La herencia

Cuatro ratas en un fiat 600. El dibujo data de 1972 y lleva mi firma. Cada rata tiene un color distinto: rojo, verde, azul y amarillo. El auto es blanco. Al dibujo lo guardó mi abuela por años y volvió a mí al otro día de su muerte, cuando revisamos sus cajones. Como debíamos repartirnos una herencia tan magra, no lo dudé: el ratón rojo fue para mi hermana, el azul para mi hijo, el amarillo para tía Marta y el verde para Osvaldo, el novio de mamá. Yo me quedé con el fiat, pero ese día me fui más solo que nunca.

El albañil de Bioy

Lo que se le pide es lo que precisamente no hace. El baraja ideas propias con oficio de croupier. Me explico. Se le pide un piso de cerámicos a dos colores, nada especial, y él agregará un tercero, y no sólo eso, dispondrá el dibujo de los mismos de tal manera que imitarán islas perdidas en un mar un tanto extraño, diríase abstracto. El resultado final será tan sorprendente como visionario, por definirlo de alguna forma. La dueña de casa primero cuestionará, como para que quede claro quien contrata y quien paga, para luego decir con cierto entusiasmo que le encanta (por dentro, en cambio, piensa que su marido pondrá el grito en el cielo). Cuando hablamos de él, le llamamos "el albañil de Bioy"; así le puso mi vecino porque sostiene -muy en serio lo dice- que ese hombre menudo y con ínfulas de artista es otra invención de Morel. Verdad o no, el tipo toma cada obra como un laboratorio del que puede salir cualquier cosa menos la imaginada por el arquitecto X o quien lo contrata. Tanto que esta casa, la nuestra, en cuestión de días pasó a ser su casa y nosotros meros invitados a una mesa sin platos ni cubiertos. De hecho, hoy hay dos puertas: una para él, otra para nosotros. Rara vez nos lo cruzamos, lo que es importante, sobre todo por lo incómodo que sería encontrarlo en la ducha o sentado en el inodoro leyendo nuestro diario. El sabe que un día de estos las dos puertas serán sólo una y la calle el único hogar posible para nosotros. Ya lo estoy viendo: desde la ventana, el albañil de Bioy nos saluda, mientras la nieve nos va tapando de a poco, como un ladrillo sobre otro ladrillo sobre otro ladrillo sobre otro ladrillo y así.

Créanme

No es un árbol más, aunque nueve de cada diez que pasan frente a él podrían afirmarlo a ciegas. Ayer, de ese árbol que no es uno más colgaba un pibe de unos veinte años. Para el que desconozca este dato no menor, claro que es un árbol común y corriente, el generoso refugio para el vendedor de helados o para la prostituta que transita la zona con paso firme. Para los que vimos esos ojos abiertos como quien se topa con un fantasma, siempre será el árbol del suicida. De ahora en más, cada vez que caigan sus hojas sabremos que ha llegado el otoño a desnudar al muerto. Cuando vean cómo pende de una rama su vapuleado corazón recién ahí sabrán que no miento. Les laterá más fuerte que nunca, créanme.

DF

Me es casi imposible escribir in situ, jugar al diario de viaje cuando estoy en un lugar nuevo, desconocido. Siento que, como la infancia o ciertos recuerdos, tantas imágenes, diálogos, olores, señales, deben macerar, volver en el momento menos pensado para poder ser escritos. Lo que no se escribe se va, se pierde, se olvida. Yo no quiero olvidar. Por eso escribo, por eso hago memoria y vuelvo a viajar con mis manos y la ayuda de un puñado de fotos que hace años no veía. La catedral de Guadalupe, las mujeres con la vida esculpida en sus rostros indígenas, los colores chillones, los ecos de Frida en los azules, los bigotazos de los hombres, los cejas de las mujeres, la lengua picante, la cerveza del alivio. Y sobre todo, ese perfume que es una mezcla de todos los perfumes del mundo; en él, mujeres y comidas funden sus aromas para desorientar al olfato mejor entrenado. Desde el séptimo piso, veo los escarabajos blancos y verdes como un ejército que marcha caiga quien caiga. Les llaman taxis; en uno de ellos parto sin rumbo fijo. Quien dice que en ese uno en un millón no la encuentre.

