién entonces él puede empezar a olvidarla como quien confunde el camino o toma el micro equivocado.

Imperdonable

Un cactus en Venecia. Eso me sentía. Sin un fósforo para lanzar fuego en las esquinas y conseguir una puta moneda para una cerveza o para subirme a un micro y perderme por unas horas dando vueltas lo más lejos posible de un techo. No podía pedirle ayuda a nadie. No conocía a nadie. Venía de estar un tiempo con Dante en el Purgatorio y el tipo sólo me había dado un consejo para enfrentarme de nuevo al mundo: "Negro, cuando volvás dedicate a la poesía, no seas gil. Yo a la Beatriz me la gané leyéndole un soneto de Virgilio. No es tan difícil...". En vano, pero intenté darle bola al maestro. Ayer, sin ir más lejos, escribí un poema sobre los reality shows y hoy uno que habla de cómo el Vaticano anuló el limbo. Juro que lo intento pero lo mío es la música. Aunque de qué me sirve saber tocar el piano si hace dos años perdí una mano cuando me tiraron del tren para robarme dos pesos y el celular. Dante nunca me perdonará.

Un balcón sin macetas

Todo empezó o terminó cuando el perro de ella rompió la maceta con la planta de marihuana que le habían regalado a Alberto para su cumpleaños. A los gritos le dejó bien en claro y lo cumplió: nunca la perdonaría. Alicia puso unas pocas cosas en una valija, llamó un taxi y desapareció, casi como si hubiera cruzado un espejo. Antes tomó ciertas precauciones, por ejemplo llevarse todos los ahorros de Alberto. A los pocos días se compró una notebook, empezó a escribir una novela de una mujer despechada que se venga de su ex, otro buen día logró que se la editara Alfaguara y cuando fue lo suficientemente famosa, lo primero que hizo fue ir a tocarle el timbre a Alberto. Mejor no podría haber resultado; la atendió su nueva pareja. "Soy Alicia, su ex", se presentó sin preámbulos para evitar cualquier reacción o saludo de parte de la mujer que abrió la puerta. Apenas se repuso, la otra preguntó con cara de pocas amigas: "¿Qué querés vos acá?". "Nada, solamente decile que el video que grabó con su amigo gay se quedó con mis cosas. Chau chau..." Desde entonces, diez días ya, Alberto la llama cada cinco minutos pidiéndole hablar. Ella suele excusarse a través de su representante. "Macho, dice que la disculpés, pero hoy tiene que firmar ejemplares de Un balcón sin macetas en Rosario. Seguí insistiendo", escuchó Alberto la última vez.

¿Quién dijo que estoy aquí?

"Uno recién empieza a morirse cuando piensa en su epitafio, cuando cree haberle dado forma definitiva, como a un poema", escribía a sus 81 el poeta Aldo Lisboa. "El mío dirá -continuaba- ¿Quién dijo que estoy aquí? Una pregunta retórica para arrancarle al menos un segundo de atención a la mujer que pasa cada lunes a llevarle flores a su marido muerto en la guerra o a la adolescente que descubre el sexo detrás de mi tumba, ese jardín en donde entregará su primera rosa negra".

De un vaso roto

Cómo puede ser que me escriba desde un vaso roto, salpicando las palabras con lo mejor de su sangre, ella que estuvo en mil batallas, que sabe de atravesar paredes como yo de esperarla del otro lado. Cómo puede ser que el vaso estuviera vacío, que obviara el brindis antes de la caída, que ni siquiera sus labios dejaran marca, su brevísimo paso para el estallido del después. No había dos vasos como tampoco había tres huellas. Se rompió y algo de mí caminó sobre los vidrios. Y por gritar no la escuché. Y por sangrar, callé.

Kafé con Cafka

Me espera en el fondo del café donde todo es negro y blanco. Corrijo: él es gris. Hay humo, dos mujeres fumándolo, y yo las veo como trenes que huyen mientras recuerdo mis amores descarrilados (ellas como novelas interrumpidas, como sonatas inconclusas, apenas música terrestre). Franz lee un diario o se esconde detrás de sus páginas. Cuando me siento frente a él me mira fijo a los ojos y dice: Yo no fui. No dice nada más. Se para, deja una moneda de otro siglo y se va con el humo de las mujeres y las mujeres se van con él. Una de negro, otra de blanco, él de gris. El mozo me reclama el diario. Sin pensar le digo: Yo no fui. Pero nadie lo dice como él, con esa voz claustrofóbica como si las palabras se despeñaran de una inevitable telaraña. A tal punto en que queremos abrir una ventana o romper los vidrios o dibujar otra puerta en busca de aire. O pedir la cuenta y volver al mundo, la calle, los colores.

Azulunala

La niña señala hacia la vidriera donde entre tantos se destaca un libro con una tapa extraña. La madre le pide más precisión (hay muchos y están superpuestos desprolijamente). "Ese, ese color cenicienta", dice con un tono que denota que empieza a ponerse nerviosa. "¿Cómo color cenicienta?", indaga con sorpresa la madre. Enojada, la niña cambia abruptamente de planes. A los gritos le exige una muñeca azulunala.

Pasito para atrás

Donde debería colgar un manoseado crucifijo o un banderín de Boca Juniors cuelga un osito desteñido por los años y el smog, con una dedicatoria igualmente cursi. No hay pasajero que no le reclame que lo saque de una buena vez y lo remplace, al menos, por otro peluche. El tiene un explicación que de tan pueril conmueve: "Es lo único que gané en mi puta vida...". Y antes de que se le pregunte cuándo, dónde, su vozarrón reclama una vez más "un pasito para atrás".

Plan Ves

Ves, los cuerpos son la contraseña malversada, espejos limpios en los baños sucios. Huellas digitales en un colchón de segunda mano. Ves, en la coartada también hay mesas vacías, meseras vacías, mujeres llenas de odio y remedios, jadeos como piedras preciosas. Ves, los poetas rusos ya no van al cielo en pantalones, no viajan en trenes verticales ni se oxidan en primavera. Máquinas de escribir les dicen pero son apenas la media vuelta de la llave. Girasoles que no giran. Ves, la boca no es redonda como tampoco es lunar ese animal esquivo en el escote de la gitana. La que habla como canta, esa rabiosa pluma desbocada. Ves, el plan termina como empezaba: en nada.

Techos

¿Alguna vez intentaron ver cómo se ve la vida desde los techos; cómo sobrevive la calle, atravesada por indolentes que nunca llegarán a nada, ni siquiera a sus propias casas? Se pregunta esto mientras mira el techo alquilado, casi a punto de estrellarse contra su cara; es más, esa lágrima que le transita la mejilla no es lo que se dice una lágrima. La ca ñería rota insiste en ofrecerle su cotidiana y miserable lluvia, carente de todo romanticismo. Abajo, mucho más abajo, está él.

