Los cantantes muertos

Cantan un solo día. Y viven para el resto de la semana. Sin dudar un compás, optan por los domingos, indefectiblemente entrada la tarde, en plena ebullición de la peor saudade. No hacen covers ni standars. Hacen otra cosa (soundcapes de sí mismos, por afinar una definición). Uno tras otro, salen a escena con una soga al cuello y en lugar de aplausos reciben disparos, cuchillos, dardos, escupitajos de calibre punk. Después, la nieve los tapa prolijamente porque siempre es invierno en los shows de los cantantes muertos.

Fue él

Las cosas claras desde el vamos: el asesino fue el mayordomo. El único enigma a dilucidar es a quién mató. Ante la ausencia del cadáver no hay tiempo que perder. Mucho menos esperar que el mayordomo confiese. Hilario es mudo. El detective Sosa está ante su caso más difícil, a pesar de tener enfrente al asesino aún chorreando sangre ajena de sus manos. 

Los O

Se llaman y los llaman así: los O. La explicación es simple: son los O porque pueden ser una cosa u otra. Eso, claro, no les permite sumar contra los Y, que por lógica y adn siempre son -y serán- más. Incluso cuando los confunden con el cero quedan en evidencia en cuanto a su falta de poderío. Lo suyo es ganar o perder. Elegir es su trágico sino.

Uno más, uno menos

Tres zapatos habían dejado en su puerta. O sobraba uno, o faltaba uno. No pensó si le calzarían bien ni quién los había dejado allí. Lo obsesionaba determinar si faltaba o sobraba un zapato. En eso estaba cuando pasó un hombre con muletas. Rápido de reflejos, solucionó su problema: le obsequió a aquel desconocido el zapato sin par.

Un edificio al revés

La noticia asegura que hoy ha muerto otro espeleólogo. Su nombre aún no trascendió; sí su enfermiza afición por el mito de la caverna, aquella alegoría de Platón que desnudó tempranamente su vocación por auscultar las arterias de la tierra. Murió en su ley, se le escucha decir al hombre del café que mira la tele con un ojo y con el otro estudia a la mujer de rojo que lee en la mesa del fondo. "A mí me falta el aire cuando veo documentales de esos locos que se meten como si nada a tanta profundidad. Es como trepar un edificio pero al revés, y encima a oscuras", le dice ella al mozo, que sólo piensa en que faltan diez minutos para dejar su turno. Las estadísticas oficiales son contundentes: ya son catorce los espeleólogos que han muerto en lo que va del año. Quién podría imaginar que sean tantos y que estén muriendo uno detrás del otro en distintos puntos del planeta pero de igual forma: aterrorizados. ¿Cómo es esto? Los investigadores aseguran que la expresión de terror que tenían en sus rostros cuando fueron encontrados no dejan dudas de que algo vieron y que ese algo les produjo sendos paros cardíacos. La oscuridad, escribió algún iluminado del siglo pasado, es hermana de la muerte. Y vaya que estaba en lo cierto. 

La sonrisa de Ciorán

Verla daban ganas de llorar. Pero de alegría. 

De felicidad, claro

Aldo también tuvo un payaso triste con una lágrima casi a punto de caer. Lo tenía en el único cuadro que colgaba en su habitación. El resto era un puzzle de dudoso gusto, que mezclaba un Boca campeón 1977, un póster de Sui Generis y un retrato falsamente sepiado junto a sus cuatro hermanos. A los 19, cuando se mudó a Córdoba para ir a estudiar Psicología, Aldo sólo se llevó un recuerdo de su habitación adolescente: el cuadro del payaso. Lo último que pensaba era colgarlo en la pensión que compartía con un riojano y un jujeño. Sin demora, el primer día en la capital cordobesa, buscó un baldío y allí, ya sin testigos, arrojó al fuego al payaso triste. Esta vez, la lágrima caía lentamente de sus ojos. De felicidad, claro.

