De la noche a la mañana se le dio por hacer pilates, por escuchar esa insoportable música de delfines, por leerse todo Osho, por evitar el maquillaje y hasta por dejar de fumar sus dos cigarrillos diarios. Pero ahí no termina todo. Me hace dejar los zapatos en la puerta, colgar cada camisa y pantalón que me saco, recoger el diario (sí, soy de los que dejan una parte en el baño, otra en la cocina y hasta debajo de la cama) y hasta bañar al perro, aunque sólo tengamos un gato de esos que te caen de arriba. Esto, por ser sintético y no sonar como el típico macho despechado. El problema, el real problema, es que consciente o no ella extendió su cambio radical a mi vida y mi vida dejó de ser eso: mi vida. Ante esa descomunal invasión, siento que me quedan dos opciones, no más: irme o matarla. Pero, pensándolo bien, ¿por qué irme?
Dulces sueños en un Skona
Aún sin saberlo, todos soñamos con dormir en uno de ellos. Especialmente en los rellenos con pelo de caballo. Créanme, una noche sobre un Skona es lo más parecido a una luna de miel bajo techo, a un largo día en un spa de Bombinhas. Tan lejos estamos de ellos, en precio digo, que sólo podemos mirarlos detrás de una vidriera pensando que alguna vez la dulce fortuna nos pondrá en las manos el número ganador y con él la posibilidad de entrar a comprar un Skona. Hasta que llegue esa oportunidad, invento nuevas excusas para probar sus diferentes modelos: el de resortes bicónicos de acero, el relleno de látex, el de tela termofusionada, el de cáscara de espelta, el de plumas de ganso; en fin, son tantos que ya se me complica encontrar coartadas creíbles para recostarme un rato en un Skona. Esto, sin ir más lejos, lo estoy soñando de espaldas sobre el último modelo que pusieron en exposición. Seré más preciso: es todo blanco y a medida que uno sueña, el sueño se va escribiendo a lo largo y a lo ancho. Al despertar, un extraño cuento ha quedado impreso en ese material indefinible. Ahora bien, nada es lo que parece: los clientes que llegan y se ponen a leer con inocultable curiosidad entran en un sopor que los lleva a buscar el primer Skona que encuentran para caer como álamos talados. Ese, precisamente ése, será el que compren para sus mejores pesadillas.
Acá y más allá también
“¿Quién puso la estampita sobre el piano?”, pregunta con vehemencia aunque ya sabe la respuesta. Resignado, la deja a un costado y vuelve a poner el portarretratos con una foto de su perra. Sabe que ser soltero y vivir con la madre tiene estas cosas. La anciana no desaprovecha ocasión para intentar contagiarle al hijo algo de su desbordante fe; por ejemplo: mientras él ensaya una pieza que interpretará con la Sinfónica no es extraño que encuentre intercalado el “Oratorio de los milagros” o “Réquiem para un ángel caído”, piezas clásicas en toda reunión de feligreses. O esa molesta costumbre de interrumpir el almuerzo o la cena para rezar una oración. A disgusto, Rolando tiene que dejar de comer y sumársele aunque más no sea con un respetuoso silencio. Tampoco falta el golpe de efecto de encontrarse todas las noches en su mesa de luz con una gastada Biblia de tapas de cuero que él, con entrenado tacto, volverá a dejar sigilosamente en la habitación de su madre mientras duerme abrazada al rosario de la abuela. Aunque a veces le gustaría mirarla a los ojos y decirle que nada de eso tiene sentido, que la vida termina y ya, que no hay nadie esperándonos del otro lado, vuelve a caer en la cuenta de que es tarde, muy tarde. Ella es apenas un fantasma, un leal fantasma que le recuerda cada día que una madre siempre está más allá.
Segurísimo
No me acuerdo su apellido, pero segurísimo que se llamaba Aníbal. Lo sé porque cuando me lo presentaron pensé para mí “se llama igual que mi hermano; imposible que me olvide su nombre”. Los años, unos veinte tal vez, pasaron y nunca más supe de él. Hoy, de pura casualidad, me encuentro con su ex mujer y vuelvo a acordarme de Aníbal. No me animo a preguntarle cómo está él o qué es de su vida. Desconozco si terminaron en buenos o malos términos; temo que me responda “no sabés, Aníbal murió hace dos años, una enfermedad fulminante, no pudimos hacer nada”. Evito entonces la pregunta incómoda y a cambio la invito a tomar un café. No sabría explicar cómo, qué dije o hice, pero a las dos horas estábamos en su cama. En el momento menos oportuno, podrán imaginarse, estábamos llegando al clímax y a la par que ella lanzaba un aaaaaaaaahhhhhhhhhh largo y sostenido, se me sale casi en un grito un aaaaaaaaa…¡níbal Olaver! La puta madre, ¿justo ahí tenía que responderme la duda que me había rondado desde que me encontré con Serena? Ella abrió los ojos como un dos de oro y con un odio indisimulable en la voz me preguntó: “¿Me estás cargando, imbécil?”. Si le decía que no, no me hubiera creído. Opté por mentirle. “Lo vi, estoy seguro que lo vi en el espejo y me hacía así con la mano (un tajo en el cuello)”. Debo decir que lo tomó mejor de lo que esperaba. “Siempre me hace lo mismo. Cada vez que me traigo un tipo, se aparece en el espejo y lo amenaza. No le des bola”. Le hice caso. Sin mirar hacia donde estaba Aníbal, me vestí a desgano y cuando Serena intentó preguntarme mi nombre le tapé la boca con un beso. Otro día tal vez se lo diga, mientras tanto prefiero que me recuerde sólo por mi apellido.
Madera oriental
Una japonesa abre la puerta. Es una foto en el diario, pero ¿quién podría afirmar que no hay vida en las fotos? No faltará quien me diga que no hay nadie esperándola, que está llegando a su casa después de un día tremendo en el hospital. Digo hospital porque para mí ella es enfermera, aunque también podría ser cirujana (manos finas, uñas muy cuidadas). Como no hay pruebas ni señales de que efectivamente alguien la esté esperando, ya estoy allí sentado, con la mesa preparada, su comida preferida y un sahumerio de madera oriental para armonizar el encuentro. Comprenderán, no quiero ser descortés, pero es hora de ir cerrándoles la puerta.
La chispa de mamá
Sabíamos que algún día le iba a pasar. Por terca, por orgullosa. Se lo decíamos y ella como si nada. Sobrevoló tantas veces y tan peligrosamente las hornallas con su larga melena sin atar que ese día no tardó en llegar. Fue un treinta de agosto; lo recuerdo como si fuera hoy. Cocinando como siempre, se acercó lo suficiente para que el fuego ganara su cabeza con una velocidad inusitada. Nosotros recién nos dimos cuenta cuando escuchamos a mamá gritar como loca y, aunque nos pedía ayuda, no esperó que le tiráramos agua o una toalla encima; salió corriendo a la calle y no hubo vecino, rápido o no de reflejos, que pudiera hacer algo por esa mujer consumiéndose a lo bonzo. Hoy no dudamos de que se salvó de milagro y ella no deja de decir a quien quiera oírla que está viva gracias a Santa Rosa de Lima. Con mis hermanas hicimos un pacto: ya no la dejamos ni acercarse a la cocina; la menor es quien se encarga de la comida y yo de prender el calefón y el calefactor. Mamá pareciera no estar molesta por nuestras decisiones; mientras peina durante horas la peluca roja, aprovecha para fumar a escondidas sus cigarrillos apagados. Uno tras otro.
Hasta ayer
Apenas terminaron de enterrarla, se miraron y sin decir palabra volvieron al auto. En el camino, Lorenzo estuvo tentado en comentarle lo que se le cruzó por la cabeza y que antes no había notado: desde el cementerio se podía apreciar la mejor vista de la ciudad. Allá abajo, en ese pozo que los años fueron rellenando pacientemente de calles, edificios e historias poco dignas de contar, un millón y pico de personas seguían evitando alzar la mirada hacia la colina donde los huesos de alguno de los suyos había ido a parar antes o después. Genaro era uno de esos supersticiosos. Hasta ayer. Con su hermano Lorenzo alguna vez se juraron no volver a pisar jamás el tumberío, pero su madre se los había pedido encarecidamente en su lecho de muerte: "El día que llegue el turno de Negrita, entiérrenla conmigo". Cumplido el deseo materno, ahora ambas descansan en paz. Ellos, en cambio, no pueden dejar de regresar todos las noches a cavar sus propias tumbas.
Lo de Ocampo
En el jardín de las hermanas Ocampo un cactus de origen mexicano acaba de abrirse junto a la misma pared blanca donde el sol de abril se permite un exiguo descanso. Una mariposa queda atrapada, en realidad atravesada en una espina, mientras adentro de la casa departen fogosamente unos veinte escritores. Hoy, extrañamente, nadie ha salido a fumar o a respirar un poco de aire puro. En consecuencia, ninguno habrá de toparse accidentalmente con la mariposa en el cactus. La poesía, como el amor, confirma que es elusiva por naturaleza. Con la noche, los escribas parten uno a uno hacia donde la ciudad les reserva un anaquel, una copa y una cama. Todos se van, incluso el cactus. Volando.
La procesión va
Los únicos, los mínimos e indispensables movimientos, se desarrollan en el antes y el después. Estrictamente estudiados, son tan precisos y mecánicos que parecieran responder a un guión. Cada cambio de guardia conlleva algo de patriótico déjà vu; de polaroid sanmartiniana que nunca habrá de perder la huella hacia el portarretratos. Los niños miran a esos robots domesticados como se mira a Don José sobre su fiel caballo congelado. De reojo, padres, maestros y curiosos sucumben al poder simbólico de tales muñecos de carne y hueso que apenas se permiten respiran para no alterar los laureles de la solemne foto. Pero adentro de sus cabezas, los imberbes granaderos juegan, sienten, se excitan incluso (¿imaginarán sus sables en alto?). Se ven a sí mismos tomando por asalto las piernas de esa maestra jardinera o el cuello de aquella madre de veintipico y así el frío de julio milagrosamente se les va como un transporte escolar o ese periodista desdeñoso que ni mira ni toma notas. A veces, puede que sus ojos se disparen detrás del taxista que enfurecido encierra a la motito del delivery. O se cuelguen buscándole formas reconocibles al gratuito humo de los micros. Imperturbables, debajo del uniforme ellos también bailan por un sueño.
