Copy raid

La mosca, la única que logró sortear la tela especialmente comprada para frenar su paso, estaciona sobre la almohada. Calculo, me tomo todo el tiempo necesario para asestarle el golpe de gracia con tan buena suerte que puedo aplastarla. Una minúscula mancha roja queda impresa en la almohada. A la vuelta del trabajo, mi mujer ve la mancha antes que a mí y no dice nada. Piensa que es de ella. Y sin decir palabra, sale volando.

Todo lo que olvidé

Un día cualquiera, a cualquier hora, empieza a recordar y ya no puede detenerse. Nunca más. Rememora desde el primer día hasta el último. Un solo detalle: sus recuerdos son ajenos. Todos. Desde entonces, su única meta es saber a quién pertenecen.

El trabajito

Cuando ya teníamos todo listo, llegó el muy poronga del Negro y nos cambió los planes. “Muchachos, dijo agitado y medio escabiado, el Rata quiere que hagamos otro trabajito, que nos olvidemos de la estación de servicio y choriemos la calesita de la Costanera”. Silencio absoluto. Nos miramos como diciendo el Negro chupó más que de costumbre y nos está gastando. El Negro lo advirtió al toque y antes de que alguno preguntara o le pusiera un pero, aclaró: “Es más simple de lo que piensan muchachos. El Rata conoce a un tipo de mucha guita que fue abandonado de guacho y el único buen recuerdo que tiene es de cuando una mujer lo llevaba a la calesita. Allí, su preferido por lejos era un elefante azul. Por si no lo entendieron, el chabón quiere sí o sí el elefante azul. Hay veinte lucas si se lo entregamos esta noche”. Lo que todos pensamos, lo dijo el Tuca: “¿Y por qué con esa misma guita no lo compra el concha de su madre?”. También para eso el Negro tenía una respuesta. “Ya lo intentó y el dueño lo sacó cagando, parece que la calesita es herencia familiar y no le pinta ni ahí venderla”. Fue mirarnos nada más y estar de acuerdo; haríamos el trabajo, habría buena moneda para cada uno y, en apariencia, muy pocos riesgos. Eso creíamos, no contábamos con que por la noche los animales, esos pedazos de lata con ojos exagerados, bajaban de su base circular para comer como cualquiera de su especie. El león fue implacable: se puso como loco y mató a dos de los nuestros (el Chino y el Verga) y yo me salvé de pedo porque alcancé a montar un caballo verde mientras el elefante, el azul, con un pedazo de fierro en su trompa, le daba maza al Negro hasta dejar una sola mancha roja en el piso. Recién a unas cuatro o cinco cuadras de ahí creí estar a salvo pero de pronto al caballo del orto se le dio por doblar y doblar y doblar. El muy puto estuvo toda la noche dando vueltas. Fue imposible no caerme totalmente mareado y vomitarme la vida. Cuando desperté, el elefante todavía estaba allí.

Toco el aire, a vos no te toco

Odio a los mimos. Sé que no soy el único, que cada día somos más los que estamos dispuestos a chocar contra su espejo invisible, a borrarles esa estúpida sonrisa. Pero esta vez se me fue la mano. Mal. Ante la mirada aterrada de mis hijos, aproveché que uno de los carapálida tiraba de la soga imaginaria, la puse en su cuello y tiré y tiré hasta que su cara quedó más blanca que de costumbre. Cuando quise escapar, otro de ellos vino hacia mí representando a un policía, me puso las esposas y me encerró en una celda de mentirita. Avergonzado, confesé que había sido yo. Mis hijos aplaudieron el acto de justicia y felices les dejaron hasta la última moneda. Ellos aman a los mimos.

En lo suyo

Morales no es de los que cultivan la paciencia de la araña. En él, todo es ya, ahora, ayer. Si le piden un trabajito, antes de que le expliquen el porqué de hacer entrar en razones al deudor, él ya está manoteando su 9 mm, y es entonces cuando hay que ser más rápido que su instinto para evitar que archive otro muerto en su placard. Morales te mira feo como el policía en la puerta del banco, pero nadie duda de que es el mejor en lo suyo. Sin alardes, Morales es de los que te saca la piedra del zapato, sin reparar en horarios ni incomodidades. Además, es cuidadoso en los detalles finales y hasta se podría decir que cobra lo justo. No se sabe si tiene mujer, hijos, amigos, apenas que vive en un departamento poco más grande que su espalda, donde conviven, incómodos, una mesa, una cama, una silla, un espejo roto, y un portarretratos con la foto de la única sonrisa que se le conoce. En ella, un Morales que pisaba los treinta, está exultante, con el puño bien en alto. Esa vez, lo contará muchos años y botellas después, sintió lo que siente un ganador. Un campeón con fecha de vencimiento.

