Eso

Yo no buscaba eso, lo juro por mi madre si hace falta. Había ido a la cocina para otra cosa, seguramente quería bajar algo de arriba del mueble antiguo que alguna vez fue de mi abuela (la italiana) y tanteando a ciegas la encontré. Eso que no buscaba -y me encontró- era una revista porno, aunque, claro, lo sabría mucho después. Según mi memoria fotográfica, tenía páginas en blanco y negro, y un papel satinado, un tanto grueso. Menos mal que no había nadie cerca porque fue un auténtico shock, como si te tiraran un balde de agua en la cara para reaccionar después de una lipotimia. Las imágenes me perturbaron a tal punto que no podía dejar de verlas una y otra vez, hasta que intuyendo que no era correcto que eso estuviera en las manos de un niño (yo tendría 8 o 9 años, no más) la volví a dejar allá arriba no sin cierta culpa. Aunque no volví a verla -en realidad no me animaba a bajarla otra vez- la presencia de eso se me imponía como un incómodo fantasma cuando entraba a la cocina o alguien miraba hacia la zona roja donde se había producido el hallazgo. Pasaban los días y lejos de olvidarme recordaba con más precisión cada página, cada imagen, cada cuerpo y hasta cada posición. Hoy podría decir que lo viví como una lección de educación sexual acelerada, agitada. Definitiva. Unos meses después di con el dato clave: el verdadero origen de la revista. Se la había regalado a mi viejo un tío mío con todo el cuidado y la prevención del caso; la había traído de España en la época de la dictadura cuando no se conseguían ni de casualidad en un kiosco aunque ofrecieras un puñado de dólares. Si salías del país, era casi un guiño de machos traer eso de contrabando, como si tratara de los alfajores que nos llegaban de Mar del Plata a la vuelta de las vacaciones de algún pariente pudiente. Debo reconocer que nunca hablamos de esto con mi padre pero estoy seguro que sabe que anduve por ahí. Será por eso que jamás nos hizo falta hablar de sexo; esas típicas preguntas del debut u otros temas incómodos por el estilo. Los silencios del viejo tenían mucho de sabiduría, me digo por lo bajo tratando de no hacer ruido mientras miro una porno francesa y mis hijas duermen rodeadas de peluches y virginales hadas madrinas.

Zoofisma

A las mujeres araña las pierden los vestidos transparentes, esos que piden un abrazo inmediato si no se quiere caer en la desnudez que los hombres pulpo no dudamos en interpretar como un grito de guerra. Y allá vamos, como buenos conejos letrados que somos.

Loca en sus ojos

Sin razón aparente, como hago buena parte de las cosas, el lunes dejé todo lo que tenía planeado para esa tarde y me fui derecho a comprar una parcela en un cementerio privado. Justo yo que cada vez que sale el tema digo “a mí crémenme, ni locos se les ocurra meterme bajo tierra”. Lo digo y de pensarlo nomás me falta el aire. Quiero creer que fue para evitarle un problema más a mi familia cuando llegue ese puto momento. Para esa inesperada inversión me gasté los pocos ahorros que tenía sabiendo que más temprano que tarde me iba a arrepentir; sobre todo cuando le contara a mi mujer. La reacción esperable (como si la estuviera escuchando) habría sido algo por el estilo: “No me comprás la cocina que está hecha pelota; no sé si te diste cuenta que le sale más humo que al Torino de tu viejo; y encima te gastás la poca plata que tenemos en una tumba!! Sos un boludo, definitivamente sos un boludo”. Sin embargo, la madre de mis hijos me sorprende con su versión más Osho: “Hiciste bien Humberto, uno nunca sabe cuándo la va a necesitar”. Lo dice bajando la vista hacia el cuchillo que sólo yo uso en la casa y que inesperadamente está en su mano brillando como las estrellas en el cielo de Hollywood. Ahora dudo si darle las gracias por no reaccionar como una loca o si salir corriendo porque la loca en este preciso momento está riendo en sus ojos como poseída.

Comienzo de la novela que no

Uno es esclavo de sus obsesiones y sólo lo entiende cuando las deja ser. La historia de la monja azul estuvo en su cabeza más de 30 años y un día, uno cualquiera, se decidió a contarla. No ya con un afán de posteridad sino más bien para morirse tranquilo. A Aldo Lisboa le habían diagnosticado un cáncer de pulmón y no le quedaba demasiado tiempo para postergar sueños o meros trámites literarios.

Ese día el cazador optó por quedarse

Noche. El ignoto escultor ruso viaja a las profundidades del bosque donde alguna vez quedó atrapada su sombra. Al llegar, conmovido, primero decide darle un nombre a ese invierno con raíces y a posteriori elige un árbol al azar porque en el sueño, el último, era cualquier árbol en el que habría de descubrir oculta la obra destinada a eternizarlo. La misma debería evocar su rostro y llevar por título“El espejo”. No contaba, mucho menos en el sueño aquél, con una tormenta nada azarosa ni con la pericia de ese rayo con hambre de pájaro carpintero. Roto el espejo en ciernes, el bosque se miró en el escultor deshecho y en sus ojos amaneció por primera vez.

¿En qué piensan los luchadores de sumo?

El proyecto piloto, encargado por una universidad privada vinculada a capitales españoles, consiste en salir a la calle y preguntar de improviso -mientras más espontáneo sea el objetivo, mejor- a niños, adultos y ancianos: “¿En qué piensan los luchadores de sumo?”.
Es de esperar que la primera reacción sea de sorpresa para luego inquirir si no se trata de una cámara oculta o una impertinencia sin el más mínimo sentido. Entonces se les explicará que no, que no es ningún chiste y que la encuesta tiene un profundo rigor científico. Lo lógico será que tampoco crean esto y se den dos situaciones: 1) Que molestos den vuelta la cara y sigan caminando como si nada. 2) Que sugieran al encuestador que se busque un trabajo en serio.

No obstante, y luego de mucho buscar, se logra dar con un pequeño pero compacto grupo que entiende claramente la consigna y la responde con sinceridad, aunque se permiten un dejo de ironía o malicia.

Lo que sigue son algunas de las posibles
intuiciones acerca del ¿hasta hoy? desconocido mundo interior de los luchadores de Sumo, esos insondables embajadores del deporte imperial que intentan mantener viva la llama de los dioses Takemikazuchi y Takeminakata.

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- “En ese exacto momento en que la crisálida se transforma en mariposa y se echa a volar”. (Ofelia, 37).

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“En que ese perfume que le regalaron es demasiado parecido al de su jefe y él odia a su jefe”. (Jorge, 25).

- “En que su mujer está sola y su mejor amigo también está solo”. (Raúl, 31).


- “En la mosca que está acercándose y que esa distracción podría costarle la derrota”. (Ana María, 18).


- “En esa gota de transpiración que se le desliza lentamente hacia el ojo. Sabe que no puede evitarlo y sabe que le arderá. ¿Podrá? ¿Le alcanzará con un solo ojo?”. (Emilse, 22).


- “En el avión que acaba de cruzar y en el que viaja su hijo a estudiar en una universidad inglesa. Piensa si le podrá pagarle los estudios. Piensa que tal vez no fue una buena idea”. (Ricardo, 45).


- “En que esa mujer de pollera verde, ubicada enfrente, no deja de cruzar las piernas. ¿Lo estará haciendo a propósito o será un tic nervioso?”. (Adela, 39).


- “En que su contrincante tiene unos hermosos ojos azules y no está nada mal. Si tal vez adelgazara un poco…”. (Juan, 20).


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Testimonio de Ramiro Favero (26), el joven que lleva la bandera argentina en su mawashi. “Cuando me preguntaron si yo, como luchador de sumo estaba de acuerdo con la encuesta, les fui muy sincero: ‘Preferiría saber qué piensa una psicopedagoga de esas que te piden que le digás un animal con el que te identificás'. Parece que les molestó porque me dijeron un frío gracias y se fueron ahí nomás a hablar con mi oponente”.
El susodicho, Omiko Tokoro, un descendiente de japoneses pero más porteño que el Abasto, ni siquiera les tuvo paciencia. Al minuto ya había levantado a una de las encuestadoras por sobre su cabeza y cuando todos pensábamos que la iba a arrojar al estanque con los peces koi, la bajó de nuevo y muy serio le dijo: “¿Te asustaste, no? ¿En qué pensabas vos cuando estabas allá arriba?”.
Asustada y recuperando de a poco sus colores, la chica le contestó con cierta timidez: “En nada, la verdad es que no pensaba en nada”. “Bueno, en lo mismo pienso yo cuando estoy luchando. ¿Te quedó claro?”, le arrojó molesto, sacándola definitivamente del círculo virtual en el que ambos cruzaron esas pocas palabras.
Tan claro le quedó que desde ese preciso momento el proyecto fue totalmente desactivado.El equipo arribó a la simple y contundente conclusión de que el sumo es un deporte ininteligible, demasiado inasequible para ciertas espíritus sensibles que preferirían el lirismo de una pelota de béisbol partiendo en dos el aire o una jabalina arrojada allí donde estacionan los pájaros.
Por sanidad mental, lo próximo que abordarán estos profesionales de la consigna será ahondar en oficios más permeables como los pulidores de mármol, las depiladoras o los afinadores de piano, entre otros tantos seres que hacen de lo suyo una respuesta sin pregunta.


Cipreses

Un quejido ronco, acaso un murmullo, lo acompaña camino a la tumba de su madre. Mientras, su hermano lo espera en el auto, leyendo el diario que ella escribió a lo largo de cuarenta años. El camino de cipreses es una imagen que ambos guardan de su niñez, tal vez del lejano entierro del abuelo Francisco. Ahora, siente una extraña sensación de alivio en el pecho; inspira todo el aire que puede sospechando que algo de esa paz podrá llevarse consigo cuando deje las últimas flores y a solas le diga a su madre todo lo que nunca se animó. El viento forma parte de un pacto que el hermano se niega a revelar pero que él cree desentrañar de casualidad al detenerse de tanto en tanto a leer epitafios en latín. Ese epifánico aullido que de pronto proviene de los cipreses no es otra cosa que la música con la que el camposanto da la bienvenida a sus nuevos inquilinos. Esto que acaba de explicarle el hermano con su habitual sabiduría no parece tener vinculación con que extrañamente el auto no arranque. Una voz, que no es de ninguno de los dos, advierte que es inminente la caída de la noche. Ambos están tranquilos; mamá, aún tibia allá abajo, habrá de protegerlos como cuando eran niños y jugaban a hacer pozos, minúsculas tumbas, para guardar en unas la luz, en otras la sombra.