Lisboa deviene caracol

Desde el primer día Lisboa le tuvo fe. No se permitió ni por un segundo dudar de las virtudes de Horacio. Lo cierto es que nadie daba un peso por su caracol. Al paso del molusco, se le reían en la cara, le arrojaban arena a los ojos, le hacían viento con cartones o diarios. Lo humillaban de las maneras más crueles. Sin embargo, esa sobreactuada hostilidad no menguó ni un poco su confianza. Tenía la meta entre ceja y ceja. Tres días le llevó desandar ese interminable metro y medio. Lo logró a pura tenacidad y no poca osadía. Al llegar a la meta, nadie lo esperaba pero no le importó, bastaba con que estuviera Lisboa para contar su epopeya. Lo que ni Horacio ni su dueño imaginaron fue el descenlace; el peor, en medio de la silenciosa celebración. Fue cuestión de segundos. Sonó su teléfono, corrió a atenderlo (lo tenía en la campera, sobre una silla) y sin darse cuenta lo pisó como a una molesta colilla de cigarrillo. Aquel tremendo crujido lo despierta todas las noches empapado en medio de una pesadilla. En ella, el que corre es él y el que está a su lado para decirle, para repetirle que también puede, es Horacio. Hasta que de repente lanza una carcajada del tamaño de un buey y pisa victorioso a Lisboa como a un desvalido caracol.  

¿Eso querías escuchar?

Encuentra el muñeco totalmente desarmado. Aunque intentara recomponerlo, ya no volvería a tener la misma forma, es decir no volvería a ser el mismo. No se trata de un juguete. Su perro se ha metido con su trabajo: atacó sin más a Tomy, el muñeco con el que se gana la vida como ventrílocuo desde hace 16 años. Inquieto, consciente de su error, el perro se acerca y le dice “perdón, me equivoqué. Estaba celoso”. Con una copa en la mano, más borracha que de costumbre, su mujer completa la escena. “¿Era eso lo que querías escuchar? Ya está, ya lo escuchaste”. Si fue ella o el perro, le da igual. Tomy está roto y un muñeco roto es como quedarse sin voz. O como que te corten la lengua cuando estás a punto de decirle...

Tautológico

“Bazar el elefante”. Tengo el título y no la historia. Hasta que ésta se despierta de muy mal humor y rompe todo. El final antes que el principio. Un “una vez había” sin colorado ni colorín.

Cuentito anómalo

Enanos me crecen en la página en blanco. No árboles, no uñas, no cuentas bancarias. Enanos que ni Blancanieves se animaría a abrirles la puerta. Enanos de equis metros que desentonarían en cualquier jardín. Enanos que de grandes nunca fueron chicos. Enanos que no caben ni en la palabra fin.

A ellos también se les mueren los perros

Sí, un día los ves riendo felices, casi una publicidad de dentífrico de tantos dientes en primer plano. Por lo general ellas son rubias y ellos son famosos. O al revés. Hoy son nota por un embarazo, mañana por el hijo, pasado por el mini cooper. Pero otro día la taba se les da vuelta y las estrellas se estrellan, la luz se les corta y a su tarjeta se la escupe cualquier posnet. A ellos también se les mueren los perros, dice mi madre con esa agudeza filosófica que opacaría al pelotudo de Delleuze.  

Tú tú tú

El teléfono suena en mi cabeza, pero atiende ella. Sin embargo, yo digo equivocado y por única vez ella me la razón. Cuelgo. Mi soga en su cabeza dice tú tú tú…

