Piensa el que mira

Hacia la montaña el cielo se avizora más oscuro y por la tormenta que lo va ganando en su hambre parece un enloquecido electroencefalograma, con afiebrados rayos que dibujan un paisaje abstracto en el horizonte. Las ventanas, piensa el que mira, sirven para dar fe de cómo la naturaleza también lanza pedidos de auxilio en clave. Si tuviera algún talento para el dibujo intentaría captar esta maravilla que se esfuma; la atraparía para decorar mi mejor pesadilla. Lo escribo sabiendo que me quedo a mitad de camino. Esta foto verbal no le hará debida justicia. Mi mano izquierda es una antena de lana, una cámara con lente de palo, nunca el garfio de la belleza o la sabiduría. Ese último rayo, en cambio, lo guardo para ella en mi oído. "Escuchalo en tu almohada de nieve", le susurro antes de cerrarle la ventana y la boca. En ese orden.

Días como éste

Veracruz no lleva un diario y ahora se dice que tal vez llegó el momento de empezarlo. Su idea no es registrar las intrascendencias cotidianas o detalles de una vida nada memorable. Lo necesita para convencerse de que debe tener algún sentido pasar por este mundo y llenar unas cuantas hojas en blanco. Le gustaría que tuviera el tono de Kawabata en Kyoto, algo así como “¿No te ocurre a veces que te sientes feliz simplemente sin pensar en nada?”. “Por supuesto. En días como éste, con las flores”.

Una foto de Elisa

También las cosas hablan por nosotros. Una mesa de luz, el reloj, las llaves. La foto de Elisa en su habitación, por caso. El Cristo en el portarretrato, sus vírgenes de yeso, una crema para la piel, los cigarrillos, esos libros. El rosario. Sobre su cama, revueltos, diarios y cuadernos y más diarios. Todo lo que la rodea es ella, aun si ella no estuviera en la foto. Su presencia sustenta el resto, esa sábana arrugada, aquel zapato, el agua en el vaso. El espejo de su cara.

Materia prima

Escribir un cuento es ponerse una media. Es decir, el mecanismo funciona así. La media puede ser propia o ajena. Ella es el tema, la punta del ovillo hurtado a un gato suicida. A partir de esa modesta prenda la trama desanda el camino entre la media perdida y la media encontrada. Esta puede pertenecer al hombre que huyó apurado de la casa de su amante o haber caído de la cesta con ropa sucia que esa -u otra- mujer lleva con desgano a un laverap. El hombre sería un funcionario de la aduana o un sociólogo desocupado. La mujer, empleada de una óptica, una farmacia, o top model retirada. Entre ellos hay una ligazón que es parte de la trama tanto como lo es esa media que ni ella ni él reconocen pero que tarde o temprano habrán de ponerse para que la historia cierre aquí. O dentro de un zapato olvidado bajo la cama.

Medicina natural

Una pareja se para frente a la pared y mira la hoja de marihuana pintada. La obra en stencil lleva como título “Medicina natural”. La pared y ellos están en una vereda por donde habitualmente pasa mucha gente, por eso no extraña que al cabo de unos minutos ya sean unas diez o doce personas las que miran y comentan. De la nada aparece un policía (parece de los nuevos) y antes de que alcance a preguntar o hacer algún comentario, todos se han hecho humo. Sólo queda un pibe que tose. No tendrá más de 16 y lleva puesta una remera de Las Pelotas. Ningún rictus delataría que le preocupa tener al lado al de uniforme. El policía clava la vista en la pared, carraspea, y sin mirar al chico le pregunta, ¿tenés fuego?

Las campanas también

Cementerio inglés. Un matrimonio de turistas, hoja de ruta en mano, camina lento por una calle angosta. Comparten el paraguas porque llueve fino. El se agacha en una tumba cualquiera para sacar una rosa y cae pesadamente. Un paro cardíaco, fulminante, lo deja con los ojos abiertos mirando fijo cómo cae la lluvia. Ella grita, nadie parece escucharla a pesar de que se divisan sombras en unas bóvedas cercanas. Aparece un perro. No es cualquiera, es el que tuvo de niña. Agitada, lo sigue hasta una lápida que verá por primera y única vez. Allí lee su nombre y ahora es ella quien cae. La lluvia se detiene en ese preciso instante. Su mano aferra la rosa usurpada. El perro, sin luna ni cadena, ladra tres veces. Las campanas también, también, también.