Taller literario

Bastó un zapato, un único y común zapato tirado a la orilla de la ruta, para descubrir que el hombre que alguna vez estuvo en él es prescindible en esta historia. Dentro del zapato, y esto es lo que importa, hay un escarabajo que lo abandona lentamente para trepar por la mano de un niño que lo atrapa con habilidad de adulto y lo guarda con extremo cuidado en un frasco. Lo que el pequeño desconoce es que en caso de romperse, el zapato volverá al pie original y el insecto ya no será el insecto.

Stand Up

Se paró frente a ella como si ella fuese un micrófono y de golpe arrancó con una imparable catarata verbal. Prácticamente sin respirar, empezó a decirle de todo. No ahorró insultos, reproches, golpes bajos. Fueron exactos ocho minutos, controlados por reloj. Cuando terminó, su mujer lo miró a los ojos y, tras segundos que parecieron eternos, estalló en una carcajada. Ahora sí, más confiado, se fue a bañar, eligió la remera de Groucho Marx, el jean negro y cerca de las once salió hacia el teatro convencido de que esta sería una gran noche.

Diario del Coyote

20 de noviembre, 8.30 hs. Hoy decidí ayunar. Quiero estar más liviano y rápido que nunca. Estuve haciendo una serie de cálculos y es muy probable que todo salga tal como lo planeé. Está todo dado para que éste sea finalmente el día que tanto esperé. He dejado la mesa preparada, los cubiertos afilados, el plato bien limpio. Creo que jamás sentí tanta hambre como en este momento. Esta vez no tengo excusas, debo ir por lo mío.

Con un ojo abierto

Detesto a los melancólicos. Odio sus coartadas, sus remedios homeopáticos. Repudio esa teatral autoindulgencia con que silban un tango o cortan un pedazo de carne. Estén donde estén, su lastimosa mirada remite a un puerto, especialmente al barco que se va. Estos espantapájaros de oficio sólo pueden ver al mundo en reverso, nunca la vista al frente, la mano que espera (abierta). Eso sí, son previsores: duermen con un ojo abierto, estacionado por si acaso en el vano de la puerta. Y está probado que son los que se quedan eternamente en la duda extática de si deberían haber dejado todo y animarse a dar el salto. Están tan ensimismados en su propia historia que escriben de otros únicamente para vivir la vida que se niegan a sí mismos. Para ellos, esta bala de salva; esta única y definitiva bala perdida. ¿Quién dirá mía, quién con ese pusilánime hilo de voz?

Sarkozy

No sé cómo terminamos hablando de Sarkozy. Creo que fui yo el que dijo algo de que tenía ganas de viajar y puesto a soñar gratis mencioné al voleo París, Lisboa, Praga y alguna ciudad más. Germán, un ex compañero de la secundaria con el compartía un café después de, fácil, unos quince años, me interrumpe y me dice “¿te enteraste que murió madame Arlén, nuestra vieja profesora de francés?”. “No, ni idea”, dije como para contestarle rápido y seguir con mi hipotético periplo. Justo llega Ana María que llevaba a su hija al dentista. Se para a saludar a las apuradas pero antes de irse me reclama el libro de Baudelaire que me prestó hace mil años. Cuando intento retomar el hilo, digo “porque en Francia…” y ahí, ahora me acuerdo perfectamente, el Gordo (o sea Germán) me salta: “Ni en pedo, con Sarkozy está todo mal. No te lo aconsejo”, como si hubiera vuelto de allá hace unos días y estuviera al tanto de los problemas de los galos. (Aclaro: el Gordo, como mucho, cruzó una vez a Chile). Y después la remata con su mejor cara de politólogo: “Si no fuera por la Carlita Bruni, al Sarkozy ese ya lo habrían bajado de un hondazo”. Sin esperar mi respuesta, Germán grita un impostado “Garçon, la cuenta por favor” y una vez más, como en los viejos tiempos, me deja pagando a mí. ¡Merde!

De eso se trata

Hoy es el día más feliz de mi vida: renuncié al trabajo y tengo el tiempo suficiente para escribir que hoy es el día más feliz de mi vida porque renuncié a mi trabajo. Si tuviera que trasladar esa sensación a una metáfora, diría que me veo como el perro que en vano intenta morderse la cola hasta quedar agotado e impotente pero satisfecho por haberle sido fiel a su instinto. Así me siento ahora, en este preciso momento en que miro la calesita como si fueran mis pensamientos los que giran en ella. También podría contar que acabo de separarme, pero ese es otro capítulo. Prefiero, en cambio, sentir este extraño mareo en el que todo da vueltas a mi alrededor mientras yo sigo en el eje, quién sabe por cuántas horas más.
Siempre me jacté de que podía prescindir de los psicólogos, simplemente por tener un par de amigos con fino oído y lengua discreta. Pero hoy, para qué mentir, siento que ni siquiera eso me alcanza. Entonces salgo a caminar sin rumbo fijo y termino, indefectiblemente, en el Parque. En la calesita del Parque. Me quedo horas viéndola girar, pensando que esas caritas de velocidad son en potencia las de un futbolista, un torturador, una modelo famosa o un biólogo marino. En cada una de ellas veo a mis hijas y eso me recuerda que tengo una deuda pendiente. Siento una presión a la altura del cuello, como si una corbata demasiado celosa me estuviera quitando el aire. Si me pusieran un espejo, seguramente vería mi cara morada, los ojos a punto de explotar. Esta misma cara de desconcierto frente al monitor. De eso se trata, de explotar y no saber cómo.


Me lee, la leo

Me suele pasar muy seguido eso de dormirme con un libro entre las manos. Lo habitual es que ella me lo saque con delicadeza, lo cierre y apague la luz, pero esta vez altera eso que no llega a ser una rutina y con igual cuidado me lee al oído. Ya en el sueño le escucho decirme te amo en portugués. Por cosas así, despierto se lo digo yo en mi mejor francés. Como un ajuste de cuentas, apago la luz para leerla de arriba a abajo con estas manos.

Franz en Jules

Franz Skarbina acaba de dibujar su mejor retrato, el de Jules Laforgue. Al terminarlo, de inmediato visualiza una imagen del futuro: alquien mira ese dibujo y se pregunta cuánto había de Franz en Jules.

Cuidado, canciones tristes

La enfermedad es extraña, desconocida, ni siquiera tiene nombre, o al menos eso le dicen los numerosos especialistas que la han visto en los últimos meses sin poder disimular su perplejidad. Por lo que cuenta, se la descubrió ella misma mientras caminaba a la orilla del mar, durante las vacaciones en Villa Gesell. Si tiene que explicárselo a alguien ofrece la siguiente síntesis que, por repetida, ya suena a estudiada: “Basta que recuerde o escuche una canción triste para que empiece a reír sin parar hasta que se me caen las lágrimas y recién ahí es cuando siento una especie de equilibrio reparador”. Ante este extraño cuadro, debe andar por la vida más que precavida, no sólo evitando pensar en ese tipo de canciones o, lo que es mucho más difícil, escaparle a la música que sale de radios, autos que pasan, ventanas abiertas, disquerías, novios despechados. Los médicos, o la mayoría de ellos para ser justo, no son nada optimistas al respecto. Por ahora, resignados se limitan a reír como locos con ella y hasta llorar a los gritos si tal gesto empático fuera necesario.

Bolero de hoy

Desarmar los relojes era lo más fácil. Quizá porque no lo hacíamos con la intención de volverlos a armar. Se trataba de ver cómo funcionaban en ese estado; saber si como creíamos el tiempo era un dócil rompecabezas que no tenía ni atrás ni adelante. Horas nos llevaba desnudar cada esqueleto metálico hasta que el latido final sobrevenía, inevitable, como la alarma del último minuto sobre la tierra.

Usted es

Quería pasar inadvertido, se había puesto unos anteojos oscuros y caminaba rápido, mirando para abajo. A pesar del esfuerzo, una mujer madura que parecía estar sumergida en una revista lo reconoció. "Usted es…", no alcanzó a completar la frase porque un guardaespaldas se le vino encima antes de que pudiera identificarlo. El pasillo del hospital estaba repleto a esa hora de la mañana. Niños llorando, mujeres con bebés colgándoles del pecho, enfermeras corriendo su cotidiana maratón; la escena de todos los días pasaba como una película frente a sus ojos y él sólo pensaba en verla. Su idea fija era llegar hasta la habitación de ella sin cruzarse con los molestos de siempre. Estaba por abrir la puerta cuando desde adentro salió un tremendo grito que congeló su mano en el picaporte. Superado el impacto, en un segundo logró decodificar ese grito: decía claramente “¡andate!”. Destrozado por lo que consideraba una reacción inesperada, bajó la cabeza y se fue camuflado detrás de un hombre que acompañaba a una niña en silla de ruedas. A mitad de camino no tuvo opción: se le apareció a su paso la misma mujer del pasillo, quien esta vez en lugar de decirle “usted es…” prefirió robarle un beso como módico trofeo. Ahora sí, pensó, sus amigas no podrían creerle que estuvo con…

Los ojos de Moe

Lo descubrió de casualidad mi mujer en una película muy mala; creo que se llamaba “Blancanieves y los Tres Chiflados”, pero no estoy muy seguro. Fue un domingo, de eso no tengo dudas porque estábamos almorzando pastas en lo de mis suegros. Será porque habíamos pasado toda una vida viéndolos en blanco y negro que, prácticamente gritando, ella me dice con el tenedor suspendido en el aire: “¡Mirá, Moe tenía ojos celestes!”. Si hay algo en lo que jamás me hubiera detenido, pienso y se lo digo, es en los ojos de Moe. En el color de los ojos de Moe. Reconozco que en ese momento yo estaba más atento en escucharlos en su inglés original; a mí, la verdad, me siguen gustando más doblados al castellano, no sé, será la costumbre. Cómo son las cosas, en mi biblioteca debe haber no menos de cinco biografías de los Tres Chiflados, las cuales he leído de punta a punta, y ahora vengo a descubrir que Harry Moses Horwitz, el tirano de flequillo, el rey de los piquetes, tenía ojos claros. Mientras recoge los platos sucios de la mesa, mi suegra, confesa seguidora de Los Hermanos Marx, intenta aportar algo acerca de la morfología de los rulos de Larry, pero después de aquel hallazgo a quién podría importarle eso.

