El albañil de Bioy

Lo que se le pide es lo que precisamente no hace. El baraja ideas propias con oficio de croupier. Me explico. Se le pide un piso de cerámicos a dos colores, nada especial, y él agregará un tercero, y no sólo eso, dispondrá el dibujo de los mismos de tal manera que imitarán islas perdidas en un mar un tanto extraño, diríase abstracto. El resultado final será tan sorprendente como visionario, por definirlo de alguna forma. La dueña de casa primero cuestionará, como para que quede claro quien contrata y quien paga, para luego decir con cierto entusiasmo que le encanta (por dentro, en cambio, piensa que su marido pondrá el grito en el cielo). Cuando hablamos de él, le llamamos "el albañil de Bioy"; así le puso mi vecino porque sostiene -muy en serio lo dice- que ese hombre menudo y con ínfulas de artista es otra invención de Morel. Verdad o no, el tipo toma cada obra como un laboratorio del que puede salir cualquier cosa menos la imaginada por el arquitecto X o quien lo contrata. Tanto que esta casa, la nuestra, en cuestión de días pasó a ser su casa y nosotros meros invitados a una mesa sin platos ni cubiertos. De hecho, hoy hay dos puertas: una para él, otra para nosotros. Rara vez nos lo cruzamos, lo que es importante, sobre todo por lo incómodo que sería encontrarlo en la ducha o sentado en el inodoro leyendo nuestro diario. El sabe que un día de estos las dos puertas serán sólo una y la calle el único hogar posible para nosotros. Ya lo estoy viendo: desde la ventana, el albañil de Bioy nos saluda, mientras la nieve nos va tapando de a poco, como un ladrillo sobre otro ladrillo sobre otro ladrillo sobre otro ladrillo y así.

Créanme

No es un árbol más, aunque nueve de cada diez que pasan frente a él podrían afirmarlo a ciegas. Ayer, de ese árbol que no es uno más colgaba un pibe de unos veinte años. Para el que desconozca este dato no menor, claro que es un árbol común y corriente, el generoso refugio para el vendedor de helados o para la prostituta que transita la zona con paso firme. Para los que vimos esos ojos abiertos como quien se topa con un fantasma, siempre será el árbol del suicida. De ahora en más, cada vez que caigan sus hojas sabremos que ha llegado el otoño a desnudar al muerto. Cuando vean cómo pende de una rama su vapuleado corazón recién ahí sabrán que no miento. Les laterá más fuerte que nunca, créanme.

DF

Me es casi imposible escribir in situ, jugar al diario de viaje cuando estoy en un lugar nuevo, desconocido. Siento que, como la infancia o ciertos recuerdos, tantas imágenes, diálogos, olores, señales, deben macerar, volver en el momento menos pensado para poder ser escritos. Lo que no se escribe se va, se pierde, se olvida. Yo no quiero olvidar. Por eso escribo, por eso hago memoria y vuelvo a viajar con mis manos y la ayuda de un puñado de fotos que hace años no veía. La catedral de Guadalupe, las mujeres con la vida esculpida en sus rostros indígenas, los colores chillones, los ecos de Frida en los azules, los bigotazos de los hombres, los cejas de las mujeres, la lengua picante, la cerveza del alivio. Y sobre todo, ese perfume que es una mezcla de todos los perfumes del mundo; en él, mujeres y comidas funden sus aromas para desorientar al olfato mejor entrenado. Desde el séptimo piso, veo los escarabajos blancos y verdes como un ejército que marcha caiga quien caiga. Les llaman taxis; en uno de ellos parto sin rumbo fijo. Quien dice que en ese uno en un millón no la encuentre.

Los Tilos

Se peleaban para ver cuál de las dos estaba más loca. Quién amaba más. Quién podía tocar más el fondo, rasparlo con la mejilla húmeda y los labios resecos. En cada extremo, la una y la otra. La cocina, la cama, el living, como un ring multiplicado. Y en medio, las palabras, esos dóciles cuchillos tan al acecho desde sus lenguas. El plan: dar en el blanco, dejar moribunda a la víctima, pisarla con el taco aguja o el pie más descalzo que nunca. Apagar el cigarrillo en el silencio que una dejó sobre la mesa, junto al plato sin tocar de la otra. Fuego cruzado en las miradas. Odio, a veces. Amor, todas las veces. Hasta que un día, una de las dos baja los brazos, desde el rincón el corazón exangüe tira la toalla y un S.O.S grita hasta hacerse escuchar. En una habitación blanca, con una silla, un vaso con agua y una flor que trajo la enfermera, ella piensa que ha llegado demasiado lejos o demasiado cerca. El amor deja más tumbas que flores, siempre es así. Aunque lo aprendió muy tarde, al menos se tiene a sí misma en el espejo. Peor es nada, se dice, y abre las cortinas para que el sol le dé en la cara como ese beso que no llega.

Vacas con ovejas

Maldita sofista, siempre me hacés lo mismo. Comparás vacas con ovejas y el resultado es un perro que me muerde únicamente a mí. No sé cómo hacés, pero en boca tuya los árboles son pájaros capicúa, los aviones medias de red, las madres flores de Saturno. En algo, sin embargo, debo darte la razón: mi espejo y mi almohada están en tu área de exclusión. Allí, él único que hace trampa soy yo. Cuervo con lengua de cisne.   

No pisen al perro


“¡No pisen al perro!, ¡no pisen al perro!”, grita desesperada una chica de no más de 15 años. La gente que sube apresurada al micro mira para abajo o se frena de golpe por si acaso, pero no frena su marcha. Y ella grita cada vez más fuerte “¡no pisen al perro!, ¡no pisen al perro!”. Alertado por los gritos, un policía se acerca a ver qué pasa. Por el lugar circula mucha gente, lo de todos los días. Es hora pico y es tal el ir y venir de chicos de la escuela que el policía fácilmente le pierde el rastro. Es evidente que nadie parece haber visto al perro pero por las dudas evitan pisarlo. Al cabo de un par de horas, cuando todos se han ido, la chica ladra agradecida junto a las ruedas de los autos.

