Extraescolar
El alma, le explico a mi hija de cinco años, es como esa bolsa que vimos pasar arrastrada por el viento. Aunque también, le aclaro, podría ser lo que está dentro de ese árbol al que acaban de talar en el jardín de enfrente. ¿O sea -me dice ella- que puede ser cualquier cosa? Claro, por ejemplo la mirada de tu gata, improviso. Cuando espero que agregue otro comentario, opta por atrapar por sorpresa a su mascota y mirarla fijo a los ojos. Tenés razón, me dice y corre a jugar con esa virgen tallada que alguna vez confundí con una muñeca demasiado solemne.
En cadena
La charla transcurre en la escalera mecánica. Una mujer le informa a otra que hay una liquidación de zapatos en un local de una famosa firma de Miami. La otra, agradecida, la saluda con un beso en el aire y corre a aprovechar la oferta. En media hora será ella quien repita el santo y seña y esta vez recomiende a otra un perfume imperdible. De esta manera, la cadena no se interrumpe a lo largo de todo el día; siempre en uno u otro escalón de la escalera, nunca en tierra firme. Desde una mesa de café, el sociólogo ad hoc apunta en su netbook de segunda mano: “A la hora de comprar (lo que sea), el instinto y timing femeninos superan largamente a la más efectiva campaña de marketing. Se podría decir que en ellas el consumo es intrínseco a su instinto; suerte de olfato que envidian -en vergonzante secreto- publicitarios, periodistas y, por qué no, maridos celosos. Lo de la escalera, en cambio, debe interpretarse como una licencia poética o una consecuencia aún no probada del estrés postraumático”.
Letras de molde
De las que se fueron de este mundo metiendo su cabeza en un horno de cocina, sin dudarlo me quedo con Teresa Mouriño. Poeta inédita hasta apenas 24 horas después de su muerte, esta portuguesa de 23 años escribió 14 versos por día durante sus últimos cinco años de vida. Una cuenta rápida arrojaría poco más de 25 mil. Debido a lo ilegible de su letra alcanzaron a salvarse escasos 128, de los cuales 73 estaban en un idioma que nadie logró identificar (es probable que se tratara de un dialecto inventado en su adolescencia), 5 con errores ortográficos que hubieran dejado para la posteridad una triste imagen de la malograda Teresa, y 49 sospechosamente parecidos a los distintos heterónimos de Pessoa. Finalmente, tras un denodado trabajo de filólogos y amigos bienintencionados, sólo un poema logró sortear el maleficio y alcanzar letras de molde. A su madre debe reconocérsele la brillante idea de incorporarlo como epitafio en esa exquisita lápida que reproduce un libro abierto.
37 de marzo
Sólo yo sé qué pasó ese día. Podría contarlo con palabras o con los dedos. ¿Para qué? ¿Para que me diga que otra vez miento, que no nevó en enero, que fue un pájaro y no un gato eso que no vimos en la ventana? Ese día es sólo mío. Como suyo el espejo en su cara.
Satie y vos
Quería contar la historia de los veinte trajes verdes de Satie y en el camino, vaya a saber por qué catzo, me acordé cómo te conocí. Eso no significa que quiera contarlo aquí y ahora. Aunque una cosa no tenga que ver con la otra, a ambas las une un misterioso paso de cebra. Satie y vos son como los dos lados de la cama: tan iguales como distintos. Cómo quisiera haber aprendido piano para tocar la mejor gymnopédie. O simplemente para tocarte y dar la nota. Debo resignarme; él murió, yo nunca puse las manos sobre un piano y vos te volvés a poner aquel vestido verde para esa foto donde, maldita sea, no estoy.
Habrase visto
Los carteros ya no son lo que eran. Te tiran las cartas por la ventana, te leen el futuro en la boleta del gas. No son lo que eran. Mi madre lo dice mejor y más claro: un cartero en moto no es un cartero. Será un empleado más veloz, pero no un cartero. Por eso los perros de hoy eligen ladrarles a las mujeres de Cáritas y los solitarios chatear con prostitutas universitarias. Los carteros no son, eran.