Eso que cruje

No es la ventana, tampoco la puerta. Mucho menos la mesa. Eso que cruje viene del otro lado de la pared; podría provenir de la habitación de Sofía. Podría, pero estoy seguro de que no es Sofía porque hace semanas que se fue y no creo que su gato sea capaz de provocar un sonido tan particular. Por las dudas, hago silencio. Apagó el televisor, cierro las persianas, me quedo quieto. Pongo toda mi atención en escuchar si el crujido se repite. Por fin, unos pocos minutos después irrumpe el mismo ruido pero ahora lo percibo muy cerca, demasiado, casi dentro mío. Manejo dos hipótesis: mi lengua, que intenta modular una que otra palabra tras largos días de involuntario silencio; o mi corazón, en previsible caída libre. En ambos casos, ella se impone como la única respuesta.

Hágase la oscuridad

Magoo y Los Conejos Invisibles es esa banda que todas las noches toca a oscuras. Nadie puede decir éste es el cantante, aquél el bajista, si se los cruzara una vez terminado el show. Su música, pueden corroborar los críticos o cualquiera de sus fans, es tan extraña como curiosa su imagen: suenan como si un puñado de bastones blancos chocaran estrepitosamente después de atravesar un semáforo en negro. Canciones en braile que hablan de túneles, bocas de lobo, corpiños o viudas full time. Lo mejor de su performance llega cuando tocan el último tema y se abre un telón que nadie -salvo los músicos- sabía que estaba allí. En menos de lo que suena un acorde, las luces se encienden de pronto tan poderosas que todos cierran los ojos a la vez y ya no les queda otra que mirar en su interior.

A mano

Lo enterraron con una mano afuera, rozando apenas la gramilla, tal como lo había dejado expresamente pedido en su testamento. Su familia no se sorprendió en lo más mínimo; consideraban que se trataba de otra de sus excentricidades por lo que ni su mujer ni sus hijos perdieron tiempo en contradecirlo. Así sería. Así fue. Aunque ninguno de ellos pudiera entenderlo, la verdad, siempre menos sesgada que cualquier especulación, estaba ahí: al alcance de la mano.

El tic, el tac

Acechaba. El tic. Detrás de la enredadera, supongo. El tac. Un ruido leve, un olor indefinido. Tic. Digamos un perfume, latidos como bocanadas. Tac. No podría precisar qué lo sacó del sueño con la impunidad de un jadeo ajeno. Tic tic. Resignado, dejó que se deslizara por debajo de la puerta y subiera hasta su cama. Tac tac. Dormirse entre un tic y un tac sería el último deseo. El suyo, volver a la tierra. ¿Tic? Y esta vez, a más profundidad que aquella primera vez. ¡Tac!

Beso Doisneau

No le importa si “El beso” de Doisneau estuvo armado y no fue, como creyó durante tantos años, una sentida despedida de dos amantes en el París de posguerra. El le da un beso de igual tenor estético sin prever que, en este caso, la foto real, dolorosamente real, la está sacando desde la vereda de enfrente esa torpe sombra camuflada entre los árboles. Su marido.

El mismo miedo

Desde el piso, como perdido en medio de la bruma, lo vi reírse con sorna y levantar los brazos proclamándose ganador antes de que el árbitro lo decretara oficialmente. Fue lo último que recuerdo de él. Ahora lo leo en el diario diciendo que jamás tuvo dudas de que me iba a ganar. Es mentira, claro que es mentira. Yo le vi el miedo en un rincón de los ojos durante el pesaje. El mismo miedo que tuvo cuando me vio tirado en el piso y temió lo peor, que no despertara más. Un campeón nunca es un asesino, parecía explicarme desde su mirada cada vez más turbia. Quise decirle que no era así pero los ojos se me cerraron de pronto; la toalla arrojada con desesperación por mi entrenador me tapó el rostro como se cubre a un muerto. Y qué otra cosa era yo sino eso.

No te mires

Cordelia Adams despertó con un tatuaje que no recordaba haberse hecho. Decía “no te mires” y estaba escrito en la espalda de una sirena emergiendo en medio de un mar bravío. Al principio se asustó. Un poco más tranquila, trató de reconstruir lo que había ocurrido en la noche. Cuando pasó frente al espejo, no pudo evitar enfrentarlo; de repente se sintió aún más desnuda y entendió todo. El tatuaje la tenía tatuada a ella.