Hoy pienso en Julia

Me desperté pensando en Julia Pastrana. El chiste fácil sería decir que llevaba tres días sin afeitarme y hoy tenía una reunión importante en la empresa. Pero era otra cosa. Sus ojos eran. Nadie reparaba en ellos, en su mirada de pájaro abrumado. Lo lógico era detenerse en esa profusa barba que la rodeaba como un bosque implacable. Sus ojitos decían aquí estoy, hay vida detrás de estos pelos. Supo del amor, o algo parecido, aunque guardaba la triste certeza de que no alcanzaría. Julia había nacido para ser diferente y, hay que reconocerlo, nadie está preparado para eso. Venimos para ser uno más y cuando no se lo es ahí es donde empieza el problema. Algunos matarían por ser diferentes, ella no. Julia hubiera querido una cara como cualquier otra. Una cara lisa, sin más detalles que una boca, unos ojos, una nariz. Pienso en ella y tomo la decisión: hoy no me afeito. Hoy pienso en Julia y sus ojos. Desde una foto ella me mira como desde un espejo saboteado. A mi también me espera un circo, la diferencia es que lo mío es el equilibrio.

Yoko estuvo por aquí

La bolsa es negra, de esas de consorcio. Donde podrían haber ido a parar latas, restos de comida, hojas, por qué no un cadáver bien parecido, sólo hay piedras. Muchas piedras. Se ven con claridad porque la bolsa, arrojada en una acequia, está rota de punta a punta. La lluvia que empieza a caer a esta hora de la tarde produce un extraño efecto sobre las piedras. Perfectamente podría tratarse de una instalación; quizás lo sería de contar con un título. El arte acaba de abrirme una puerta inesperada: pienso “Yoko estuvo por aquí”. 

Ella, el león

Dejó el circo como se deja a una mujer: con la seguridad de que nada es para siempre. Intentó el olvido manejando un taxi, pintó paredes, vendió diarios, probó en el correo. Un día, viendo un documental de la National Geographic, un león miró a cámara y no pudo más. Se quebró como cuando, de tanto en tanto, se encuentra con su ex. Si ella le habla, le habla el león.

Tos del Khumbu

No te suelta. Está con vos día y noche, a toda hora. Es como un espíritu que te toma y hace de vos un ser manejable, sin voluntad, pasible de hacerte bailar como un muñeco vudú o actuar en una bizarra obra de marionetas. Si por un momento creés ingenuamente que te abandonó, falsa señal querido amigo: está agazapada dispuesta a volver a convertirte en una extraña síntesis de rapero y tartamudo. Un médium pasado de copas que transmite en vivo el mensaje en clave de Khumbu, el electrocutado.

Creer (y reventar)


Toca el Buda negro que le acaban de regalar y su vida cambia. Muere.

Aquí no ha pasado nada

En la esquina de Misiones y J. Achaval acaban de chocar una ambulancia y una moto. La ambulancia, que ha quedado dada vuelta, se levanta un tanto mareada y se le va al humo a la moto. A esta todavía no se le va el shock producto del golpe, por eso desde el piso intenta escuchar lo que le dice la otra. La ambulancia le descarga un insulto tras otro hasta que la moto reacciona y con esfuerzo alcanza a decirle: “¿Qué te pasa, tarada, si venías con la sirena apagada y pasaste en rojo?”. Avergonzada, la ambulancia pide mil disculpas y reconoce su error. Cuando llega la policía, ambas dicen “aquí no ha pasado nada, oficial”. No han reparado en que los conductores de ambas están muertos, uno por aquí, el otro por allá.

Colaboración

A mi mujer se le ocurre una historia. Ella dice: “Che, se me ocurrió una historia. Te la cuento, puede que te sirva”. Y arranca: “Esta tarde iba en el auto y en una de esas miro por el espejo retrovisor y veo a Cristo manejando un auto negro, creo que era uno de esos coches fúnebres. Parecía que me miraba el Cristo ese; digo Cristo porque era igual al de la estampita que llevo en la billetera. Yo tampoco podía dejar de mirarlo, casi choco por eso. Al final, antes de llegar a un semáforo, me pasa, me hace una seña y ahí de repente se me pone la vista en blanco. Paré como pude a un costado de la calle, lloré un buen rato y cuando terminé se me dio por persignarme”. La miro sin saber qué decirle pero le digo: “La verdad, no sé si me servirá; gracias igual”. Una vez más, le miento.

¡Corten!

Noche cerrada. Un viento que apenas despeina. Autos por aquí, autos por allá. Camina a paso lento y encuentra tirada una tijera en la vereda. A pocos pasos, un mechón de pelo rubio. Dos metros más adelante, gotas de sangre. Avanza con temor hacia una puerta. No sabe qué le espera detrás de ella. Cuando está por tocar el timbre sobreviene el milagro. Alguien grita ¡corten! y él, un joven extra con poco futuro, respira aliviado.

En el año del dragón, caballos

En tren de elegir, el exegeta de bigote anchoita destaca del inventor de caballos su obra más perfecta e imperecedera: el de calesita. Incansable, duro por fuera, tierno por dentro, ahí va, siempre dócil para conducir al niño por el ilimitado camino de los sueños. Ya quisiera igual destino el sobrevaluado dragón.  

Dudosa fábula surcoreana

Li Ho Chin es un apicultor de 35 años. No sabe leer ni escribir pero por algún extraño designio puede escuchar y entender lo que dicen las abejas. Una mañana de abril de 1972, en la mismísima cara de Li Ho Chin una de ellas le cuenta a otra que la muerte del apicultor es inminente. Sin mostrarse perturbado, Li Ho Chin vuelve a paso lento a su casa, busca el viejo revolver de su padre, se sienta en la cama y decidido se dispara en el corazón. Li Ho Chin muere desconociendo, entre muchas otras cosas, que las abejas, además de sabias, son peligrosamente mentirosas.