Yendo se escribe así
Un ejército cae derrotado en una batalla que, a priori, se presentaba favorable. Cuando llega la hora de recoger a los heridos, un moribundo alcanza a dejar su última palabra, tal vez dirigida a la mujer que lo espera de vuelta a casa. La palabra está a punto de llegar a destino pero al rozar las siemprevivas del hogar detona y a ella sólo la alcanzan esquirlas de un inesperado silencio. El silencio de él abrazando al de ella.
Panda del minuto
La miro dormir. Desvelado la miro dormir. Con envidia. Hambre, acaso. En esta noche de brazos abiertos ha caído como una gemela para que yo me pierda entre sus escombros más tiernos. A oscuras, la hurgo sabiendo que aún hay fuego en su centro. Luz de giro hacia un bosque que empieza y termina en el sueño que otra vez me deja afuera. En él habita el panda que trabaja un minuto por día para procurarse la miel de su ausencia. Comerla es su instinto. Hablo de mí.
Esa clase de hongos
Tuvieron muchos hijos, demasiados, sólo porque vivían a orillas del mar. Desde el vamos consideraron que esa cercanía sería la más propicia para la reproducción indiscriminada. ¿Quién en su sano juicio, argumentaban, podría sustraerse a la acompasada música de las olas, al rumor del viento cuando desova y especialmente a esa luna varada en la ventana? En clima tan inspirador concibieron a sus dieciocho versiones. No obstante, un día la cadena habría de cortarse abruptamente. Un tsunami soñado por el más pequeño de la casa los sorprendió en plena noche; a ella arriba, a él abajo, y a los chicos durmiendo o leyendo o jugando con los fantasmas de siempre. En cuestión de segundos, quedaron todos pendiendo del árbol más alto y antiguo de la costa. Y allí debieron continuar por años, camuflados entre ramas y aves cada vez más familiares. Vivieron de cazar pájaros, pescar mantarrayas y tortugas de agua, y, en no menor medida, de la caridad forzada de turistas desorientados. De a poco, los hijos se les fueron yendo: unos detrás de mujeres anzuelo, ellas detrás de capitanes de barco o marineros vírgenes y un puñado de la mano de la muerte misma. Ya solos y sin el hambre de entonces en el cuerpo, madre y padre se miraron a los ojos por primera vez. Un solo objetivo los llevó a bajar del árbol aquél: recoger esa clase de hongos con la que empezó todo.
Chau Irene
Escucho un “Chau Irene” pero no alcanzo a verle la cara a quien la despide. La voz, tenue, tal vez adolescente, sube sola al micro y parte conmigo. Trato de concentrarme para retenerla, para no distraerme con la radio del chofer o lo que conversan dos tipos que recién salen del trabajo. Desde entonces, cada mañana la voz de la que no es Irene me dice “levantate, amor” y yo me levanto con la convicción de un soldado. Desayuno solo pero siempre hablamos de todo un poco. Comentamos lo que dice el diario, lo que cada uno hará el resto del día, dónde nos gustaría ir a la noche. Una tarde cualquiera, me distraigo mirando artesanías y la voz de la que no es Irene se me pierde en la plaza y ya no hay nada que pueda hacer para impedirlo. “Chau”, es lo único que atino a decirle a sus espaldas (o a lo que imagino como ella yéndose) y cuando pienso que todos estos árboles sólo crecieron para esperar el momento en que yo decida colgarme, la Irene que no es la voz se da vuelta y me pregunta: “¿Me hablás a mí?”.
Que no, que gracias
“Es un regalo. Te juro que es un regalo. No tengás miedo, es para vos”. Y yo, que no lo conocía, que nunca recibí nada de un extraño, lo miré a los ojos para decirle que no, que gracias, pero él ya se había ido, dejando su cuerpo ahí, vacío, para que yo pusiera mi oído en su corazón aún en ritmo y al cerrar los ojos viera con los suyos eso para lo que, a falta de palabras o definición más certera, nunca dudé en llamar regalo.
Museo de la nieve
Cuando llegamos ya era demasiado tarde. Sólo quedaban charcos aquí y allá donde ahora con cierto esfuerzo llegamos a intuir un cuadro impresionista, una columna dórica, puede que una escultura románica, acaso el grabado de una mujer dormida junto al fuego. Lo que vemos, en realidad es eso que no vimos y que creemos poder reconstruir apelando a una arbitraria combinación de relato oral e imaginación. A la salida, ni ella ni yo lo decimos pero sabemos perfectamente que fue un error imperdonable haber esperado la primavera para traer a los niños.
La poca sopa
Da vueltas una, dos, veinte veces, alrededor de la lámpara hasta acercarse lo suficiente. Después, lo previsible: queda fulminada al instante. Su caída se produce tan ahí como todos podrían imaginar. El niño, otrora animalito boquiflojo, deja de comer ipso facto. Y no por asco, como cree su madre de pecho. Como activado por su propio play, se ha puesto a jugar sin importarle el grito sioux de papá. Se propone ayudar al náufrago (la ex mosca) a llegar a la costa (borde tallado del plato). Una vez rescatado, el héroe (él) espera el beso redentor de la reina voluptuosa (su prima). Jugar al salvador es algo que el gobernador Ortegoza cultiva con fervor desde entonces. El problema -nuestro, no de él- son estas demasiadas moscas para tan poca sopa. Deberíamos haberlo pensado antes.
Paritaria
Si no hay voces ni pruebas en contra, estoy en condiciones de afirmar que esta silla camina. Es todo lo que tengo para decir. Será mi palabra contra su placebo.
Todo de negro
Ir en tren era lo último que había pensado cuando recibió ese llamado. Pero ahí estaba, con un libro en las manos que no lograba decidirse a leer y mirando por la ventanilla una sucesión de árboles, vacas y casas. Lo único que logró alterar la monotonía de ese paisaje en movimiento fue un espantapájaros vestido todo de negro. Ahora, cada vez que recuerda su rostro, le vuelve aquella aterradora sensación. El ominoso muñeco tenía la cara de su padre, la misma cara que puso cuando la policía le dijo que debía llevarlo detenido. Lo acusaban de un crimen que él habría de negar hasta el día de su propia muerte. Agitado por lo que acababa de ver, corrió la cortina y sin convicción abrió el libro. Por suerte, estaba todo en blanco.
Ni mú
Grillos. Un coro griego de grillos. Sólo callan cuando alguien, dentro o fuera de la casa, grita más fuerte que ellos. Indiferente, ella pone un disco. Diferente, él enciende la licuadora. Hijo 1: grita goles en la play. Hija 2: ve dibujitos japoneses. A pura bocina, un taxi recuerda que hace rato espera y no tiene todo el día. El sodero, sin freno de mano, hace otro tanto colgado del timbre. Calladito pero harto, el silencio huye; decide atrincherarse debajo del sofá. Como de costumbre, habrá de masturbarse pensando en ese maravilloso cuadro donde ni el mar ni la gaviota dicen ni mú.
Rama caída
Carece de gimnasia social. No tiene. No tuvo. No tendrá. Y no le importa en lo más mínimo. Dice: "Soy un caracol feliz transitando una huella indeleble". Por el ojal de su cabeza, día y noche entra y sale una música esférica, un silencio viral así o asá. A su lado, esa mujer anexada a su sexo late y late y ese eco anida para siempre dentro de ella. Afuera, cada hoja que cae duele como una primera vez. Asido a la rama caída no necesita antena. El es la antena.
Rodríguez y Rodríguez
Se conocieron en el pasillo de un hospital. Hablo de Rodríguez y Rodríguez. Cuando la enfermera se apareció en la puerta y preguntó “¿Rodríguez?”, ambos se le acercaron con gesto preocupado. Frente a los dos hombres, la mujer amplió la pregunta: “¿Quién es Rodríguez?”. Casi a dúo, respondieron “Yo”. La desconcertada enfermera revisó un papel y creyó así aclarar la confusión: “Luis Rodríguez”. Los dos Rodríguez se miraron. Uno dijo: “Yo soy Esteban”. El otro: “Yo Aníbal”. Más molesta que desorientada, la enfermera resopló y se fue sin decirles nada. Los Rodríguez se convidaron una sonrisa de incomodidad. No les quedó otra que darse la mano y romper el hielo. “Mucho gusto”, dijeron al unísono. Adentro, un recién nacido lanzó su primer berrido en este mundo. Pesaba 3,400, tenía ojos marrones y no se parecía ni a Esteban ni a Aníbal. Sí a Luis, el Rodríguez que la policía acababa de identificar a sólo dos cuadras del hospital. “Cruzó corriendo como loco y no vio que el micro tenía verde”, intentó explicar la anciana que vio todo.
Propiedad horizontal
Era mejor cuando no teníamos sommier. Hacíamos el amor a capela y la madera crujía tiernamente, dócil aun en su desmadrado vaivén. En esas noches sentíamos que algo más allá de los cuerpos –llamale energía, mística, simple vibración- se activaba natural entre clavo y clavo. Salvaje, una música orgánica irrumpía desde la fricción in crescendo. Hasta que esa música dejó de sonar. ¡Claro que era mejor cuando no teníamos sommier!, porque entonces todavía dormíamos juntos, soñábamos tête à tête. Ahora apenas si te veo, tan desnuda allá en la otra punta de esta pesadilla y con el silencio al medio como un tajo incómodo, llenándote donde yo ya no puedo.
Ríe (última)
En segundo plano quedan los cuatro alrededor de la mesa. El foco en este momento está puesto en el vaso al que hasta una mosca del montón elige como centro de atención. Parece que los cuatro hablan. Parece que escuchan. Y no. No hablan, no escuchan. Los cuatro miran de reojo el vaso. No es fácil, hay poca luz, apenas unas velas nada románticas. Por la tensión, la situación daría para reírse, pero a pesar del alcohol nadie se anima a abrir la boca. Hay cuatro vasos juntos y en uno flota, obscena, una dentadura. Ella es la única que ríe.
