Proyecto Gabo

Diez mujeres elegidas al azar en distintos países. Morochas, rubias, pelirrojas, de 18 a 40 años. A cada una se le tatúa un fragmento de una partitura. La idea es juntarlas para que el autor de la obra la dirija en una isla. Está todo perfectamente ensamblado. El problema se desencadena un día antes del concierto. La italiana aparece muerta en el hotel, la española se arrojó de un 7º piso y la sueca es internada de apuro por una extraña intoxicación. ¿Cómo continúa la historia? El director deberá improvisar con la partitura fragmentada dándole un orden aleatorio a las mujeres sobre el escenario. La obra original ya no es tal. La improvisación, en función de las mujeres que quedaron en pie, dará como resultado otra obra. ¿La verdadera?

En el bombardeo murieron 118 civiles y se reportaron 345 heridos

La jirafa se agachó justo a tiempo.

Música de ascensor

Cuando ella calla es cuando hablo yo. Cuando callo, es su turno. Entre ambos monólogos, como un péndulo esquizofrénico, una música de ascensor viene y va, lleva y trae, sube y baja, mi silencio o el suyo. Cuando su corazón o el mío llega a planta baja se abren las puertas, el día trae flores de un jardín en guerra y la música escapa torpemente con mis pantalones. ¿Por qué no puedo amarla así?

62 por ciento

Thomas Vasek, periodista y ensayista alemán del que ignoro desde su rostro hasta su bibliografía básica, asegura haber aislado los elementos relativos a la fe para poder determinar en números la probabilidad de que Dios exista. Según sus humildes cálculos tal posibilidad es del 62%. Ante la falta de mayores precisiones, sugerimos que el 38% restante en duda se debata, en iguales porcentajes, entre el cocinero del Vaticano, la madama del Folies Bergère, la portera del Empire State, el poeta de Villa Dálmine y la primera bailarina del Cirque Du Soleil. Si los números no cierran, se recomienda dividir 158 naranjas por la cantidad de versos del Romancero gitano de Federico y luego multiplicarlo por las canciones en francés que empiecen con d. Y si aún así no se alcanza el 100%, lo más justo será rezar un padrenuestro por cada rayo que caiga sobre las Canarias o recitar de memoria el Canto a mí mismo -sólo las noches impares- hasta el próximo plenilunio.

Eslabones

La historia también se construye de lados b, de eslabones perdidos, de senkus a medio armar. Conjeturemos, completemos el incompletable rompecabezas. Preguntemos por preguntar: ¿quién fue el primero en leer el manuscrito de El Matadero? ¿Quién vendió la manzana que Burroughs colocó sobre la cabeza de su mujer para probar su pésima puntería? ¿dónde fue a parar el primer auto al que se subió Kerouac? ¿en qué mar naufragó el barco al que se subió Rimbaud para perderse en Sudáfrica? ¿quién amó por última vez a la garota de Ipanema? ¿qué fue lo primero en lo que pensó Miguel Angel cuando terminó la Capilla Sixtina? ¿aún sueñan con Philip K. Dick las ovejas eléctricas? ¿qué hubiera pasado si Caperucita se hubiera cruzado con el cuervo de Poe? ¿quién recordaría a la maja si se hubiera vestido a tiempo? ¿Quién será el que ponga el punto final?

Poesía & prozac

La pastilla roja rara vez le surte efecto. Sólo le sirve para escribir modestos ensayos o, en algunas ocasiones, disparar reflexiones que no pasan de meros aforismos. A la amarilla le debe sus mejores relatos cortos, como aquel de la mujer oriental que se suicida recitando de memoria a cummings; a la azul, piezas teatrales con cierta impronta beckettiana; a la blanca, cuentos con marcada influencia del trhiller psicológico; pero lo suyo -cree, aspira- es la poesía. Por eso, en su noche más negra, opta por la verde.