Eso que yo

Compro comida para gatos y no tengo gato. Por cosas así una noche mi mujer se fue con mi mejor amigo y eso que yo no tenía amigos.

Nada pasó

En la foto los perros están acostados bajo la mesa. Sobre la mesa hay un florero y en el florero una marchita rosa blanca. Pienso que ya hace demasiado tiempo que papá no da señales de vida. Mamá, que acaba de escuchar mi pensamiento, sigue preparando la comida para los perros. Hace como que nada pasó. Por eso esta vez no ladra.

Wikifreak

Convocado como todas las noches por el insomnio y sus narcóticas sirenas, me subo de buena gana al barco de Homero. O traducido en mi idioma, ir a la computadora como a sus piernas, si ella estuviera aquí. Misión en el desvelo de hoy: buscar algo en Wikifreak. Tipeo “Jirafa hasta los pies”. La pantalla me explica: “Agrupación fantasma. Mix de estilos, predominantemente new romantic con sello indie. Líder único. Pensamiento lateral. Su cerebro tiene 17 años y duerme menos que un sereno. Noche a noche grazna cosas como ‘Y ese barco se hundía/ palabra por palabra/ Se hundía/ como una hostia/ en la boca mía’”. Leo también una extraña recomendación: “No busquen su disco. No existe, es apenas una voz interior”. Se sabe, esa es la más jodida, la que da vueltas como un caset girando en torno de una bic negra. He dado con la clave: para el sueño que no llega, invoco a una masajista oriental que se ensucie a lo niño las manos conmigo. Y que parezca un accidente.

Más de tres

El político que leyó más de tres libros fue encontrado muerto con un extraño rictus en sus ojos y una mancha de tinta en medio de la frente. Por años se ocultó la verdadera historia de este inesperado desenlace. Podríamos decir que las conjeturas crecieron a la par del mito, ese malvón agradecido de ver luz. Jamás trascendieron los títulos de esos libros ni los detalles de la muerte, pero en tren de leer bajo el agua todo indicaría que se trató de una venganza de la corporación. Quién era él para ponerlos en evidencia tan aviesamente. Según el forense, cenizas hubo en la boca del político. De acuerdo con su informe, eran de un papel similar al de las páginas de un libro. El parte médico oficial habló en su momento de un simple paro cardíaco; nada que no pueda provocar un poema conmovedor, una novela movilizante, un cuento esclarecedor. O una biografía en la que vivir quepa en apenas tres o cuatro libros.

La verdad de Félix Bush

“Construí una cárcel y me encerré dentro de ella por cuarenta años”, se sincera Félix Bush ante el dueño de la funeraria. Está purgando una culpa que lo corroe por dentro a tal punto que decide hablar por única y última vez. Un dios interior no alcanza, nunca le alcanzó, para explicar por qué se aisló en el bosque y le dio de pastar a sus demonios. Ahora debe confesarse frente al pueblo y ante su propia sombra. Contar su verdad como quien se saca una molesta sanguijuela del corazón. Llega el día anunciado y todos están parados esperando que hable, que explique qué luz se le apagó en los ojos, que cuente qué cazador furtivo le asestó su mejor bala en la esperanza. Félix Bush está por hablar y esa mujer que lo mira a los ojos ya está llorando, allanando la primera piedra del camino. La verdad está por caer sobre propios y extraños como una lluvia ácida que a todos salpicará. Recién entonces Félix Bush habrá de sentirse libre y podrá rumbear con la frente bien alta hacia esa caja de madera que el mismo construyó. Sabe que ahora sí ella lo estará esperando.

Profético

Corría loca detrás del caracol. Agitada, lengua afuera, el corazón a punto de estallar, alcanzó a rozarlo. Suficiente para saber que no se trataba de otro sueño recurrente y que morir así tenía algo de profético. Perder frente a un caracol era como entrar al mar y que el agua no la tocara. Y si el agua no la tocaba, el caracol reiría frenéticamente hasta estallar y multiplicarse en jardines ajenos. En el propio, acaso, un conejo intentara el vuelo. ¿Para qué entonces, esas antenas que sólo captan la radio que transmite el canto de los grillos día y noche?

Final alternativo

Entra a la librería decidido a comprarse un par de libros. Los lleva anotados porque siempre le pasa lo mismo; se distrae viendo las tapas, los títulos, los autores que no conoce y al final termina llevando cualquiera menos el que buscaba. Ahora está seguro de que eso no volverá a ocurrirle. En realidad, eso creía hasta que al ver una tapa que le llama la atención descubre que el título es igual al de uno de sus cuentos. No al de cualquiera, al de su mejor cuento. Le sobreviene tal bronca, tal impotencia, que no sólo no compra lo que tenía pensado sino que a una mujer que está por pagar y lleva el libro que disparó su ira le dice por lo bajo, sin que lo escuche el cajero: “Yo que usted no lo llevaría. Lo leí hace poco y es una porquería. Lo peor que ha escrito”.
Final alternativo, símil “Elige tu propia aventura”: El escritor indignado descubre que no sólo el libro se llama igual a su cuento sino que el autor tiene su mismo nombre. Ante tan borgeana situación, se le nubla la vista y se desploma como la bailarina del Cisne negro. Los que están a su alrededor cambian de planes; deciden llevarse ese libro sin importarles si en algún momento despertará.

Ella a él / él a ella

Ella le dijo: vos sos un mal doblaje del doctor House. El a ella: y vos, como una película de Armado Bo pero muda. Como ninguno entendió lo que quería decirle el otro, convinieron que al menos por esa noche no había razones para seguir discutiendo. Una vez más, el sexo pacificador puso las cosas en su lugar. En el alto al fuego parecían una foto de Annie Leibovitz.