Pálpito

Llega tarde al hipódromo. Ya largaron y en el aire campea una misma excitación, una velocidad que no lo alcanza. Espera la próxima carrera para jugarse todo y dejarlo todo, como siempre. No le importa. Una vez más parte con la resignación del perdedor entrenado. Con calma para un taxi, pero esta vez no sube solo. Le cuenta que en realidad nunca le han gustado las carreras ni los caballos ni las apuestas. Sin embargo hoy tenía un pálpito. Conocerla.

El más real

“Lo hice para darle una sorpresa a Dios”, dice Borges tras rezar un padrenuestro en inglés en una minúscula capilla de Escocia. Al otro día, The Sun titula en rojo furioso “Dios ha muerto”. Mientras desayuna, Borges, que no ha leído el diario, comenta a sus anfitriones: “Anoche tuve un sueño muy real. El más real hasta la fecha”. Después calla, esperando una reacción o una palabra que active el relato. Quienes están con él se miran cómplices y disimuladamente tiran el diario a la basura.

O reventar

En el horóscopo maorí el caballo policía sólo es compatible con la grulla iridiscente. De esto es claramente consciente el buho deletéreo, por lo que se ve tentado en poner su mira en la cebra perenne y cantarle hasta que la luna se llene de un rubor apenas detectable desde la osa mayor. Tal vez esto explique por qué el gallo sibarita se vale del cambio de marea para aullar al astro equivocado y provocar que la tierra se sacuda como un perro epiléptico.

Cajitas

Era simplemente El Loco. No se le conocía nombre, o al menos para nosotros ése era su nombre y apellido. Rubio de edad indefinida y ojos saltones, El Loco construía casas, autos, camiones, con cajitas de remedios de todos los tamaños. Era increíble la cantidad que tenía; nosotros, digo mis compañeros de colegio, conjeturábamos dos posibles orígenes de tan amplio stock: una abuela en estado terminal, consumidora de un fenomenal número de medicamentos o, la versión menos creíble, la farmacéutica del barrio, quien prefería regalarle las cajas de los remedios vencidos antes que tirarlos a la basura. Aunque lo intento, no logró recordar su voz. No podría evocar un solo diálogo con él. Lo único que tengo presente como si fuera hoy son aquellas casas con puertas y ventanas trabajadas en detalle, obras que mostraba con una cándida mezcla de emoción y orgullo. Hace más de treinta años que no lo veo al Loco. Si me dijeran que está muerto o que vive en una de aquellas cajitas, lo creería. Juro que lo creería.

Tenía razón

Supe que iba a pasar lo que pasó mientras discutíamos si los ovnis sí o los ovnis no. Cada vez que hablábamos del tema, como si fuera una gracia espontánea, Renata me cantaba -desafinada, muy desafinada- “Fabio Zerpa tiene razón” pero con la música de otro tema. Su oído, solía decirle y no en chiste, era una piedra imposible de pulir, una puerta a la que le escondieron la llave. Pero su lengua, su artera lengua, no temía decir lo esperable y sobre todo lo inesperable, aquello que, maldita sea, siempre incomoda. Como por ejemplo decirle a mi madre, en plena cena, que debajo de la mesa había una procesión de cucarachas. Sí, usó la palabra procesión. Comentario doblemente inoportuno porque ni siquiera había mencionado la exquisita comida que mamá había preparado especialmente para ella. El tacto no era su fuerte, claro está. Volviendo a los ovnis, Renata sostenía la teoría de que de ninguna manera se va a producir una invasión porque los extraterrestres ya están entre nosotros. Y didáctica se animaba a dar precisiones: “No tienen la típica fisonomía del marciano de las películas. Se adaptan a cualquier forma o espacio. Además, si son tan inteligentes no van a mostrarse tan distintos a nosotros”. Parecía olvidarse del tema, sin embargo al rato retomaba el monólogo para completar su particular visión: “Para mí, ellos están por todos lados, aunque camuflados. Pueden ser esa rama que está ahí en la vereda, el cable que cuelga enfrente, la cucaracha que acabás de pisar; ser lo que se te ocurra, el problema es cómo distinguirlos. No quiero ni pensarlo porque me vuelvo loca”. Yo la miraba como si me interesara, cuando en realidad en lo único que pensaba era en cómo recuperar el diálogo con mi madre (después de aquella fallida cena dejó de llamarme por teléfono y yo sé que es por la bocona de Renata). A tal punto llegó su obsesión por los invasores (así les digo yo porque me encantaba esa serie de los sesenta en la que los marcianos se desvanecían en medio de un bizarro efecto especial) que últimamente se despertaba agitada, llorando mientras gritaba “y estaba lleno de cucarachas”. De enroscado que soy, sospecho que en su inconsciente quedó flotando el absurdo comentario que le hizo a mi madre y algo que bien podría ser la culpa la llevaba a purgar su equívoco en sueños. Una vez más, así como otros buscan respuestas en la Biblia o el I Ching, medio dormido me fui hasta la biblioteca a buscar una enciclopedia y leer lo que ya presentía: “La mayoría de las veces las cucarachas mueren boca arriba. También es una postura que suelen adoptar como mecanismo de defensa, simulando su muerte para escapar de algún peligro que las aceche”. ¿Sabía acaso Renata lo que yo estaba pensando? ¿O también habrá sido uno de ellos?