Perdido el hilo
El ojo, la aguja, el hilo perfilado para cruzar una vez más el minúsculo túnel. Nada del otro mundo para una anciana que cose como respira desde que tiene memoria. El pulso imperturbable no le delata los 89. Pero ahora, a las 20.40 de este martes de junio, la mano le tiembla y la aguja, por primera vez en mucho tiempo, se desencuentra con el hilo. El pibe que le apunta lo nota y se ríe y le dice "no estás nada mal viejita" y se vuelve a reír y el revólver se agita al ritmo de su risa alucinada. Antes de que la anciana intente decirle que sólo tiene los 400 recién cobrados, la bala se le instala perfecta, maradoniana casi, en medio de la frente. Media hora después, por ese mismo agujero dos policías enhebran una conversación de rutina: -Para qué matarla; con un simple golpe el muy boludo la sacaba del medio y le robaba igual- analiza Ferreira. -Qué querés, seguro que era un pendejo que estaba dado vuelta- infiere Carrizo, mientras juega con una bufanda tejida por la vieja. Sin más por hacer en el lugar del hecho, Ferreira prende otro cigarrillo y a los gritos saluda al chofer de la morguera apelando a su acostumbrado humor negro: “Cacho, ¿quién te tejió ese pulóver de trolo?”. Ahora el que ríe a destiempo es Carrizo.
El trato
Fue hasta la cajita que guardaba en un lugar poco accesible para cualquiera que no fuera él y la sacó con especial cuidado, consciente de su habitual torpeza con las manos. Antes de volver a donde lo esperaban, se sentó en la cama y lloró como no lo hacía desde niño. En sus manos, lo que debía entregar quemaba como un anillo caliente. Las voces de los otros le llegaban cada vez más cercanas; delataban los nervios compartidos y dejaba aún más claro que ya no quedaba tiempo. Había que entregarlo para intentar al menos volver a llevar una vida normal, aunque todos supieran que eso sería casi imposible. Tomó coraje, se levantó decidido y fue hacia la cocina donde lo aguardaban de pie. Eso que a su pesar debía entregar iba aferrado en su puño. No hizo falta decir nada, sólo se miraron unos segundos hasta que bajaron la vista dando por cerrado el trato y como llegaron, se fueron: murmurando en aquel idioma de infancia. Ya solo, el vacío recuperó cada rincón de la casa. Un previsible tsunami de silencio fue barriendo todo a su paso y lo arrojó desprevenido sobre su cama. Desde allí vio en cámara lenta como las fotos de su vida se acomodaban una a una en el techo e iban dando forma a otra versión de su historia. Ni más feliz ni más tranquila. Simplemente, otra.
Los que pescaban
Tenían las manos gastadas, las uñas negras, la mirada desconfiada. Tenían el cuero curtido, el olor del mar penetrado, la lengua en un tic de alerta. Tenían mujeres que los esperaban con la comida caliente y los pies fríos, hijos entrenados para el naufragio, madres con el rosario en la boca. Tenían el viento como un tatuaje insoportable, las mejillas en carne viva. Tenían redes, anzuelos, cañas. Oficio. Toda la paciencia. Tenían el horizonte. Hasta que un día ni eso tuvieron.
On-Off
El bombero ciego, el mago fallido de mi madre y tu padre, toca el fuego para leer en la ceniza la partitura de lo que vendrá. En los ojos de sus víctimas hay un grito hecho polvo que habitualmente él escucha con las manos abiertas, entregado como un agujero más a la red de su sombra. Son éstas las ocasiones en las que su corazón exhausto libera un agua milagrosa, vital, para que todo se apague y vuelva a encenderse justo del otro lado.
No se nos
Le decíamos Guernica porque no se le entendía nada cuando intentaba explicar alguna teoría. Típico chiste universitario. A pesar de esa piedra que el profesor Ardiles nos obligaba a sortear en el ríspido camino del aprendizaje, a la larga su método develaba aristas únicas, puentes inesperados que motivaban ir a sus clases como a una cita imposible de cancelar. Y así como él detestaba trabajar a reglamento, nosotros nos negábamos a concluir el encuentro de martes y jueves en una mezquina hora de reloj. Por eso el café de la facultad o el mismísimo jardín oficiaban de literal extensión universitaria. En ese extra que nos ofrendaba gratis (o a cambio de un cigarrillo o dos) había más contenido y pasión que en cualquier mamotreto sugerido por un férreo plan de estudios. La vida, una vez más, estaba en otra parte y nosotros, simples pasajeros de turno, éramos un fragmento más en el puzzle del profesor Guernica. El día que intentaron armarlo, digo domesticarlo con cancerberos del intelecto, decretaron sin más la muerte del sorprendido Ardiles. Desde entonces una paloma hiperrealista, falsa paz de postal, nos sobrevuela la cabeza pero no hay caso, entrañable Guernica, no se nos cae una puta idea.
Muy muy tan tan
Me dice "hoy no tengo ganas de cocinar, vamos a comer afuera". Con esa carita que me pone, no puedo decirle que no, que ando sin un peso y la tarjeta ya es un chicle que perdió el gusto. La llevo a un restorán ni muy muy ni tan tan, sabiendo que igual quedará contenta. Pedimos la carta y ella elige lo de siempre (pastas), en cambio yo me propongo salirme de lo acostumbrado y la despisto pidiendo unas rabas. Elijo un buen vino, no muy caro, pero sin dudas un buen cabernet sauvignon. Una hora después, llega el mozo con la cuenta y yo amago a sacar la billetera. Ella me frena con un oportuno "¡pará!". No cabe duda de que me quiere invitar ella, algo que -debo admitir- no figuraba en mis planes. Con movimientos decididos busca su cartera, de pronto mira a ambos lados y mirándome a los ojos me propone: "A la cuenta de tres, corramos". Si no lo dije antes, tengo que decirlo ahora: ella siempre me sorprende. Y al mozo, ni qué hablar.
Retrato vintage
El sofá es atigrado y le hace juego con esa falda corta que no se saca ni para dormir. Sobre él, Tía E cruza las piernas y a mí, con cinco años apenas, se me corta el aliento y veo todo nublado. Manchas veo. Hace poco que dejó la noche pero todavía se le nota la calle en la voz, especialmente cuando me habla al oído. Ahora tengo quince y me estoy tocando, sentado en el tigre de su sofá. Allí se disimulan mis jugos del deseo, placenteros rastros que sólo yo y nadie más que yo podría reconocer. Cada tanto, de riguroso negro Tía E me espera para compartir una copa y un rato de charla. Debo reconocer que a sus sesenta sigue cruzando las piernas con el mismo arte con que la evocan mis manos. Tocarla sería como romper el vidrio antes del incendio. O quemarme así.
La birome amarilla
"Creo que si lo intentara tal vez podría, pero ¿tendría algún sentido?", cavila Aldo Lisboa oteando la calle desde su escritorio. Su duda es un molesto tic tac que no cesa desde que le regalaron una birome amarilla junto a otras de color verde, azul, negro y rojo. Lo lógico, razona él, sería utilizar las clásicas (azul, roja, negra) y desechar las otras por poco legibles. O por excéntricas, si lo piensa mejor. Pero no, hay algo que le dice que a la amarilla debería considerarla como algo especial, quizás un guiño para aquellos que buscan pelos en las sábanas, diarios ocultos, hijos no reconocidos. Exactamente a las 23.17, Lisboa toma la decisión: en amarillo escribirá lo que espera sea su último cuento. Quien logre leerlo completamente calzará el merecido traje de protagonista y entonces, recién entonces, podrá merecer que su historia vire al negro o el azul de las páginas.
Vida pico
Esperaba el tren; no donde sería lo lógico, un andén de una estación cualquiera. Lo esperaba acostada en la vía, los brazos a un costado, la mirada perdida en un cielo sin nubes, todo lo claro que podía serlo una mañana de enero. Nadie parecía reparar en ella. Yo en cambio la vi cuando cortaba camino por la vía para ir como todos los días a mi laburo en el kiosco. Me acerqué con más curiosidad que nervios y al ver que estaba con los ojos abiertos le dije “¿qué haces, estás loca vos? No seas boluda, levantate”. No se hizo rogar. Se levantó, no lloraba aunque estaba muy seria, con los ojos rojos y una palidez que asustaba. “Gracias”. Eso y nada más fue todo lo que me dijo. Se dio vuelta y se fue caminando hacia la estación, muy lento, como si arrastrara un vagón cargado de dolor. Allí compró un cigarrillo y le dejó unas monedas a una mujer muy anciana con un cartel en el que explicaba que tenía cáncer y ningún familiar. Después la perdí de vista, supongo que salió por donde a esa hora pico entraba un mar de gente. Nunca más la vi. Ahora, cada vez que pasa un tren o cruzo estas vías donde nos conocimos (es una forma de decir) pienso en ella como en alguien a quien debería haber despedido subiendo al tren. Me pregunto si pensará en mí cuando acerca un cuchillo a sus venas o se asoma con hambre a un balcón. Mientras tanto, la sigo esperando acostado en aquel mismo lugar.
Cereza D.
V. es Cereza D. La llamo así en la intimidad, en esas noches en que a falta de velas abrimos las ventanas y dejamos entrar de un solo trago las luces de la ciudad. A ella le gusta contarme historias, casi siempre inventadas y poco plausibles, pero tiene un talento especial para narrarlas, con un estilo potenciado por la forma de respirar cada palabra, o por esa ronquera leve y definitiva que le acentuó el cigarrillo. Cereza D. cree que me cuenta, sin saber que soy yo quien la está contando y haciéndola cierta en mis sábanas de había otra vez.
Ala una, alas dos
El auténtico pájaro capicúa vuela de atrás hacia adelante. Y viceversa. A veces el viento lo rebobina como a un viejo caset y su sombra termina donde todo empezó: en el umbral de un árbol que de tan imaginario aún no existe o ya se voló a su cielo de jaula eternamente abierta.