Call center

Aquel cabaret mexicano era como cualquier película mexicana, un aullido de colores, un exceso de formas, luces, sonidos. Canciones pegadizas le salían al paso, románticas por demás como esas chicas gruesas, de bigotes a lo Frida y labios inflamables, que relojeaban detrás de una cortina sucia. Se quedó en la puerta, fumando para no hablar, viendo lo suficiente como para saber que el sexo no estaba ahí, que la noche prometía algo mejor que esas desalineadas julietas de utilería. Prometía, bendita Virgen de Guadalupe, esa chica del call center que amaba las novelas de Boris Vian y odiaba con fervor los boleros, toda esa pasión impostada. Ella valía mucho más que dos polvos y dos Jack Daniel's. Sin que él se diera cuenta, le escribió un nombre y un teléfono en el pasaporte. Al otro día, varado en el aeropuerto, la llamó y llamó sin resultado. Ella no contestó. Demasiado trabajo, pensó resignado.

Acting

No hizo falta mentirle ni improvisar una excusa más o menos convincente. Salía a comprar cigarrillos como todos los días. Su mujer lo miró a los ojos pero no le dijo nada. Después cerró la puerta con el temor de siempre.

Tu puerta

Mirás la lluvia pensando que alguien debería golpear tu puerta en este preciso momento. Y aunque nadie llega, en tu corazón anegado la música gira una última llave y el que dormía en vos te saca a bailar como entonces.

Contame

El ventilador de techo va por su vuelta 108.957 cuando suena el timbre. Molesto, muy molesto porque han interrumpido su conteo, le abre al sodero y apuntándole en la frente antes de que el otro le lance su acostumbrando “Buenos días, jefe”, le dice, más bien le exige: “Empezá a contar. ¡Ya!”. Pálido y totalmente aterrorizado, el sorprendido hombre de unos 50 años se larga a contar titubeante: “1, 2, 3, 4, cin…” en la mitad del cinco suena el disparo. Con sus últimas fuerzas, el sodero exhala “…co”. Más relajado, el dueño de casa cierra la puerta de calle, vuelve a su pieza y recomienza el conteo interrumpido. Esta vez arranca desde cinco.

Tres deseos

La moneda está en el aire. La niña mira y no cae. El niño cuenta los segundos y tampoco cae. Un hombre, que bien podría ser el padre de ambos, piensa que debe tratarse de una foto. Hasta que de repente cae y ya no son los mismos: sus deseos se han cumplido y en un pestañeo desaparecen de allí. La niña es una más en el casting de Narnia, el niño festeja el gol del campeonato y el hombre está con la mujer de su vida. ¿La que arrojó la moneda?

Un tipo más

Entró en la etapa Tahoma después de años entregado a la Arial. El había sido un tipo más de la Times (con ascendente en Helvética) en aquellos años de escasos cambios, de vida organizada y mínimas digresiones. Ahora lo suyo lleva el sello de los puntos suspensivos; no quiere oír hablar de paréntesis ni corchetes. Quiere aire, pocas comas, mucho blanco; sobre todo mucho blanco. Su presente se reduce a poco más de 1.000 caracteres. Suficiente para decir, y decirse, que no todo habrá de terminar con un punto.

Alféizar

Dijo ella: nunca usás la palabra alféizar. Tenés razón, le dije. Me dice: ¿Qué te parece si hablás de una paloma que cae en tu ventana, herida por el disparo de un rifle? Escribís, por ejemplo,”esa mañana, como todas las mañanas, no vi sólo la montaña desde mi ventana. Obstruyendo mi privilegiada visión de la cordillera había una paloma herida sobre el alféizar”. No me gusta, le dije. Y fui por el rifle.

Tuerca & tornillo

Trazo líneas imaginarias, límites arbitrarios. Esto queda, esto se va. Vacío la papelera a cada rato y siempre algo queda. A lo Goebbels. De ese efecto residual, de ese numen indefinible extraigo lo que a falta de palabra más precisa defino como memoria. Ese artesanal trabajo de armado, símil al de la foto de esos LCD ensamblados en Ushuaia, da por resultado una antología de momentos personales donde el corazón, su materia prima, juega un rol particular como de tuerca y tornillo, llave y picaporte, algo por el estilo. Sólo así es posible hacer esto: acostarme, mirar al techo y arrancar con un zapping de recuerdos. En ese espejo roto hay una astilla para ella. Le veo apenas la boca. Alcanza.

Hielo negro

Sería tranquilizador decir que lo había soñado, pero no, lo que había encontrado en el freezer era hielo negro. La imagen fue lo suficientemente fuerte como para cerrar la heladera de golpe y volverla abrir como si en esa segunda ocasión se disipara una primera impresión equivocada, una ilusión óptica pasible de ser corregida. No. El hielo negro seguía ahí. No se animó a tocarlo; lo contempló un largo rato y se decidió por lo más simple, quizás lo único al alcance de su mano: cambiar la heladera.

Barza

Al adolescente que va con la cabeza recostada en la ventanilla del micro la bala le roza la visera de su gorra wachiturra. Lleva puesta una camiseta del Barcelona, con el 10 de Messi en la espalda. No es consciente de lo que acaba de pasar hasta que ve cómo se desploma una mujer en el pasillo. Sabe que es su día de suerte, el primer día del resto de sus días, pero esa mujer es su madre y alguien tiene que gritar, pedir ayuda, llorarla.