El oso de Wilcock

Exactamente un año después, el grupo de boy scouts vuelve al bosque para acampar el fin de semana. Esta vez lo hacen un poco más cerca del río. Son diez carpas, ubicadas en círculo. Armarlas no les ha llevado demasiado tiempo; están entrenados para hacerlo con precisión y rapidez. La aparición del oso en el viaje anterior, cuando compartían la fogata nocturna, corrió de tal manera cuando regresaron a la escuela que ahora la delegación es más nutrida y la expectativa de que llegue la noche crece minuto a minuto. Algunos precavidos han traído cámaras de fotos para eternizar el encuentro. Todos saben que el oso se asomó, los miró atentamente y luego se fue tranquilo, sin correr. Después supieron que volvió para lamer los platos sucios pero no rompió nada. Por lo tanto, nadie teme su reaparición; todo lo contrario, lo esperan con impaciencia. Cerca de la medianoche, el sueño está a punto de vencerlos pero resisten porque el oso no puede estar muy lejos. Cuando el líder del grupo pregunta por Andy, los niños miran a su alrededor y recién entonces notan su ausencia. Cuando deciden que hay que ir a buscarlo al bosque, aparece el esperado oso. Tiene los ojos desencajados y apenas unas gotas de sangre en las comisuras. Al regresar a la ciudad, ya nadie hablará del oso. Mucho menos, Andy.

Canzonetta

Venecia también fue un desierto. Lo confirman los peces crucificados en un cactus. Lo recuerdan las aguavivas aullando de sed, las monjas azules corriendo desnudas entre las cigarras. Venecia fue un desierto con paraguas. El bosque fallido, el polo corrompido. Un faro sin luciérnagas. También el agua donde se esconden las lluvias. Un mayúsculo fraude.

Filo

Estás tomando un café y te ofrecen, como si fuera todo lo mismo, un dvd de Coldplay, una linterna sumergible y un cuchillo azul. Es decir, un cuchillo con mango azul y hoja afilada como pidiendo tajo. Nunca está de más tener un buen cuchillo. Todo borgeano que se precie debería tener uno. Y si de pasiones hablamos, todo corte remite a él. A su antes y su después. A ese Ecuador que divide al Jekyll del Hyde que cada uno disimula como puede. Ese cuchillo azul ahora duerme alerta debajo de mi almohada. Tengo dos opciones: su cuello o su corpiño. Según el hambre de esta noche decidiré cuál de los dos se queda con su filo.

Lo que sube baja

Antes de dormirse, la mujer se saca el maquillaje, se desnuda con gestos teatrales y escribe: "Cada vez que entra a un ascensor le transpiran las manos. Pero si además debe compartirlo con una mujer, digamos con una medianamente atractiva, queda en blanco. Se marea, pierde el equilibrio y debe tantear los costados para no caer. Pide disculpas, aunque nadie se percate de la verdadera razón del vahído. Ella, que ni siquiera había reparado en ese hombre minúsculo, de bigote ralo y ojos rasgados, le pregunta si se siente bien, si puede ayudarlo en algo. Su perfume, que le llega como un portazo, acaba por marearlo aún más. Cuando recupera el sentido, ella está acostada en su cama y fumando. Antes de que pueda preguntarle quién es, cómo llegó hasta allí, la mujer le dispara entre ceja y ceja. Cuando llega la policía, lo primero que se preguntan los investigadores es por qué tiene esa estúpida sonrisa atravesándole la cara". La mujer deja de escribir y ríe.




Virginia perseguida por un lobo

Quién pudiera verla antes del zarpazo. Ni corre ni se desnuda. Hay un bosque o debería haberlo. Tendría que ser invierno o al menos debería estar lloviendo mientras huye. Un rayo le avisa y ella no entiende el brillo de su retórica. Su enérgica presencia. El lobo ha escapado de un cuadro. Estamos en el siglo XVII, pero a ella no le importa dormirse así, en otra cama. Lejos de casa. Abrazada al lobo, ya no le teme a la tormenta. Un barco zozobra a metros de allí. La costa eran sus ojos y ahora los acaba de cerrar. ¡Naufragio!