Tres

La foto era en blanco y negro, con una esquina rota y un tanto ajada, como si hubiera estado mucho tiempo fuera del álbum familiar. En ella había tres hombres, en orden decreciente en cuanto a estatura y edad. El más alto era el padre, el del medio el hijo y el más pequeño el nieto. Los tres se ven bien vestidos, prolijamente peinados y algo serios, quizás cohibidos por el fotógrafo y la posteridad. Los tres han muerto hace demasiados años; no menos de 25 o 30. En realidad, no es el recuerdo lo que conmueve como ayer a toda la familia. Lo que se puede leer con toda claridad detrás de la foto es lo que aún hoy les eriza la piel, lo que revive en ellos un interminable sentimiento de venganza. La letra del asesino, palabra por palabra con la sangre de los tres, sigue latente ahí, peor que un fantasma, mucho peor que haber visto todo.

Pensándolo bien

De la noche a la mañana se le dio por hacer pilates, por escuchar esa insoportable música de delfines, por leerse todo Osho, por evitar el maquillaje y hasta por dejar de fumar sus dos cigarrillos diarios. Pero ahí no termina todo. Me hace dejar los zapatos en la puerta, colgar cada camisa y pantalón que me saco, recoger el diario (sí, soy de los que dejan una parte en el baño, otra en la cocina y hasta debajo de la cama) y hasta bañar al perro, aunque sólo tengamos un gato de esos que te caen de arriba. Esto, por ser sintético y no sonar como el típico macho despechado. El problema, el real problema, es que consciente o no ella extendió su cambio radical a mi vida y mi vida dejó de ser eso: mi vida. Ante esa descomunal invasión, siento que me quedan dos opciones, no más: irme o matarla. Pero, pensándolo bien, ¿por qué irme?

Dulces sueños en un Skona

Aún sin saberlo, todos soñamos con dormir en uno de ellos. Especialmente en los rellenos con pelo de caballo. Créanme, una noche sobre un Skona es lo más parecido a una luna de miel bajo techo, a un largo día en un spa de Bombinhas. Tan lejos estamos de ellos, en precio digo, que sólo podemos mirarlos detrás de una vidriera pensando que alguna vez la dulce fortuna nos pondrá en las manos el número ganador y con él la posibilidad de entrar a comprar un Skona. Hasta que llegue esa oportunidad, invento nuevas excusas para probar sus diferentes modelos: el de resortes bicónicos de acero, el relleno de látex, el de tela termofusionada, el de cáscara de espelta, el de plumas de ganso; en fin, son tantos que ya se me complica encontrar coartadas creíbles para recostarme un rato en un Skona. Esto, sin ir más lejos, lo estoy soñando de espaldas sobre el último modelo que pusieron en exposición. Seré más preciso: es todo blanco y a medida que uno sueña, el sueño se va escribiendo a lo largo y a lo ancho. Al despertar, un extraño cuento ha quedado impreso en ese material indefinible. Ahora bien, nada es lo que parece: los clientes que llegan y se ponen a leer con inocultable curiosidad entran en un sopor que los lleva a buscar el primer Skona que encuentran para caer como álamos talados. Ese, precisamente ése, será el que compren para sus mejores pesadillas.

Acá y más allá también

¿Quién puso la estampita sobre el piano?”, pregunta con vehemencia aunque ya sabe la respuesta. Resignado, la deja a un costado y vuelve a poner el portarretratos con una foto de su perra. Sabe que ser soltero y vivir con la madre tiene estas cosas. La anciana no desaprovecha ocasión para intentar contagiarle al hijo algo de su desbordante fe; por ejemplo: mientras él ensaya una pieza que interpretará con la Sinfónica no es extraño que encuentre intercalado el “Oratorio de los milagros” o “Réquiem para un ángel caído”, piezas clásicas en toda reunión de feligreses. O esa molesta costumbre de interrumpir el almuerzo o la cena para rezar una oración. A disgusto, Rolando tiene que dejar de comer y sumársele aunque más no sea con un respetuoso silencio. Tampoco falta el golpe de efecto de encontrarse todas las noches en su mesa de luz con una gastada Biblia de tapas de cuero que él, con entrenado tacto, volverá a dejar sigilosamente en la habitación de su madre mientras duerme abrazada al rosario de la abuela. Aunque a veces le gustaría mirarla a los ojos y decirle que nada de eso tiene sentido, que la vida termina y ya, que no hay nadie esperándonos del otro lado, vuelve a caer en la cuenta de que es tarde, muy tarde. Ella es apenas un fantasma, un leal fantasma que le recuerda cada día que una madre siempre está más allá.

Segurísimo

No me acuerdo su apellido, pero segurísimo que se llamaba Aníbal. Lo sé porque cuando me lo presentaron pensé para mí “se llama igual que mi hermano; imposible que me olvide su nombre”. Los años, unos veinte tal vez, pasaron y nunca más supe de él. Hoy, de pura casualidad, me encuentro con su ex mujer y vuelvo a acordarme de Aníbal. No me animo a preguntarle cómo está él o qué es de su vida. Desconozco si terminaron en buenos o malos términos; temo que me responda “no sabés, Aníbal murió hace dos años, una enfermedad fulminante, no pudimos hacer nada”. Evito entonces la pregunta incómoda y a cambio la invito a tomar un café. No sabría explicar cómo, qué dije o hice, pero a las dos horas estábamos en su cama. En el momento menos oportuno, podrán imaginarse, estábamos llegando al clímax y a la par que ella lanzaba un aaaaaaaaahhhhhhhhhh largo y sostenido, se me sale casi en un grito un aaaaaaaaa…¡níbal Olaver! La puta madre, ¿justo ahí tenía que responderme la duda que me había rondado desde que me encontré con Serena? Ella abrió los ojos como un dos de oro y con un odio indisimulable en la voz me preguntó: “¿Me estás cargando, imbécil?”. Si le decía que no, no me hubiera creído. Opté por mentirle. “Lo vi, estoy seguro que lo vi en el espejo y me hacía así con la mano (un tajo en el cuello)”. Debo decir que lo tomó mejor de lo que esperaba. “Siempre me hace lo mismo. Cada vez que me traigo un tipo, se aparece en el espejo y lo amenaza. No le des bola”. Le hice caso. Sin mirar hacia donde estaba Aníbal, me vestí a desgano y cuando Serena intentó preguntarme mi nombre le tapé la boca con un beso. Otro día tal vez se lo diga, mientras tanto prefiero que me recuerde sólo por mi apellido.

Madera oriental

Una japonesa abre la puerta. Es una foto en el diario, pero ¿quién podría afirmar que no hay vida en las fotos? No faltará quien me diga que no hay nadie esperándola, que está llegando a su casa después de un día tremendo en el hospital. Digo hospital porque para mí ella es enfermera, aunque también podría ser cirujana (manos finas, uñas muy cuidadas). Como no hay pruebas ni señales de que efectivamente alguien la esté esperando, ya estoy allí sentado, con la mesa preparada, su comida preferida y un sahumerio de madera oriental para armonizar el encuentro. Comprenderán, no quiero ser descortés, pero es hora de ir cerrándoles la puerta.

La chispa de mamá

Sabíamos que algún día le iba a pasar. Por terca, por orgullosa. Se lo decíamos y ella como si nada. Sobrevoló tantas veces y tan peligrosamente las hornallas con su larga melena sin atar que ese día no tardó en llegar. Fue un treinta de agosto; lo recuerdo como si fuera hoy. Cocinando como siempre, se acercó lo suficiente para que el fuego ganara su cabeza con una velocidad inusitada. Nosotros recién nos dimos cuenta cuando escuchamos a mamá gritar como loca y, aunque nos pedía ayuda, no esperó que le tiráramos agua o una toalla encima; salió corriendo a la calle y no hubo vecino, rápido o no de reflejos, que pudiera hacer algo por esa mujer consumiéndose a lo bonzo. Hoy no dudamos de que se salvó de milagro y ella no deja de decir a quien quiera oírla que está viva gracias a Santa Rosa de Lima. Con mis hermanas hicimos un pacto: ya no la dejamos ni acercarse a la cocina; la menor es quien se encarga de la comida y yo de prender el calefón y el calefactor. Mamá pareciera no estar molesta por nuestras decisiones; mientras peina durante horas la peluca roja, aprovecha para fumar a escondidas sus cigarrillos apagados. Uno tras otro.

Hasta ayer

Apenas terminaron de enterrarla, se miraron y sin decir palabra volvieron al auto. En el camino, Lorenzo estuvo tentado en comentarle lo que se le cruzó por la cabeza y que antes no había notado: desde el cementerio se podía apreciar la mejor vista de la ciudad. Allá abajo, en ese pozo que los años fueron rellenando pacientemente de calles, edificios e historias poco dignas de contar, un millón y pico de personas seguían evitando alzar la mirada hacia la colina donde los huesos de alguno de los suyos había ido a parar antes o después. Genaro era uno de esos supersticiosos. Hasta ayer. Con su hermano Lorenzo alguna vez se juraron no volver a pisar jamás el tumberío, pero su madre se los había pedido encarecidamente en su lecho de muerte: "El día que llegue el turno de Negrita, entiérrenla conmigo". Cumplido el deseo materno, ahora ambas descansan en paz. Ellos, en cambio, no pueden dejar de regresar todos las noches a cavar sus propias tumbas.

Lo de Ocampo

En el jardín de las hermanas Ocampo un cactus de origen mexicano acaba de abrirse junto a la misma pared blanca donde el sol de abril se permite un exiguo descanso. Una mariposa queda atrapada, en realidad atravesada en una espina, mientras adentro de la casa departen fogosamente unos veinte escritores. Hoy, extrañamente, nadie ha salido a fumar o a respirar un poco de aire puro. En consecuencia, ninguno habrá de toparse accidentalmente con la mariposa en el cactus. La poesía, como el amor, confirma que es elusiva por naturaleza. Con la noche, los escribas parten uno a uno hacia donde la ciudad les reserva un anaquel, una copa y una cama. Todos se van, incluso el cactus. Volando.