Milesky

Le dije mil veces que no me llamo así, pero él insiste en llamarme Milesky. No sé de dónde lo sacó, mi apellido es Palma, por lo que es fonéticamente imposible confundir Palma con Milesky. Sin embargo, no hay vez que no me llame, y para colmo a los gritos, con un “Milesky, venga para acá”, “Milesky vaya hasta el banco”, “Milesky, ¿me compró cigarrillos?”. Milesky, Milesky, ya me tiene harto con Milesky. ¿Pueden creer que hace dos días me estoy por dormir y escucho detrás de la ventana el mismo Milesky de cada mañana pero multiplicado por cien? Mi mujer y yo nos sobresaltamos. Abrí la ventana y ahí estaba el tipo, algo borracho, la corbata floja y llorando como un niño. Si ya estaba sorprendido, ni hablar cuando me dijo con tono y aliento alcoholizados: “Palma, querido Palma, perdóneme”. Antes de que pudiera contestarle, me interrumpió con su exitado monólogo. “Yo sé que usted no tiene la más puta idea de quién es Milesky y no tiene importancia que lo sepa. Lo único que le puedo decir es que lo amé mucho y que acaba de morir en Perú, donde se fue a trabajar a una minera cuando terminamos. Usted tiene una mirada que siempre me recordó mucho a él”. Me dio un fuerte y largo abrazo y se fue caminando por el medio de la calle. Yo me quedé mudo. No todos los días tu jefe te abre el corazón como si fuera un amigo de toda la vida. Al otro día presenté la renuncia, no podía mirarlo a la cara sin recordar lo que me había contado. Una vez llenados todos los papeles que me desligaban de la empresa tras quince años sin faltar un solo día, la secretaria me dice muy formal: “Por favor, firme aquí señor Milesky”. ¿Qué le iba a decir? Firmé y me fui feliz y aliviado, pensando que después de todo me hubiera gustado conocer a ese tal Milesky.

Después de Troy

Antes de morir, Troy Davis los mira fijo a los ojos y bendice a sus verdugos. Ellos sonríen con sorna porque saben, o creen, que lo de Troy es cinismo puro. Una vez entregado formalmente el cadáver, llega la hora de irse a dormir. Los tres caminan tranquilos por un interminable pasillo. Van en silencio, acaso rumiando una pregunta, alguna palabra que la muerte suele dejar como al descuido por ahí. Después de hacer su tarea no hay pesadilla posible para ellos. “Es un trabajo como cualquier otro”, se dicen pero nunca olvidan dejar la luz prendida toda la noche y todos los días de su vida.

Lógica

Tanto sueña con osos malhumorados que un día de estos me va a abrazar dormida y yo voy a sangrar tanto pero tanto que habré de soñar con vampiros hasta morderle el cuello y despertarla en mi propio bosque.

Los que caen

Todo comenzó con la foto. Caían hombres, caían mujeres, metales, vidrios. Gritos caían. Y de tan real parecía una película de cable. La peor. Vidas caían y uno podía imaginar un ruido, un estallido, un piano precipitándose, una piedra, un rosario, pero nunca un hombre, una mujer, alguien como ella, como yo. Caían desde tan alto que algunos hasta pedían un cuarto deseo.

La traducción

Parece polaco, pero no es polaco. Sea lo que fuere, no entiendo nada. Como no entiendo nada, miro la foto en blanco y negro y un año: 1927. A partir de esos datos irrefutables -foto y año- reconstruyo lo que, creo modestamente, es la historia de una pareja de inmigrantes que han llegado a ese país con muy pocas cosas, apenas una pesada valija y una tristeza en la mirada que dice mucho más que las palabras en ese idioma que no logro descifrar. No sé sus nombres pero tal vez sean mis abuelos. O los tuyos.

Copy raid

La mosca, la única que logró sortear la tela especialmente comprada para frenar su paso, estaciona sobre la almohada. Calculo, me tomo todo el tiempo necesario para asestarle el golpe de gracia con tan buena suerte que puedo aplastarla. Una minúscula mancha roja queda impresa en la almohada. A la vuelta del trabajo, mi mujer ve la mancha antes que a mí y no dice nada. Piensa que es de ella. Y sin decir palabra, sale volando.

Todo lo que olvidé

Un día cualquiera, a cualquier hora, empieza a recordar y ya no puede detenerse. Nunca más. Rememora desde el primer día hasta el último. Un solo detalle: sus recuerdos son ajenos. Todos. Desde entonces, su única meta es saber a quién pertenecen.

El trabajito

Cuando ya teníamos todo listo, llegó el muy poronga del Negro y nos cambió los planes. “Muchachos, dijo agitado y medio escabiado, el Rata quiere que hagamos otro trabajito, que nos olvidemos de la estación de servicio y choriemos la calesita de la Costanera”. Silencio absoluto. Nos miramos como diciendo el Negro chupó más que de costumbre y nos está gastando. El Negro lo advirtió al toque y antes de que alguno preguntara o le pusiera un pero, aclaró: “Es más simple de lo que piensan muchachos. El Rata conoce a un tipo de mucha guita que fue abandonado de guacho y el único buen recuerdo que tiene es de cuando una mujer lo llevaba a la calesita. Allí, su preferido por lejos era un elefante azul. Por si no lo entendieron, el chabón quiere sí o sí el elefante azul. Hay veinte lucas si se lo entregamos esta noche”. Lo que todos pensamos, lo dijo el Tuca: “¿Y por qué con esa misma guita no lo compra el concha de su madre?”. También para eso el Negro tenía una respuesta. “Ya lo intentó y el dueño lo sacó cagando, parece que la calesita es herencia familiar y no le pinta ni ahí venderla”. Fue mirarnos nada más y estar de acuerdo; haríamos el trabajo, habría buena moneda para cada uno y, en apariencia, muy pocos riesgos. Eso creíamos, no contábamos con que por la noche los animales, esos pedazos de lata con ojos exagerados, bajaban de su base circular para comer como cualquiera de su especie. El león fue implacable: se puso como loco y mató a dos de los nuestros (el Chino y el Verga) y yo me salvé de pedo porque alcancé a montar un caballo verde mientras el elefante, el azul, con un pedazo de fierro en su trompa, le daba maza al Negro hasta dejar una sola mancha roja en el piso. Recién a unas cuatro o cinco cuadras de ahí creí estar a salvo pero de pronto al caballo del orto se le dio por doblar y doblar y doblar. El muy puto estuvo toda la noche dando vueltas. Fue imposible no caerme totalmente mareado y vomitarme la vida. Cuando desperté, el elefante todavía estaba allí.