Puzzle, él

Arrastra una profunda sordera de las épocas en que trabajó en una mina de Chile. "Como Sarmiento", suele acotar didáctico. Una explosión producto más de la torpeza que del infortunio. Lo del ojo, en cambio, ocurrió cuando era muy chico. Su primo no tuvo mejor idea que estrenar un rifle de aire comprimido en un anacrónico duelo de indios y soldados. Un balín dio en el duraznero, otro aterrorizó a un gato en la medianera y el tercero lo impactó por sorpresa.
En cuanto a su pierna izquierda, el problema no es de nacimiento como podría parecer a primera vista. Quedó así desde el choque en la esquina de su casa cuando acompañaba a su padre en el Rastrojero. Un 4 L que se quedó sin frenos dio de lleno en su puerta. Su pierna nunca quedó bien y desde entonces arrastra su cojera como una maldición.
Los dos dedos menos en su mano derecha aún nos siguen impresionando. Para alguien que no está acostumbrado a las tareas de la cocina, manejar un cuchillo demasiado afilado no puede menos que terminar con sangre. Fue su caso.
Esa cicatriz en el pecho, en cambio, es más previsible. Se la debe a su primer by pass y a los tres paquetes de cigarrillos negros por día que lo dejaron al borde del trasplante. Zafó por poco, pero no de pasar por el quirófano. No se puede creer no sólo que siga vivo sino que tenga éxito con las mujeres. Hasta donde sabemos, se le conocen tres matrimonios y no menos de seis amantes. Certifican el dato los amigos del café y su hermana mayor, escritora que desde hace años le da forma a su biografía Modelo para armar. ¿Podría acaso haberlo titulado de otro modo? A pesar de esa suerte (de alguna manera hay que calificar ese milagro de seguir vivo mientras tantos caen en Irak o aquí a la vuelta) no se entiende por qué ahora va hacia la ventana, se para en la cornisa y emula a un Icaro pasado de copas. Dos días después, su hermana escribe que ese toldo a mitad de camino fue providencial. Apenas un machucón da cuenta de su estrepitosa caída en la vereda. Justo allí, donde la que devino en el amor de su vida le pidió si podía empujarle la silla de ruedas para cruzar la calle. Desde entonces, son carne y uña. Ella uña, él sólo carne. Maltrecha carne.

Putita o el fuego de Helga

Con Helga no nos perdemos ni un solo programa de las Olimpiadas de Atenas. Tiene veintidós años, es alemana y está en Buenos Aires por un intercambio de deportistas universitarios. Lo suyo es la natación; creo que fue campeona en un torneo europeo, pero no estoy muy seguro.
Soy Lucio, el amigo porteño que le ofreció su casa para lo que dure su estadía en Argentina, y les puedo asegurar que en la cama es una excelente atleta. Helga tiene ese cuerpo liso y suave de las que nadan y como tal vive cuidándose todo el tiempo: en las comidas, en los horarios, en la vida misma. No fuma ni toma alcohol. "24 horas deportista", suele decir ella y no falta a la verdad.
Entre tanto atletismo, básquet y canotaje mediatizado, practico mi deporte favorito, el zapping, hasta caer en un canal de videos. Estoy por continuar con mi travesía televisiva cuando Helga me pide, en un dificultoso castellano, "pará, pará, quiero ver eso". Y eso es un video donde varias chicas compiten en natación hasta que en un momento dos de ellas se pelean debajo del agua. "¿Cómo se llama este tema?", me pregunta Helga. "Putita -le digo-, y es de Babasónicos". Se ríe. Le causa gracia la palabra Putita. No sabe qué significa, pero le resulta graciosa. Desde ese día, en los lugares menos oportunos la repetirá ante el desconcierto de quienes creían ver en ella a la típica alemana, tan rubia como gélida. Para salir del paso, esbozan una mueca que no llega a sonrisa y cambian de tema o se van.
Días después, entre su grupo de amigos argentinos ya se la conoce como Putita. Todos la llaman así; le gusta. Sabe que fue ella quien empezó con el chiste por eso ahora no puede ofenderse. Incluso cuando compite en un torneo organizado por la Universidad de Lomas de Zamora todos le gritan "¡Aguante, putita!" y ella se da vuelta y los saluda, feliz, cómplice.
Ahora que está de vuelta en su Hannover natal pienso que mi historia con Helga no fue nada del otro mundo. Salidas, algo o mucho de sexo, y bastante televisión en mi departamento. Sin embargo, cuando abro mi correo y leo "tu Putita" me digo que nadie conoció el fuego de Helga como lo conocí yo. Su cuerpo arqueándose hacia el techo como una mariposa dominada por la luz. Sus manos nadándome hasta lo más profundo. Y esa piel, y su olor, y su boca, y la llama de Grecia, y nuestros juegos... El olvido es una música que vuelve, por eso para seguir recordándola debo ir al agua. Voy para encenderme. Voy por Putita, mi sirena olímpica.

