Disyuntiva

Me asalta la idea de que adentro de la piedra hay encerrada una historia. Hasta ahí llego. Para liberarla habría que romper la piedra y eso, me alerta mi otro yo, implicaría destruir la historia. Que siga en su lugar sería tanto su bendición como una maldición que nadie develará.  

Relación textual

Eso tuvimos. Nos escribimos. Nos leímos hasta el éxtasis. Un día dimos vuelta la página. Fue el fin. La tapa de la historia.

Mitades del mismo vaso

Con ella la discusión siempre es por lo mismo: qué parte del vaso elegimos. En la mayoría de nuestras disputas verbales, la mitad llena suele ser su primera opción, por lo tanto la vacía me corresponde. Y eso sí que no lo discuto. Estoy convencido de que la vida, el día, el país, ella misma, me dan razones para no poder llenar esa otra mitad. El único vaso que me permito dejar al borde es del whisky, a la medianoche, cuando ella duerme y ya no tengo tiempo (ni ganas) de seguir discutiendo. Mientras apuro el último trago, veo que le cae esa lágrima a destiempo que no colma el vaso. Lo desintegra, directamente. 

El secreto

Fue secreto y todos los sabían. Se hablaba de él desde la mañana hasta la noche. En los bares, en el banco, en los cafés. Hasta los niños lo comentaban por lo bajo mientras jugaban a las figuritas o a la mancha. Tanto se habló del secreto que pasado el tiempo sólo una persona en el pueblo no lo sabía. Fue entonces cuando dejó de ser un secreto para pasar a ser apenas un mero recuerdo.

Drama callejero

Parado, aburrido, haciendo cola para sacar sus últimos Roca del cajero automático, ve pasar a dos chicas de entre 20 y 30 años y un tipo de unos 50 largos, caracterizados para una obra clásica infantil. Van repartiendo volantes y sonrisas a diestra y siniestra, invitando a los niños y a sus padres a ver la función de esa noche en un teatrito ubicado donde termina la calle principal. Los veo cruzar por la senda peatonal y como en un sueño o la escena lisérgica de una serie de Disney, veo que ese auto que acaba de frenar en realidad no lo hizo y los atropella. Ahora los veo volar aparatosamente y caer mezclados con los volantes; sus rostros se retuercen casi en cámara lenta. Espantoso pero demasiado real. Una niña corre a socorrer a la Princesa, que tiene sangre en sus comisuras, su padre auxilia al Capitan Garfield y una mujer con pinta de abuela buena atiende como puede a la joven pirata. La escena es bizarra, tanto que la mayoría de los curiosos interpreta que se trata de otra obra callejera, un poco más realista y dramática que de costumbre, y aplauden con fervor. Al final, no hay quien no deje un puñado de monedas en el maltrecho sombrero del Capitán.

Su mueble

Llevamos juntos 75 años. Miento, 76. Ultimamente me falla un poco la memoria. A mi mujer, en cambio, su vista le hace trampas. Ve lo que no debe ver. O ve otra cosa. A mí no me ve nada bien. En la caja negra de sus ojos la silla o yo somos lo mismo. Me lo dice siempre: “Entre vos y la heladera o el lavarropas no hay mucha diferencia”. Hay veces que me ofendo y otras en que me enternece. Tampoco sirve, debo reconocer, que para guiarse me pregunte porque yo ya no escucho nada, mucho menos el hilo de su voz. A esta altura lo único que podemos hacer es tocarnos a manera de guía. Sólo las manos ven, oyen, hablan por nosotros. Al menos cuando las mías o las de ella estén frías, sabremos que las del otro serán las que deban marcar el 911 del final.

La muerte, ese electrodoméstico

Abre la puerta de la heladera y su luz lo enceguece. Escucha una voz que le dice entrá, no tengás miedo. Obedece como cuando su madre le decía no comás eso, te va a hacer mal. Una vez adentro reconoce el vientre materno. Y llora. Llora como si estuviera a punto de nacer otra vez. La voz, fácilmente reconocible, ahora le pide que salga, que afuera lo esperan. Al cabo de un tiempo entiende, o cree entender, que aquella luz de la heladera no fue otra cosa que la del trillado túnel que dicen haber visto quienes estuvieron entre la vida y la muerte. El no se hubiera permitido semejante lugar común. Cierra la heladera. 