La monja azul II

Aunque no hay códices escritos en piel de venado que así lo certifiquen, algunos misioneros sostienen que en tiempos de la conquista -para más datos entre 1620 y 1630- "una bella dama blanca vestida de azul" incursionaba por aldeas indígenas en Nuevo México, allí donde la frontera los divide de Texas. Tras su última visita, la muchacha en cuestión desapareció en el aire, ante el compartido asombro de hombres, mujeres y niños. Al día siguiente, asegura el mismo relato, los lugareños encontraron flores azules jamás vistas por esos lados. Hay quienes aseguraban que eran igual a su manto; es más, que las flores habían crecido donde éste se había arrastrado segundos antes de desaparecer como por arte de magia. No debería sorprendernos entonces que hasta la actualidad la flor oficial de ese estado sea el "bonete azul".
La curiosidad, además de matar al gato o fundar el periodismo, motorizó la pesquisa del sabueso Fray Alonso de Benavides, cuyo extenso currículum era encabezado por el extenso título de Comisario del Santo oficio y Custodio general de la Provincias y conversiones del Nuevo México. Su obstinada investigación lo llevó hasta un convento de clausura en Agreda, un minúsculo poblado de la españolísima Castilla. Allí, en tren de confesiones, Sor María de Jesús le contó al fray-cronista que efectivamente entre1620 y 1630 había estado en Nuevo México y Texas más de 500 veces, hablándole a los indígenas de los dogmas cristianos y repartiéndoles cual tentadores caramelos cruces y rosarios. Tamaño fue el asombro de Benavides cuando ella le reveló que jamás había dejado el convento. Como prueba de que había "estado" en aquellas lejanísimas tierras americanas, le precisó detalles geográficos además de describirle algunas de las costumbres de las tribus. Datos que, impactado, el entrevistador reconoció claramente.
Ella tenía para sí una explicación: seguramente Dios le había dado ese rol de ángel ad hoc para hacerle cumplir el sueño de ser misionera a ella que pasaba sus invariables días en un convento de clausura, en pleno auge de la Santa Inquisición.
En su encierro, sabríamos mucho tiempo después, la monja azul escribía apasionadamente poemas y reflexiones teológicas de una hondura sorprendente, según sus favorecidos lectores.
Su acta de defunción certifica que María de Agreda murió en 1665. Sin embargo, muchos, entre los que me incluyo, creen que no fue tan así. Lo prueban esas flores azules que aún en invierno siguen brotando entre las piedras sin un por qué.

La monja azul I

La historia parte de un equívoco. A ver, lo explico más o menos así: durante años estuve convencido de que existía una canción llamaba La monja azul. Ese título me quedó resonando, dando vueltas como el pegajoso estribillo de la estrellita pop de turno, hasta que un día decidí rastrear a través de un buscador de internet la letra de esa improbable melodía. Asombrado, o en un punto aliviado, comprobé que no existía, pero di en cambio con la historia de la "bella dama azul", también conocida como, vaya casualidad, la monja azul. Caigo en la cuenta de que mi interés puede tener cierta conexión con un temor infantil: así como tantos niños temen a los payasos o los mimos, a mí me despertaban un miedo irracional las monjas. A pesar de sus caras estudiadamente angelicales, ese hábito oscuro e inviolable me aterrorizaba, casi tanto como las gitanas o los políticos. (Continuará...)

Humo, apenas

De su padre heredó una valija llena de humo. Cada domingo, vaso medio lleno, va a la estación a escuchar esa música que sólo él escucha. Y sin embargo, el tren que no llega, igual parte en algún lugar. En él viaja su padre como viaja el río en sus ojos azules. Ahora arroja unas flores a las vías para ese perro de Troya que únicamente descarrila en primavera. Lo maneja su padre. Y viene de la guerra.

Proyecto Gabo

Diez mujeres elegidas al azar en distintos países. Morochas, rubias, pelirrojas, de 18 a 40 años. A cada una se le tatúa un fragmento de una partitura. La idea es juntarlas para que el autor de la obra la dirija en una isla. Está todo perfectamente ensamblado. El problema se desencadena un día antes del concierto. La italiana aparece muerta en el hotel, la española se arrojó de un 7º piso y la sueca es internada de apuro por una extraña intoxicación. ¿Cómo continúa la historia? El director deberá improvisar con la partitura fragmentada dándole un orden aleatorio a las mujeres sobre el escenario. La obra original ya no es tal. La improvisación, en función de las mujeres que quedaron en pie, dará como resultado otra obra. ¿La verdadera?

En el bombardeo murieron 118 civiles y se reportaron 345 heridos

La jirafa se agachó justo a tiempo.

Música de ascensor

Cuando ella calla es cuando hablo yo. Cuando callo, es su turno. Entre ambos monólogos, como un péndulo esquizofrénico, una música de ascensor viene y va, lleva y trae, sube y baja, mi silencio o el suyo. Cuando su corazón o el mío llega a planta baja se abren las puertas, el día trae flores de un jardín en guerra y la música escapa torpemente con mis pantalones. ¿Por qué no puedo amarla así?

62 por ciento

Thomas Vasek, periodista y ensayista alemán del que ignoro desde su rostro hasta su bibliografía básica, asegura haber aislado los elementos relativos a la fe para poder determinar en números la probabilidad de que Dios exista. Según sus humildes cálculos tal posibilidad es del 62%. Ante la falta de mayores precisiones, sugerimos que el 38% restante en duda se debata, en iguales porcentajes, entre el cocinero del Vaticano, la madama del Folies Bergère, la portera del Empire State, el poeta de Villa Dálmine y la primera bailarina del Cirque Du Soleil. Si los números no cierran, se recomienda dividir 158 naranjas por la cantidad de versos del Romancero gitano de Federico y luego multiplicarlo por las canciones en francés que empiecen con d. Y si aún así no se alcanza el 100%, lo más justo será rezar un padrenuestro por cada rayo que caiga sobre las Canarias o recitar de memoria el Canto a mí mismo -sólo las noches impares- hasta el próximo plenilunio.

Eslabones

La historia también se construye de lados b, de eslabones perdidos, de senkus a medio armar. Conjeturemos, completemos el incompletable rompecabezas. Preguntemos por preguntar: ¿quién fue el primero en leer el manuscrito de El Matadero? ¿Quién vendió la manzana que Burroughs colocó sobre la cabeza de su mujer para probar su pésima puntería? ¿dónde fue a parar el primer auto al que se subió Kerouac? ¿en qué mar naufragó el barco al que se subió Rimbaud para perderse en Sudáfrica? ¿quién amó por última vez a la garota de Ipanema? ¿qué fue lo primero en lo que pensó Miguel Angel cuando terminó la Capilla Sixtina? ¿aún sueñan con Philip K. Dick las ovejas eléctricas? ¿qué hubiera pasado si Caperucita se hubiera cruzado con el cuervo de Poe? ¿quién recordaría a la maja si se hubiera vestido a tiempo? ¿Quién será el que ponga el punto final?

