El amigo de la doctora Fligg
Mancha venenosa
S.M.S.: Q.P.D.
Azul vuelve a casa
El nudista serial
Fidelidad
El pez de Li Po
Un dogma intocable
Así de frágil
Petit orsai
Teatro aéreo
Extraescolar
En cadena
Letras de molde
37 de marzo
Satie y vos
Habrase visto
La vida misma
Ley de educación
Otro relato genealógico
La pregunta esquimal
Arriba pasan cosas
La fe mueve
Piedra, no camino
Dejar para mañana
Un cigarro para la Sontag
Puede fallar
Segundos afuera
Su propio anzuelo
La misión
Hacer pie
Vamos a un corte
Malaya
Ni para el té
Un villancico para Nostradamus
Bajo perfil bajo
Caracoles muertos
Sinapsis
Antes, la naranja
A la Madonna
Focus group
Hoyo en uno
Realismo melancólico
Las cinco verdades del sushi
El azul, el amarillo, la milarbona
Coreografía inmóvil
El examen
Sola
Por el fin
Es la hora
Dos niñas gitanas
Voto de silencio
Herida
Me suena
Yu
La pluma
De su diario
La diez
Sin nexus
Punto final
En el eco de
Cada quien, cada cual
Cuatro ojos
Los dos lados
En sus marcas
Aranda
El pozo
Altavoz
Y un grito
Mal trago
Rinocerontes no
Lo de adentro
Como el ojo de Max
Vellesa
Negativo de mí
Ni imagen ni semejanza
Una promesa es una promesa
El enigma de Puerto Soledad
El índice
Cedazo
Hotel Scarlett
Eugenias
El tren de Evita
Hasta que
Doce fotogramas por segundo
Piensa el que mira
Días como éste
Una foto de Elisa
Materia prima
Medicina natural
Las campanas también
La pecera
Como quien se levanta a sacar algo de la heladera
Digresión
El sombrero de mi padre
La cara de mi madre llega antes que mi madre. No necesito un astrolabio para verla cruzar la calle. Me alcanza una ventana, los ojos bien despiertos, las ganas. Trae bolsas del supermercado en cada mano, su campera azul, el pelo sin canas, una billetera marrón, quince pesos, hambre de ayer. Mi madre siempre piensa –y lo dice– que algo malo le va a pasar. Igual sale a la calle, desafiando al horóscopo, las runas, los consejos de sus hermanas, los taxistas suicidas y esos pianos que no dejan de llover por las veredas y que ella sabiamente esquiva. Mi madre, ochenta años como ochenta mundos u ochenta satélites de amor, llega hasta mi casa y sabe que el niño que ahora la recibe también soy yo. Tengo el pelo más corto, menos vocabulario y aún demasiados libros por leer en mi mesa de luz. Cuando atraviesa la puerta y de casualidad se ve reflejada en un vidrio, saluda con su mejor sonrisa. Esa es su lección. Y yo sigo su ejemplo, cada vez que paso frente a un espejo me saco el sombrero de mi padre.