Watts
Cuando me paré frente al espejo añoré las velas que sobraban en ese libro del siglo XIX que acababa de leer. Con la escasa luz que había, me afeité apelando a la memoria táctil de años de recorrerme palmo a palmo la cara, confiando más en la suerte que en el supuesto oficio. Tenía una importante cena de negocios y no daba para presentarme con más cortes que un boxeador en su noche más negra. Como pude, al cabo de quince trabajosos minutos salí dignamente ileso. A la que no le fue nada bien fue a mi hija mayor; a ella la esperaba un cumpleaños, un novio nuevo, y su maquillaje casi a ciegas había resultado una lograda réplica adolescente de Piñón Fijo. Cuando salió del baño, con mi mujer nos largamos a reír y Flopi a llorar desconsoladamente. Al otro día, cansado de los justificados reclamos y quejas de toda mi familia, fui al súper sólo a comprar un foco. No cualquier foco; uno de 200, para ahorrarles cualquier tipo de comentarios. Ahora, cada vez que nos miramos al espejo, vemos hasta lo que estamos pensando. Y ahí sí que nos reímos todos.
Solía
Mientras se depilaba y yo leía el diario, solía hacer comentarios del tipo “a mí me gustaría ser amiga de Marcelo Cohen”. Yo la miraba de reojo y me limitaba a contestarle con una indiferencia tal que hasta Marcelo Cohen hubiera querido llamarse Ernesto.
Yerba nueva
Lo estoy viendo yo pero podría verlo cualquiera: una mosca haciendo pie sobre el lomo de un caballo. ¿Se animaría alguien a discutirme que la muy osada intenta domarlo? No sería eso lo más extraño, reconozco. Lo raro es cómo se miran a los ojos y en un instante salen volando hasta perderlos de vista. Es cierto, el mate sabe muy diferente con la yerba nueva, sin embargo eso no explicaría que mis alpargatas estén leyendo un libro en braile ni que la cigarra cante negro spirituals con una voz que realmente mete miedo. En lo único que pienso ahora es si volverán. Mañana habrá sopa y no será lo mismo sin ellos.
Cara a cara a cara
Su cara se me aparece nítida en el disco “Pare”. Su cara no es su cara de verme sino su cara de mirarse en el espejo. Al minuto, tal vez menos, las bocinas se multiplican enviándome una clara señal de que no es correcto que la siga mirando como si fuera a desvestirla o a darle el beso de la muerte. A mí no me preocupa la espera; el problema es cuando en el mismo cartel de su cara aparece otra palabra. En sus labios, y con rojo furioso, leo: “Fuiste”.
Mi coma
Sería más romántico decir que desperté escuchando su voz. En realidad, ahora lo recuerdo con claridad: fue el ruido de la lluvia lo primero que escuché cuando volví del coma. Puedo ser más preciso aún; no se trataba de una lluvia real sino de la lluvia que provenía de la radio que mi padre había dejado al costado de la cama. Cuando reaccioné, ella gritó, lloró, volvió a gritar y finalmente se desplomó como si un francotirador le hubiera dado en la frente. Yo no entendía nada pero igual me sentía feliz, en medio de un cumpleaños en el que todos quisieran brindar por mí y salir en la foto. Como era de esperar, su sonrisa se borró inmediatamente cuando pregunté qué me había pasado. Incómoda, mirándose un rosario atado a su muñeca, sólo atinó a decir “un golpe, un simple golpe”. Y esta vez lloró de una forma que le desconocía.
Este corazón carnívoro que somos
Algunos ven la vida como si recorrieran el mundo en una bicicleta fija. Su hora es la de los relojes de pared y sus cuadros siempre están en el museo equivocado. ¿Qué tendrá de cierta esa teoría que asegura que los patos vuelan cuando quieren estar quietos? Nada de lo que se pueda aprender de estas u otras aves se acerca a las enseñanzas que se desprenden de la cinética del caracol. En su misterio a la vista está la clave: el humano es un acto fallido de la creación.
Bendita química
En el correo de lectores de The Guardian una mujer escribe que ya no sabe qué hacer con ese vecino loco que a toda hora lee la Biblia a los gritos y con la ventana abierta. Ella, devota con asistencia perfecta a misas de domingo, ha tomado una determinación de la que, cree, se va a arrepentir pero el Señor sabrá entenderla y por qué no, perdonarla. Irá al departamento del vecino desquiciado, le tocará el timbre, le pedirá que le convide una tacita de azúcar y, cuando se distraiga, le vaciará agua bendita en su vaso de whisky. Al otro día, de regreso de confesarse con el padre Peter, su vecino nuevamente está leyendo a viva voz pero ya no se trata de los textos bíblicos sino de los más encendidos relatos del Marqués de Sade. Extraña reacción química, piensa la desconcertada feligresa mientras apura el paso para llegar a su casa y tomarse su tranquilizante fernet con mirra. Sobre la mesa, el diario le trae la noticia de que otro cura pedófilo está tras las rejas. Gracias a Dios, siempre habrá una buena excusa para beber.
Su primer Funes
En algún códice del siglo XVI, San Isidoro dejaba por escrito que la creación del mundo debía haberse producido, días más, noches menos, en el 5210 antes de Jesús de Nazareth. Por entonces, Dios trabajaba en una precaria versión de wikipedia y no había caso, no conseguía darle forma a su primer Funes. Hasta que se le ocurrió acortar los caminos e inventar la memoria y con ella a un hombre bien parecido para que siempre olvidara. Después, y por una afortunada torpeza, el azar le haría descubrir la inexacta ciencia del amor. Pero ya era tarde, muy tarde; a esa hora de la humanidad no quedaban mujeres para él. De allí su soledad sin antes ni después.
Autorreferencial
Lo único que toma la cámara, lo que está perfectamente en cuadro, es una mano que se sirve una medialuna de un plato. Acto seguido, esa misma mano es atravesada por un cuchillo. Si fue la mano libre o se trató de otra, poco importa. Lo que acaba de ocurrir debería justificar por sí solo abrir el cuadro, mover la cámara. Eso no ocurre. ¿Por qué todos miran al director y no a la pantalla?
Para el 911
Lo inexplicable no es que el elefante esté incómodo ocupando todo el ascensor sino que la señora del Quinto B se queje de que las escaleras y el hall están sucios con cáscaras de maní. Culposo, el portero ensaya una excusa y da su versión: una vez más, desoyendo lo planteado en la última reunión de consorcio, el cuidador del Zoológico ha vuelto a traerse trabajo a su departamento de un ambiente sin medir consecuencias y, especialmente, dimensiones. Es más, el muy insensato todavía no paga la lámpara del pasillo que el lunes rompió la jirafa y encima se queja de que a la pantera le aterra la oscuridad. En cambio, del cocodrilo y la extraña desaparición del pianista del octavo, nadie se anima a decir una sola palabra. Yo tampoco lo haré.
Vuelta de hoja
El saco de astracán estaba acurrucado en el piso. Y debajo de él su cartera. Y dentro de su cartera la carta que le escribió a mano, con sus últimas fuerzas. Ahora sabe con certeza que nunca se tomó el trabajo de leerla. De haberlo hecho no hubiera tomado la decisión. ¿En qué habrá estado pensando cuando creyó que estudiar Letras era la solución; esa hoja que debía dar vuelta para dejarlo definitivamente del otro lado?
No hay derecho
A los niños zurdos siempre nos miraban raro. Éramos una especie de freaks a los que había que mantener a prudencial distancia, no fuera que eso, manejar con gracia la siniestra, fuera contagioso como el sarampión o el peronismo. Pero bien que les gustaba vernos tocar la guitarra al revés, pegarle con gracia a la pelotita de ping pong o patear como el Diego y hacer los goles más grosos en el campito. Si integrar el equipo de la izquierda ya era todo un tema desde chicos, imagínense lo que fue de grandes jugar en la liga mayor. A esa altura del partido ya ni siquiera nos miraban raro; directamente nos expulsaban antes de entrar a la cancha.
Desde el carajo
No sé nada de autos, apenas manejar y dónde se ubica la batería y el burro de arranque. Debo confesar que lo que más disfruto es el movimiento, esa plácida sensación de transformar el paisaje a medida que la caja metálica se desplaza a mi merced. Siento que conduzco a La Niña o La Pinta desde el carajo mismo, que el barro aún está fresco y puede tomar caprichosamente mi forma. Que el papel está en blanco y a mi paso se corporizan en él nuevos territorios, colores a estrenar, desconocidas versiones de las evas y los otros. Allá abajo el asfalto supone la arena conquistada, el límite entre un jardín (secreto) y una selva (polinizada). Ahora bajo el vidrio de mi modesta nave terrestre para decirles que podría seguir kilómetros y kilómetros con el jueguito éste de las alegorías. Podría, si hubiera visto a tiempo el semáforo en rojo, la ambulancia desbocada viniendo hacia mí decidida como Cortés al hundir sus naves en Veracruz. Los autos no saben nada de mí.
Hasta mañana
Cuando logro sortear las madreselvas del insomnio y el sueño por fin se me aparece descalzo, recién bañado, listo para meterse en mí, detrás de mis ojos irrumpe la indeseable señal de ajuste. El recurso desesperado al que apelo es pedirle a mi mujer que por un momento, unos segundos apenas, se distraiga de darle de comer a los peces y a los niños, busque el control remoto enredado en su corpiño y me apague sin lástima. Coincidimos: dormido soy encantador, uno de esos tipos que son capaces de robar una flor y pagarla. Pero sépanlo, también puedo ser el peor; ese que le esconde el piano a Sam para que no toque en toda la noche y así mi insomnio pueda invitarlo a una copa tras otra hasta perderme de vista. Sólo hasta mañana.