Mi versión de los hechos

Durante mucho tiempo traté de mantenerme en silencio, no hablar con nadie; mucho menos con la prensa. El cambio de opinión responde a que estoy harto de que la historia, de la que yo también fui parte, se cuente a medias, o tan diferente que termine siendo otra historia. No es fácil decirlo, pero fui yo quien atropelló a Stephen King aquel 19 de junio del '99. A decir verdad, no lo conocía demasiado. No me gusta leer, apenas si hojeo el diario o alguna revista cuando voy al dentista. Mi esposa, que sí lee y cada tanto compra algún libro, me contó que Stephen es el mismo que escribió Carrie; es más, me hizo acordar que vimos juntos Misery, una película basada en un libro suyo. Hasta ahí lo poco que puedo decir que sabía de este tipo. Pero volvamos al principio. Esa mañana salí temprano en mi camioneta para hacer unas compras, no recuerdo bien si fui por cervezas, pero sí me acuerdo claramente que no iba demasiado rápido. Como mucho, a unos 60 km, no más. A Stephen, según me contaron después, le gustaba salir a caminar unos cuantos kilómetros por la principal de Maine para despejarse un poco y ganar oxígeno para seguir escribiendo. El iba hacia el norte por la banquina, distraido; creo que no sólo no me vio sino que ni siquiera me escuchó. Supongo que todo ocurrió en ese instante de distracción en que me agaché para retarlo a Bullet, mi perro. Cuando levanté la vista, ya lo tenía ahí; demasiado tarde para pegar el volantazo o frenar. El golpe, el ruido del golpe de su cuerpo contra mi vieja Dodge, aún lo tengo grabado en mi cabeza (hay veces en que sueño que es él quien maneja y yo el atropellado, volando por el aire, mirándolo todo desde arriba pero con la angustia extra de que nunca termino de caer).
Me bajé corriendo y respiré aliviado cuando vi que estaba vivo. Sus lentes ensangrentados habían quedado intactos en el asiento de la camioneta. Vaya a saber cómo fueron a parar ahí. Sin un solo rasguño, Bullet jugaba con ellos, entre los vidrios del parabrisas esparcidos por todos lados.
Alguien que pasaba por allí llamó una ambulancia, pero en realidad llegaron dos: una para Stephen, con el doctor Fillebrown a la cabeza, y otra para mí. Intenté explicarles de todas las maneras posibles que estaba bien; sólo tenía algunos golpes y un susto que ni les cuento. Los paramédicos no quisieron escucharme, me pusieron un collarín y me subieron a la ambulancia en cuestión de segundos.
Desde entonces, cinco largos años ya, espero que volvamos a vernos las caras. Mientras llega ese día, mato el tiempo leyendo su última novela. Para ser sincero, no recuerdo ni el título. Tantas pastillas me sumergen en profundas lagunas que a veces ni sé quién soy y hasta el pobre Bullet se transforma en un extraño. Lo único que tengo claro es que mi mujer me compra sus libros y que yo los leo con una inexplicable curiosidad. Me pregunto si será por la culpa. Sinceramente espero que algún día pueda perdonarme. Yo ya lo hice.