Poesía & prozac

La pastilla roja rara vez le surte efecto. Sólo le sirve para escribir modestos ensayos o, en algunas ocasiones, disparar reflexiones que no pasan de meros aforismos. A la amarilla le debe sus mejores relatos cortos, como aquel de la mujer oriental que se suicida recitando de memoria a cummings; a la azul, piezas teatrales con cierta impronta beckettiana; a la blanca, cuentos con marcada influencia del trhiller psicológico; pero lo suyo -cree, aspira- es la poesía. Por eso, en su noche más negra, opta por la verde.

El oso de Wilcock

Exactamente un año después, el grupo de boy scouts vuelve al bosque para acampar el fin de semana. Esta vez lo hacen un poco más cerca del río. Son diez carpas, ubicadas en círculo. Armarlas no les ha llevado demasiado tiempo; están entrenados para hacerlo con precisión y rapidez. La aparición del oso en el viaje anterior, cuando compartían la fogata nocturna, corrió de tal manera cuando regresaron a la escuela que ahora la delegación es más nutrida y la expectativa de que llegue la noche crece minuto a minuto. Algunos precavidos han traído cámaras de fotos para eternizar el encuentro. Todos saben que el oso se asomó, los miró atentamente y luego se fue tranquilo, sin correr. Después supieron que volvió para lamer los platos sucios pero no rompió nada. Por lo tanto, nadie teme su reaparición; todo lo contrario, lo esperan con impaciencia. Cerca de la medianoche, el sueño está a punto de vencerlos pero resisten porque el oso no puede estar muy lejos. Cuando el líder del grupo pregunta por Andy, los niños miran a su alrededor y recién entonces notan su ausencia. Cuando deciden que hay que ir a buscarlo al bosque, aparece el esperado oso. Tiene los ojos desencajados y apenas unas gotas de sangre en las comisuras. Al regresar a la ciudad, ya nadie hablará del oso. Mucho menos, Andy.

Canzonetta

Venecia también fue un desierto. Lo confirman los peces crucificados en un cactus. Lo recuerdan las aguavivas aullando de sed, las monjas azules corriendo desnudas entre las cigarras. Venecia fue un desierto con paraguas. El bosque fallido, el polo corrompido. Un faro sin luciérnagas. También el agua donde se esconden las lluvias. Un mayúsculo fraude.

Filo

Estás tomando un café y te ofrecen, como si fuera todo lo mismo, un dvd de Coldplay, una linterna sumergible y un cuchillo azul. Es decir, un cuchillo con mango azul y hoja afilada como pidiendo tajo. Nunca está de más tener un buen cuchillo. Todo borgeano que se precie debería tener uno. Y si de pasiones hablamos, todo corte remite a él. A su antes y su después. A ese Ecuador que divide al Jekyll del Hyde que cada uno disimula como puede. Ese cuchillo azul ahora duerme alerta debajo de mi almohada. Tengo dos opciones: su cuello o su corpiño. Según el hambre de esta noche decidiré cuál de los dos se queda con su filo.

Lo que sube baja

Antes de dormirse, la mujer se saca el maquillaje, se desnuda con gestos teatrales y escribe: "Cada vez que entra a un ascensor le transpiran las manos. Pero si además debe compartirlo con una mujer, digamos con una medianamente atractiva, queda en blanco. Se marea, pierde el equilibrio y debe tantear los costados para no caer. Pide disculpas, aunque nadie se percate de la verdadera razón del vahído. Ella, que ni siquiera había reparado en ese hombre minúsculo, de bigote ralo y ojos rasgados, le pregunta si se siente bien, si puede ayudarlo en algo. Su perfume, que le llega como un portazo, acaba por marearlo aún más. Cuando recupera el sentido, ella está acostada en su cama y fumando. Antes de que pueda preguntarle quién es, cómo llegó hasta allí, la mujer le dispara entre ceja y ceja. Cuando llega la policía, lo primero que se preguntan los investigadores es por qué tiene esa estúpida sonrisa atravesándole la cara". La mujer deja de escribir y ríe.




Virginia perseguida por un lobo

Quién pudiera verla antes del zarpazo. Ni corre ni se desnuda. Hay un bosque o debería haberlo. Tendría que ser invierno o al menos debería estar lloviendo mientras huye. Un rayo le avisa y ella no entiende el brillo de su retórica. Su enérgica presencia. El lobo ha escapado de un cuadro. Estamos en el siglo XVII, pero a ella no le importa dormirse así, en otra cama. Lejos de casa. Abrazada al lobo, ya no le teme a la tormenta. Un barco zozobra a metros de allí. La costa eran sus ojos y ahora los acaba de cerrar. ¡Naufragio!

Puzzle, él

Arrastra una profunda sordera de las épocas en que trabajó en una mina de Chile. "Como Sarmiento", suele acotar didáctico. Una explosión producto más de la torpeza que del infortunio. Lo del ojo, en cambio, ocurrió cuando era muy chico. Su primo no tuvo mejor idea que estrenar un rifle de aire comprimido en un anacrónico duelo de indios y soldados. Un balín dio en el duraznero, otro aterrorizó a un gato en la medianera y el tercero lo impactó por sorpresa.
En cuanto a su pierna izquierda, el problema no es de nacimiento como podría parecer a primera vista. Quedó así desde el choque en la esquina de su casa cuando acompañaba a su padre en el Rastrojero. Un 4 L que se quedó sin frenos dio de lleno en su puerta. Su pierna nunca quedó bien y desde entonces arrastra su cojera como una maldición.
Los dos dedos menos en su mano derecha aún nos siguen impresionando. Para alguien que no está acostumbrado a las tareas de la cocina, manejar un cuchillo demasiado afilado no puede menos que terminar con sangre. Fue su caso.
Esa cicatriz en el pecho, en cambio, es más previsible. Se la debe a su primer by pass y a los tres paquetes de cigarrillos negros por día que lo dejaron al borde del trasplante. Zafó por poco, pero no de pasar por el quirófano. No se puede creer no sólo que siga vivo sino que tenga éxito con las mujeres. Hasta donde sabemos, se le conocen tres matrimonios y no menos de seis amantes. Certifican el dato los amigos del café y su hermana mayor, escritora que desde hace años le da forma a su biografía Modelo para armar. ¿Podría acaso haberlo titulado de otro modo? A pesar de esa suerte (de alguna manera hay que calificar ese milagro de seguir vivo mientras tantos caen en Irak o aquí a la vuelta) no se entiende por qué ahora va hacia la ventana, se para en la cornisa y emula a un Icaro pasado de copas. Dos días después, su hermana escribe que ese toldo a mitad de camino fue providencial. Apenas un machucón da cuenta de su estrepitosa caída en la vereda. Justo allí, donde la que devino en el amor de su vida le pidió si podía empujarle la silla de ruedas para cruzar la calle. Desde entonces, son carne y uña. Ella uña, él sólo carne. Maltrecha carne.