Lo que Aldo quería
Se ganó por cansancio. Tantas veces lo intentó, tantas trazó ese plan perfecto que fracasaba perfectamente, que merecía morirse como premio a su tesón, al insobornable compromiso con su idea fija. Ni siquiera importa si fue azar que el tren descarrilara antes o que las pastillas estuvieran vencidas. No, su constancia para buscar opciones que lo eyectaran de este mundo bien valían no sentirse solo en la patriada. Quienes fuimos amigos de Aldo no soportábamos verlo volver al bar cada vez con una explicación imposible para justificar una nueva frustración. Su cara era un cartel que decía “no puedo, nunca podré”. Cansados de que no logrará su objetivo, con Ramírez, Peralta, Domínguez y Guisasola nos pusimos de acuerdo. Dejamos que nos contara en qué consistiría su próximo intento y sin que él lo supiera, lo seguimos. Aprovechando una falla cardíaca detectada hacía unos meses, y su conocido temor por los muertos, se propuso ir solo al cementerio en plena noche. Se dijo, y nos dijo, que cualquier ruido que escuchara allí sería suficiente para matarlo del susto. La noche del sábado 3 de octubre partió en bicicleta hasta el cementerio del pueblo. Temblando, caminó por un pasillo con tumbas a ambos costados. A esa altura, nosotros ya nos habíamos escondido estratégicamente. Cuando Aldo llegó a la única lápida que tenía una vela encendida se paró en seco. La miró unos segundos que se nos hicieron eternos y cuando pensamos que se iba a caer duro de un infarto, empezó a cagarse tanto de risa que nos acercarnos corriendo. No había forma de hacerlo callar. Ilusos, creímos que si veía una lápida con su nombre y su foto iba a palmar en el acto. Pero no, el muy guacho lloraba de la risa y esta vez éramos nosotros los que nos queríamos matar. Al final, volvimos todos juntos al bar y nos quedamos tomando hasta el amanecer. Fue ahí, tipo seis de la mañana, justo al intentar abrir la puerta de su casa, cuando su madre creyéndolo un chorro le tiró una maceta desde el primer piso. Un rayo le habría hecho menos. Aunque no lo podíamos creer, en el fondo nos sentimos contentos porque era lo que Aldo quería. Y uno siempre quiere lo mejor para sus amigos.
Uno de esos casos
El médico rural le mira los ojos a la anciana anclada en su hamaca y luego al perro que la acompaña echado junto al fuego. Se diría que no hay diferencias entre la mirada de la mujer y la del animal. Los inunda una misma tristeza, una común telaraña de sombras. Uno de esos casos, piensa, que no se estudian en ningún manual. Por primera vez en treinta años de profesión siente que no tiene respuestas; no muy convencido, le pide que se quede tranquila, que mañana va a estar mejor. El perro, que ha entendido todo, lo acompaña hasta la puerta y por primera vez lo despide en silencio. En los ojos de la abuela la araña de la muerte le teje una última lágrima. Cuando caiga la noche, él tendrá algo dulce para roer.
Viró
La bicicleta quedó reducida a un ovillo metálico. Semejaba una flor oxidada y deforme crecida de mala gana en el gastado asfalto de Palmira. A la mujer -rolliza, rubia, cuarenta, cuarenta y cinco años- alrededor de su cabeza le asomaba un aura de sangre real. Los ojos bien abiertos en un expresión de paz y terror, si acaso tal combinación fuera posible. La ambulancia no demoró más de veinte minutos, pero la eternidad, se sabe, maneja otros tiempos. Cuando llegó, la sirena cesó de inmediato dando paso a una cumbia pegajosa que expulsaba una camioneta donde dos adolescentes tomaban cerveza del pico. Entre el enfermero y el médico la subieron a la camilla casi de un salto y en menos de cinco minutos su cuerpo aún tibio desembarcaba en el centro de salud. Allí, la mujer abrió los ojos y vio todo blanco: las paredes, el piso, el techo, las ventanas y especialmente a la doctora, quien movía los labios sin emitir sonido alguno. Al cerrar los ojos lo blanco viró al negro con la velocidad del golpe aquel. Del otro lado, milagro o designio, pudo ver con claridad quién manejaba el auto. Ya buscaría la forma de hacerlo saber.
Corpúsculos de Krause
Leo y marco con resaltador amarillo: “Los corpúsculos de Krause son los encargados de registrar la sensación de frío que se produce cuando entramos en contacto con un cuerpo o un espacio que está a menor temperatura que nuestro cuerpo. Se encuentran en el tejido submucoso de la boca, la nariz, ojos, genitales, etc. Llevan este nombre en honor de su descubridor, el anatomista alemán Wilhelm Krause”. Apunto en lápiz, al margen: "Y yo que pensaba que no había nombre para eso que sentía cuando estábamos tan lejos, uno dentro del otro".
Los pies en la caja
Algo no encajaba en su vida; era como poner los pies en una caja de zapatos y querer caminar. Elsa, la de los pies en la caja, no sabía por qué desde hacía un tiempo las manos no le respondían. Por ejemplo, cuando quería escribir una carta, terminaba planchando una camisa o rompiendo un plato, o al intentar cebarse un mate lo que lograba era pintarse las uñas mejor que nunca. Ella creía que alguien había pinchado su foto y cuando especulaba acerca de quién podría querer hacerle tanto daño, también fracasaba: lo único que conseguía la pobre Elsa era dibujar una y otra vez una piedra cayendo, una mujer rodando, un hospital sin techo y unos ojos que la miraban y la miraban y la miraban hasta cerrárseles como un libro de magia negra.
Descarrilar o parecido
La última imagen que retiene el abuelo antes de morir es un improvisado florero con una rosa blanca. El viejo maquinista de Ferrocarriles Argentinos se va de este mundo convencido de que al cerrar sus ojos (lo más parecido a descarrilar) la flor se deshojará inevitablemente. Piensa que no puede haber imagen más triste para abandonar esta vida. Lo que nunca sabrá es que el médico de guardia que lo cree dormido aprovecha esa circunstancia para hurtar la rosa y regalársela a su amante; la misma enfermera que minutos después llorará sentidamente al abuelo y le dejará sobre el pecho un puñado de pétalos blancos. El humo que sale de la boca del muerto indica que al fin ha llegado a destino. Por eso los pañuelos, por eso los brazos que salen a recibirlo.
(Oh)róscopo
Sería un desperdicio, una equívoca señal del destino, no aprovechar la escena de la adolescente aplastada por el cuadro de un olvidado autor renacentista para tomarla, sin alterar la sanguinolenta escena, como modelo de una obra que la continúe en el más acá. Acaso esta bella naturaleza muerta sea la misma a la que sus astros le vaticinaban claras aptitudes para el arte; virtudes para dar el cuerpo como otras el pecho o el alma. Ahora, cual perra abandonada en busca del calor de la estufa, sabemos que su suerte estaba echada; desintegrada y todo, la otrora nínfula se nos apagó tan perfecta como la luna en el agua de Venecia.
El duelo
Para Zelmar las tardes de jueves son tardes de ajedrez. Una elección que, aunque no lo reconozca, se ve favorecida por su insobornable fobia social. Es simple: juega solo, gana o pierde solo y solo decide cuándo terminar una partida. Jamás aceptaría someterse a la tiranía de una mujer que avisa desde la cama que sus pies ya están fríos. Tantos años desdoblándose para vencer o evitar ser vencido, intentando a su vez aplicar con mayor o menor éxito los consejos de Sun Tzu, lo han llevado silenciosamente a un final inevitable. Tras un encarnizado duelo consigo mismo, esta tarde se ha prometido que no habrá capitulación posible: quien pierda deberá morir. No le tiembla el pulso saber que sea cual fuere el resultado encarnará a su propio verdugo. Como en sus sueños, el rey será depuesto a manos de una reina bipolar.
Fileteado
En la memoria uno siempre es otro. Y en el espejo, también. Se podría decir que al mirarse está llorando cuando en realidad llueve en sus quince o en sus treinta. Como ayer, como mañana, ahora una mujer se le desnuda entre ceja y ceja y el agua se viste con lo primero que encuentra. Cuando él cierra los ojos, ella se va como un peine. La cara que queda tiene el tajo del adiós.
Lo que pasa
La situación es más o menos así. Dos periodistas están hablando. Uno, parado. El otro, sentado. Detrás del que está de pie, en realidad detrás de una persiana americana, pasa a gran velocidad una sombra. El que está sentado se distrae por un momento, al punto de no escuchar lo que le está contando el otro. Apostaría que esa sombra que ve pasar es un cuerpo que cae. Es más, espera de un momento a otro escuchar el impacto contra uno de los balcones o directamente contra la playa de estacionamiento que está junto al edificio de la redacción. Al no escuchar ningún ruido suspira aliviado. Sin embargo tiene la certeza de que algo ha pasado. La noticia que no fue.
El reino
Camina hablando solo. Dice: “Los insectos son monoteístas”. La vecina de enfrente lo mira desconfiada. El cobrador del seguro lo esquiva por si acaso. Su madre la llama por su nombre y es su padre quien le avisa que la mesa está servida. El no escucha; sigue caminando y hablando. Solo. Únicamente se detiene en el jardín de al lado a dejar una pastilla blanca sobre el minúsculo agujero de un hormiguero. Al rato, irrumpe una larguísima hilera de hormigas cargando cientos de fragmentos de una hoja de mora. En cuclillas, él les habla con tono monocorde, casi marcial: “De ustedes será el reino y ese día yo voy a estar codo a codo con ustedes”. Un rubio que pasa en bicicleta lo escucha y se detiene a increparlo. El no entiende nada; apenas atina a defenderse de los golpes que el otro le propina con un libro grueso, de tapas negras. En medio del forcejeo, una hormiga roja grita furiosa y los dos se quedan petrificados, mirándola fijo. “Ustedes no entendieron nada, carajo”, les dice y ofendida vuelve al centro de la tierra. Avergonzados, cada uno se va por su lado. El rubio parte en su bicicleta, rezando para adentro. El que habla solo, se aleja con la boca cerrada, llena de preguntas. La comida ya se ha enfriado.
Un aire familiar
Por las noches, sólo por las noches, Icaro es el Jekyll de Emilio. Pero claro, serlo tiene sus costos. En principio, debió vender hasta lo último que tenía para comprarse un departamento de dos ambientes en un octavo piso, con balcón. Cualquiera hubiera pensado que a esa avidez por las alturas la impulsaba un natural instinto asesino. Nada más equivocado. Emilio se arrojaba una y otra vez al vacío para no pensar. Y cuando no pensaba le nacían generosas alas o algo parecido a ese imprescindible sostén. Lo que resulta un tanto difícil de explicar es que al despertar no fuera en la calle sino en el cuello de una mujer desconocida y por lo general hermosa. Sin alas ni colmillos, Emilio era un pájaro sentado; un tipo de lo más común, que gustaba pasar largas horas tomando mate en su balconcito mientras miraba pasar aviones a los que se sentía unido por un aire ciertamente familiar.