La pecera

Despierta cerca de las 10 y apenas pisa el suelo, siente el agua. Aún adormilado, no se convence de que sea cierto. Bastan unos segundos para confirmarlo. Viene del living; de eso está seguro. El baño y la cocina están en la otra punta, lejos. Al acercarse ve al primer pez boqueando en un ángulo de la alfombra. La imagen es bellísima, tanto que quisiera ser fotógrafo para eternizarla. El segundo está muerto, cerca del televisor, como si hubiera caído de un dibujo animado. Al fondo, centro de toda la atención, la pecera rota. Imposible que se rompiera sola, especula, los vidrios son gruesos y resistentes. Ni una piedra ni un disparo podrían haberlo hecho. Las ventanas no muestran rastros de haber sido violentadas. La puerta está cerrada y la alarma nunca se activó. Nadie más que él tiene las llaves. La única copia alguna vez estuvo en manos de su ex pero ella jura que se las devolvió a su secretaria. ¿Por qué entonces la nota tan nerviosa cuando le dice “te lo juro”?

Como quien se levanta a sacar algo de la heladera

Su radio ve. La ve regar las plantas, enderezar un cuadro, abrir una caja. El hombre envasado le habla mientras la mujer no escribe. Y después, pájaro bobo, le canta un fado, le atrasa el reloj, le lee diez poemas chinos. Ella escucha y como quien se levanta a sacar algo de la heladera, deja flotando un silencio que se apura a llenar con el ruido de las teclas. La radio la oye respirar. Y calla. La música se va de a poco, dejando sus ropas en el camino. Primero él, después su voz, llegan hasta ella. La noche ahora toma la palabra, sirve otra copa para dos. La radio, cuervo por liebre, se ha ido de las manos. A estas horas hamaca en el aire a otro corazón que supura soledad, mentiras apenas dichas al oído.

Digresión

Balzac nunca lo hubiera imaginado. No digo morirse a los seis meses de casado, sino que un delivery lleve impunemente su nombre. Tampoco que La comedia humana no se lea con frenesí en micros, taxis y guardias de hospital. Hoy, al pobre Honoré se lo lee tan poco como a los poetas de provincia y a los ensayos sobre el adn de las luciérnagas. Balzac, en todo caso, es un buen nombre para una banda electrónica o una librería o una delicatessen para sibaritas ilustrados. Mal que les pese a políticos y cantantes de narcocorridos, Balzac es perenne como una estatua en el desierto de Atacama o el anillo de un cadáver. Balzac es ese amigo que se fue lejos pero te escribe y en cualquier momento, como Victor Hugo, vuelve para despedirse.

El sombrero de mi padre

La cara de mi madre llega antes que mi madre. No necesito un astrolabio para verla cruzar la calle. Me alcanza una ventana, los ojos bien despiertos, las ganas. Trae bolsas del supermercado en cada mano, su campera azul, el pelo sin canas, una billetera marrón, quince pesos, hambre de ayer. Mi madre siempre piensa –y lo dice– que algo malo le va a pasar. Igual sale a la calle, desafiando al horóscopo, las runas, los consejos de sus hermanas, los taxistas suicidas y esos pianos que no dejan de llover por las veredas y que ella sabiamente esquiva. Mi madre, ochenta años como ochenta mundos u ochenta satélites de amor, llega hasta mi casa y sabe que el niño que ahora la recibe también soy yo. Tengo el pelo más corto, menos vocabulario y aún demasiados libros por leer en mi mesa de luz. Cuando atraviesa la puerta y de casualidad se ve reflejada en un vidrio, saluda con su mejor sonrisa. Esa es su lección. Y yo sigo su ejemplo, cada vez que paso frente a un espejo me saco el sombrero de mi padre.

De tapas

La escena transcurre en el Museo del Jamón, Madrid. El hombre, 50 años, barba candado, arito, termina de pagar. Ella, no más de 40, rubia, mechón rojo, aros tipo perla, tropieza y le tira la cerveza encima. Cuando está por lanzar un insulto, la reconoce: es la misma mujer de la tapa del libro que acaba de comprar en el Corte Inglés. Para disculparse, ella lo invita a tomar algo, luego a otra copa por haberla reconocido y a la tercera ya están en su casa (su cama). Años después la recordará, no así su cara en la tapa. El libro, como tantas otras cosas de lo imprevisto, quedó olvidado en la mesa de luz. Hablaba de un hombre como ella y una mujer como él.