La vida misma
Y así como los caminos son los únicos que no se detienen. Y los autos se suicidan con sus cadáveres dentro. Y los trenes venden humo haciéndonos creer que llegaremos. Así nos dejamos ir en un charco de tinta que, vaya milagro, confunde de tan blanca y pegajosa.
Ley de educación
A la salida del colegio, mientras hacen tiempo, la maestra le pregunta “¿Cuál es tu dinosaurio favorito?” El niño se queda en blanco. En busca de auxilio, mira a su mamá que acaba de llegar y alcanzó a escuchar lo que dijo la mujer. Para salir del paso, la madre hace como que contesta un mensaje de texto. Sin nadie a quien recurrir, el pequeño se apura a contestar lo primero que le viene en mente. El ejemplar inventado, que termina en rex o algo así, desubica a la directora, a tal punto que para no pasar vergüenza le dice con su mejor sonrisa: “Mirá vos, el mismo que me gusta a mí”.
Otro relato genealógico
A primera vista parecía el cuerpo de un hombre muerto dando la espalda. Luego su forma se le reveló completa; se trataba de un tronco seco, tal vez caído en una fuerte y no muy lejana tormenta. De cerca, la impresión fue distinta, mucho peor: el tronco sangraba copiosamente. Se quedó estupefacta, parada sobre un charco que no dejaba de extenderse en la hierba hasta multiplicarse en una suerte de laberinto de venas abiertas. Lentamente, la vista se le fue nublando hasta que el paisaje se diluyó por completo. Cuando volvió en sí, sus piernas eran dos raíces arraigadas en lo más profundo de la tierra y sus brazos, ramas enormes donde los pájaros se guarecían de la repentina lluvia. El hachazo le llegó a destiempo pero la devolvió entera. Despertó en su cama, rodeada de hojas y con la boca llena de tierra. Con rencor, maldijo a su abuela por tantos Había una vez.
La pregunta esquimal
Suena el teléfono. Del otro lado, un esquimal. “¿Alguien dejó abierta la puerta de la heladera?”, pregunta en un dudoso inglés. Como me toma de sorpresa, voy rápidamente a fijarme. Cándido le respondo que no, que está bien cerrada. “Ah, perdón”, dice y sin más, corta. Cuando reacciono, es tarde. La cerveza en mi mano ya está caliente.
Arriba pasan cosas
A Luk, el ufólogo, Jam lo conoció en un viaje de exploración al Uritorco. Año ‘79, ‘80. Ambos llegaron con el mismo libro en sus mochilas, lo que más tarde sería interpretado por los dos como una primera señal. Si bien no hubo atracción inmediata, al segundo día no paraban de hablar de avistamientos, discos de Bowie, películas de ciencia ficción y de por qué allá arriba pasan cosas. Sin embargo, la hora de regresar llegó más rápido de lo que hubieran querido. Esa noche compartieron carpa, cama y porros. Y donde no deberían haberse visto resplandores, el cielo de sus dos metros cuadrados se iluminó como los ojos de una parturienta. Cuando volvieron en sí, no encontraron respuesta científica para tal fenómeno. Fue más fácil, más práctico, pensar que finalmente habían logrado el milagro de abducirse el uno al otro.
La fe mueve
Se enciende la luz en una habitación de Lima. Una estrella fugaz cae sobre Valparaíso. La puerta de un ascensor se atranca con el fagot de un libanés. Una faca atraviesa el cuello de un preso en Lisboa. Dos mujeres de Andalucía mueren atropelladas. Y arriba de mi mujer con talle de reloj arena* estoy yo. Esta noche todo tiene que ver con todo. Esta noche las horas caben en una botella. Por eso el espejo nos habla sucio y con la boca llena. (*Breton)
Piedra, no camino
Si tenés una piedra energética en tu mesa de luz ya estás en problemas. Pregunto: ¿Nunca leíste a Ramponi? ¿No escuchaste eso de “era una piedra en el agua, seca por dentro"? ¿Qué tengo que hacer para que te des cuenta de que la energía es otra cosa? No es lo que hace girar los molinos como una ruleta fuera de foco ni tampoco los aullidos que promete la pastillita azul; es ese capitán Ahab que tenés al mando de tu cabeza, un indomable moby dick de sangre que te hace bailar el corazón como un títere pasado de éxtasis.