Toco el aire, a vos no te toco

Odio a los mimos. Sé que no soy el único, que cada día somos más los que estamos dispuestos a chocar contra su espejo invisible, a borrarles esa estúpida sonrisa. Pero esta vez se me fue la mano. Mal. Ante la mirada aterrada de mis hijos, aproveché que uno de los carapálida tiraba de la soga imaginaria, la puse en su cuello y tiré y tiré hasta que su cara quedó más blanca que de costumbre. Cuando quise escapar, otro de ellos vino hacia mí representando a un policía, me puso las esposas y me encerró en una celda de mentirita. Avergonzado, confesé que había sido yo. Mis hijos aplaudieron el acto de justicia y felices les dejaron hasta la última moneda. Ellos aman a los mimos.

En lo suyo

Morales no es de los que cultivan la paciencia de la araña. En él, todo es ya, ahora, ayer. Si le piden un trabajito, antes de que le expliquen el porqué de hacer entrar en razones al deudor, él ya está manoteando su 9 mm, y es entonces cuando hay que ser más rápido que su instinto para evitar que archive otro muerto en su placard. Morales te mira feo como el policía en la puerta del banco, pero nadie duda de que es el mejor en lo suyo. Sin alardes, Morales es de los que te saca la piedra del zapato, sin reparar en horarios ni incomodidades. Además, es cuidadoso en los detalles finales y hasta se podría decir que cobra lo justo. No se sabe si tiene mujer, hijos, amigos, apenas que vive en un departamento poco más grande que su espalda, donde conviven, incómodos, una mesa, una cama, una silla, un espejo roto, y un portarretratos con la foto de la única sonrisa que se le conoce. En ella, un Morales que pisaba los treinta, está exultante, con el puño bien en alto. Esa vez, lo contará muchos años y botellas después, sintió lo que siente un ganador. Un campeón con fecha de vencimiento.

Eso que cruje

No es la ventana, tampoco la puerta. Mucho menos la mesa. Eso que cruje viene del otro lado de la pared; podría provenir de la habitación de Sofía. Podría, pero estoy seguro de que no es Sofía porque hace semanas que se fue y no creo que su gato sea capaz de provocar un sonido tan particular. Por las dudas, hago silencio. Apagó el televisor, cierro las persianas, me quedo quieto. Pongo toda mi atención en escuchar si el crujido se repite. Por fin, unos pocos minutos después irrumpe el mismo ruido pero ahora lo percibo muy cerca, demasiado, casi dentro mío. Manejo dos hipótesis: mi lengua, que intenta modular una que otra palabra tras largos días de involuntario silencio; o mi corazón, en previsible caída libre. En ambos casos, ella se impone como la única respuesta.

Hágase la oscuridad

Magoo y Los Conejos Invisibles es esa banda que todas las noches toca a oscuras. Nadie puede decir éste es el cantante, aquél el bajista, si se los cruzara una vez terminado el show. Su música, pueden corroborar los críticos o cualquiera de sus fans, es tan extraña como curiosa su imagen: suenan como si un puñado de bastones blancos chocaran estrepitosamente después de atravesar un semáforo en negro. Canciones en braile que hablan de túneles, bocas de lobo, corpiños o viudas full time. Lo mejor de su performance llega cuando tocan el último tema y se abre un telón que nadie -salvo los músicos- sabía que estaba allí. En menos de lo que suena un acorde, las luces se encienden de pronto tan poderosas que todos cierran los ojos a la vez y ya no les queda otra que mirar en su interior.

A mano

Lo enterraron con una mano afuera, rozando apenas la gramilla, tal como lo había dejado expresamente pedido en su testamento. Su familia no se sorprendió en lo más mínimo; consideraban que se trataba de otra de sus excentricidades por lo que ni su mujer ni sus hijos perdieron tiempo en contradecirlo. Así sería. Así fue. Aunque ninguno de ellos pudiera entenderlo, la verdad, siempre menos sesgada que cualquier especulación, estaba ahí: al alcance de la mano.

El tic, el tac

Acechaba. El tic. Detrás de la enredadera, supongo. El tac. Un ruido leve, un olor indefinido. Tic. Digamos un perfume, latidos como bocanadas. Tac. No podría precisar qué lo sacó del sueño con la impunidad de un jadeo ajeno. Tic tic. Resignado, dejó que se deslizara por debajo de la puerta y subiera hasta su cama. Tac tac. Dormirse entre un tic y un tac sería el último deseo. El suyo, volver a la tierra. ¿Tic? Y esta vez, a más profundidad que aquella primera vez. ¡Tac!

Beso Doisneau

No le importa si “El beso” de Doisneau estuvo armado y no fue, como creyó durante tantos años, una sentida despedida de dos amantes en el París de posguerra. El le da un beso de igual tenor estético sin prever que, en este caso, la foto real, dolorosamente real, la está sacando desde la vereda de enfrente esa torpe sombra camuflada entre los árboles. Su marido.

El mismo miedo

Desde el piso, como perdido en medio de la bruma, lo vi reírse con sorna y levantar los brazos proclamándose ganador antes de que el árbitro lo decretara oficialmente. Fue lo último que recuerdo de él. Ahora lo leo en el diario diciendo que jamás tuvo dudas de que me iba a ganar. Es mentira, claro que es mentira. Yo le vi el miedo en un rincón de los ojos durante el pesaje. El mismo miedo que tuvo cuando me vio tirado en el piso y temió lo peor, que no despertara más. Un campeón nunca es un asesino, parecía explicarme desde su mirada cada vez más turbia. Quise decirle que no era así pero los ojos se me cerraron de pronto; la toalla arrojada con desesperación por mi entrenador me tapó el rostro como se cubre a un muerto. Y qué otra cosa era yo sino eso.

No te mires

Cordelia Adams despertó con un tatuaje que no recordaba haberse hecho. Decía “no te mires” y estaba escrito en la espalda de una sirena emergiendo en medio de un mar bravío. Al principio se asustó. Un poco más tranquila, trató de reconstruir lo que había ocurrido en la noche. Cuando pasó frente al espejo, no pudo evitar enfrentarlo; de repente se sintió aún más desnuda y entendió todo. El tatuaje la tenía tatuada a ella.