La procesión va

Los únicos, los mínimos e indispensables movimientos, se desarrollan en el antes y el después. Estrictamente estudiados, son tan precisos y mecánicos que parecieran responder a un guión. Cada cambio de guardia conlleva algo de patriótico déjà vu; de polaroid sanmartiniana que nunca habrá de perder la huella hacia el portarretratos. Los niños miran a esos robots domesticados como se mira a Don José sobre su fiel caballo congelado. De reojo, padres, maestros y curiosos sucumben al poder simbólico de tales muñecos de carne y hueso que apenas se permiten respiran para no alterar los laureles de la solemne foto. Pero adentro de sus cabezas, los imberbes granaderos juegan, sienten, se excitan incluso (¿imaginarán sus sables en alto?). Se ven a sí mismos tomando por asalto las piernas de esa maestra jardinera o el cuello de aquella madre de veintipico y así el frío de julio milagrosamente se les va como un transporte escolar o ese periodista desdeñoso que ni mira ni toma notas. A veces, puede que sus ojos se disparen detrás del taxista que enfurecido encierra a la motito del delivery. O se cuelguen buscándole formas reconocibles al gratuito humo de los micros. Imperturbables, debajo del uniforme ellos también bailan por un sueño.

Yendo se escribe así

Un ejército cae derrotado en una batalla que, a priori, se presentaba favorable. Cuando llega la hora de recoger a los heridos, un moribundo alcanza a dejar su última palabra, tal vez dirigida a la mujer que lo espera de vuelta a casa. La palabra está a punto de llegar a destino pero al rozar las siemprevivas del hogar detona y a ella sólo la alcanzan esquirlas de un inesperado silencio. El silencio de él abrazando al de ella.

Panda del minuto

La miro dormir. Desvelado la miro dormir. Con envidia. Hambre, acaso. En esta noche de brazos abiertos ha caído como una gemela para que yo me pierda entre sus escombros más tiernos. A oscuras, la hurgo sabiendo que aún hay fuego en su centro. Luz de giro hacia un bosque que empieza y termina en el sueño que otra vez me deja afuera. En él habita el panda que trabaja un minuto por día para procurarse la miel de su ausencia. Comerla es su instinto. Hablo de mí.

Esa clase de hongos

Tuvieron muchos hijos, demasiados, sólo porque vivían a orillas del mar. Desde el vamos consideraron que esa cercanía sería la más propicia para la reproducción indiscriminada. ¿Quién en su sano juicio, argumentaban, podría sustraerse a la acompasada música de las olas, al rumor del viento cuando desova y especialmente a esa luna varada en la ventana? En clima tan inspirador concibieron a sus dieciocho versiones. No obstante, un día la cadena habría de cortarse abruptamente. Un tsunami soñado por el más pequeño de la casa los sorprendió en plena noche; a ella arriba, a él abajo, y a los chicos durmiendo o leyendo o jugando con los fantasmas de siempre. En cuestión de segundos, quedaron todos pendiendo del árbol más alto y antiguo de la costa. Y allí debieron continuar por años, camuflados entre ramas y aves cada vez más familiares. Vivieron de cazar pájaros, pescar mantarrayas y tortugas de agua, y, en no menor medida, de la caridad forzada de turistas desorientados. De a poco, los hijos se les fueron yendo: unos detrás de mujeres anzuelo, ellas detrás de capitanes de barco o marineros vírgenes y un puñado de la mano de la muerte misma. Ya solos y sin el hambre de entonces en el cuerpo, madre y padre se miraron a los ojos por primera vez. Un solo objetivo los llevó a bajar del árbol aquél: recoger esa clase de hongos con la que empezó todo.

Chau Irene

Escucho un “Chau Irene” pero no alcanzo a verle la cara a quien la despide. La voz, tenue, tal vez adolescente, sube sola al micro y parte conmigo. Trato de concentrarme para retenerla, para no distraerme con la radio del chofer o lo que conversan dos tipos que recién salen del trabajo. Desde entonces, cada mañana la voz de la que no es Irene me dice “levantate, amor” y yo me levanto con la convicción de un soldado. Desayuno solo pero siempre hablamos de todo un poco. Comentamos lo que dice el diario, lo que cada uno hará el resto del día, dónde nos gustaría ir a la noche. Una tarde cualquiera, me distraigo mirando artesanías y la voz de la que no es Irene se me pierde en la plaza y ya no hay nada que pueda hacer para impedirlo. “Chau”, es lo único que atino a decirle a sus espaldas (o a lo que imagino como ella yéndose) y cuando pienso que todos estos árboles sólo crecieron para esperar el momento en que yo decida colgarme, la Irene que no es la voz se da vuelta y me pregunta: “¿Me hablás a mí?”.

Que no, que gracias

Es un regalo. Te juro que es un regalo. No tengás miedo, es para vos”. Y yo, que no lo conocía, que nunca recibí nada de un extraño, lo miré a los ojos para decirle que no, que gracias, pero él ya se había ido, dejando su cuerpo ahí, vacío, para que yo pusiera mi oído en su corazón aún en ritmo y al cerrar los ojos viera con los suyos eso para lo que, a falta de palabras o definición más certera, nunca dudé en llamar regalo.

Museo de la nieve

Cuando llegamos ya era demasiado tarde. Sólo quedaban charcos aquí y allá donde ahora con cierto esfuerzo llegamos a intuir un cuadro impresionista, una columna dórica, puede que una escultura románica, acaso el grabado de una mujer dormida junto al fuego. Lo que vemos, en realidad es eso que no vimos y que creemos poder reconstruir apelando a una arbitraria combinación de relato oral e imaginación. A la salida, ni ella ni yo lo decimos pero sabemos perfectamente que fue un error imperdonable haber esperado la primavera para traer a los niños.

La poca sopa

Da vueltas una, dos, veinte veces, alrededor de la lámpara hasta acercarse lo suficiente. Después, lo previsible: queda fulminada al instante. Su caída se produce tan ahí como todos podrían imaginar. El niño, otrora animalito boquiflojo, deja de comer ipso facto. Y no por asco, como cree su madre de pecho. Como activado por su propio play, se ha puesto a jugar sin importarle el grito sioux de papá. Se propone ayudar al náufrago (la ex mosca) a llegar a la costa (borde tallado del plato). Una vez rescatado, el héroe (él) espera el beso redentor de la reina voluptuosa (su prima). Jugar al salvador es algo que el gobernador Ortegoza cultiva con fervor desde entonces. El problema -nuestro, no de él- son estas demasiadas moscas para tan poca sopa. Deberíamos haberlo pensado antes.

Paritaria

Si no hay voces ni pruebas en contra, estoy en condiciones de afirmar que esta silla camina. Es todo lo que tengo para decir. Será mi palabra contra su placebo.

Todo de negro

Ir en tren era lo último que había pensado cuando recibió ese llamado. Pero ahí estaba, con un libro en las manos que no lograba decidirse a leer y mirando por la ventanilla una sucesión de árboles, vacas y casas. Lo único que logró alterar la monotonía de ese paisaje en movimiento fue un espantapájaros vestido todo de negro. Ahora, cada vez que recuerda su rostro, le vuelve aquella aterradora sensación. El ominoso muñeco tenía la cara de su padre, la misma cara que puso cuando la policía le dijo que debía llevarlo detenido. Lo acusaban de un crimen que él habría de negar hasta el día de su propia muerte. Agitado por lo que acababa de ver, corrió la cortina y sin convicción abrió el libro. Por suerte, estaba todo en blanco.

Ni mú

Grillos. Un coro griego de grillos. Sólo callan cuando alguien, dentro o fuera de la casa, grita más fuerte que ellos. Indiferente, ella pone un disco. Diferente, él enciende la licuadora. Hijo 1: grita goles en la play. Hija 2: ve dibujitos japoneses. A pura bocina, un taxi recuerda que hace rato espera y no tiene todo el día. El sodero, sin freno de mano, hace otro tanto colgado del timbre. Calladito pero harto, el silencio huye; decide atrincherarse debajo del sofá. Como de costumbre, habrá de masturbarse pensando en ese maravilloso cuadro donde ni el mar ni la gaviota dicen ni mú.

Rama caída

Carece de gimnasia social. No tiene. No tuvo. No tendrá. Y no le importa en lo más mínimo. Dice: "Soy un caracol feliz transitando una huella indeleble". Por el ojal de su cabeza, día y noche entra y sale una música esférica, un silencio viral así o asá. A su lado, esa mujer anexada a su sexo late y late y ese eco anida para siempre dentro de ella. Afuera, cada hoja que cae duele como una primera vez. Asido a la rama caída no necesita antena. El es la antena.

Rodríguez y Rodríguez

Se conocieron en el pasillo de un hospital. Hablo de Rodríguez y Rodríguez. Cuando la enfermera se apareció en la puerta y preguntó “¿Rodríguez?”, ambos se le acercaron con gesto preocupado. Frente a los dos hombres, la mujer amplió la pregunta: “¿Quién es Rodríguez?”. Casi a dúo, respondieron “Yo”. La desconcertada enfermera revisó un papel y creyó así aclarar la confusión: “Luis Rodríguez”. Los dos Rodríguez se miraron. Uno dijo: “Yo soy Esteban”. El otro: “Yo Aníbal”. Más molesta que desorientada, la enfermera resopló y se fue sin decirles nada. Los Rodríguez se convidaron una sonrisa de incomodidad. No les quedó otra que darse la mano y romper el hielo. “Mucho gusto”, dijeron al unísono. Adentro, un recién nacido lanzó su primer berrido en este mundo. Pesaba 3,400, tenía ojos marrones y no se parecía ni a Esteban ni a Aníbal. Sí a Luis, el Rodríguez que la policía acababa de identificar a sólo dos cuadras del hospital. “Cruzó corriendo como loco y no vio que el micro tenía verde”, intentó explicar la anciana que vio todo.

Propiedad horizontal

Era mejor cuando no teníamos sommier. Hacíamos el amor a capela y la madera crujía tiernamente, dócil aun en su desmadrado vaivén. En esas noches sentíamos que algo más allá de los cuerpos –llamale energía, mística, simple vibración- se activaba natural entre clavo y clavo. Salvaje, una música orgánica irrumpía desde la fricción in crescendo. Hasta que esa música dejó de sonar. ¡Claro que era mejor cuando no teníamos sommier!, porque entonces todavía dormíamos juntos, soñábamos tête à tête. Ahora apenas si te veo, tan desnuda allá en la otra punta de esta pesadilla y con el silencio al medio como un tajo incómodo, llenándote donde yo ya no puedo.