Putita o el fuego de Helga

Con Helga no nos perdemos ni un solo programa de las Olimpiadas de Atenas. Tiene veintidós años, es alemana y está en Buenos Aires por un intercambio de deportistas universitarios. Lo suyo es la natación; creo que fue campeona en un torneo europeo, pero no estoy muy seguro.
Soy Lucio, el amigo porteño que le ofreció su casa para lo que dure su estadía en Argentina, y les puedo asegurar que en la cama es una excelente atleta. Helga tiene ese cuerpo liso y suave de las que nadan y como tal vive cuidándose todo el tiempo: en las comidas, en los horarios, en la vida misma. No fuma ni toma alcohol. "24 horas deportista", suele decir ella y no falta a la verdad.
Entre tanto atletismo, básquet y canotaje mediatizado, practico mi deporte favorito, el zapping, hasta caer en un canal de videos. Estoy por continuar con mi travesía televisiva cuando Helga me pide, en un dificultoso castellano, "pará, pará, quiero ver eso". Y eso es un video donde varias chicas compiten en natación hasta que en un momento dos de ellas se pelean debajo del agua. "¿Cómo se llama este tema?", me pregunta Helga. "Putita -le digo-, y es de Babasónicos". Se ríe. Le causa gracia la palabra Putita. No sabe qué significa, pero le resulta graciosa. Desde ese día, en los lugares menos oportunos la repetirá ante el desconcierto de quienes creían ver en ella a la típica alemana, tan rubia como gélida. Para salir del paso, esbozan una mueca que no llega a sonrisa y cambian de tema o se van.
Días después, entre su grupo de amigos argentinos ya se la conoce como Putita. Todos la llaman así; le gusta. Sabe que fue ella quien empezó con el chiste por eso ahora no puede ofenderse. Incluso cuando compite en un torneo organizado por la Universidad de Lomas de Zamora todos le gritan "¡Aguante, putita!" y ella se da vuelta y los saluda, feliz, cómplice.
Ahora que está de vuelta en su Hannover natal pienso que mi historia con Helga no fue nada del otro mundo. Salidas, algo o mucho de sexo, y bastante televisión en mi departamento. Sin embargo, cuando abro mi correo y leo "tu Putita" me digo que nadie conoció el fuego de Helga como lo conocí yo. Su cuerpo arqueándose hacia el techo como una mariposa dominada por la luz. Sus manos nadándome hasta lo más profundo. Y esa piel, y su olor, y su boca, y la llama de Grecia, y nuestros juegos... El olvido es una música que vuelve, por eso para seguir recordándola debo ir al agua. Voy para encenderme. Voy por Putita, mi sirena olímpica.

Mi versión de los hechos

Durante mucho tiempo traté de mantenerme en silencio, no hablar con nadie; mucho menos con la prensa. El cambio de opinión responde a que estoy harto de que la historia, de la que yo también fui parte, se cuente a medias, o tan diferente que termine siendo otra historia. No es fácil decirlo, pero fui yo quien atropelló a Stephen King aquel 19 de junio del '99. A decir verdad, no lo conocía demasiado. No me gusta leer, apenas si hojeo el diario o alguna revista cuando voy al dentista. Mi esposa, que sí lee y cada tanto compra algún libro, me contó que Stephen es el mismo que escribió Carrie; es más, me hizo acordar que vimos juntos Misery, una película basada en un libro suyo. Hasta ahí lo poco que puedo decir que sabía de este tipo. Pero volvamos al principio. Esa mañana salí temprano en mi camioneta para hacer unas compras, no recuerdo bien si fui por cervezas, pero sí me acuerdo claramente que no iba demasiado rápido. Como mucho, a unos 60 km, no más. A Stephen, según me contaron después, le gustaba salir a caminar unos cuantos kilómetros por la principal de Maine para despejarse un poco y ganar oxígeno para seguir escribiendo. El iba hacia el norte por la banquina, distraido; creo que no sólo no me vio sino que ni siquiera me escuchó. Supongo que todo ocurrió en ese instante de distracción en que me agaché para retarlo a Bullet, mi perro. Cuando levanté la vista, ya lo tenía ahí; demasiado tarde para pegar el volantazo o frenar. El golpe, el ruido del golpe de su cuerpo contra mi vieja Dodge, aún lo tengo grabado en mi cabeza (hay veces en que sueño que es él quien maneja y yo el atropellado, volando por el aire, mirándolo todo desde arriba pero con la angustia extra de que nunca termino de caer).
Me bajé corriendo y respiré aliviado cuando vi que estaba vivo. Sus lentes ensangrentados habían quedado intactos en el asiento de la camioneta. Vaya a saber cómo fueron a parar ahí. Sin un solo rasguño, Bullet jugaba con ellos, entre los vidrios del parabrisas esparcidos por todos lados.
Alguien que pasaba por allí llamó una ambulancia, pero en realidad llegaron dos: una para Stephen, con el doctor Fillebrown a la cabeza, y otra para mí. Intenté explicarles de todas las maneras posibles que estaba bien; sólo tenía algunos golpes y un susto que ni les cuento. Los paramédicos no quisieron escucharme, me pusieron un collarín y me subieron a la ambulancia en cuestión de segundos.
Desde entonces, cinco largos años ya, espero que volvamos a vernos las caras. Mientras llega ese día, mato el tiempo leyendo su última novela. Para ser sincero, no recuerdo ni el título. Tantas pastillas me sumergen en profundas lagunas que a veces ni sé quién soy y hasta el pobre Bullet se transforma en un extraño. Lo único que tengo claro es que mi mujer me compra sus libros y que yo los leo con una inexplicable curiosidad. Me pregunto si será por la culpa. Sinceramente espero que algún día pueda perdonarme. Yo ya lo hice.