Pálpito

Llega tarde al hipódromo. Ya largaron y en el aire campea una misma excitación, una velocidad que no lo alcanza. Espera la próxima carrera para jugarse todo y dejarlo todo, como siempre. No le importa. Una vez más parte con la resignación del perdedor entrenado. Con calma para un taxi, pero esta vez no sube solo. Le cuenta que en realidad nunca le han gustado las carreras ni los caballos ni las apuestas. Sin embargo hoy tenía un pálpito. Conocerla.

El más real

“Lo hice para darle una sorpresa a Dios”, dice Borges tras rezar un padrenuestro en inglés en una minúscula capilla de Escocia. Al otro día, The Sun titula en rojo furioso “Dios ha muerto”. Mientras desayuna, Borges, que no ha leído el diario, comenta a sus anfitriones: “Anoche tuve un sueño muy real. El más real hasta la fecha”. Después calla, esperando una reacción o una palabra que active el relato. Quienes están con él se miran cómplices y disimuladamente tiran el diario a la basura.

O reventar

En el horóscopo maorí el caballo policía sólo es compatible con la grulla iridiscente. De esto es claramente consciente el buho deletéreo, por lo que se ve tentado en poner su mira en la cebra perenne y cantarle hasta que la luna se llene de un rubor apenas detectable desde la osa mayor. Tal vez esto explique por qué el gallo sibarita se vale del cambio de marea para aullar al astro equivocado y provocar que la tierra se sacuda como un perro epiléptico.

Cajitas

Era simplemente El Loco. No se le conocía nombre, o al menos para nosotros ése era su nombre y apellido. Rubio de edad indefinida y ojos saltones, El Loco construía casas, autos, camiones, con cajitas de remedios de todos los tamaños. Era increíble la cantidad que tenía; nosotros, digo mis compañeros de colegio, conjeturábamos dos posibles orígenes de tan amplio stock: una abuela en estado terminal, consumidora de un fenomenal número de medicamentos o, la versión menos creíble, la farmacéutica del barrio, quien prefería regalarle las cajas de los remedios vencidos antes que tirarlos a la basura. Aunque lo intento, no logró recordar su voz. No podría evocar un solo diálogo con él. Lo único que tengo presente como si fuera hoy son aquellas casas con puertas y ventanas trabajadas en detalle, obras que mostraba con una cándida mezcla de emoción y orgullo. Hace más de treinta años que no lo veo al Loco. Si me dijeran que está muerto o que vive en una de aquellas cajitas, lo creería. Juro que lo creería.

Tenía razón

Supe que iba a pasar lo que pasó mientras discutíamos si los ovnis sí o los ovnis no. Cada vez que hablábamos del tema, como si fuera una gracia espontánea, Renata me cantaba -desafinada, muy desafinada- “Fabio Zerpa tiene razón” pero con la música de otro tema. Su oído, solía decirle y no en chiste, era una piedra imposible de pulir, una puerta a la que le escondieron la llave. Pero su lengua, su artera lengua, no temía decir lo esperable y sobre todo lo inesperable, aquello que, maldita sea, siempre incomoda. Como por ejemplo decirle a mi madre, en plena cena, que debajo de la mesa había una procesión de cucarachas. Sí, usó la palabra procesión. Comentario doblemente inoportuno porque ni siquiera había mencionado la exquisita comida que mamá había preparado especialmente para ella. El tacto no era su fuerte, claro está. Volviendo a los ovnis, Renata sostenía la teoría de que de ninguna manera se va a producir una invasión porque los extraterrestres ya están entre nosotros. Y didáctica se animaba a dar precisiones: “No tienen la típica fisonomía del marciano de las películas. Se adaptan a cualquier forma o espacio. Además, si son tan inteligentes no van a mostrarse tan distintos a nosotros”. Parecía olvidarse del tema, sin embargo al rato retomaba el monólogo para completar su particular visión: “Para mí, ellos están por todos lados, aunque camuflados. Pueden ser esa rama que está ahí en la vereda, el cable que cuelga enfrente, la cucaracha que acabás de pisar; ser lo que se te ocurra, el problema es cómo distinguirlos. No quiero ni pensarlo porque me vuelvo loca”. Yo la miraba como si me interesara, cuando en realidad en lo único que pensaba era en cómo recuperar el diálogo con mi madre (después de aquella fallida cena dejó de llamarme por teléfono y yo sé que es por la bocona de Renata). A tal punto llegó su obsesión por los invasores (así les digo yo porque me encantaba esa serie de los sesenta en la que los marcianos se desvanecían en medio de un bizarro efecto especial) que últimamente se despertaba agitada, llorando mientras gritaba “y estaba lleno de cucarachas”. De enroscado que soy, sospecho que en su inconsciente quedó flotando el absurdo comentario que le hizo a mi madre y algo que bien podría ser la culpa la llevaba a purgar su equívoco en sueños. Una vez más, así como otros buscan respuestas en la Biblia o el I Ching, medio dormido me fui hasta la biblioteca a buscar una enciclopedia y leer lo que ya presentía: “La mayoría de las veces las cucarachas mueren boca arriba. También es una postura que suelen adoptar como mecanismo de defensa, simulando su muerte para escapar de algún peligro que las aceche”. ¿Sabía acaso Renata lo que yo estaba pensando? ¿O también habrá sido uno de ellos?