Ríe (última)

En segundo plano quedan los cuatro alrededor de la mesa. El foco en este momento está puesto en el vaso al que hasta una mosca del montón elige como centro de atención. Parece que los cuatro hablan. Parece que escuchan. Y no. No hablan, no escuchan. Los cuatro miran de reojo el vaso. No es fácil, hay poca luz, apenas unas velas nada románticas. Por la tensión, la situación daría para reírse, pero a pesar del alcohol nadie se anima a abrir la boca. Hay cuatro vasos juntos y en uno flota, obscena, una dentadura. Ella es la única que ríe.

Perdido el hilo

El ojo, la aguja, el hilo perfilado para cruzar una vez más el minúsculo túnel. Nada del otro mundo para una anciana que cose como respira desde que tiene memoria. El pulso imperturbable no le delata los 89. Pero ahora, a las 20.40 de este martes de junio, la mano le tiembla y la aguja, por primera vez en mucho tiempo, se desencuentra con el hilo. El pibe que le apunta lo nota y se ríe y le dice "no estás nada mal viejita" y se vuelve a reír y el revólver se agita al ritmo de su risa alucinada. Antes de que la anciana intente decirle que sólo tiene los 400 recién cobrados, la bala se le instala perfecta, maradoniana casi, en medio de la frente. Media hora después, por ese mismo agujero dos policías enhebran una conversación de rutina: -Para qué matarla; con un simple golpe el muy boludo la sacaba del medio y le robaba igual- analiza Ferreira. -Qué querés, seguro que era un pendejo que estaba dado vuelta- infiere Carrizo, mientras juega con una bufanda tejida por la vieja. Sin más por hacer en el lugar del hecho, Ferreira prende otro cigarrillo y a los gritos saluda al chofer de la morguera apelando a su acostumbrado humor negro: “Cacho, ¿quién te tejió ese pulóver de trolo?”. Ahora el que ríe a destiempo es Carrizo.

El trato

Fue hasta la cajita que guardaba en un lugar poco accesible para cualquiera que no fuera él y la sacó con especial cuidado, consciente de su habitual torpeza con las manos. Antes de volver a donde lo esperaban, se sentó en la cama y lloró como no lo hacía desde niño. En sus manos, lo que debía entregar quemaba como un anillo caliente. Las voces de los otros le llegaban cada vez más cercanas; delataban los nervios compartidos y dejaba aún más claro que ya no quedaba tiempo. Había que entregarlo para intentar al menos volver a llevar una vida normal, aunque todos supieran que eso sería casi imposible. Tomó coraje, se levantó decidido y fue hacia la cocina donde lo aguardaban de pie. Eso que a su pesar debía entregar iba aferrado en su puño. No hizo falta decir nada, sólo se miraron unos segundos hasta que bajaron la vista dando por cerrado el trato y como llegaron, se fueron: murmurando en aquel idioma de infancia. Ya solo, el vacío recuperó cada rincón de la casa. Un previsible tsunami de silencio fue barriendo todo a su paso y lo arrojó desprevenido sobre su cama. Desde allí vio en cámara lenta como las fotos de su vida se acomodaban una a una en el techo e iban dando forma a otra versión de su historia. Ni más feliz ni más tranquila. Simplemente, otra.

Los que pescaban

Tenían las manos gastadas, las uñas negras, la mirada desconfiada. Tenían el cuero curtido, el olor del mar penetrado, la lengua en un tic de alerta. Tenían mujeres que los esperaban con la comida caliente y los pies fríos, hijos entrenados para el naufragio, madres con el rosario en la boca. Tenían el viento como un tatuaje insoportable, las mejillas en carne viva. Tenían redes, anzuelos, cañas. Oficio. Toda la paciencia. Tenían el horizonte. Hasta que un día ni eso tuvieron.

Autoayuda

Pensar en mí. No en mí pensando en ella.

On-Off

El bombero ciego, el mago fallido de mi madre y tu padre, toca el fuego para leer en la ceniza la partitura de lo que vendrá. En los ojos de sus víctimas hay un grito hecho polvo que habitualmente él escucha con las manos abiertas, entregado como un agujero más a la red de su sombra. Son éstas las ocasiones en las que su corazón exhausto libera un agua milagrosa, vital, para que todo se apague y vuelva a encenderse justo del otro lado.

No se nos

Le decíamos Guernica porque no se le entendía nada cuando intentaba explicar alguna teoría. Típico chiste universitario. A pesar de esa piedra que el profesor Ardiles nos obligaba a sortear en el ríspido camino del aprendizaje, a la larga su método develaba aristas únicas, puentes inesperados que motivaban ir a sus clases como a una cita imposible de cancelar. Y así como él detestaba trabajar a reglamento, nosotros nos negábamos a concluir el encuentro de martes y jueves en una mezquina hora de reloj. Por eso el café de la facultad o el mismísimo jardín oficiaban de literal extensión universitaria. En ese extra que nos ofrendaba gratis (o a cambio de un cigarrillo o dos) había más contenido y pasión que en cualquier mamotreto sugerido por un férreo plan de estudios. La vida, una vez más, estaba en otra parte y nosotros, simples pasajeros de turno, éramos un fragmento más en el puzzle del profesor Guernica. El día que intentaron armarlo, digo domesticarlo con cancerberos del intelecto, decretaron sin más la muerte del sorprendido Ardiles. Desde entonces una paloma hiperrealista, falsa paz de postal, nos sobrevuela la cabeza pero no hay caso, entrañable Guernica, no se nos cae una puta idea.

Muy muy tan tan

Me dice "hoy no tengo ganas de cocinar, vamos a comer afuera". Con esa carita que me pone, no puedo decirle que no, que ando sin un peso y la tarjeta ya es un chicle que perdió el gusto. La llevo a un restorán ni muy muy ni tan tan, sabiendo que igual quedará contenta. Pedimos la carta y ella elige lo de siempre (pastas), en cambio yo me propongo salirme de lo acostumbrado y la despisto pidiendo unas rabas. Elijo un buen vino, no muy caro, pero sin dudas un buen cabernet sauvignon. Una hora después, llega el mozo con la cuenta y yo amago a sacar la billetera. Ella me frena con un oportuno "¡pará!". No cabe duda de que me quiere invitar ella, algo que -debo admitir- no figuraba en mis planes. Con movimientos decididos busca su cartera, de pronto mira a ambos lados y mirándome a los ojos me propone: "A la cuenta de tres, corramos". Si no lo dije antes, tengo que decirlo ahora: ella siempre me sorprende. Y al mozo, ni qué hablar.

Retrato vintage

El sofá es atigrado y le hace juego con esa falda corta que no se saca ni para dormir. Sobre él, Tía E cruza las piernas y a mí, con cinco años apenas, se me corta el aliento y veo todo nublado. Manchas veo. Hace poco que dejó la noche pero todavía se le nota la calle en la voz, especialmente cuando me habla al oído. Ahora tengo quince y me estoy tocando, sentado en el tigre de su sofá. Allí se disimulan mis jugos del deseo, placenteros rastros que sólo yo y nadie más que yo podría reconocer. Cada tanto, de riguroso negro Tía E me espera para compartir una copa y un rato de charla. Debo reconocer que a sus sesenta sigue cruzando las piernas con el mismo arte con que la evocan mis manos. Tocarla sería como romper el vidrio antes del incendio. O quemarme así.

La birome amarilla

"Creo que si lo intentara tal vez podría, pero ¿tendría algún sentido?", cavila Aldo Lisboa oteando la calle desde su escritorio. Su duda es un molesto tic tac que no cesa desde que le regalaron una birome amarilla junto a otras de color verde, azul, negro y rojo. Lo lógico, razona él, sería utilizar las clásicas (azul, roja, negra) y desechar las otras por poco legibles. O por excéntricas, si lo piensa mejor. Pero no, hay algo que le dice que a la amarilla debería considerarla como algo especial, quizás un guiño para aquellos que buscan pelos en las sábanas, diarios ocultos, hijos no reconocidos. Exactamente a las 23.17, Lisboa toma la decisión: en amarillo escribirá lo que espera sea su último cuento. Quien logre leerlo completamente calzará el merecido traje de protagonista y entonces, recién entonces, podrá merecer que su historia vire al negro o el azul de las páginas.

Vida pico

Esperaba el tren; no donde sería lo lógico, un andén de una estación cualquiera. Lo esperaba acostada en la vía, los brazos a un costado, la mirada perdida en un cielo sin nubes, todo lo claro que podía serlo una mañana de enero. Nadie parecía reparar en ella. Yo en cambio la vi cuando cortaba camino por la vía para ir como todos los días a mi laburo en el kiosco. Me acerqué con más curiosidad que nervios y al ver que estaba con los ojos abiertos le dije “¿qué haces, estás loca vos? No seas boluda, levantate”. No se hizo rogar. Se levantó, no lloraba aunque estaba muy seria, con los ojos rojos y una palidez que asustaba. “Gracias”. Eso y nada más fue todo lo que me dijo. Se dio vuelta y se fue caminando hacia la estación, muy lento, como si arrastrara un vagón cargado de dolor. Allí compró un cigarrillo y le dejó unas monedas a una mujer muy anciana con un cartel en el que explicaba que tenía cáncer y ningún familiar. Después la perdí de vista, supongo que salió por donde a esa hora pico entraba un mar de gente. Nunca más la vi. Ahora, cada vez que pasa un tren o cruzo estas vías donde nos conocimos (es una forma de decir) pienso en ella como en alguien a quien debería haber despedido subiendo al tren. Me pregunto si pensará en mí cuando acerca un cuchillo a sus venas o se asoma con hambre a un balcón. Mientras tanto, la sigo esperando acostado en aquel mismo lugar.

Cereza D.

V. es Cereza D. La llamo así en la intimidad, en esas noches en que a falta de velas abrimos las ventanas y dejamos entrar de un solo trago las luces de la ciudad. A ella le gusta contarme historias, casi siempre inventadas y poco plausibles, pero tiene un talento especial para narrarlas, con un estilo potenciado por la forma de respirar cada palabra, o por esa ronquera leve y definitiva que le acentuó el cigarrillo. Cereza D. cree que me cuenta, sin saber que soy yo quien la está contando y haciéndola cierta en mis sábanas de había otra vez.