Un santo y seña

El minero le dice a su mujer que esta sí, esta será la última vez que baje. Ya son treinta años, la vista falla, el oído también, y los pulmones suenan como un rastrojero apunado. Piensa en la jubilación, esa bocanada de aire puro que habrá de traerle un poco de calma a sus últimos años. Con lo que cobre, le dice a su mujer, cumplirá el sueño de su vida. Comprará un violín, ni siquiera le importa que no lo sepa tocar. Una vez que lo tenga en sus manos, lo colocará en el hombro, recostará su cara en él, convencido de que quedará igual a la foto de su padre. Algún día, dice, yo seré como él: una foto. Después de todo, qué otra cosa dejamos cuando nos vamos si no es una foto, un instante arrebatado al olvido. Un santo y seña para el que viene detrás. 

Daños colaterales

Ovejas ladran sin parar en el 479 del callejón Arzuaga. Al parecer, un nuevo experimento del profesor Ortigala no ha salido como se esperaba. Lo corrobora un vecino, quien al tocarle el timbre escucha aullar a su mujer siete veces. 

Matrimonio

A una isla desierta no lo dudo: me la llevo a ella. Y me vuelvo. Ahí nomás me vuelvo.

No se suspende por lluvia

Verte.

Paciencia, muerto, paciencia

Mi muerto en el placard pide gancho, se hartó de contar, de esconderse y buscarse; de espiar cuando mi mujer se desnuda o de escuchar nuestras conversaciones privadas. Se aburrió de no tener hambre, del olor del Fuyí, de los ruidos del ventilador de techo, de los gritos de mi hija cuando se despierta sobresaltada por una pesadilla. Mi muerto, dice él, preferiría otro lugar, otra vida (es un decir), una caja con vista al mar, un habano Cohiba, un buen vino, algo de sexo. Yo le digo que me tenga paciencia, no soy un tipo de palabra pero llegará el día en que abra esas puertas y le diga “sos libre, andate, mi mujer duerme con su alplax y los ositos de mi piyama roncan como un cantante heavy”. Paciencia, muerto, paciencia. 

Nunca estuve en Google

Fui a los mapas ajados, amarillentos, que guardaba celosamente en un tarro dentro de una habitación a la que iban a parar los trastos viejos y todo aquello que incomoda, en especial cuando llegan visitas. Busqué y busqué sin encontrar lo que buscaba. Mi pasado es un lugar al que no detecta ningún GPS. Tendré que escribirlo. Darle forma como a esas esculturas de hielo que al cabo de unas horas son historia. En un mapa de agua puede que aparezcan las pistas de lo que la memoria enterró en una parte de mí que no logro hallar. La búsqueda del tesoro comienza con la primera palabra: dónde.      

Aniversario

A una isla desierta no dudo con quién ir: me la llevo a ella. Y me vuelvo. Ahí nomás me vuelvo.

Roles



Su nombre apareció en los títulos finales de la última película de Rinaldo Raneri. Hubiera sido mera casualidad que se llamara igual. Era ella sin dudas. ¿Su ex mujer, actriz? A duras penas, cuando estaban juntos lograba arrastrarla hasta el cine y ahora ¡actriz! Bueno, tampoco él era el mismo, de hecho había ido a ver la película con su nueva pareja. Pero actriz… Su papel era minúsculo porque no recordaba haberla reconocido en ninguna escena. Era, lisa y llanamente, una simple extra. “Como en mi vida”, pensó para sí antes de subirse al auto de Ernesto.

Tiene esas cosas



Voy manejando rumbo a la costa y mi hijo me sorprende con una de sus típicas salidas: “Odio las rotondas”, dice con su voz que satura graves. El tiene esas cosas. De niño más de una vez le decía a su madre, y no en chiste, “detesto los finales felices”. ¿Qué tendría, 7, 8 años? Hoy, adolescente, prefiere los documentales de malformaciones humanas o la destrucción de los mitos a los programas que apelan a las rubiecitas tontas que mueven sus incipientes curvas con el pop más pausterizado. Lo puede, en cambio, el rap o el hip hop y los sigue en un tarareo monótono que parece el de una computadora que no está en sus cabales. Podrán sacarle un pulmón mas no su celular inteligente, esa novia virtual a la que engaña con una real que lo hace olvidar de las rotondas pero nunca de los finales felices.