Puede ser el agua

Casi al mismo tiempo que en Amsterdam el castaño de Ana Frank muere lentamente de una enfermedad infecciosa a sus 150 años, en mi minúsculo jardín de barrio atravieso un duelo similar: el cerezo de apenas seis años, obtenido de buena fe en un concurso radial, agoniza sin razón aparente. De cerca, escasos metros, el limonero y la rosa china parecen acompañar desde su silencio la caída de un hermano mayor. Si el castaño de Indias, que conmovía a la niña al punto de quitarle el habla y darle motivos para registrarlo en su famoso diario, ahora es un vegetal senil vapuleado por hongos y polillas, mi dolido cerezo en cambio se presenta como un caso extraño con diagnóstico poco claro. De un día para otro, sus hojas se fueron marchitando sin que en ellas se percibieran esos microorganismos que las devoran de a poco, hasta con cierta delicadeza, dejando las suficientes pistas de que algo va mal. La ausencia de pájaros en sus ramas debería haber sido la señal más elocuente del inminente final. Nunca tuve la sensibilidad de aquella niña, me excuso.
Un llamado de emergencia al INTA fue uno de mis últimos intentos. "Puede ser el agua", especuló al otro lado de la línea el atento especialista. "El agua nuestra tiene mucho cloro", completó sin sonar a maestro ciruela. Para luego agregar que sería conveniente aportarle nutrientes al esquelético ejemplar. "Compre humus y revuélvale la tierra. Empecemos por ahí", fue su consejo final.
El arbolito de Ana se había consumido en los años '90 unos 160 mil euros en un tratamiento a toda vista infructuoso. A mí sólo me había costado una llamadita por teléfono, podía jactarme estúpidamente. Ahora no me queda otra que esperar. Cada mañana me acerco con la esperanza de verle un brote, una mínima pista de recuperación. Caso contrario, ya tengo en vista un hermoso sauce eléctrico (como el que tiene un tío en su campo de Misiones). Mi única condición será desde un principio no establecer ningún lazo afectivo. Tengo que aprender, alguna vez tengo que aprender. Salvo un verdugo, nadie puede saber el dolor que siento cada vez que miro el hacha apoyada en la pared mientras se acerca la inevitable hora de usarla.

Como leyendo el cartel

El tipo cae a la redacción como todos los días: pucho en la boca, mp3 en la oreja y una historia nueva. A ver, contáme, le digo. "Se llama el Restorán de la Ruta y se trata de...", empieza agitado, pero el ruido de las rotativas no deja escuchar el entusiasmo de su voz ni de qué va su flamante delirio.
Se sabe que en un diario está prohibido pedir silencio, por eso lo invito a un café de máquina (del más barato) y las monedas, una vez más, las aportará él. Un sorbo y el tipo se suelta. Retoma su speech: "Mirá, el Restorán de la Ruta es como una road movie pero quieta. El camino es parte de la historia, pero no la historia. Me explico: todas las historias suceden en ese restorán en el culo del mundo, atendido por un chabón de pocas pulgas, y al que en cada capítulo caerá un personaje no menos extraño. El auto en el que llegan los protagonistas le va ir dando el título a cada capítulo y...".
"Dejá los detalles para después", lo interrumpo en seco. "Restorán de la Ruta", me digo para mí, como leyendo el cartel o imaginando ese nombre en una página del diario. "Restorán de la Ruta... Vos estás muy loco..." Hago una pausa y completo la frase: "... pero me gusta tu historia. Arrancás el sábado. Eso sí, vos pagás el almuerzo".

Cumbia para mí

Para dejar de pensar en ella pienso que ella ya no piensa en mí, que prefiere seguir distrayéndose en fiestas electrónicas y escribiendo su vida en un diario sin pretensiones literarias. Después de largos años hoy saqué la guitarra del estuche para ponerme a cantar tangos tristísimos, siempre con acordes menores para soltar alguna puta lágrima. Si Mozart ni Spinetta no logran conmoverme lo suficiente, me digo que ése no debo ser yo. Pero canto, medio borracho canto como Whitman en la colina. Como un negro que cosecha algodón en un campo de soja. Canto Ella ya me olvidó y recién entonces puedo llorar un poco y romper la guitarra contra la cama y repetirme que ella, definitivamente, ya me olvidó. Antes de irme a dormir solo, beso su foto como si fuera una estampita de Santa Catalina y me hago una promesa, la última: de ahora en más, la vida será una cumbia para mí.

Apuntes de un entomólogo lacaniano

La cabeza del alfiler piensa que el globo es el que está equivocado. (Por eso) le clava su maquiavélico aguijón para luego morir con displicencia en el vientre de la mariposa que huyó de Nabokov. En la exhalación, el globo, ya marchito, se vale de la mentira de sus alas. Nos enseña así que hasta en la muerte sobrevive un instinto solidario. Como una mano en otra mano al borde de un precipicio. O bien cayendo como el grito, la hoja sin rumbo o el aire en su melodía abismal.

Todo dicho

El día que lo encontraron muerto, desparramado en medio de un oscuro callejón de Carlos Paz, todavía estaba vestido con el disfraz de Pantera Rosa. Ignacio Lépez había llegado a su último trabajo -animador part-time del Trencito de la Alegría- después de largos meses de rebotar en sus intentos de encontrar un modesto puesto como ingeniero civil. Con el título universitario colgado en el lugar más visible de su comedor, Ignacio se había dado una última oportunidad: conseguir un trabajo, cualquier trabajo. No cargaba con mujer ni con hijos. En el mundo sólo le quedaba su madre (89 años de humanidad desparramados en un geriátrico municipal), a la que rara vez visitaba. Su única compañía, puede que su único verdadero afecto en esta vida, era su esquivo gato Poe. La noche que lo encontraron muerto, Ignacio sabía que sería la última y aún así no hizo nada al respecto. Sin apuro, a eso de las 20 se puso su ajado disfraz, guardó en el bolso Adidas el desodorante, el peine y la pulsera de oro, y después de saludar con un gesto mecánico a su jefe en el puesto de la plaza se subió por última vez al Trencito. Allí tuvo la certeza de que en la mirada de ese niño rubio estaba todo dicho.

Sabrina

"Toda la noche bailé con una lesbiana". Me lo cuenta mientras tomamos el café de todos los días, sabiendo que lo que en boca de cualquier otro sonaría como un auténtico perdedor, en la de él se escucha apenas como un capítulo más del reciente separado que sólo busca alcohol, serpentina y sexo sin explicaciones. El, que es de los que todavía se enamoran, ¿por qué iba a hacer una excepción con una lesbiana? Será por eso que me cuenta frunciendo el ceño que no le hizo ninguna gracia cuando una amiga se puso entre los dos y la besó con furia, le mordió la oreja sin dejar de mirarlo para terminar pasándose de boca a boca el trago que ya podrán imaginar quien pagó. Lejos de resignarse, él manoteó al primer tipo que iba pasando y lo besó violentamente. El otro, tocado en su hombría, le pegó una piña que lo dejó improvisando un ridículo break dance en el piso del pub.
Ella, como era de esperar, se rió en su cara, pero sorprendiendo a todos -en especial a la amiga del beso y la copa- le tendió su mano para ayudarlo a levantarse, lo besó con un larguísimo beso y por último le susurró algo al oído.
Hasta ahora, digo en más de diez años de amistad, es la primera vez que me mezquina un detalle. De tanto que nos conocemos, él y yo sabemos que tengo que hacerle la inevitable pregunta "Y, ¿qué te dijo?". Incómodo, cambia de tema y después de un largo silencio prende un cigarrillo, vacía el pocillo de café y me dice: "¿Sabías que mi mamá quería llamarme Sabrina?".