Ala una, alas dos

El auténtico pájaro capicúa vuela de atrás hacia adelante. Y viceversa. A veces el viento lo rebobina como a un viejo caset y su sombra termina donde todo empezó: en el umbral de un árbol que de tan imaginario aún no existe o ya se voló a su cielo de jaula eternamente abierta.

Watts

Cuando me paré frente al espejo añoré las velas que sobraban en ese libro del siglo XIX que acababa de leer. Con la escasa luz que había, me afeité apelando a la memoria táctil de años de recorrerme palmo a palmo la cara, confiando más en la suerte que en el supuesto oficio. Tenía una importante cena de negocios y no daba para presentarme con más cortes que un boxeador en su noche más negra. Como pude, al cabo de quince trabajosos minutos salí dignamente ileso. A la que no le fue nada bien fue a mi hija mayor; a ella la esperaba un cumpleaños, un novio nuevo, y su maquillaje casi a ciegas había resultado una lograda réplica adolescente de Piñón Fijo. Cuando salió del baño, con mi mujer nos largamos a reír y Flopi a llorar desconsoladamente. Al otro día, cansado de los justificados reclamos y quejas de toda mi familia, fui al súper sólo a comprar un foco. No cualquier foco; uno de 200, para ahorrarles cualquier tipo de comentarios. Ahora, cada vez que nos miramos al espejo, vemos hasta lo que estamos pensando. Y ahí sí que nos reímos todos.

Solía

Mientras se depilaba y yo leía el diario, solía hacer comentarios del tipo “a mí me gustaría ser amiga de Marcelo Cohen”. Yo la miraba de reojo y me limitaba a contestarle con una indiferencia tal que hasta Marcelo Cohen hubiera querido llamarse Ernesto.

Yerba nueva

Lo estoy viendo yo pero podría verlo cualquiera: una mosca haciendo pie sobre el lomo de un caballo. ¿Se animaría alguien a discutirme que la muy osada intenta domarlo? No sería eso lo más extraño, reconozco. Lo raro es cómo se miran a los ojos y en un instante salen volando hasta perderlos de vista. Es cierto, el mate sabe muy diferente con la yerba nueva, sin embargo eso no explicaría que mis alpargatas estén leyendo un libro en braile ni que la cigarra cante negro spirituals con una voz que realmente mete miedo. En lo único que pienso ahora es si volverán. Mañana habrá sopa y no será lo mismo sin ellos.

Cara a cara a cara

Su cara se me aparece nítida en el disco “Pare”. Su cara no es su cara de verme sino su cara de mirarse en el espejo. Al minuto, tal vez menos, las bocinas se multiplican enviándome una clara señal de que no es correcto que la siga mirando como si fuera a desvestirla o a darle el beso de la muerte. A mí no me preocupa la espera; el problema es cuando en el mismo cartel de su cara aparece otra palabra. En sus labios, y con rojo furioso, leo: “Fuiste”.

Mi coma

Sería más romántico decir que desperté escuchando su voz. En realidad, ahora lo recuerdo con claridad: fue el ruido de la lluvia lo primero que escuché cuando volví del coma. Puedo ser más preciso aún; no se trataba de una lluvia real sino de la lluvia que provenía de la radio que mi padre había dejado al costado de la cama. Cuando reaccioné, ella gritó, lloró, volvió a gritar y finalmente se desplomó como si un francotirador le hubiera dado en la frente. Yo no entendía nada pero igual me sentía feliz, en medio de un cumpleaños en el que todos quisieran brindar por mí y salir en la foto. Como era de esperar, su sonrisa se borró inmediatamente cuando pregunté qué me había pasado. Incómoda, mirándose un rosario atado a su muñeca, sólo atinó a decir “un golpe, un simple golpe”. Y esta vez lloró de una forma que le desconocía.

Este corazón carnívoro que somos

Algunos ven la vida como si recorrieran el mundo en una bicicleta fija. Su hora es la de los relojes de pared y sus cuadros siempre están en el museo equivocado. ¿Qué tendrá de cierta esa teoría que asegura que los patos vuelan cuando quieren estar quietos? Nada de lo que se pueda aprender de estas u otras aves se acerca a las enseñanzas que se desprenden de la cinética del caracol. En su misterio a la vista está la clave: el humano es un acto fallido de la creación.

Bendita química

En el correo de lectores de The Guardian una mujer escribe que ya no sabe qué hacer con ese vecino loco que a toda hora lee la Biblia a los gritos y con la ventana abierta. Ella, devota con asistencia perfecta a misas de domingo, ha tomado una determinación de la que, cree, se va a arrepentir pero el Señor sabrá entenderla y por qué no, perdonarla. Irá al departamento del vecino desquiciado, le tocará el timbre, le pedirá que le convide una tacita de azúcar y, cuando se distraiga, le vaciará agua bendita en su vaso de whisky. Al otro día, de regreso de confesarse con el padre Peter, su vecino nuevamente está leyendo a viva voz pero ya no se trata de los textos bíblicos sino de los más encendidos relatos del Marqués de Sade. Extraña reacción química, piensa la desconcertada feligresa mientras apura el paso para llegar a su casa y tomarse su tranquilizante fernet con mirra. Sobre la mesa, el diario le trae la noticia de que otro cura pedófilo está tras las rejas. Gracias a Dios, siempre habrá una buena excusa para beber.

Su primer Funes

En algún códice del siglo XVI, San Isidoro dejaba por escrito que la creación del mundo debía haberse producido, días más, noches menos, en el 5210 antes de Jesús de Nazareth. Por entonces, Dios trabajaba en una precaria versión de wikipedia y no había caso, no conseguía darle forma a su primer Funes. Hasta que se le ocurrió acortar los caminos e inventar la memoria y con ella a un hombre bien parecido para que siempre olvidara. Después, y por una afortunada torpeza, el azar le haría descubrir la inexacta ciencia del amor. Pero ya era tarde, muy tarde; a esa hora de la humanidad no quedaban mujeres para él. De allí su soledad sin antes ni después.

Autorreferencial

Lo único que toma la cámara, lo que está perfectamente en cuadro, es una mano que se sirve una medialuna de un plato. Acto seguido, esa misma mano es atravesada por un cuchillo. Si fue la mano libre o se trató de otra, poco importa. Lo que acaba de ocurrir debería justificar por sí solo abrir el cuadro, mover la cámara. Eso no ocurre. ¿Por qué todos miran al director y no a la pantalla?

Para el 911

Lo inexplicable no es que el elefante esté incómodo ocupando todo el ascensor sino que la señora del Quinto B se queje de que las escaleras y el hall están sucios con cáscaras de maní. Culposo, el portero ensaya una excusa y da su versión: una vez más, desoyendo lo planteado en la última reunión de consorcio, el cuidador del Zoológico ha vuelto a traerse trabajo a su departamento de un ambiente sin medir consecuencias y, especialmente, dimensiones. Es más, el muy insensato todavía no paga la lámpara del pasillo que el lunes rompió la jirafa y encima se queja de que a la pantera le aterra la oscuridad. En cambio, del cocodrilo y la extraña desaparición del pianista del octavo, nadie se anima a decir una sola palabra. Yo tampoco lo haré.

Vuelta de hoja

El saco de astracán estaba acurrucado en el piso. Y debajo de él su cartera. Y dentro de su cartera la carta que le escribió a mano, con sus últimas fuerzas. Ahora sabe con certeza que nunca se tomó el trabajo de leerla. De haberlo hecho no hubiera tomado la decisión. ¿En qué habrá estado pensando cuando creyó que estudiar Letras era la solución; esa hoja que debía dar vuelta para dejarlo definitivamente del otro lado?

No hay derecho

A los niños zurdos siempre nos miraban raro. Éramos una especie de freaks a los que había que mantener a prudencial distancia, no fuera que eso, manejar con gracia la siniestra, fuera contagioso como el sarampión o el peronismo. Pero bien que les gustaba vernos tocar la guitarra al revés, pegarle con gracia a la pelotita de ping pong o patear como el Diego y hacer los goles más grosos en el campito. Si integrar el equipo de la izquierda ya era todo un tema desde chicos, imagínense lo que fue de grandes jugar en la liga mayor. A esa altura del partido ya ni siquiera nos miraban raro; directamente nos expulsaban antes de entrar a la cancha.

Desde el carajo

No sé nada de autos, apenas manejar y dónde se ubica la batería y el burro de arranque. Debo confesar que lo que más disfruto es el movimiento, esa plácida sensación de transformar el paisaje a medida que la caja metálica se desplaza a mi merced. Siento que conduzco a La Niña o La Pinta desde el carajo mismo, que el barro aún está fresco y puede tomar caprichosamente mi forma. Que el papel está en blanco y a mi paso se corporizan en él nuevos territorios, colores a estrenar, desconocidas versiones de las evas y los otros. Allá abajo el asfalto supone la arena conquistada, el límite entre un jardín (secreto) y una selva (polinizada). Ahora bajo el vidrio de mi modesta nave terrestre para decirles que podría seguir kilómetros y kilómetros con el jueguito éste de las alegorías. Podría, si hubiera visto a tiempo el semáforo en rojo, la ambulancia desbocada viniendo hacia mí decidida como Cortés al hundir sus naves en Veracruz. Los autos no saben nada de mí.

Hasta mañana

Cuando logro sortear las madreselvas del insomnio y el sueño por fin se me aparece descalzo, recién bañado, listo para meterse en mí, detrás de mis ojos irrumpe la indeseable señal de ajuste. El recurso desesperado al que apelo es pedirle a mi mujer que por un momento, unos segundos apenas, se distraiga de darle de comer a los peces y a los niños, busque el control remoto enredado en su corpiño y me apague sin lástima. Coincidimos: dormido soy encantador, uno de esos tipos que son capaces de robar una flor y pagarla. Pero sépanlo, también puedo ser el peor; ese que le esconde el piano a Sam para que no toque en toda la noche y así mi insomnio pueda invitarlo a una copa tras otra hasta perderme de vista. Sólo hasta mañana.