Puede ser el agua

Casi al mismo tiempo que en Amsterdam el castaño de Ana Frank muere lentamente de una enfermedad infecciosa a sus 150 años, en mi minúsculo jardín de barrio atravieso un duelo similar: el cerezo de apenas seis años, obtenido de buena fe en un concurso radial, agoniza sin razón aparente. De cerca, escasos metros, el limonero y la rosa china parecen acompañar desde su silencio la caída de un hermano mayor. Si el castaño de Indias, que conmovía a la niña al punto de quitarle el habla y darle motivos para registrarlo en su famoso diario, ahora es un vegetal senil vapuleado por hongos y polillas, mi dolido cerezo en cambio se presenta como un caso extraño con diagnóstico poco claro. De un día para otro, sus hojas se fueron marchitando sin que en ellas se percibieran esos microorganismos que las devoran de a poco, hasta con cierta delicadeza, dejando las suficientes pistas de que algo va mal. La ausencia de pájaros en sus ramas debería haber sido la señal más elocuente del inminente final. Nunca tuve la sensibilidad de aquella niña, me excuso.
Un llamado de emergencia al INTA fue uno de mis últimos intentos. "Puede ser el agua", especuló al otro lado de la línea el atento especialista. "El agua nuestra tiene mucho cloro", completó sin sonar a maestro ciruela. Para luego agregar que sería conveniente aportarle nutrientes al esquelético ejemplar. "Compre humus y revuélvale la tierra. Empecemos por ahí", fue su consejo final.
El arbolito de Ana se había consumido en los años '90 unos 160 mil euros en un tratamiento a toda vista infructuoso. A mí sólo me había costado una llamadita por teléfono, podía jactarme estúpidamente. Ahora no me queda otra que esperar. Cada mañana me acerco con la esperanza de verle un brote, una mínima pista de recuperación. Caso contrario, ya tengo en vista un hermoso sauce eléctrico (como el que tiene un tío en su campo de Misiones). Mi única condición será desde un principio no establecer ningún lazo afectivo. Tengo que aprender, alguna vez tengo que aprender. Salvo un verdugo, nadie puede saber el dolor que siento cada vez que miro el hacha apoyada en la pared mientras se acerca la inevitable hora de usarla.

Como leyendo el cartel

El tipo cae a la redacción como todos los días: pucho en la boca, mp3 en la oreja y una historia nueva. A ver, contáme, le digo. "Se llama el Restorán de la Ruta y se trata de...", empieza agitado, pero el ruido de las rotativas no deja escuchar el entusiasmo de su voz ni de qué va su flamante delirio.
Se sabe que en un diario está prohibido pedir silencio, por eso lo invito a un café de máquina (del más barato) y las monedas, una vez más, las aportará él. Un sorbo y el tipo se suelta. Retoma su speech: "Mirá, el Restorán de la Ruta es como una road movie pero quieta. El camino es parte de la historia, pero no la historia. Me explico: todas las historias suceden en ese restorán en el culo del mundo, atendido por un chabón de pocas pulgas, y al que en cada capítulo caerá un personaje no menos extraño. El auto en el que llegan los protagonistas le va ir dando el título a cada capítulo y...".
"Dejá los detalles para después", lo interrumpo en seco. "Restorán de la Ruta", me digo para mí, como leyendo el cartel o imaginando ese nombre en una página del diario. "Restorán de la Ruta... Vos estás muy loco..." Hago una pausa y completo la frase: "... pero me gusta tu historia. Arrancás el sábado. Eso sí, vos pagás el almuerzo".

