Enrique

Un miércoles de noviembre el libro no lo esperó más. El libro estaba al final de un camino que él no quiso o no pudo transitar a otro ritmo o en otro plano que no fuera el puramente verbal. Lo suyo fue como esos vinos que se saborean lentamente, donde el desafío es descubrir perfumes, notas, registros de una música oculta. Durantes años fue dejando señales de una obra completa que se intuía aunque jamás llegaba a verse en su totalidad. Su praxis literaria consistía simplemente en apuntar títulos de capítulos en una resma de papel continuo. No llegaba a escribirlos, sólo los mostraba a selectos interlocutores; no eran necesariamente amigos o familiares, podía ser un alumno de confianza, un colega con buen oído, un desconocido con mejor paladar literario. Cada uno de esos títulos que se acumulaban sospechosamente deberían leerse como capítulos de su vida. Leerse de memoria, se sobreentiende. Cuando murió, supimos sin siquiera comentarlo, que el libro por fin estaba concluido y que únicamente podríamos leerlo aquellos que alguna vez escuchamos de su boca uno que otro capítulo. Juntos, nosotros somos ese libro tan perfecto como caótico. Un Enrique auténtico.