Mañana no sé

La silla de ruedas se entierra en la arena. A Tomás nada parece frenarlo; insiste con llegar lo más cerca posible al mar. Viene pidiendo esto, soñando sería más preciso, desde que volvió en sí tras el accidente aquella madrugada de junio en que regresaba a su casa bastante borracho después de un asado con los compañeros de oficina. Desde que despertó, no paró de pedirle a su mujer que lo llevara al mar. Su pedido, más que exótico, resultaba complicado: estaba a unos 1.200 kilómetros de la costa. Sandra era consciente de la distancia, sin embargo tanta era su alegría por la “resurrección” (así lo definía ella) de Tomás que estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera a su alcance para darle el gusto. Con ayuda de su madre y de alguno de los amigos más cercanos de su marido, preparó en unas horas la logística para el viaje. Armó una valija con lo indispensable para ambos, subió la silla al baúl del auto y partió rumbo al mar con la convicción de que estaba haciendo lo correcto. El viaje fue normal, casi intrascendente. Las paradas habituales para cargar nafta, comprar cigarrillos y bajar al baño. Nada que no hubieran hecho antes del accidente, cuando iban de vacaciones o se hacían una escapada a San Luis o Córdoba. Una vez que llegaron a Gesell, el rostro de Tomás cambió por completo. Sandrá le preguntó si se sentía bien, él respondió que sí; salvo un poco de taquicardia acompañada de una súbita alegría, una sensación extraña que no se parecía en nada a sus agitados sueños en la cama del hospital. Sin decir palabra, Sandra lo ubicó amorosamente en la silla y con mucho esfuerzo lo bajó por una rampa hasta quedar inevitablemente atrapado en la arena. Un pescador que pasaba por allí captó la impensada imagen y se ofreció a ayudar. Le contaron cuál era la idea. Rápidamente, el hombre propuso una salida práctica que la pareja aceptó con una sonrisa, sin decir nada. Lo cargó en brazos hasta el agua y lo fue bajando con cuidado para que lentamente tomara contacto con el mar. Cuando Tomás pudo tocar el agua helada con sus pies sintió tal energía, tal fuerza interior, que primero lloró de emoción y después, de pronto, se soltó de los brazos del pescador y salió corriendo como loco. Sin entender del todo lo que estaba pasando, el pescador buscó la cruz que llevaba colgada del cuello y la besó. Sandra no reaccionó de inmediato pero al rato a lo único que atinó fue a escribir en la arena: “Hoy creo, mañana no sé”.

Polares

Pastan disciplinadamente en el jardín abandonado de la bodega abandonada. Las suelo ver cuando paso caminando junto a la reja que las separa de la calle. Son ocho, una de ellas negra. Algunos vecinos esclarecidos aseguran imperturbables que se trata de ovejas polares. Vaya a saber qué significa eso, no creo que ni ellos puedan explicarlo. A simple vista se las ve comunes, hasta que te miran y ahí sí se les nota un brillo extraño, casi diabólico diría. Es una tentación pasar y quedarme, oculto, a verlas comer. Sumergidas en esa tarea, no hacen diferencia alguna entre pasto seco, membrillos caídos por el viento, insectos varios, animales muertos. Comen todo con igual fruición. Por lo general, la negra está apartada, haciendo lo suyo; esto puede ser, acercarse a la reja como midiendo la distancia que la separa de la vereda, buscar otro tipo de alimento o intentar, intempestuosa, montar a una perra que hace años duerme en un recoveco de la bodega. Un día a la semana, sábado o domingo, la lana les luce a todas más lisa y de otros colores, como si las hubieran preparado para salir de paseo o esperar visitas. Yo imagino que lo que pretenden es despistar. Mi frágil teoría se cae en un segundo; alcanza con mirarles los ojos extraviados a cualquiera de ellas para confirmar que así como hoy están aquí, tal vez mañana se les dé por regresar al polo a terminar lo que empezaron.

Rojo full

Por un celoso criterio de autodeterminación, no frena en ninguna esquina, no respeta ningún semáforo. ¿Debería hablar en pasado? Debería, claro que debería.