La cicatriz de Moby Dick (fragmento)

La puerta se estremece por los golpes. Es extraño, el timbre funciona, por lo tanto no se entiende que golpeen en lugar de tocar el timbre. La mujer espía por la mirilla y lo ve. Lo reta: "¿Che, por qué no tocás el timbre?". Marcos no contesta. Para salir del paso masculla un chiste ininteligible y entra a la casa. Sus hijos se le abalanzan, él los besa e inmediatamente les muestra una extrañísima cicatriz: "¿Saben quién me la hizo?", les pregunta, y sin esperar respuesta (los niños están demasiado sorprendidos como para contestarle), entra en detalles: "¿Se acuerdan de Moby Dick?" Ellos lo miran incrédulos. El, sin inmutarse, les cuenta que la enorme ballena blanca del libro fue la que le dejó esa marca en el brazo. "Ojo, fue en la biblioteca", aclara y no hace otra cosa que confundirlos aún más.
Para evitar preguntas incómodas les dice que después les contará cómo sucedió, pero ahora quiere comer algo porque está muerto de hambre. Los niños se miran sin entender qué está pasando. Lucio y Camilo especulan: la cicatriz, en realidad, puede ser uno de esos tatuajes que duran un par de días. Sin embargo, el efecto está más que logrado: es una cicatriz, extraña, pero cicatriz al fin.
En Marcos Urquiza la línea entre lo verdadero y lo falso, lo real y lo imaginario, es tan delgada que una u otra posibilidad terminan dando lo mismo. Su esposa Alicia es enfermera y se podría decir que prácticamente vive en el hospital. Los chicos, en consecuencia, han crecido con abuelos, empleadas confiables y vecinos samaritanos. Pero hay un momento del día, apenas pasadas las diez de la noche, en que los niños sienten que ingresan a una zona paralela donde quedan atrás la crisis -palabra que escuchan cientos de veces en boca de su madre, su padre y los noticieros-, los deberes sin hacer, o las películas con el cartelito de "protección al menor". Ese territorio virtual excluye todo rasgo de realidad. Sólo cuentos, fábulas o relatos de todo tipo ocupan ese espacio vedado a cualquier persona ajena a la familia Urquiza. Allí, las mentiras piadosas operan como antídotos caseros para que las bombas del mundo no los saquen del sueño, no los dañen con sus esquirlas de brutal realidad. Tarde o temprano, caerán en la cuenta de que la felicidad es una mentira que acaba por descubrirse.

Maldito muñeco de nieve

Cuando hicimos el amor por primera vez yo aún no sabía que era ciega. Para empezar no estaría nada mal pero no es esa la historia que quiero contar ahora que ya ni siquiera puedo pasar horas leyéndole, acariciándola mientras le leo, rozándola con las páginas, oliéndola. Ella olía como un jardín de Bariloche, como una noche bajo los Arrayanes. Sé que no es una comparación convencional pero olía a madera humeda, a rosa mosqueta, levemente a humo. Ella fue quien me enseñó a comparar valiéndome de los olores, a explicarme con el tacto. Todo lo que ella decía leer en mis manos se cumplió tal cual, incluso lo que le pasó. "Está escrito, yo sé que está escrito", repetía a pesar de mi enojo cada vez que me advertía que lo nuestro tenía los días contados.
Hago una pausa, respiro, me sirvo un trago. Enciendo un sahumerio de canela, su preferido. Afuera está nevando y las calles están más vacías y tristes que nunca. El cielo es un techo negro, un telón inabarcable. Me gusta la nieve, me gusta porque me recuerda a ella con una insólita expresión de felicidad y extrañeza jugando a crear muñecos deformes, imposibles. A pesar de lo que pasó, me sigue gustando la nieve porque allí su risa tenía una resonancia única, porque sus ojos de ornamento se ponían -o yo lo creía- más blancos, más brillantes.
Ahora soy yo el que puede afirmar que todo estaba escrito. Yo soy el que no vio las luces del auto viniendo hacia nosotros como una bala perdida tras esquivar a un gato infame. Ella eligió creer que mis gritos eran un mal chiste para asustarla y así lograr que regresara junto al fuego. Sus manos quedaron aferradas a la cabeza del muñeco; ambos perdieron la forma como si de pronto el sol hubiera llegado a poner las cosas en su lugar.
La única vez que había visto sangre en la nieve fue en una película. Y esta película, nuestra película, terminó como terminan todas: con el fin y las luces invitando a buscar la puerta de salida. Ella partió primero. Yo me quedé paralizado en los títulos.

Não tem fim

Me he propuesto sufrir más que Sabato. Con vos puedo lograrlo, me digo entre cínico y resentido, apurando un vino berreta mientras una moza se agacha a recoger la carta y me ilumina con las mejores tetas del bar. Levanta la vista y choca con la mía, que brilla tan lasciva como etílica. Me deja su teléfono garabateado en una servilleta sucia y como estoy decidido a sufrir más que Ernesto rompo el papel, y pienso en mi anciana vecina desnuda contra la ventana para que me baje la súbita erección.
Afuera llueve como en las películas de barcos o las novelas de Conrad. La tormenta, que ahora suena peor que la peor música electrónica, colabora para que un camión derrape y le pase por encima a un perro flaco que husmeaba los tachos de la basura. Dos autos más le pasan por encima. Como es de esperar, el agua se lleva su poca sangre. Ni siquiera la carta de mi madre confesándome la aparición de un cáncer de médula logra devastarme lo suficiente. Pero tengo que intentarlo. Sufrir hasta llorar un río, como cantaba aquella negra maravillosa de la que ahora no recuerdo el nombre.
Por las dudas o el gatillo fácil, como al descuido dejo sobre la mesa de luz mi tentativo epitafio:
Tristeza não tem fim, felicidade sim. Entonces sí, cierro los ojos y me voy de a poco con el tic tac.

Instrucciones para encontrar la poesía

Abajo, bien abajo, más abajo aún, allí donde trabajan las arañas o se demora la caspa, en un rincón, lo más lejos posible, diez pisos debajo de cualquier best seller fast food (novela histórica súper top, mucho da vinci y poco código, mucho misterio y más sangre y sexo y santo sudario), ahí, sorteando el último, el humeante del aggiornado gurú de la vida sin escollos (¡oh la vie en rose!) recién entonces puede que se acceda a alguno de ellos. No suelen ser menos de 20 ni más 60, hablo de libros, de poesía en estado brutal, a la espera de ese lector con alma de arqueólogo que difícilmente dé con el poema que busca o el poema que lo busca a él. Casi como sucede con ese amor que nunca llega y acaba de pasarte por al lado o aquel que tal vez esté leyendo tu mismo libro o en su mesa de luz tenga ese mismo título. Por lo que se concluye que la poesía siempre está en otro lugar; en cualquier lugar, menos, mucho menos, en las librerías de un Shopping donde un impune vendedor puede llegar a preguntarte: ¿PizarniK? ¿Es polaca, no?