La paradoja de Andrés T.
Conoció el miedo exactamente a los cuatro años. Fue en el cine, viendo una en blanco y negro de la que ni recuerda el nombre. De lo único que se acuerda con precisión es que gritó a la par de esa mujer a la que apuñalaban por la espalda mientras se duchaba. Del susto, Andrés T. se quedó sin habla por unas cuantas horas. Eso se lo contó su madre y se lo recuerdan sus hermanos cada vez que lo quieren hacer enojar. La terapia que se autoimpuso -no ir al cine ni siquiera con sus novias- se extendió varios años. Apenas se permitía ver en la de tele películas de perros (sus preferidas) y siempre en su casa, rodeado de gente. Una vez superado el trauma (para lo cual reconoce no poder determinar una fecha exacta), Andrés T. ingresó a la Escuela de Cine, se recibió con honores, se casó con la actriz que protagonizó su primer corto y hoy todos sus films tienen una particularidad que a todas luces define su estilo: son de humor pero siempre mueren niños.
Sin solución de continuidad
“El amor es astringente”. Fue lo primero que se le ocurrió y lo último que le dijo antes de dejarla perpleja en medio de la estación. Ella no lloró ni le contestó. Sólo pensó en tirarse a las vías y ni siquiera eso le salió bien. Un ciego que buscaba su lazarillo la atropelló haciéndola caer donde ella hubiera querido caer. El tren aportó el resto. Todos, incluido el novio -o técnicamente el ex- alcanzaron a ver el trágico cuadro. El ciego, que frenó su marcha a escasos metros, escuchó el accidente sin asimilar su rol protagónico. Las miradas de los testigos se cruzaron y en ellas se podía leer: no le digamos que él es el culpable. Quien sí intuyó la gravedad del asunto fue su perro; el hasta entonces fugado apareció de improviso y en segundos lo sacó de allí. Como si nada, el ciego continuó con su trabajo: sacó la armónica, colocó su sombrero en el piso y tocó más inspirado que nunca esa melodía irlandesa inspirada en la historia de una mujer despechada que muere bajo las ruedas de un tren. Los aplausos y unas cuantas monedas le dibujaron una sonrisa más cínica que de costumbre. Años pasarán para que olvide su perfume; ese irrespirable aroma a limón que anida en su conciencia como una música insoportable.
Rita, la de Prokofiev
Un disco, cualquier disco, se puede romper. Está dentro de las posibilidades; por qué tendría que sorprender. ¿Pero justo tenía que ser “El amor por tres naranjas”, su ópera favorita, la de su venerado Prokofiev? Es cierto que no fue a propósito, que la siempre cuidadosa Rita estaba limpiando como todos los jueves y que por intentar colocarlo en su lugar se le resbaló de las manos. Le podría haber pasado a cualquiera. El, sin embargo, no tiene consuelo. Quiere gritarle, quiere insultarla, quiere echarla previo colgarse de su cuello hasta verla sangrar por la nariz pidiéndole perdón. Rita, por su parte, llora sin consuelo; no puede disimular que es consciente del error que cometió. Le dice a su patrón que no le pague el día, que va a ver si se lo consigue en una disquería del centro. Ya un poco más tranquilo, él le pide que se calme. “Ya encontrarás la forma de solucionarlo. Mientras tanto, abrime la ducha y desvestite. Voy enseguida”. Eso fue lo último que Rita le escuchó decir antes de partirle la cabeza con un florero. Quien la escucha ahora drenar de a poco su angustia es el temible comisario Persia. Algo tiene ella a su favor: de los rusos, a Persia lo conmueve mucho más Stravinski.
Del color del
La inscripción en la pared era borrosa, apenas se dejaba intuir un mierda en azul, pero no mucho más que eso. Otra palabra podía ser amor ya que terminaba en or y en estas pintadas lo que abunda no es la creatividad. No sé, lo cierto es que todos los días pasaba por ahí y me era inevitable tratar de completar lo que veía incompleto. Lo único que logré fue obsesionarme al punto de escribir a la vuelta del trabajo mil frases utilizando todas las combinaciones posibles. Hasta compré pintura, pincel, aguarrás. Estaba decidido a ir una madrugada a cerrar la puerta de ese estúpido misterio. El mismo día en que pensaba concretarlo, me encontré la pared en cuestión con un enorme cartel que promocionaba el champú que prometía dejarles a ellas el pelo del color del oro. “Una mierda de color”, pensé. En un segundo, la frase se me completó como por arte de magia. Esa noche volví a dormir.
Shhhhhhhh
Su madre es la misma mujer de “Silencio, hospital”; la del dedito pidiendo que no hagan ruido. Bueno, no es que sea la misma, aunque sí bastante parecida. O peor. Todo el tiempo lo hace callar porque, según dice, debe concentrarse y rezar. En esa casa no hay, nunca hubo, tevé, radio, discos, ni siquiera revistas. El tiene que cubrir esos vacíos leyendo a escondidas un libro prestado o haciendo crucigramas o intentando descifrar los enigmas del ajedrez. Hasta lleva un diario que empieza con “Mamá, te odio y quiero matarte” y termina con “¿Viste que podía?”. Cada noche antes de dormirse, ella va a su habitación a darle un beso en la frente y le repite con tono amenazante que no se olvide de rezar. El no alcanza a devolverle un “hasta mañana” porque ella ya le ha puesto el dedo sobre los labios. Cuando la puerta se cierra, se tapa la cara con la almohada y grita con todas sus fuerzas. Está seguro de que un día alguien lo escuchará. Su padre, que no salió a comprar cigarrillos pero jamás volvió, ni siquiera lo intentó.
Los bateristas son los mejores amigos
Y sí, es arbitrario, digamos caprichoso, sostener que los bateristas son los mejores amigos. Ni siquiera podría respaldar tal hipótesis desde lo personal; apenas conozco un par de guitarristas y un tipo que toca el saxo, pero bateristas sólo alguno de “hola, qué tal” y otros acaso de vista. Sospecho que tal teoría, por llamarle de alguna forma, se desprende de la certeza comprobable de que los bateristas no dejan una banda para aventurarse a ser solistas, la cara nueva en el póster de los cuartos adolescentes. Un baterista siempre será -o debería serlo- el que sostenga los cimientos de la canción, ese incansable obrero que no luce pero al que todos quisieran darle a construir su propia casa. De algo estoy seguro, los que odiamos el día del amigo, a propósito el veinte pensaremos en un baterista. Ellos no cometerán la torpeza de llamarnos y además nos honrarán con su mejor regalo: una música que trice las copas, que agite las sábanas y nos despierte del peor sueño.
Cuidado con
Las escaleras hablan. Lo supe al bajar. Lo comprobé al subir. Hablan y no con cualquiera. Mucho menos con ascensores o cortinas. A mí, por ejemplo, me contaron la historia de un fantasma que de día duerme en los floreros y de noche se acuesta con las mujeres casadas del edificio. Por lo cual deduzco que un fantasma no se diferencia demasiado de una escalera; ambos no son ni parecen.
Tío Aníbal
El cajón estaba vacío y aún así conservaba las formas del cuerpo, su perfume a tabaco rancio. Calculo que habrá estado en él apenas unas tres horas hasta que desapareció. Es extraño, en casa de tía Marta no éramos más de cinco personas. El resto de la familia y los amigos recién se estaban enterando de la muerte del tío Aníbal. Puede que su abrupta ausencia haya ocurrido cuando fuimos a la cocina a preparar un café y tomar un poco de aire. Sí, ahí debe haber sido. Admito que yo estaba en otra; mi prima Lucía se me insinuaba como en nuestra adolescencia y esta vez su vestido negro, excesivamente escotado, impedía que me concentrara en otra cosa. Es cierto que por una deuda de juego al tío se la tenían jurada, pero de ahí a llevarse su cuerpo era como mucho. Fue Carlitos, mi primo menor, el que se dio cuenta de que el tío no estaba. Me lo dijo al oído e inmediatamente tratamos de distraer a tía Marta. Mientras, pensábamos cómo se lo decíamos o si era conveniente llamar a la policía. La mantuvimos alejada del ataúd todo lo que pudimos hasta que, con la mirada perdida en el pocillo de café, nos lanzó sorpresivamente: “No hace falta que digan nada. Yo sé que se fue. Siempre fue un tipo raro, un jodido. Ni muerto iba a pasar la noche en casa”. Sin saber qué responderle, sólo atinamos a mirarnos cómplices y a esperar alguna señal del tío Aníbal. De un momento a otro llegarían sus viejos compañeros del circo.
Felinesca
Alguna vez Aldo Lisboa me explicó que el signo de preguntas deviene de un jeroglífico egipcio que significa algo así como “un gato yéndose”. "El signo -siguió explicándome como a un niño- vendría a ser la cola del felino". Pienso en eso mientras ella guarda el dinero y al irse me besa fríamente en la frente. Vestida es una respuesta.
Más gente muere en invierno
Lo leyó por ahí. Hasta lo escuchó en la radio. Todos los días se lo repite Rosario, su vecina de enfrente: “En invierno muere más gente”. Una frase que siente entrar violentamente en su cuerpo como el frío debajo de la puerta. A sus 78, Manuel es lo suficientemente hipocondríaco como para que eso que escucha le provoque un temor que lo lleva a encerrarse, a evitar cruzarse a tomar unos mates, a rechazar la invitación de sus hijos para ir a almorzar o ver a los nietos. El cree que así aleja esa suerte de maleficio; le echa llave a la posibilidad de que la parca se meta a su dormitorio camuflada en una perturbadora enfermera rubia. De alguna manera decide vivir tres meses como un preso, por eso anota en un papel los días que lleva recluido (sobrevive a duras penas con los alimentos que guarda en su despensa; siempre fue un tipo previsor). Recién a principios de octubre se permite darse “el alta” de su ostracismo; retomar una vida normal que debería incluir desde contactos familiares hasta jugar a las bochas en el club. Un modesto plan que no llega a prosperar por un artero ataque al corazón en plena calle. Sin embargo, todos los testigos coinciden en algo: Manuel ha caído sobre el asfalto con la sonrisa de los que mueren en primavera.