Los Tilos

Se peleaban para ver cuál de las dos estaba más loca. Quién amaba más. Quién podía tocar más el fondo, rasparlo con la mejilla húmeda y los labios resecos. En cada extremo, la una y la otra. La cocina, la cama, el living, como un ring multiplicado. Y en medio, las palabras, esos dóciles cuchillos tan al acecho desde sus lenguas. El plan: dar en el blanco, dejar moribunda a la víctima, pisarla con el taco aguja o el pie más descalzo que nunca. Apagar el cigarrillo en el silencio que una dejó sobre la mesa, junto al plato sin tocar de la otra. Fuego cruzado en las miradas. Odio, a veces. Amor, todas las veces. Hasta que un día, una de las dos baja los brazos, desde el rincón el corazón exangüe tira la toalla y un S.O.S grita hasta hacerse escuchar. En una habitación blanca, con una silla, un vaso con agua y una flor que trajo la enfermera, ella piensa que ha llegado demasiado lejos o demasiado cerca. El amor deja más tumbas que flores, siempre es así. Aunque lo aprendió muy tarde, al menos se tiene a sí misma en el espejo. Peor es nada, se dice, y abre las cortinas para que el sol le dé en la cara como ese beso que no llega.

Vacas con ovejas

Maldita sofista, siempre me hacés lo mismo. Comparás vacas con ovejas y el resultado es un perro que me muerde únicamente a mí. No sé cómo hacés, pero en boca tuya los árboles son pájaros capicúa, los aviones medias de red, las madres flores de Saturno. En algo, sin embargo, debo darte la razón: mi espejo y mi almohada están en tu área de exclusión. Allí, él único que hace trampa soy yo. Cuervo con lengua de cisne.   

No pisen al perro


“¡No pisen al perro!, ¡no pisen al perro!”, grita desesperada una chica de no más de 15 años. La gente que sube apresurada al micro mira para abajo o se frena de golpe por si acaso, pero no frena su marcha. Y ella grita cada vez más fuerte “¡no pisen al perro!, ¡no pisen al perro!”. Alertado por los gritos, un policía se acerca a ver qué pasa. Por el lugar circula mucha gente, lo de todos los días. Es hora pico y es tal el ir y venir de chicos de la escuela que el policía fácilmente le pierde el rastro. Es evidente que nadie parece haber visto al perro pero por las dudas evitan pisarlo. Al cabo de un par de horas, cuando todos se han ido, la chica ladra agradecida junto a las ruedas de los autos.

Hoy pienso en Julia

Me desperté pensando en Julia Pastrana. El chiste fácil sería decir que llevaba tres días sin afeitarme y hoy tenía una reunión importante en la empresa. Pero era otra cosa. Sus ojos eran. Nadie reparaba en ellos, en su mirada de pájaro abrumado. Lo lógico era detenerse en esa profusa barba que la rodeaba como un bosque implacable. Sus ojitos decían aquí estoy, hay vida detrás de estos pelos. Supo del amor, o algo parecido, aunque guardaba la triste certeza de que no alcanzaría. Julia había nacido para ser diferente y, hay que reconocerlo, nadie está preparado para eso. Venimos para ser uno más y cuando no se lo es ahí es donde empieza el problema. Algunos matarían por ser diferentes, ella no. Julia hubiera querido una cara como cualquier otra. Una cara lisa, sin más detalles que una boca, unos ojos, una nariz. Pienso en ella y tomo la decisión: hoy no me afeito. Hoy pienso en Julia y sus ojos. Desde una foto ella me mira como desde un espejo saboteado. A mi también me espera un circo, la diferencia es que lo mío es el equilibrio.

Yoko estuvo por aquí

La bolsa es negra, de esas de consorcio. Donde podrían haber ido a parar latas, restos de comida, hojas, por qué no un cadáver bien parecido, sólo hay piedras. Muchas piedras. Se ven con claridad porque la bolsa, arrojada en una acequia, está rota de punta a punta. La lluvia que empieza a caer a esta hora de la tarde produce un extraño efecto sobre las piedras. Perfectamente podría tratarse de una instalación; quizás lo sería de contar con un título. El arte acaba de abrirme una puerta inesperada: pienso “Yoko estuvo por aquí”. 

Ella, el león

Dejó el circo como se deja a una mujer: con la seguridad de que nada es para siempre. Intentó el olvido manejando un taxi, pintó paredes, vendió diarios, probó en el correo. Un día, viendo un documental de la National Geographic, un león miró a cámara y no pudo más. Se quebró como cuando, de tanto en tanto, se encuentra con su ex. Si ella le habla, le habla el león.

Tos del Khumbu

No te suelta. Está con vos día y noche, a toda hora. Es como un espíritu que te toma y hace de vos un ser manejable, sin voluntad, pasible de hacerte bailar como un muñeco vudú o actuar en una bizarra obra de marionetas. Si por un momento creés ingenuamente que te abandonó, falsa señal querido amigo: está agazapada dispuesta a volver a convertirte en una extraña síntesis de rapero y tartamudo. Un médium pasado de copas que transmite en vivo el mensaje en clave de Khumbu, el electrocutado.

Creer (y reventar)


Toca el Buda negro que le acaban de regalar y su vida cambia. Muere.