Nada original

El tipo se cruza en el centro con un sesentón que se parece a Beckett. No es que conozca demasiado al escritor, pero recuerda haberlo visto hace poco en una foto del suplemento cultural de La Nación. Ni siquiera ha leído nada del irlandés. Sin embargo, el rostro de aquel Samuel se le marcó a fuego. Piensa que vagamente le recuerda a su tío Osvaldo, un militar retirado, de gesto adusto y lo menos sensible al arte que puedan imaginar. Lo extraño no es que este hombre se parezca a Becket sino que la mujer que lo acompaña es idéntica a Patti Smith; mejor dicho a la Patti Smith de la época de su disco Horses, tan flaca y sugerente ésta que cruza desapasionadamente San Martín como aquella que nos miraba insinuante desde la tapa del disco. Samuel y Patti, es decir sus versiones de este lado del mundo, podrían ser pareja, aunque no van de la mano ni dan señales de cierta cercanía afectiva. El tipo camina detrás de ellos unas dos o tres cuadras antes de que entren a una galería y los pierda definitivamente. Justo cuando pensaba que terminaría tomando solo su café, se cruza con Amalia, una morocha que, creer o reventar, cada día luce más parecida a Penélope Cruz.

Lo que dura el efecto

Se me ocurrió viendo un documental de momias, un sábado por la tarde en que mi casa -sin niños ni electrodomésticos activados- ostentaba una paz infrecuente; de camposanto de pueblo si exagero. Los que me conocen saben que la fotografía me ocupa no sólo las horas del día sino también gran parte de las noches. Será por eso que si bien sueño como todo el mundo mis sueños son lo más parecido a fotos. A ver si me explico; si por caso estoy soñando que alguien me persigue por la estación de subterráneos de Nueva York, la velocidad de la escapatoria será lo suficientemente lenta como para permitirme ir tomando, desde ángulos imposibles, el tren que se detiene con puntualidad de té inglés, la madre con su niño buscando asiento, el policía pegándole a un carterista poco hábil, el dealer que se dirige al baño a la caza de clientes, y hasta mi otro yo corriendo por la vía hasta terminar, exangüe y sediento, en un bar atendido por mi propio perseguidor... Con la contundencia de un electroshock, el inesperado encuentro me despierta, pero al despertar cada fotograma del sueño ha sido revelado. Al menos en mi laboratorio cuelgan las mismas agitadas imágenes que acabo de soñar. Mi mujer, lejos de tratarme de loco, escribe con rigurosa fidelidad lo que le cuento porque en su novela autobiográfica yo soy el protagonista y cada foto que le aporto desde lo onírico, me explica, funciona como un nuevo capítulo que ella aprovechará antes de que pase lo que yo llamo el "efecto". Lo de las momias, en cambio, es un tanto más complicado. Me he propuesto
pasar una noche con una de ellas; se trata de la que duerme celosamente protegida en un subsuelo de la Facultad de Antropología. Es una adolescente peruana y tiene casi 600 años. Confío que a su lado voy a soñar la suficiente cantidad de imágenes para montar tal vez mi mejor exposición. Y como parte de nuestra secreta sinergia estética, mi mujer tendrá, además, el final de su morosa novela (lleva siete años sumergida en ella) y, por qué no, una bizarra foto para la tapa.

La culpa la tuvo ella

Una sola vez en mi vida me subí a un caballo. Fue en unas vacaciones de verano en San Luis, a fines de los 80. Yo que nunca tuve ni un enclenque caballito de madera ni moría por los spaghetti westerns terminaba montando un aburrido animal de alquiler a instancias de mi novia de entonces. De lo poco que recuerdo, apenas retengo un puñado de imágenes: las pocas ganas de echarse andar del explotado equino, mi cuerpo absolutamente petrificado y sobre todo el momento, el eterno momento en que decidió cruzar -sin mi consentimiento- una ruta peligrosísima para retomar su trillado recorrido. Ya perdí la cuenta de las veces que pensé qué hubiera pasado si en ese instante el ajedrez del destino hubiese puesto en mi camino un auto o uno de los tantos micros con turistas que transitan esa zona. De poco sirvieron las tres o cuatro instrucciones que se dan cuando te alquilan un caballo. El hizo lo que quiso y yo lo que quiso mi novia. Creo que después de esa frustrada cabalgata no nos hablamos durante el resto del día; esa solía ser nuestra forma de dirimir los conflictos para evitar la pirotecnia verbal. Desde entonces, ya sin aquella novia, cada vez que voy al mar o a la montaña no lo dudo: alquilo una bicicleta. Una segura y dócil bicicleta. A los caballos los sigo prefiriendo entre las piernas de Scarlett Johansson o en los poemas de Julio González.

Dorita y los de rojo

No hay día que no le pida una aspirina. Nunca se le escuchó decir me duele la cabeza ni mostrar algún signo de molestia. Simplemente pide una aspirina, la recibe, agradece y se va. Un día, la noticia altera el monótono ritmo de la oficina. Su muerte -algunos comentan que fue por una hemorragia intestinal- sorprende hasta al más apático. Dorita, la veterana de Soriano & Asociados a la que nunca le falta una aspirina en su cartera, la que surte a cuanto hipocondríaco merodee su escritorio, no puede evitar sentirse algo culpable. Tiene un nudo en el estómago y a cada rato parte al baño a llorar sin testigos. Le duele la cabeza, buena excusa para su diaria aspirina. Se siente un poco mareada, su cara en el espejo se va difuminando como un televisor mal sintonizado. Cae lentamente pero no logra dar con su cabeza en el piso porque una compañera que va entrando alcanza a sostenerla. "¿Dorita, qué te pasa? ¿Estás bien?". Son las últimas palabras que alcanza a escuchar. Cuando despierta en el hospital está rodeada de extraños. Todos están de negro; tienen una rosa marchita en la mano y se la extienden. Ella está demasiado sorprendida y atemorizada como para recibirlas. Cree conocer a uno de ellos; efectivamente, se trata de su compañero de trabajo, el de las aspirinas, la diferencia es que ahora está pelado y lleva una cadenita de oro en el cuello. Llega un punto en que está tan confundida que llama al doctor y le ruega que le cambie la medicación. Era mejor, le dice, cuando los que la visitaban vestían de rojo y le traían chocolates y libros de Corín Tellado.