Mañana no sé

La silla de ruedas se entierra en la arena. A Tomás nada parece frenarlo; insiste con llegar lo más cerca posible al mar. Viene pidiendo esto, soñando sería más preciso, desde que volvió en sí tras el accidente aquella madrugada de junio en que regresaba a su casa bastante borracho después de un asado con los compañeros de oficina. Desde que despertó, no paró de pedirle a su mujer que lo llevara al mar. Su pedido, más que exótico, resultaba complicado: estaba a unos 1.200 kilómetros de la costa. Sandra era consciente de la distancia, sin embargo tanta era su alegría por la “resurrección” (así lo definía ella) de Tomás que estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera a su alcance para darle el gusto. Con ayuda de su madre y de alguno de los amigos más cercanos de su marido, preparó en unas horas la logística para el viaje. Armó una valija con lo indispensable para ambos, subió la silla al baúl del auto y partió rumbo al mar con la convicción de que estaba haciendo lo correcto. El viaje fue normal, casi intrascendente. Las paradas habituales para cargar nafta, comprar cigarrillos y bajar al baño. Nada que no hubieran hecho antes del accidente, cuando iban de vacaciones o se hacían una escapada a San Luis o Córdoba. Una vez que llegaron a Gesell, el rostro de Tomás cambió por completo. Sandrá le preguntó si se sentía bien, él respondió que sí; salvo un poco de taquicardia acompañada de una súbita alegría, una sensación extraña que no se parecía en nada a sus agitados sueños en la cama del hospital. Sin decir palabra, Sandra lo ubicó amorosamente en la silla y con mucho esfuerzo lo bajó por una rampa hasta quedar inevitablemente atrapado en la arena. Un pescador que pasaba por allí captó la impensada imagen y se ofreció a ayudar. Le contaron cuál era la idea. Rápidamente, el hombre propuso una salida práctica que la pareja aceptó con una sonrisa, sin decir nada. Lo cargó en brazos hasta el agua y lo fue bajando con cuidado para que lentamente tomara contacto con el mar. Cuando Tomás pudo tocar el agua helada con sus pies sintió tal energía, tal fuerza interior, que primero lloró de emoción y después, de pronto, se soltó de los brazos del pescador y salió corriendo como loco. Sin entender del todo lo que estaba pasando, el pescador buscó la cruz que llevaba colgada del cuello y la besó. Sandra no reaccionó de inmediato pero al rato a lo único que atinó fue a escribir en la arena: “Hoy creo, mañana no sé”.

Polares

Pastan disciplinadamente en el jardín abandonado de la bodega abandonada. Las suelo ver cuando paso caminando junto a la reja que las separa de la calle. Son ocho, una de ellas negra. Algunos vecinos esclarecidos aseguran imperturbables que se trata de ovejas polares. Vaya a saber qué significa eso, no creo que ni ellos puedan explicarlo. A simple vista se las ve comunes, hasta que te miran y ahí sí se les nota un brillo extraño, casi diabólico diría. Es una tentación pasar y quedarme, oculto, a verlas comer. Sumergidas en esa tarea, no hacen diferencia alguna entre pasto seco, membrillos caídos por el viento, insectos varios, animales muertos. Comen todo con igual fruición. Por lo general, la negra está apartada, haciendo lo suyo; esto puede ser, acercarse a la reja como midiendo la distancia que la separa de la vereda, buscar otro tipo de alimento o intentar, intempestuosa, montar a una perra que hace años duerme en un recoveco de la bodega. Un día a la semana, sábado o domingo, la lana les luce a todas más lisa y de otros colores, como si las hubieran preparado para salir de paseo o esperar visitas. Yo imagino que lo que pretenden es despistar. Mi frágil teoría se cae en un segundo; alcanza con mirarles los ojos extraviados a cualquiera de ellas para confirmar que así como hoy están aquí, tal vez mañana se les dé por regresar al polo a terminar lo que empezaron.

Rojo full

Por un celoso criterio de autodeterminación, no frena en ninguna esquina, no respeta ningún semáforo. ¿Debería hablar en pasado? Debería, claro que debería.

Plan canje

Un gato negro por uno blanco. El trueque, la simple transacción, a priori no representaba ninguna ventaja para Isabel. En cambio para Miguel, su vecino de enfrente, era lo más cercano a la salvación, un simbólico respiro en su vida laboral (era creativo publicitario en una empresa con base en Madrid). A Isabel le daba lo mismo, después de todo alguna vez perteneció a su ex novio y sin esperarlo se quedó con ella como si hubiera sido parte de una meditada división de bienes. Agradecido, Miguel se llevó el gato blanco y apenas entró en su departamento sintió una desconocida sensación de paz. Lo dejó subir al sillón al que el negro nunca pudo acceder y fue por un poco de leche para hacerle más amable la bienvenida. Cuando volvió al living, el gato ya no estaba. No se desesperó, pensó que estaría en pleno reconocimiento de su nuevo hogar. Lo buscó sólo con la mirada y cuando lo encontró comprendió que había sido un error, un gran error haber hecho el canje con Isabel. Asomado a la ventana de ese cuarto piso, no dejaba de ladrarle a todo lo que se moviera: autos, palomas, niños, gatos negros.

Para mí, extraña

Nieva dentro de la heladera de la familia Rentera. El servicio técnico la vio esta mañana y se declaró desorientado, sin explicación alguna para tal fenómeno. “Señora, no podemos hacer nada”, fue la resignada respuesta del muchacho de la remera rota en la axila. Los Rentera llegaron a Lobos provenientes de Bariloche hace apenas una semana con la intención de radicarse. La heladera fue comprada allá hará unos tres años. Jamás habían tenido un problema con ella pero ahora nieva todo el día, llenando la casa con su imparable producción. Por más que probaron desenchufándola, no hay caso, nieva más que antes. “Para mí, extraña”, dice Julieta con la sabiduría de sus ocho años. Ante la falta de opciones más convincentes, se da por hecho que esa es la verdadera y única razón. La heladera es enviada de vuelta a Bariloche, a la casa de la hermana del señor Rentera. Tarjeta mediante, en 12 cuotas sin interés compran una nueva en Lobos. Aparentemente esta funciona bien, salvo que se considere una anormalidad escuchar música islandesa cada vez que se abre la puertita del freezer.

Zoofisma II

En el bazar de los elefantes rotos nadie habla porque a su modo todos son culpables. Avalaron con suficiencia la creación de zoológicos de cristal y a su turno decidieron que todos los días serían una buena excusa para brindar chocando las copas con odio. Lo diferente los asustaba como el inminente zumbido de un látigo. Por eso son, por eso serán, tan iguales y tan distintos en la vengativa memoria de los espejos.