14 hermanos



Si las historias están esperando ahí en la infancia para que las recuperemos, pues bien, les contaré de aquella vez en que fuimos al campo y todo parecía una película inglesa ambientada en el siglo XVIII. Hasta había un mayordomo o eso creía entonces. Un picnic en torno de un lago, en un jardín inmenso junto al castillo (o una casa muy muy grande que parecía un castillo), fue el marco ¿victoriano? donde sucedió el hecho. Al llegar eramos varios niños, pero a la vuelta faltaban dos. Hasta el día de hoy no se sabe qué pasó con ellos, como tampoco qué fue de la vida del mayordomo. En casa jamás se habla del tema, aunque para esa fecha mamá llora casi todo el día. Desde entonces, no hacemos picnics ni vamos a reuniones al aire libre. Y también desde aquel suceso, mamá no deja de tener un hijo tras otro. Siente, creo yo, que así cubre el vacío de aquellos niños perdidos. Y nuestro vacío, ¿quién lo llena?, preguntamos los 14 hermanos que sobrevivimos.

Como la vaca de Milka


Como todos, cedo a la curiosidad cuando hay más de cuatro personas mirando hacia el piso, rodeando a alguien caído. Más por morbo que por colaborar, siempre me acerco a ver qué onda. Cada vez somos más en torno de esta pobre mujer que no debe tener más de 30 años. Todos opinamos, damos un parte médico basado en la mera intuición. A ojo de buen cubero, diagnosticamos lipotimia, baja presión, embarazo, hay quien arriesga bulimia y otro que disiente e infiere anorexia. Hasta que un pibe que se asoma sobre mi hombro comenta como si nada: “¡Tiene la cara azul como la vaca de Milka!”.
En esa fracción de segundo en que uno no sabe si está hablando en serio o largando un chiste de mal gusto, la chica desmayada empieza a reírse; parece estar saliendo de un sueño divertido. Sorprendidos, aplaudimos como si ella fuera una artista callejera. Ya vuelta en sí, alguien le pregunta cómo está y ella sólo atina a mirar al pibe que hizo el extraño comentario. “Qué hijo de puta, cómo me vas a comparar con la vaca de Milka”, y vuelve a reír.
Los médicos del servicio de emergencia no entienden de qué está hablando, pero le dicen no fue nada, quédese tranquila, una simple descompensación. Los demás volvemos a lo que interrumpimos. Mañana será un choque o un suicida. De algo tenemos que hablar cuando lleguemos al café. Después de todo, a los únicos a los que mata la curiosidad es a los gatos.  

No son plantas pero crecen



El jardín amaneció distinto, pero no logra detectar por qué. El pasto luce igual de descuidado que ayer, el limonero avanza moroso contra la pared, los cactus más solitarios que nunca. Tras un largo rato de observación cree saber qué está pasando. Los enanos de yeso están, aunque parezca una locura, un poco más altos. Va hacia su caja de herramientas, busca el metro y los mide. Son tres. En un papel anota: 23 cm. Al otro día, repite el método. Ya son 25 cm. Así, durante semanas, meses. Cuando los tres enanos alcanzan el metro y medio toma una decisión que ni siquiera consultará con su esposa: por la noche, los cargará en su Amarok y los llevará a un bosque cercano a su casa. No duda de que allí estarán mejor, se sentirán de vuelta en su hogar. Sin embargo, esa misma noche los tres están golpeando la puerta con cara de pocos amigos. Ya están por el metro ochenta y no es tan valiente como para negarles el paso. A partir de ese día, ellos duermen adentro y él y su mujer afuera. Cada vez más pequeños, casi enanos de jardín.

Los drones



El final recién empieza. En eso piensa sentado a la vera del río, viendo a unos extraños pájaros participar de una confusa ronda, desconcertados, como si no supieran hacia dónde van. Un pescador que está sentado cerca, en una de esas sillas de playa, y que hasta el momento no ha dicho nada, pone en palabras lo que él está pensando: “¿Vio esos pájaros que están como perdidos? Están perdidos, no es casualidad. No crea que es el cambio climático ni el humo o el ruido infernal de las fábricas. Es por los drones. Saben que en cualquier momento llegarán. Los drones, por si no lo sabe, son otro tipo de pájaros. Asesinos son. Desde sus nidos metálicos salen a derribar los nidos ajenos. No lo olvide, para los drones todos somos pájaros enemigos, un peligro inminente. Corta ahí, sin espera ningún comentario del otro y sigue pescando, echando mano de tanto en tanto a su petaca. A lo lejos, un tren de nubes negras preanuncia la tormenta. ¿Serán los drones?