Lo que Aldo quería

Se ganó por cansancio. Tantas veces lo intentó, tantas trazó ese plan perfecto que fracasaba perfectamente, que merecía morirse como premio a su tesón, al insobornable compromiso con su idea fija. Ni siquiera importa si fue azar que el tren descarrilara antes o que las pastillas estuvieran vencidas. No, su constancia para buscar opciones que lo eyectaran de este mundo bien valían no sentirse solo en la patriada. Quienes fuimos amigos de Aldo no soportábamos verlo volver al bar cada vez con una explicación imposible para justificar una nueva frustración. Su cara era un cartel que decía “no puedo, nunca podré”. Cansados de que no logrará su objetivo, con Ramírez, Peralta, Domínguez y Guisasola nos pusimos de acuerdo. Dejamos que nos contara en qué consistiría su próximo intento y sin que él lo supiera, lo seguimos. Aprovechando una falla cardíaca detectada hacía unos meses, y su conocido temor por los muertos, se propuso ir solo al cementerio en plena noche. Se dijo, y nos dijo, que cualquier ruido que escuchara allí sería suficiente para matarlo del susto. La noche del sábado 3 de octubre partió en bicicleta hasta el cementerio del pueblo. Temblando, caminó por un pasillo con tumbas a ambos costados. A esa altura, nosotros ya nos habíamos escondido estratégicamente. Cuando Aldo llegó a la única lápida que tenía una vela encendida se paró en seco. La miró unos segundos que se nos hicieron eternos y cuando pensamos que se iba a caer duro de un infarto, empezó a cagarse tanto de risa que nos acercarnos corriendo. No había forma de hacerlo callar. Ilusos, creímos que si veía una lápida con su nombre y su foto iba a palmar en el acto. Pero no, el muy guacho lloraba de la risa y esta vez éramos nosotros los que nos queríamos matar. Al final, volvimos todos juntos al bar y nos quedamos tomando hasta el amanecer. Fue ahí, tipo seis de la mañana, justo al intentar abrir la puerta de su casa, cuando su madre creyéndolo un chorro le tiró una maceta desde el primer piso. Un rayo le habría hecho menos. Aunque no lo podíamos creer, en el fondo nos sentimos contentos porque era lo que Aldo quería. Y uno siempre quiere lo mejor para sus amigos.

Uno de esos casos

El médico rural le mira los ojos a la anciana anclada en su hamaca y luego al perro que la acompaña echado junto al fuego. Se diría que no hay diferencias entre la mirada de la mujer y la del animal. Los inunda una misma tristeza, una común telaraña de sombras. Uno de esos casos, piensa, que no se estudian en ningún manual. Por primera vez en treinta años de profesión siente que no tiene respuestas; no muy convencido, le pide que se quede tranquila, que mañana va a estar mejor. El perro, que ha entendido todo, lo acompaña hasta la puerta y por primera vez lo despide en silencio. En los ojos de la abuela la araña de la muerte le teje una última lágrima. Cuando caiga la noche, él tendrá algo dulce para roer.

Viró

La bicicleta quedó reducida a un ovillo metálico. Semejaba una flor oxidada y deforme crecida de mala gana en el gastado asfalto de Palmira. A la mujer -rolliza, rubia, cuarenta, cuarenta y cinco años- alrededor de su cabeza le asomaba un aura de sangre real. Los ojos bien abiertos en un expresión de paz y terror, si acaso tal combinación fuera posible. La ambulancia no demoró más de veinte minutos, pero la eternidad, se sabe, maneja otros tiempos. Cuando llegó, la sirena cesó de inmediato dando paso a una cumbia pegajosa que expulsaba una camioneta donde dos adolescentes tomaban cerveza del pico. Entre el enfermero y el médico la subieron a la camilla casi de un salto y en menos de cinco minutos su cuerpo aún tibio desembarcaba en el centro de salud. Allí, la mujer abrió los ojos y vio todo blanco: las paredes, el piso, el techo, las ventanas y especialmente a la doctora, quien movía los labios sin emitir sonido alguno. Al cerrar los ojos lo blanco viró al negro con la velocidad del golpe aquel. Del otro lado, milagro o designio, pudo ver con claridad quién manejaba el auto. Ya buscaría la forma de hacerlo saber.

Corpúsculos de Krause

Leo y marco con resaltador amarillo: “Los corpúsculos de Krause son los encargados de registrar la sensación de frío que se produce cuando entramos en contacto con un cuerpo o un espacio que está a menor temperatura que nuestro cuerpo. Se encuentran en el tejido submucoso de la boca, la nariz, ojos, genitales, etc. Llevan este nombre en honor de su descubridor, el anatomista alemán Wilhelm Krause”. Apunto en lápiz, al margen: "Y yo que pensaba que no había nombre para eso que sentía cuando estábamos tan lejos, uno dentro del otro".

Los pies en la caja

Algo no encajaba en su vida; era como poner los pies en una caja de zapatos y querer caminar. Elsa, la de los pies en la caja, no sabía por qué desde hacía un tiempo las manos no le respondían. Por ejemplo, cuando quería escribir una carta, terminaba planchando una camisa o rompiendo un plato, o al intentar cebarse un mate lo que lograba era pintarse las uñas mejor que nunca. Ella creía que alguien había pinchado su foto y cuando especulaba acerca de quién podría querer hacerle tanto daño, también fracasaba: lo único que conseguía la pobre Elsa era dibujar una y otra vez una piedra cayendo, una mujer rodando, un hospital sin techo y unos ojos que la miraban y la miraban y la miraban hasta cerrárseles como un libro de magia negra.

Final abier...

En el cuento de Quiroga el que se muere soy yo justo cuando estaba por.

Descarrilar o parecido

La última imagen que retiene el abuelo antes de morir es un improvisado florero con una rosa blanca. El viejo maquinista de Ferrocarriles Argentinos se va de este mundo convencido de que al cerrar sus ojos (lo más parecido a descarrilar) la flor se deshojará inevitablemente. Piensa que no puede haber imagen más triste para abandonar esta vida. Lo que nunca sabrá es que el médico de guardia que lo cree dormido aprovecha esa circunstancia para hurtar la rosa y regalársela a su amante; la misma enfermera que minutos después llorará sentidamente al abuelo y le dejará sobre el pecho un puñado de pétalos blancos. El humo que sale de la boca del muerto indica que al fin ha llegado a destino. Por eso los pañuelos, por eso los brazos que salen a recibirlo.

(Oh)róscopo

Sería un desperdicio, una equívoca señal del destino, no aprovechar la escena de la adolescente aplastada por el cuadro de un olvidado autor renacentista para tomarla, sin alterar la sanguinolenta escena, como modelo de una obra que la continúe en el más acá. Acaso esta bella naturaleza muerta sea la misma a la que sus astros le vaticinaban claras aptitudes para el arte; virtudes para dar el cuerpo como otras el pecho o el alma. Ahora, cual perra abandonada en busca del calor de la estufa, sabemos que su suerte estaba echada; desintegrada y todo, la otrora nínfula se nos apagó tan perfecta como la luna en el agua de Venecia.

El duelo

Para Zelmar las tardes de jueves son tardes de ajedrez. Una elección que, aunque no lo reconozca, se ve favorecida por su insobornable fobia social. Es simple: juega solo, gana o pierde solo y solo decide cuándo terminar una partida. Jamás aceptaría someterse a la tiranía de una mujer que avisa desde la cama que sus pies ya están fríos. Tantos años desdoblándose para vencer o evitar ser vencido, intentando a su vez aplicar con mayor o menor éxito los consejos de Sun Tzu, lo han llevado silenciosamente a un final inevitable. Tras un encarnizado duelo consigo mismo, esta tarde se ha prometido que no habrá capitulación posible: quien pierda deberá morir. No le tiembla el pulso saber que sea cual fuere el resultado encarnará a su propio verdugo. Como en sus sueños, el rey será depuesto a manos de una reina bipolar.

Fileteado

En la memoria uno siempre es otro. Y en el espejo, también. Se podría decir que al mirarse está llorando cuando en realidad llueve en sus quince o en sus treinta. Como ayer, como mañana, ahora una mujer se le desnuda entre ceja y ceja y el agua se viste con lo primero que encuentra. Cuando él cierra los ojos, ella se va como un peine. La cara que queda tiene el tajo del adiós.

Lo que pasa

La situación es más o menos así. Dos periodistas están hablando. Uno, parado. El otro, sentado. Detrás del que está de pie, en realidad detrás de una persiana americana, pasa a gran velocidad una sombra. El que está sentado se distrae por un momento, al punto de no escuchar lo que le está contando el otro. Apostaría que esa sombra que ve pasar es un cuerpo que cae. Es más, espera de un momento a otro escuchar el impacto contra uno de los balcones o directamente contra la playa de estacionamiento que está junto al edificio de la redacción. Al no escuchar ningún ruido suspira aliviado. Sin embargo tiene la certeza de que algo ha pasado. La noticia que no fue.

El reino

Camina hablando solo. Dice: “Los insectos son monoteístas”. La vecina de enfrente lo mira desconfiada. El cobrador del seguro lo esquiva por si acaso. Su madre la llama por su nombre y es su padre quien le avisa que la mesa está servida. El no escucha; sigue caminando y hablando. Solo. Únicamente se detiene en el jardín de al lado a dejar una pastilla blanca sobre el minúsculo agujero de un hormiguero. Al rato, irrumpe una larguísima hilera de hormigas cargando cientos de fragmentos de una hoja de mora. En cuclillas, él les habla con tono monocorde, casi marcial: “De ustedes será el reino y ese día yo voy a estar codo a codo con ustedes”. Un rubio que pasa en bicicleta lo escucha y se detiene a increparlo. El no entiende nada; apenas atina a defenderse de los golpes que el otro le propina con un libro grueso, de tapas negras. En medio del forcejeo, una hormiga roja grita furiosa y los dos se quedan petrificados, mirándola fijo. “Ustedes no entendieron nada, carajo”, les dice y ofendida vuelve al centro de la tierra. Avergonzados, cada uno se va por su lado. El rubio parte en su bicicleta, rezando para adentro. El que habla solo, se aleja con la boca cerrada, llena de preguntas. La comida ya se ha enfriado.

Un aire familiar

Por las noches, sólo por las noches, Icaro es el Jekyll de Emilio. Pero claro, serlo tiene sus costos. En principio, debió vender hasta lo último que tenía para comprarse un departamento de dos ambientes en un octavo piso, con balcón. Cualquiera hubiera pensado que a esa avidez por las alturas la impulsaba un natural instinto asesino. Nada más equivocado. Emilio se arrojaba una y otra vez al vacío para no pensar. Y cuando no pensaba le nacían generosas alas o algo parecido a ese imprescindible sostén. Lo que resulta un tanto difícil de explicar es que al despertar no fuera en la calle sino en el cuello de una mujer desconocida y por lo general hermosa. Sin alas ni colmillos, Emilio era un pájaro sentado; un tipo de lo más común, que gustaba pasar largas horas tomando mate en su balconcito mientras miraba pasar aviones a los que se sentía unido por un aire ciertamente familiar.