Castillo fue
Deja correr el agua un buen rato. Siempre lo hace, mientras fuma o se afeita. Esta vez, en un gesto automático, acerca el jabón a su nariz y aspira un perfume reconocible que en un inesperado cross lo devuelve a otro tiempo, a otro lugar. Cree haber abierto una puerta a aquellos días en el Valparaíso de los ‘80, donde él escribía y ella juntaba caracoles en un bolso rojo. Donde ella leía revistas de decoración y él se dejaba ir en un barco que pasaba a lo lejos. La vida en esos momentos tenía la perfección de las postales. Hasta que llega ese día en que los barcos se hunden ante la complicidad de un faro que baja la vista y lo que era castillo no es más que arena... El agua se enfría de golpe y lo saca violentamente del letargo; vuelve a ser un hombre desnudo con un jabón como inasible oráculo. Ahora se siente triste y estúpido. Por suerte, la ducha se lleva rápidamente esas vergonzantes lágrimas. En las cañerías quedan aullando los lobos de aquel amor.
Plano secuencia
Cuando lo conoció a Guevara, todavía tenía bigote, por eso le sorprendió verlo afeitado y con la cabeza totalmente rapada. Estaba tirado en la vereda de su casa con dos disparos en el corazón (lo que hasta hace media hora fuera una remera blanca ahora era una sola mancha de sangre). Al principio le dio un poco de impresión; le tenía cierto afecto al viejo y si bien no eran amigos solían cruzar comentarios de fútbol y no pocas veces de política. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue que en su puño tenía aferrado un rosario de madera. Si de algo estaba seguro es que Guevara no era un fervoroso creyente. Mientras la policía seguía los pasos de rigor en un homicidio, llegó una mujer que no había visto en su vida. Traía una biblia y la mirada extraviada. Se presentó como una amiga del muerto y llorando con cierta teatralidad pidió que le dejaran leerle en silencio una plegaria. Cuando terminó, ante el asombro de peritos, agentes y curiosos, la mujer sacó algo de su cartera y se disparó un tiro en la cabeza. La inmediata llegada de la hija de Guevara amplió aún más el desconcierto. “Sabía que esto iba a pasar –dijo imperturbable- pero él se negó a escucharme”. Después pidió un cigarrillo, se sentó en un cantero cercano y llamó a su madre. En el bolsillo de su padre sonó la música del celular. Recién entonces lloró.
Otras ellas
Son imprescindibles aunque no se las tenga en cuenta para pintar una naturaleza muerta o confiarles un secreto. Más de un vidrio ha seguido en su lugar gracias a ellas y hasta ciertos libros volvieron a casa debido a su sagaz gestión. Se podría probar científicamente que tienen un sentido extra para auscultar el fuego donde aún circula el agua. No las intimida el humo negro que despide una discusión de A y B ni la ropa interior que demarca el territorio ajeno. Son la jaula abierta, el pájaro cerrado al que todos quieren derrumbar para acariciarlo. Caerá la Torre de Pisa y ellas seguirán aquí, firmes, impredecibles como una mancha de humedad.
¿De qué se ríe?
Me pregunta si a veces sueño en colores. Le digo claro que sí, y le cuento el de anoche. Diez minutos después termino mi relato y ella me mira molesta y me dice “¿y eso qué tiene de color?”. Ahí es cuando me despierto (yo estoy de negro y ella tan blanca que no resisto y la escribo hasta colmarle de tinta el ombligo). Entonces es ella la que despierta con la lengua roja y me confiesa “soñé que te comía el corazón”. Y se echa a reír. A mí me duele.
El amigo de la doctora Fligg
De los elefantes que pintan, el preferido de la doctora Jennifer Fligg es Mamadou, el senegalés. Según ella, su estilo es lo más parecido al impresionismo; algo que podría deberse a su carácter naturalmente introspectivo, su extraña capacidad para observar lo que está oculto detrás de lo que la mayoría cree ver. Una vez terminada su faena diaria (una obra le puede llevar hasta dos jornadas), Mamadou va en busca de su recompensa: un buen trozo de caña de azúcar y unos cuantos litros de agua. Ya satisfecho, junto a la doctora Fligg vuelven caminando a la ciudad. Mientras, el sol se pone en cámara lenta, esperanzado de que Mamadou vea en él el cuadro de mañana.
Mancha venenosa
El pecado de manchar el mantel. De hacerlo con el vino más barato, ese que te deja un agujero en el estómago por el cual podría saltar sin dificultad un delfín. Y tu transparente enojo como la mejor excusa para no hablarme en toda la tarde. Un domingo cualquiera, después de todo. Rápido de reflejos acepto esa contraseña y me dedico con pasión a cultivar el rencor en mi jardín mental (allí mis cactus, su flor innombrable, los caracoles besando el vidrio). Después, lo de siempre, la mesa vacía, los vasos sucios, los platos rotos, y la tele que pide una tregua con su absurdo lenguaje de señas. Nos salva (eso creemos los dos) intuir que alguien más bipolar que nosotros es el que nos escribe o nos pinta a su antojo y que basta que deje de hacerlo para que volvamos al beso en la puerta y nuestro amor permanezca intacto. Dos manchas en el mantel.
S.M.S.: Q.P.D.
Frena su 307 a la orilla del parquecito. Se baja con dificultad y sin sacarse los lentes oscuros mira para todos lados. A lo lejos divisa a dos chicos en bicicleta. Un perro amaga a acercarse pero cambia de planes y, respondiendo al grito de su dueña, corre hacia la otra punta. El hombre busca el primer árbol que encuentra y en segundos libera horas de líquido y esperas. Con un alivio que le dibuja una leve sonrisa de satisfacción, vuelve al auto y le escribe un mensaje de texto: “En cinco paso a buscarte. Ponete el vestido rojo. Besos”. Enciende la radio, busca algo de música, prende un cigarrillo. Arranca. Al llegar a la esquina se le cae el cigarrillo bajo el asiento, hace una extraña pirueta para alcanzarlo y cuando intenta reaccionar ya es demasiado tarde. Un camión en contramano lo deja reducido a un túmulo de huesos, carne y latas retorcidas. Una hora después, apenas resignada, ella cuelga prolijamente el vestido rojo y empieza a sacarse el maquillaje. Mirándose en el espejo, se dice convencida: “Apostaría a que fue ella. No hay dudas, otra vez fue ella”.
Azul vuelve a casa
Cuando salió a trabajar, bien temprano, lo encontró paradito ahí en la puerta. Alguien lo había dejado atado a la reja. Al mirarlo a los ojos, el unicornio bajó la vista, avergonzado. El, trató de controlar la emoción y la bronca por los nervios acumulados y sólo atinó a decirle: “Que sea la última vez”. En agradecimiento, Azul corrió a la esquina a buscarle el diario sabiendo que esta vez la única buena noticia era él.
El nudista serial
No tiene método ni horario determinado para sus estudiadas apariciones. Lo único que suele repetir son algunos lugares para mostrar lo que él, según reconoció a su abogado, considera un verdadero arte. Algunos especulan que todo comenzó en la facultad con sus estudios de la representación del cuerpo humano. Otros aseguran que de niño fue víctima de un tío abusador. Para su madre se trata de algo mucho más simple, nada vinculado con seudo teorías psicológicas. De chico, recuerda ella, la ropa le producía un molesto sarpullido y él no duraba ni diez minutos vestido. Con el tiempo, la solución se transformó en costumbre y la costumbre en exhibicionismo. Al menos, consuelo pueril, pudo pagar las incontables fianzas con su modesto trabajo de modelo vivo para un puñado de pintores de escaso talento. Y aunque llegó a tener un papel secundario en una famosa película porno de los ‘80, para él no hay nada que se compare a desnudarse en la calle. Ni siquiera esas miradas que dicen más de lo que ven.
Fidelidad
Su perro la saca a pasear. La lleva al bosque de su infancia, la sube al árbol de siempre. Le presta su mejor ladrido de fiesta para después atarla a la rama más débil de un plátano. La mujer grita (no se le entiende qué grita). Tiene un hueso en la boca y una boca en el grito. Lo llama por su nombre pero él ya no la escucha (está en casa orinando sobre el falso Monet). Ella sí puede oírlo a la distancia ladrar de excitación como un castrato. Será recién a la hora del hambre cuando él decida regresar por ese cuerpo todo cadenas y sentirse como más le gusta: la presa persiguiendo al cazador.
El pez de Li Po
Mi psicólogo también es escritor y es el escritor quien dice -tipea en realidad- que escribir un haiku en cualquier momento del día lo salva. Y a mí, que frente a sus propios ojos me alejo cada vez más de la costa, ¿quién me tira una soga, una cuerda de guitarra? ¿Quién me lee su infalible tanka para salir a flote como el visionario pez de Li Po?
Un dogma intocable
Cuando volvió en sí lo único que vio fue un pedazo rectangular de lata. Lo que olió le pareció nafta, tierra humeda, grasa tal vez. No sabía dónde estaba y un insoportable dolor de cabeza le impedía pensar con claridad. Una voz gruesa, imperativa, le ordenó salir de ahí. “Bajá, ¿o querés que te baje en brazos?”, insistió irritado. Sólo cuando pudo aclarar la vista cayó en la cuenta de que estaba en el baúl de un auto. Aturdido y todo, alcanzó a preguntar “¿quién sos; qué querés?”. El tipo con físico y modales de patovica, lo miró de mala gana y mientras se prendía un cigarrillo negro, le marcó la cancha: “Primero, las preguntas las hago yo y segundo, no te hagás el pelotudo”. El curita, que no tendría más de 25 años y un rosario de sudor surcándole la frente, no podía salir de su estado de conmoción. Impaciente por terminar su trabajo, el oso humano no esperó una nueva pregunta del aterrado hijo del Señor y con todo el odio que logró juntar le aclaró la duda: “¡Hijo de puta, le volvés a tocar un pelo a mi hermana y te mando con un tiro en la frente allá arriba a ver a tu jefe! ¿Te quedó clarito?”.