Ahí

Murió prometiéndose un año sabático. En los últimos treinta años había trabajado cada vez más para ahorrar y darse ese prometido impasse para escribir la novela de su vida, la que lo desvelaba, la que le daría un modesto pasaje a la eternidad. Cada diez años (arrancó a los cuarenta) juraba que había llegado el momento de cumplirse la promesa: dejar todo y tomarse el bendito año sabático. El envión le duraba apenas unos cuantos días hasta que la realidad, la mujer o un amigo esclarecedor lo bajaban a tierra en cuestión de segundos. ¿Con qué, si no tenés un mango ni para un fin de semana sabático, loco de mierda?, solía lanzarle ella con precisión de cenicero o despedida. Sabiamente, él había optado por seguir con la poesía. Se sabe, un poema se escribe de parado, antes o después del sexo, con o sin luz, en el baño o esperando que te atienda el doctor. La poesía nunca pide, es tan humilde que asusta. Mientras la novela sedimentaba, el fantasma de Karl Kraus le repetía su artera letanía: "Todo periodista lleva una novela dentro de sí. Si es inteligente la dejará ahí..." Y la dejó ahí.


Capote

A los 10 años tuvo un perro, su primer perro, al que su padre sin mayores explicaciones y para su asombro bautizó Capote. Se trataba de un caniche poco agraciado que, sin embargo, caía muy simpático. Una noche de verano, tres o cuatro meses después, tal vez impulsado por la sed de un día de más de 35 grados, la inquieta mascota intentó tomar agua de la pileta que habían hecho construir en el fondo de la casa. Por la mañana, al salir al patio y ver a su perro flotando, inmóvil, supo que algo andaba mal. Su madre recuerda que al niño no se le escapó ni una lágrima; sólo atinó a patear una maceta y a volver corriendo a su cuarto sin desayunar. Impávidos, observaban el cuadro de situación en silencio, mientras Capote giraba lentamente movido por la brisa de la mañana. Años después, la terapia dejaría de ser un gasto inútil para empezar a dar algunos frutos. Finalmente descubriría allí su inexplicable fobia al agua, a las piletas, a los perros, a las novelas de Capote y, sobre todo, a su padre, al hijo de puta de su padre que ni muerto dejó de ladrarle que era un maldito perdedor.

Todo lo que termina

Saúl acaba de ahogarse frente a mí y ni siquiera sé quién es Saúl. Yo estaba tranquilo en el puente, mirando las luces de la ciudad, pensando en nada, cuando un hombre joven, a unos veinte metros, también apoyado en la baranda y bebiendo de una petaca, en un movimiento muy rápido y hasta se diría estudiado, se tiró al agua, decidido. Yo me quedé estupefacto, no atiné ni a correr ni a gritarle. Detrás, llegó corriendo una mujer, desencajada, gritando ¡Saúl! ¡Por Dios, Saúl, no lo hagas! En el agua, una estela marcaba el sitio exacto donde había caído Saúl. Fue culpa mía, decía ella en un sollozo convulsivo. Fue culpa mía, repetía mirando fijo al agua. Recién cuando intenté acercarme se dio cuenta de que no estaba sola. Mi presencia no modificó en nada su estado de alteración. Apenas si giró su rostro para mirarme e inmediatamente volver su vista al río. ¿Te puedo ayudar?, le pregunté, pero ya era demasiado tarde; se había tirado siguiendo el camino de Saúl. Encendí un cigarrillo, miré la última estela en el agua y me fui pensando que Andrés, una vez más, tenía razón: "Todo lo que termina, termina mal".


La cosecha de Narovsky

El tipo es un auténtico obsesivo. Está en la playa con todo lo que tiene que tener un hombre para ser feliz: un libro, cigarrillos, mate. Corre viento y aunque se está nublando no deja de ponerse protector solar. Nada le irrita más que la arena que se le pega donde acaba de pasarse crema. Sus hijas han vuelto a invitarlo a jugar al tejo y él ha vuelto a disculparse para dedicarse a su nuevo e insólito hobbie. Está concentrado en recoger vidrios de la arena (en pocos minutos la tapa del termo está repleta). Desde que una antigua novia le leyera aquel famoso aforismo de Narovsky, la idea le quedó dando vueltas y ahora, tras haber descubierto un trozo considerable de una botella de cerveza, no puede dejar de buscar pequeñas y filosas muestras de la animalidad humana. Esos restos, que la mayoría de las veces lleva el etílico sello de los desaprensivos, han dejado sus secuelas en donde se juega al vóley, se miran mujeres como si fueran amaneceres o simplemente se trota para que las vacaciones no terminen con uno. Un día, proyecta el obsesivo, bien podría construir con todos estos vidrios una botella para lanzarla al mar. A diferencia de los mensajes de los naufragos, adentro iré yo, sueña antes del tajo y el grito y la sangre y su mujer insultándolo, curita en mano.

Uno y el otro

Dos amigos en el café. Hace más de 40 años que por lo menos una vez a la semana se encuentran en el mismo lugar -hablo del Café La Musa- para hablar invariablemente de fútbol, mujeres y de cómo la vida avanza y ellos siguen anclados aquí, en este desierto con ínfulas de oasis. Uno tendrá 65, 67 años, el otro, fácil unos 70. Yo estoy a unas pocas mesas de ellos, solo, y no sin cierta envidia los veo charlar con entusiasmo, reforzando con las manos y los gestos cada palabra, ese subrayado de la oralidad tan típicamente argentino. No sé de qué hablan, pero los escucho reírse ruidosamente, mientras uno enciende su quinto cigarrillo desde que llegó y el otro contesta un nuevo llamado en su impertinente celular. Los dos le hacen chistes a una moza joven que se ríe sin ganas y cuando se va le miran el culo con un dejo de nostalgia, como un trofeo lejano e inmerecido. No puedo sacarles los ojos de encima, especialmente por el furioso teñido de sus cabellos, tan artificial como llamativo. Nada parece haber cambiado desde que se conocieron en un aula de la Facultad de Abogacía. Si no fuera por ese bastón con empuñadura de marfil en la mano de Alberto o la pierna ortopédica que sostiene a Lisandro, se podría decir que siguen igual que en sus épocas de estudiantes. Uno tan rubio, el otro tan morocho.


Rosa mística

Por creer en milagros es que estoy aquí, en una precaria casa de El Algarrobal, pidiéndole a la Rosa Mística que me devuelva la inspiración, que me revele poemas grandiosos, argumentos para una novela como las de Saer, personajes inolvidables como los de Melville o Auster. La mayoría de los fieles que veo deambular por este patio atestado son mujeres humildes; muchas de ellas han llegado en colectivo, con niños colgando de sus faldas y tantas velas como hagan falta. Es muy fácil leerles en los ojos que tienen miedo, como todos los que creen en algo. Quien no cree, no teme, leí cierta vez en una estampita. Pero eso también es mentira.