La paradoja de Andrés T.

Conoció el miedo exactamente a los cuatro años. Fue en el cine, viendo una en blanco y negro de la que ni recuerda el nombre. De lo único que se acuerda con precisión es que gritó a la par de esa mujer a la que apuñalaban por la espalda mientras se duchaba. Del susto, Andrés T. se quedó sin habla por unas cuantas horas. Eso se lo contó su madre y se lo recuerdan sus hermanos cada vez que lo quieren hacer enojar. La terapia que se autoimpuso -no ir al cine ni siquiera con sus novias- se extendió varios años. Apenas se permitía ver en la de tele películas de perros (sus preferidas) y siempre en su casa, rodeado de gente. Una vez superado el trauma (para lo cual reconoce no poder determinar una fecha exacta), Andrés T. ingresó a la Escuela de Cine, se recibió con honores, se casó con la actriz que protagonizó su primer corto y hoy todos sus films tienen una particularidad que a todas luces define su estilo: son de humor pero siempre mueren niños.

Sin solución de continuidad

“El amor es astringente”. Fue lo primero que se le ocurrió y lo último que le dijo antes de dejarla perpleja en medio de la estación. Ella no lloró ni le contestó. Sólo pensó en tirarse a las vías y ni siquiera eso le salió bien. Un ciego que buscaba su lazarillo la atropelló haciéndola caer donde ella hubiera querido caer. El tren aportó el resto. Todos, incluido el novio -o técnicamente el ex- alcanzaron a ver el trágico cuadro. El ciego, que frenó su marcha a escasos metros, escuchó el accidente sin asimilar su rol protagónico. Las miradas de los testigos se cruzaron y en ellas se podía leer: no le digamos que él es el culpable. Quien sí intuyó la gravedad del asunto fue su perro; el hasta entonces fugado apareció de improviso y en segundos lo sacó de allí. Como si nada, el ciego continuó con su trabajo: sacó la armónica, colocó su sombrero en el piso y tocó más inspirado que nunca esa melodía irlandesa inspirada en la historia de una mujer despechada que muere bajo las ruedas de un tren. Los aplausos y unas cuantas monedas le dibujaron una sonrisa más cínica que de costumbre. Años pasarán para que olvide su perfume; ese irrespirable aroma a limón que anida en su conciencia como una música insoportable.

Rita, la de Prokofiev

Un disco, cualquier disco, se puede romper. Está dentro de las posibilidades; por qué tendría que sorprender. ¿Pero justo tenía que ser “El amor por tres naranjas”, su ópera favorita, la de su venerado Prokofiev? Es cierto que no fue a propósito, que la siempre cuidadosa Rita estaba limpiando como todos los jueves y que por intentar colocarlo en su lugar se le resbaló de las manos. Le podría haber pasado a cualquiera. El, sin embargo, no tiene consuelo. Quiere gritarle, quiere insultarla, quiere echarla previo colgarse de su cuello hasta verla sangrar por la nariz pidiéndole perdón. Rita, por su parte, llora sin consuelo; no puede disimular que es consciente del error que cometió. Le dice a su patrón que no le pague el día, que va a ver si se lo consigue en una disquería del centro. Ya un poco más tranquilo, él le pide que se calme. “Ya encontrarás la forma de solucionarlo. Mientras tanto, abrime la ducha y desvestite. Voy enseguida”. Eso fue lo último que Rita le escuchó decir antes de partirle la cabeza con un florero. Quien la escucha ahora drenar de a poco su angustia es el temible comisario Persia. Algo tiene ella a su favor: de los rusos, a Persia lo conmueve mucho más Stravinski.

Del color del

La inscripción en la pared era borrosa, apenas se dejaba intuir un mierda en azul, pero no mucho más que eso. Otra palabra podía ser amor ya que terminaba en or y en estas pintadas lo que abunda no es la creatividad. No sé, lo cierto es que todos los días pasaba por ahí y me era inevitable tratar de completar lo que veía incompleto. Lo único que logré fue obsesionarme al punto de escribir a la vuelta del trabajo mil frases utilizando todas las combinaciones posibles. Hasta compré pintura, pincel, aguarrás. Estaba decidido a ir una madrugada a cerrar la puerta de ese estúpido misterio. El mismo día en que pensaba concretarlo, me encontré la pared en cuestión con un enorme cartel que promocionaba el champú que prometía dejarles a ellas el pelo del color del oro. “Una mierda de color”, pensé. En un segundo, la frase se me completó como por arte de magia. Esa noche volví a dormir.

Shhhhhhhh

Su madre es la misma mujer de “Silencio, hospital”; la del dedito pidiendo que no hagan ruido. Bueno, no es que sea la misma, aunque sí bastante parecida. O peor. Todo el tiempo lo hace callar porque, según dice, debe concentrarse y rezar. En esa casa no hay, nunca hubo, tevé, radio, discos, ni siquiera revistas. El tiene que cubrir esos vacíos leyendo a escondidas un libro prestado o haciendo crucigramas o intentando descifrar los enigmas del ajedrez. Hasta lleva un diario que empieza con “Mamá, te odio y quiero matarte” y termina con “¿Viste que podía?”. Cada noche antes de dormirse, ella va a su habitación a darle un beso en la frente y le repite con tono amenazante que no se olvide de rezar. El no alcanza a devolverle un “hasta mañana” porque ella ya le ha puesto el dedo sobre los labios. Cuando la puerta se cierra, se tapa la cara con la almohada y grita con todas sus fuerzas. Está seguro de que un día alguien lo escuchará. Su padre, que no salió a comprar cigarrillos pero jamás volvió, ni siquiera lo intentó.

Los bateristas son los mejores amigos

Y sí, es arbitrario, digamos caprichoso, sostener que los bateristas son los mejores amigos. Ni siquiera podría respaldar tal hipótesis desde lo personal; apenas conozco un par de guitarristas y un tipo que toca el saxo, pero bateristas sólo alguno de “hola, qué tal” y otros acaso de vista. Sospecho que tal teoría, por llamarle de alguna forma, se desprende de la certeza comprobable de que los bateristas no dejan una banda para aventurarse a ser solistas, la cara nueva en el póster de los cuartos adolescentes. Un baterista siempre será -o debería serlo- el que sostenga los cimientos de la canción, ese incansable obrero que no luce pero al que todos quisieran darle a construir su propia casa. De algo estoy seguro, los que odiamos el día del amigo, a propósito el veinte pensaremos en un baterista. Ellos no cometerán la torpeza de llamarnos y además nos honrarán con su mejor regalo: una música que trice las copas, que agite las sábanas y nos despierte del peor sueño.

Cuidado con

Las escaleras hablan. Lo supe al bajar. Lo comprobé al subir. Hablan y no con cualquiera. Mucho menos con ascensores o cortinas. A mí, por ejemplo, me contaron la historia de un fantasma que de día duerme en los floreros y de noche se acuesta con las mujeres casadas del edificio. Por lo cual deduzco que un fantasma no se diferencia demasiado de una escalera; ambos no son ni parecen.

Tío Aníbal

El cajón estaba vacío y aún así conservaba las formas del cuerpo, su perfume a tabaco rancio. Calculo que habrá estado en él apenas unas tres horas hasta que desapareció. Es extraño, en casa de tía Marta no éramos más de cinco personas. El resto de la familia y los amigos recién se estaban enterando de la muerte del tío Aníbal. Puede que su abrupta ausencia haya ocurrido cuando fuimos a la cocina a preparar un café y tomar un poco de aire. Sí, ahí debe haber sido. Admito que yo estaba en otra; mi prima Lucía se me insinuaba como en nuestra adolescencia y esta vez su vestido negro, excesivamente escotado, impedía que me concentrara en otra cosa. Es cierto que por una deuda de juego al tío se la tenían jurada, pero de ahí a llevarse su cuerpo era como mucho. Fue Carlitos, mi primo menor, el que se dio cuenta de que el tío no estaba. Me lo dijo al oído e inmediatamente tratamos de distraer a tía Marta. Mientras, pensábamos cómo se lo decíamos o si era conveniente llamar a la policía. La mantuvimos alejada del ataúd todo lo que pudimos hasta que, con la mirada perdida en el pocillo de café, nos lanzó sorpresivamente: “No hace falta que digan nada. Yo sé que se fue. Siempre fue un tipo raro, un jodido. Ni muerto iba a pasar la noche en casa”. Sin saber qué responderle, sólo atinamos a mirarnos cómplices y a esperar alguna señal del tío Aníbal. De un momento a otro llegarían sus viejos compañeros del circo.

Felinesca

Alguna vez Aldo Lisboa me explicó que el signo de preguntas deviene de un jeroglífico egipcio que significa algo así como “un gato yéndose”. "El signo -siguió explicándome como a un niño- vendría a ser la cola del felino". Pienso en eso mientras ella guarda el dinero y al irse me besa fríamente en la frente. Vestida es una respuesta.

Más gente muere en invierno

Lo leyó por ahí. Hasta lo escuchó en la radio. Todos los días se lo repite Rosario, su vecina de enfrente: “En invierno muere más gente”. Una frase que siente entrar violentamente en su cuerpo como el frío debajo de la puerta. A sus 78, Manuel es lo suficientemente hipocondríaco como para que eso que escucha le provoque un temor que lo lleva a encerrarse, a evitar cruzarse a tomar unos mates, a rechazar la invitación de sus hijos para ir a almorzar o ver a los nietos. El cree que así aleja esa suerte de maleficio; le echa llave a la posibilidad de que la parca se meta a su dormitorio camuflada en una perturbadora enfermera rubia. De alguna manera decide vivir tres meses como un preso, por eso anota en un papel los días que lleva recluido (sobrevive a duras penas con los alimentos que guarda en su despensa; siempre fue un tipo previsor). Recién a principios de octubre se permite darse “el alta” de su ostracismo; retomar una vida normal que debería incluir desde contactos familiares hasta jugar a las bochas en el club. Un modesto plan que no llega a prosperar por un artero ataque al corazón en plena calle. Sin embargo, todos los testigos coinciden en algo: Manuel ha caído sobre el asfalto con la sonrisa de los que mueren en primavera.