Así de frágil
La gorda lo amó hasta desinflarse, hasta quedarle la voz como un imperceptible hilo de agua. Por él dejó todo: casa, madre, perro, estudio, comida. Por él hizo lo que nunca hizo. Estudió chino mandarín. Diseñó joyas. Quemó una bandera. Oró por las madres que alquilan su vientre. Contó piedras en Lanzarote. Bocetó giocondas en cada sábana donde se acostaron. La gorda no mezquinó energías para ofrendarle su amor. Lo dio todo y él, a su modo, también. Antes de olvidarla definitivamente, la pintó como la bailarina de cristal que no era.
Petit orsai
Diez por lado en los Campos Elíseos. Libros y discos de vinilo para improvisar arcos y áreas de exclusión. Cinco ciegos para el equipo de los turistas, cinco strippers para el de los patafísicos locales. El filósofo estructuralista con el silbato y la última palabra. Directores técnicos: un alfarero polaco, un dermatólogo chino. La contienda dura lo que dura el laberinto. Hacia adentro o hacia fuera, uno a uno se pierden los jugadores y el único gol llega a destiempo a causa de una sutil digresión climática: una lluvia de haikus que deja al hincha sordomudo con la boca abierta como un túnel.
Teatro aéreo
Pasó buena parte de su vida buscando una vocación, la señal de que algún sentido debía tener llegar, pasar, partir. La encontró en el lugar menos indicado: un baño. Sentada, algo borracha y con un cigarrillo colgándole como un collar prestado, leyó un teléfono en la pared, medio perdido entre cientos de graffitis escatológicos y crípticas declaraciones de amor. (Repasemos: ella en el baño, el baño en una sala de teatro under y el teatro en una calle a la vuelta de su casa). Grabó en su celular el número leído y al otro día, ya con la lucidez recuperada, se decidió a llamar impulsada más por curiosidad que por la intuición de encontrar al fin la sortija esquiva. Después de las presentaciones de rigor, alguien la invitó “sin compromiso” a ver un ensayo y, si le gustaba, sumarse en la próxima. Bastó ver una pareja simulando volar abrazados para saber que eso, a lo que aún no sabía darle un nombre, era lo suyo. Lo del vértigo, en todo caso, sería un tema a resolver en otro momento. Mientras tanto, se apuró a dejar sus datos y volvió a la calle con un entusiasmo desconocido. Se diría que flotaba.
Extraescolar
El alma, le explico a mi hija de cinco años, es como esa bolsa que vimos pasar arrastrada por el viento. Aunque también, le aclaro, podría ser lo que está dentro de ese árbol al que acaban de talar en el jardín de enfrente. ¿O sea -me dice ella- que puede ser cualquier cosa? Claro, por ejemplo la mirada de tu gata, improviso. Cuando espero que agregue otro comentario, opta por atrapar por sorpresa a su mascota y mirarla fijo a los ojos. Tenés razón, me dice y corre a jugar con esa virgen tallada que alguna vez confundí con una muñeca demasiado solemne.
En cadena
La charla transcurre en la escalera mecánica. Una mujer le informa a otra que hay una liquidación de zapatos en un local de una famosa firma de Miami. La otra, agradecida, la saluda con un beso en el aire y corre a aprovechar la oferta. En media hora será ella quien repita el santo y seña y esta vez recomiende a otra un perfume imperdible. De esta manera, la cadena no se interrumpe a lo largo de todo el día; siempre en uno u otro escalón de la escalera, nunca en tierra firme. Desde una mesa de café, el sociólogo ad hoc apunta en su netbook de segunda mano: “A la hora de comprar (lo que sea), el instinto y timing femeninos superan largamente a la más efectiva campaña de marketing. Se podría decir que en ellas el consumo es intrínseco a su instinto; suerte de olfato que envidian -en vergonzante secreto- publicitarios, periodistas y, por qué no, maridos celosos. Lo de la escalera, en cambio, debe interpretarse como una licencia poética o una consecuencia aún no probada del estrés postraumático”.
Letras de molde
De las que se fueron de este mundo metiendo su cabeza en un horno de cocina, sin dudarlo me quedo con Teresa Mouriño. Poeta inédita hasta apenas 24 horas después de su muerte, esta portuguesa de 23 años escribió 14 versos por día durante sus últimos cinco años de vida. Una cuenta rápida arrojaría poco más de 25 mil. Debido a lo ilegible de su letra alcanzaron a salvarse escasos 128, de los cuales 73 estaban en un idioma que nadie logró identificar (es probable que se tratara de un dialecto inventado en su adolescencia), 5 con errores ortográficos que hubieran dejado para la posteridad una triste imagen de la malograda Teresa, y 49 sospechosamente parecidos a los distintos heterónimos de Pessoa. Finalmente, tras un denodado trabajo de filólogos y amigos bienintencionados, sólo un poema logró sortear el maleficio y alcanzar letras de molde. A su madre debe reconocérsele la brillante idea de incorporarlo como epitafio en esa exquisita lápida que reproduce un libro abierto.
37 de marzo
Sólo yo sé qué pasó ese día. Podría contarlo con palabras o con los dedos. ¿Para qué? ¿Para que me diga que otra vez miento, que no nevó en enero, que fue un pájaro y no un gato eso que no vimos en la ventana? Ese día es sólo mío. Como suyo el espejo en su cara.
Satie y vos
Quería contar la historia de los veinte trajes verdes de Satie y en el camino, vaya a saber por qué catzo, me acordé cómo te conocí. Eso no significa que quiera contarlo aquí y ahora. Aunque una cosa no tenga que ver con la otra, a ambas las une un misterioso paso de cebra. Satie y vos son como los dos lados de la cama: tan iguales como distintos. Cómo quisiera haber aprendido piano para tocar la mejor gymnopédie. O simplemente para tocarte y dar la nota. Debo resignarme; él murió, yo nunca puse las manos sobre un piano y vos te volvés a poner aquel vestido verde para esa foto donde, maldita sea, no estoy.
Habrase visto
Los carteros ya no son lo que eran. Te tiran las cartas por la ventana, te leen el futuro en la boleta del gas. No son lo que eran. Mi madre lo dice mejor y más claro: un cartero en moto no es un cartero. Será un empleado más veloz, pero no un cartero. Por eso los perros de hoy eligen ladrarles a las mujeres de Cáritas y los solitarios chatear con prostitutas universitarias. Los carteros no son, eran.
La vida misma
Y así como los caminos son los únicos que no se detienen. Y los autos se suicidan con sus cadáveres dentro. Y los trenes venden humo haciéndonos creer que llegaremos. Así nos dejamos ir en un charco de tinta que, vaya milagro, confunde de tan blanca y pegajosa.
Ley de educación
A la salida del colegio, mientras hacen tiempo, la maestra le pregunta “¿Cuál es tu dinosaurio favorito?” El niño se queda en blanco. En busca de auxilio, mira a su mamá que acaba de llegar y alcanzó a escuchar lo que dijo la mujer. Para salir del paso, la madre hace como que contesta un mensaje de texto. Sin nadie a quien recurrir, el pequeño se apura a contestar lo primero que le viene en mente. El ejemplar inventado, que termina en rex o algo así, desubica a la directora, a tal punto que para no pasar vergüenza le dice con su mejor sonrisa: “Mirá vos, el mismo que me gusta a mí”.
Otro relato genealógico
A primera vista parecía el cuerpo de un hombre muerto dando la espalda. Luego su forma se le reveló completa; se trataba de un tronco seco, tal vez caído en una fuerte y no muy lejana tormenta. De cerca, la impresión fue distinta, mucho peor: el tronco sangraba copiosamente. Se quedó estupefacta, parada sobre un charco que no dejaba de extenderse en la hierba hasta multiplicarse en una suerte de laberinto de venas abiertas. Lentamente, la vista se le fue nublando hasta que el paisaje se diluyó por completo. Cuando volvió en sí, sus piernas eran dos raíces arraigadas en lo más profundo de la tierra y sus brazos, ramas enormes donde los pájaros se guarecían de la repentina lluvia. El hachazo le llegó a destiempo pero la devolvió entera. Despertó en su cama, rodeada de hojas y con la boca llena de tierra. Con rencor, maldijo a su abuela por tantos Había una vez.
La pregunta esquimal
Suena el teléfono. Del otro lado, un esquimal. “¿Alguien dejó abierta la puerta de la heladera?”, pregunta en un dudoso inglés. Como me toma de sorpresa, voy rápidamente a fijarme. Cándido le respondo que no, que está bien cerrada. “Ah, perdón”, dice y sin más, corta. Cuando reacciono, es tarde. La cerveza en mi mano ya está caliente.
Arriba pasan cosas
A Luk, el ufólogo, Jam lo conoció en un viaje de exploración al Uritorco. Año ‘79, ‘80. Ambos llegaron con el mismo libro en sus mochilas, lo que más tarde sería interpretado por los dos como una primera señal. Si bien no hubo atracción inmediata, al segundo día no paraban de hablar de avistamientos, discos de Bowie, películas de ciencia ficción y de por qué allá arriba pasan cosas. Sin embargo, la hora de regresar llegó más rápido de lo que hubieran querido. Esa noche compartieron carpa, cama y porros. Y donde no deberían haberse visto resplandores, el cielo de sus dos metros cuadrados se iluminó como los ojos de una parturienta. Cuando volvieron en sí, no encontraron respuesta científica para tal fenómeno. Fue más fácil, más práctico, pensar que finalmente habían logrado el milagro de abducirse el uno al otro.
La fe mueve
Se enciende la luz en una habitación de Lima. Una estrella fugaz cae sobre Valparaíso. La puerta de un ascensor se atranca con el fagot de un libanés. Una faca atraviesa el cuello de un preso en Lisboa. Dos mujeres de Andalucía mueren atropelladas. Y arriba de mi mujer con talle de reloj arena* estoy yo. Esta noche todo tiene que ver con todo. Esta noche las horas caben en una botella. Por eso el espejo nos habla sucio y con la boca llena. (*Breton)
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