Aquí no ha pasado nada

En la esquina de Misiones y J. Achaval acaban de chocar una ambulancia y una moto. La ambulancia, que ha quedado dada vuelta, se levanta un tanto mareada y se le va al humo a la moto. A esta todavía no se le va el shock producto del golpe, por eso desde el piso intenta escuchar lo que le dice la otra. La ambulancia le descarga un insulto tras otro hasta que la moto reacciona y con esfuerzo alcanza a decirle: “¿Qué te pasa, tarada, si venías con la sirena apagada y pasaste en rojo?”. Avergonzada, la ambulancia pide mil disculpas y reconoce su error. Cuando llega la policía, ambas dicen “aquí no ha pasado nada, oficial”. No han reparado en que los conductores de ambas están muertos, uno por aquí, el otro por allá.

Colaboración

A mi mujer se le ocurre una historia. Ella dice: “Che, se me ocurrió una historia. Te la cuento, puede que te sirva”. Y arranca: “Esta tarde iba en el auto y en una de esas miro por el espejo retrovisor y veo a Cristo manejando un auto negro, creo que era uno de esos coches fúnebres. Parecía que me miraba el Cristo ese; digo Cristo porque era igual al de la estampita que llevo en la billetera. Yo tampoco podía dejar de mirarlo, casi choco por eso. Al final, antes de llegar a un semáforo, me pasa, me hace una seña y ahí de repente se me pone la vista en blanco. Paré como pude a un costado de la calle, lloré un buen rato y cuando terminé se me dio por persignarme”. La miro sin saber qué decirle pero le digo: “La verdad, no sé si me servirá; gracias igual”. Una vez más, le miento.

¡Corten!

Noche cerrada. Un viento que apenas despeina. Autos por aquí, autos por allá. Camina a paso lento y encuentra tirada una tijera en la vereda. A pocos pasos, un mechón de pelo rubio. Dos metros más adelante, gotas de sangre. Avanza con temor hacia una puerta. No sabe qué le espera detrás de ella. Cuando está por tocar el timbre sobreviene el milagro. Alguien grita ¡corten! y él, un joven extra con poco futuro, respira aliviado.

En el año del dragón, caballos

En tren de elegir, el exegeta de bigote anchoita destaca del inventor de caballos su obra más perfecta e imperecedera: el de calesita. Incansable, duro por fuera, tierno por dentro, ahí va, siempre dócil para conducir al niño por el ilimitado camino de los sueños. Ya quisiera igual destino el sobrevaluado dragón.  

Dudosa fábula surcoreana

Li Ho Chin es un apicultor de 35 años. No sabe leer ni escribir pero por algún extraño designio puede escuchar y entender lo que dicen las abejas. Una mañana de abril de 1972, en la mismísima cara de Li Ho Chin una de ellas le cuenta a otra que la muerte del apicultor es inminente. Sin mostrarse perturbado, Li Ho Chin vuelve a paso lento a su casa, busca el viejo revolver de su padre, se sienta en la cama y decidido se dispara en el corazón. Li Ho Chin muere desconociendo, entre muchas otras cosas, que las abejas, además de sabias, son peligrosamente mentirosas.

Eso que yo

Compro comida para gatos y no tengo gato. Por cosas así una noche mi mujer se fue con mi mejor amigo y eso que yo no tenía amigos.

Nada pasó

En la foto los perros están acostados bajo la mesa. Sobre la mesa hay un florero y en el florero una marchita rosa blanca. Pienso que ya hace demasiado tiempo que papá no da señales de vida. Mamá, que acaba de escuchar mi pensamiento, sigue preparando la comida para los perros. Hace como que nada pasó. Por eso esta vez no ladra.

Wikifreak

Convocado como todas las noches por el insomnio y sus narcóticas sirenas, me subo de buena gana al barco de Homero. O traducido en mi idioma, ir a la computadora como a sus piernas, si ella estuviera aquí. Misión en el desvelo de hoy: buscar algo en Wikifreak. Tipeo “Jirafa hasta los pies”. La pantalla me explica: “Agrupación fantasma. Mix de estilos, predominantemente new romantic con sello indie. Líder único. Pensamiento lateral. Su cerebro tiene 17 años y duerme menos que un sereno. Noche a noche grazna cosas como ‘Y ese barco se hundía/ palabra por palabra/ Se hundía/ como una hostia/ en la boca mía’”. Leo también una extraña recomendación: “No busquen su disco. No existe, es apenas una voz interior”. Se sabe, esa es la más jodida, la que da vueltas como un caset girando en torno de una bic negra. He dado con la clave: para el sueño que no llega, invoco a una masajista oriental que se ensucie a lo niño las manos conmigo. Y que parezca un accidente.