Cumbia para mí

Para dejar de pensar en ella pienso que ella ya no piensa en mí, que prefiere seguir distrayéndose en fiestas electrónicas y escribiendo su vida en un diario sin pretensiones literarias. Después de largos años hoy saqué la guitarra del estuche para ponerme a cantar tangos tristísimos, siempre con acordes menores para soltar alguna puta lágrima. Si Mozart ni Spinetta no logran conmoverme lo suficiente, me digo que ése no debo ser yo. Pero canto, medio borracho canto como Whitman en la colina. Como un negro que cosecha algodón en un campo de soja. Canto Ella ya me olvidó y recién entonces puedo llorar un poco y romper la guitarra contra la cama y repetirme que ella, definitivamente, ya me olvidó. Antes de irme a dormir solo, beso su foto como si fuera una estampita de Santa Catalina y me hago una promesa, la última: de ahora en más, la vida será una cumbia para mí.

Apuntes de un entomólogo lacaniano

La cabeza del alfiler piensa que el globo es el que está equivocado. (Por eso) le clava su maquiavélico aguijón para luego morir con displicencia en el vientre de la mariposa que huyó de Nabokov. En la exhalación, el globo, ya marchito, se vale de la mentira de sus alas. Nos enseña así que hasta en la muerte sobrevive un instinto solidario. Como una mano en otra mano al borde de un precipicio. O bien cayendo como el grito, la hoja sin rumbo o el aire en su melodía abismal.

Todo dicho

El día que lo encontraron muerto, desparramado en medio de un oscuro callejón de Carlos Paz, todavía estaba vestido con el disfraz de Pantera Rosa. Ignacio Lépez había llegado a su último trabajo -animador part-time del Trencito de la Alegría- después de largos meses de rebotar en sus intentos de encontrar un modesto puesto como ingeniero civil. Con el título universitario colgado en el lugar más visible de su comedor, Ignacio se había dado una última oportunidad: conseguir un trabajo, cualquier trabajo. No cargaba con mujer ni con hijos. En el mundo sólo le quedaba su madre (89 años de humanidad desparramados en un geriátrico municipal), a la que rara vez visitaba. Su única compañía, puede que su único verdadero afecto en esta vida, era su esquivo gato Poe. La noche que lo encontraron muerto, Ignacio sabía que sería la última y aún así no hizo nada al respecto. Sin apuro, a eso de las 20 se puso su ajado disfraz, guardó en el bolso Adidas el desodorante, el peine y la pulsera de oro, y después de saludar con un gesto mecánico a su jefe en el puesto de la plaza se subió por última vez al Trencito. Allí tuvo la certeza de que en la mirada de ese niño rubio estaba todo dicho.

Sabrina

"Toda la noche bailé con una lesbiana". Me lo cuenta mientras tomamos el café de todos los días, sabiendo que lo que en boca de cualquier otro sonaría como un auténtico perdedor, en la de él se escucha apenas como un capítulo más del reciente separado que sólo busca alcohol, serpentina y sexo sin explicaciones. El, que es de los que todavía se enamoran, ¿por qué iba a hacer una excepción con una lesbiana? Será por eso que me cuenta frunciendo el ceño que no le hizo ninguna gracia cuando una amiga se puso entre los dos y la besó con furia, le mordió la oreja sin dejar de mirarlo para terminar pasándose de boca a boca el trago que ya podrán imaginar quien pagó. Lejos de resignarse, él manoteó al primer tipo que iba pasando y lo besó violentamente. El otro, tocado en su hombría, le pegó una piña que lo dejó improvisando un ridículo break dance en el piso del pub.
Ella, como era de esperar, se rió en su cara, pero sorprendiendo a todos -en especial a la amiga del beso y la copa- le tendió su mano para ayudarlo a levantarse, lo besó con un larguísimo beso y por último le susurró algo al oído.
Hasta ahora, digo en más de diez años de amistad, es la primera vez que me mezquina un detalle. De tanto que nos conocemos, él y yo sabemos que tengo que hacerle la inevitable pregunta "Y, ¿qué te dijo?". Incómodo, cambia de tema y después de un largo silencio prende un cigarrillo, vacía el pocillo de café y me dice: "¿Sabías que mi mamá quería llamarme Sabrina?".