Padre, bigote & yo

Mi padre sin bigote no es mi padre. Es pero no es. Vendría a ser un otro yo de sí mismo que no encaja en la cara que de niño tengo registrada en el legajo "mi padre". Ese bigote, he pensado más de una vez, nació con mi padre. Debe haber sido –intuyo, porque no tiene fotos de aquellos años- un hermoso bebé de ojos azules... y bigote. Un bigote proporcional, acorde al pequeño rostro de un recién nacido.
Su biografía confirma que fueron creciendo juntos y esa relación simbiótica sólo tuvo, vuelvo a conjeturar, un impasse cuando padre conoció a madre. Bigote pasó unos días de total desconcierto. No estaba acostumbrado a que otros labios se posaran sobre él. Sin embargo, al cabo de un tiempo comenzó a tomarle el gustito. Madre siempre fue de perfumarse bien, de usar lápices labiales de los mejores. A bigote no le disgustaba quedar por momentos teñido de rojo, al borde del ridículo, extraño casi.
Estoy seguro de que cuando nací, o previamente mis hermanos, bigote sintió que también había llega al mundo un hermanito. Su hermanito. Así con la primera, el segundo y yo, el tercero. Bigote tenía ahora tres hermanitos.
Cada vez que padre nos besaba la frente, bigote hacía lo propio. Por eso, ver venir la cara de padre era ver venir como en un sidecar a bigote.
Después de una vida juntos, sabemos que son, que somos, inseparables. Mal que le pese a madre. 

El último marinero

La puta de la rotonda, la morocha de raíces rubias y ese lunar sobre el labio que parece una vaquita de San Antonio, decidió acostarse con todos, menos conmigo. Un día, una noche en realidad, la enfrento y le pregunto si es por una cuestión de plata o algo que desconozco. Bajando la vista, un tanto incómoda, finalmente lo reconoce. No es la plata. Te tengo miedo”, me confiesa sin mirarme a los ojos. Yo no sé si me está tomando el pelo, pero la escucho mirando con atención cómo sus manos juegan nerviosas con la cartera. “Una noche con vos me haría terminar en un poema o en un cuento y eso es lo último que quisiera”, dice y enciende un cigarrillo como si así pudiera cambiar de tema. Yo le digo que tiene razón. Me voy y antes de que pueda ofrecerme resistencia, la beso como si fuera el último marinero.

El de antes

La bala le atraviesa el cráneo de izquierda a derecha, con tanta suerte que en pocos días puede dejar el hospital y recuperarse en su casa. En apariencia ha quedado muy bien, salvo ese detalle menor de que su castellano mutó en un alemán bastante marcado. Por lo demás, sigue siendo el mismo tipo de antes, alguien que eligió la literatura por amor a la palabra. 

Ray los perdone

A los 48 entierra en el jardín de la casa familiar su libreta con apuntes, poemas, cuentos, reflexiones, citas. La idea es recuperarla cuando cumpla 80 años. No contaba con que moriría a los 79. Vendida la propiedad, obreros que construyen en un sector del patio encuentran unos papeles casi deshechos. Felices por el hallazgo, pueden cumplir el ancestral ritual: con las hojas de los escritos de Aldo Lisboa ahora sí podrán encender el fuego para el asado. "Ray Bradbury los perdone, queridos primates", piensa Aldo desde el más allá.  

Disyuntiva

Me asalta la idea de que adentro de la piedra hay encerrada una historia. Hasta ahí llego. Para liberarla habría que romper la piedra y eso, me alerta mi otro yo, implicaría destruir la historia. Que siga en su lugar sería tanto su bendición como una maldición que nadie develará.  

Relación textual

Eso tuvimos. Nos escribimos. Nos leímos hasta el éxtasis. Un día dimos vuelta la página. Fue el fin. La tapa de la historia.

Mitades del mismo vaso

Con ella la discusión siempre es por lo mismo: qué parte del vaso elegimos. En la mayoría de nuestras disputas verbales, la mitad llena suele ser su primera opción, por lo tanto la vacía me corresponde. Y eso sí que no lo discuto. Estoy convencido de que la vida, el día, el país, ella misma, me dan razones para no poder llenar esa otra mitad. El único vaso que me permito dejar al borde es del whisky, a la medianoche, cuando ella duerme y ya no tengo tiempo (ni ganas) de seguir discutiendo. Mientras apuro el último trago, veo que le cae esa lágrima a destiempo que no colma el vaso. Lo desintegra, directamente.