El Señor
Paso de cebra
Música para un ascensor que sólo sube
Carne sobre carne
Asociación libre
Los sedentarios
Fluir
Teje, para no morirse teje. Con frenesí cruza las agujas como espadas en un duelo con sí misma o como un cuchillo y un tenedor que pugnaran por un trozo de la carne de una vaca sagrada. Tiene 80 pero también 40 o 93 o 101. Teje porque tejer es como escribir, escribió años ha en un pulover con colores de otro mundo. "Todo es cuestión de ritmo, de fluir como en una pesadilla con final abierto", enseña sin pizarrón a quien guste oír su asordinada letanía. Ahora que muere, que su orquesta de lana se viene abajo, en la bufanda negra sin terminar puede leerse con caligrafía de bruma que esta vez será Penélope la que oville el viaje, la que teja historias de un solo ojo y seduzca a las sirenas con el nudo ciego de su silencio.
Cosas mínimas
Tus cactus
Como cuando era chica, frena la sangre del pinchazo chupándose el dedo. Esa minúscula herida se la debe a su nuevo hobbie: coleccionar cactus. El primero, recuerda, lo trajo de San Luis, de las orillas del río; el segundo, lo heredó de su madre, cuando la mudaron a un geriátrico. Después, gracias a un dato clave de tuscactus.com, ya no paró de sumar ejemplares de todo el mundo. Al principio los ubicaba en lugares estratégicos de la casa: rincones, huecos, ventanas. Sin embargo, al tiempo esa pasión se transformó en un incómodo problema. La biblioteca, la mesada de la cocina, el botiquín del baño, los pasillos, la mesa de luz, fueron prácticamente tomados por las más extrañas variedades de cactáceas. El día que él llegó más tarde que de costumbre, se metió en la cama sin prender la luz y al intentar abrazarla sintió millones de agujas atravesándole el cuerpo, ella se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Quizá tanto como un Gymnocalycium o una Mammillaria.
Delay
Una luz klieg
Fue él
Acuariano
La calle desolada tras el bombardeo. Lo único que pido después de tanto fuego cruzado, tanta pirotecnia doméstica. Un silencio absoluto, una soledad proporcional. Caminar pisándome la sombra con un libro bajo el brazo, silbando para adentro una melodía que aún nadie oyó (¿un tango luminoso?). Tranquilo por saber que ella mira por la ventana y me sonríe (aunque llore a su modo). A esta distancia apenas alcanzo a leerle los labios: no sé si balbucea que espere de ella un tsunami de amor o maldice que me caiga un rayo o un piano o la peor versión del Quijote. Yo también le sonrío y le digo algo que ella entiende como “nuestra vida es una novela que escribimos juntos” cuando en realidad le estoy diciendo “el sueño donde te partía la cabeza con una máquina de escribir como la de Jack Kerouac no era una pesadilla. Era una visión. Empezá a correr...¡ahora!”.
Sin título
Ya perdí la cuenta de cuántas veces me paré frente a ese cuadro y me dejé ir. Desorientado, caminé entre sus girasoles con un habano cubano guiándome desde el humo y un sombrero estrafalario coronó mi cromático desconcierto. En esas costas, conocí a la mujer del desnudo sobre una piedra (su piel olía a manzana verde, a mañana junto al río). Allí golpeé la puerta de una casa vacía que al abrirse me devolvió aquí, a estos zapatos embarrados, a las veredas repletas de poetas y carteristas y a esos demacrados mimos que en la esquina tiran de una soga imaginaria y tanto tiran que me falta el aire; veo visiones, gitanas regalando mascotas, violinistas en un spa, niños que besan al Presidente. Ahora soy yo quien cuelga como un cuadro y él quien entra en mí. Sin sombrero, habano, mujer, piedra, girasoles, manzana, río, casa, puerta, mañana ni humo, se deja ir como un ahorcado.
Bolivia real
Puro
Navidad, navidad