Dejar para mañana
Anoto: "Escribir la carta que la hermana Irma nunca le escribió a Dumier-Smith, el falso profesor de arte de Salinger". Algún día, tal vez el perfecto para atrapar al pez banana, lo haga con el grado de pasión que hoy carezco. Mientras tanto, rezo porque nadie esté escribiendo ese cuento igualmente apócrifo.
Un cigarro para la Sontag
Su mano es una planta carnívora que se cierra a deshoras en un gesto tenso, casi de nouvelle vague. Con esfuerzo atrapa el humo, ese pérfido pájaro de aire que le delata los labios heridos, la lengua como una cama deshecha. Hay fuego en su última sábana de hospital. Cenizas quedan.
Puede fallar
Como los tobas, Miguel R. lee el futuro en los sueños. Por eso, como sabe que un domingo de estos morirá al volante, decide no salir más a la calle. Se convence de que no debe ser muy complicado sobrevivir en el autoexilio. Por teléfono pide comida, cigarrillos, el diario. Los impuestos y la tarjeta los paga por Internet. Trabajo no tiene: lo echaron y no quiere recordar por qué. Con su novia, becada en Italia desde hace dos meses, se chatea sin siquiera mencionarle su inminente final. A su madre la llama al menos tres veces por día, algo que a ella no le llama la atención; su hijo siempre dio con el perfil del edípico irredimible. Un solo detalle no ha previsto Miguel R.: nunca aprendió a manejar.
Segundos afuera
Lisa, casi agua o celofán, al primer round del amor deviene cactus, nena coyote que va del techo a la sed trepada en la liana de su corpiño. Aun así, bestia herida en su propio juego, se repliega a su guarida llevándose en la piel mis espinas rotas. Uñas de la carne compartida. En su boca, el jugo de mi corazón.
Su propio anzuelo
Fueron a pescar sin caña. No era la primera vez que lo hacían de esa forma. En cada ocasión el método se repetía sin variar el más mínimo detalle: sentarse a la orilla, los pies en el agua, y lo más importante: mirar profundo hacia un punto equis. Al cabo de un rato, como eyectados por la mano humana, peces de los más variados tamaños y colores saltaban fuera del agua. La parábola, casi el vuelo, concluía en una serie de canastas ubicadas una al lado de la otra a lo largo de unos quince o veinte metros. Dos horas después, a veces el padre, otras el hijo, emitía la primera y única palabra de la tarde para decir “vamos”, tras lo cual recogían lo (no) pescado y lo cargaban en la camioneta. Claramente satisfechos, regresaban a casa disimulando el silencio con la música de la radio. Cuando el secreto dejó de serlo, de un día para otro la exigua laguna se llenó de principiantes como así también de expertos en busca de nuevas experiencias. Fue en vano. Un fracaso total. Apenas lo vieron aparecer fue demasiado tarde para pensar o escapar. "Mordieron su propio anzuelo", fue lo único que se le escuchó decir al más viejo cuando leyó en el diario lo del tiburón.
La misión
Amanece en Ucrania. Ana y yo tomamos el café helado porque hoy tampoco hay gas y afuera sigue nevando. Los dientes nos castañean y si bien es cierto que con guantes se hace muy complicado escribir no nos queda otra que terminar lo que empezamos. A cuatro manos seguimos dándole forma a la Biblia de Palíndromos. Nos quedan apenas quince páginas para cumplir la misión. Si pudimos con el Atlas de los Anagramas no veo por qué no podremos lograr otra vez el objetivo. Por eso nos gusta pensar que somos un auténtico par de deportistas de la palabra, un dúo que se niega a sonar en estéreo. De a ratos solemos miramos para darnos aliento. Lo hacemos en silencio, sobreentendiendo lo que ya sabemos. “Peor sería trabajar”, leo sin esfuerzo en los ojos de Ana, que ahora prefiere perderse en una bufanda hasta el próximo capítulo.
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