Agua va

La camioneta se detiene al costado de la ruta. Bajan en silencio. De fondo, la radio rebota una chacarera del Chaqueño Palavecino. La madre de los tres que van con ella lleva en su mano una pepsi de dos litros, llena con agua de la canilla. Con un gesto ceremonioso la deja junto a cientos de botellas similares. Están solos porque es plena siesta, pero hay días en que no se puede caminar por ese cementerio de plásticos e insectos. Ninguno habla o hablan para dentro, como hacen cada vez que visitan al Gauchito. Pasajeros de un viaje que no admite intrusos, sus ojos se concentran en la pequeña gruta. La mujer, que viste la misma blusa roja de todos los meses, pide por sus hijos, mientras sus hijos piden por ella, la cosecha que se viene y el hermano purgando su pena en una cárcel del Sur. Los cuatro agradecen estar vivos. Sienten que si se acabara el mundo en ese instante, ellos al menos estarían a salvo. Cerca, a unos cien metros, un camión va perdiendo una rueda y el conductor, que tomó de más, el control del volante. Un ruido, un solo ruido, acalla al Chaqueño. Lo que sigue, lo leímos en los diarios.

Elefante en el azar

Siete de abril. Elijo ese día porque me es ajeno. No me dice nada y algo o mucho esconde. Sugiere. Digo ochenta y tres y no es mi madre ni mi padre. Tampoco la página del libro que abandoné. Pienso en Piscis y apenas si creo en la Luna porque ahora otea como una gata en celo. El azar es el que dicta. Lengua larga, piernas cortas. Podría este día ser el último o dejar que corra sangre como tinta. Admirar al elefante y punto.

El Señor

El predicador se para frente a la puerta y duda si tocar el timbre o golpear. Golpea con timidez. Dos veces. Cuando la mujer se asoma y está por decir, con su estudiado tono amable pero cortante, "disculpe, somos católicos", el hombre abre ceremoniosamente su maletín, saca una armónica y toca una melodía de Tools Thielemans. Extasiada, la mujer lo invita a entrar. Una vez adentro, el predicador revuelve el café y le dice con una sonrisa sincera, "viste, Dios es una música que entra por cualquier parte".

Paso de cebra

El ataque de pánico le sobreviene en medio del paso de cebra. Queda detenida como en una foto. Se diría un árbol atravesado por el rayo de Vallejo. Desde el interior de su cápsula momentánea, puede verse a sí misma como la tapa de un disco. Ella en Abbey road. Extática con su banda sonora de monedas, frenadas, portazos, ramas caídas, corazones rotos. Los autos le pasan a centímetros, no reparan en su cuerpo de maniquí demodé. La rozan, la despeinan. La ignoran mecánicamente. Ella sigue dentro de ella durante segundos que pesan o duran tres días. Cuando retorna, la foto se mueve y el disco vuelve a girar, entonces llora como si fuera otro domingo en Londres. Ella.

Música para un ascensor que sólo sube

Empieza con el despertar de una araña. Continúa con el pliegue de las alas de una mantis. Y concluye con el despegue de un pájaro capicúa. Antes y después hay una puerta. Detrás, el sonido que sostiene y eleva. Las notas, a su turno, sortean sus propios escalones: esas piedras innumerables que hacen callar o caer o volar.

Carne sobre carne

Lo mío con ella fue como esa frase que Romualdo Quiroga le lanzaba lascivamente a Isabel Sarli cuando la sometía sobre una media res en la caja trasera de un camión: "Carne sobre carne". Nunca pude sacarme de la cabeza esas palabras, esa piel, esa blanca carne de mujer que con sólo llevarse a la boca un cigarrillo el humo se atoraba en medio de su pecho. Han pasado tantos años que por no recordar su nombre la evoco como Isabel. Hubiera deseado que al menos una vez el arribo a su cuerpo sin fronteras superara el mero contrapunto de la física y la química. Habría muerto feliz, completo, escuchándola susurrarme "¿qué pretende usted de mí?".

Asociación libre

El árbol es un sauce eléctrico. Tendrá unos cinco años y se lo trajeron de Formosa para un cumpleaños. Todavía no da buena sombra pero al menos sirve para atar al perro o apoyar la bicicleta. Aunque el árbol crece más que su hija o la mancha de humedad en la cocina, un día se levanta decidido y, sin consultarlo, lo corta en silencio, casi rezando para adentro. “Esas hojas… esas hojas me hacían acordar demasiado a mi primera mujer”. Fue lo único que se le escuchó antes de atarse al perro en su cuello y dejarlo correr y correr hasta que los ojos se le cerraron como una carta.

Los sedentarios

Cruzarle temerariamente el auto antes de llegar a una esquina bastó para retarlo a duelo a los gritos como una adolescente histérica. El otro, sin pestañear, mostró una sorpresa un tanto teatral pero sin demora aceptó el desafío como si lo convidaran a un partido de fútbol o a un asado con los amigos. Las únicas armas para el anacrónico reto serían sus propios cuerpos y el objetivo a superar llegar en pie hasta cierto punto establecido, después de caminar cien cuadras sin descanso alguno. El final para ambos -fumadores y con marcado sobrepeso- fue tan previsible como penoso: ninguno llegó a la meta. Agotados, los dos quedaron a mitad del recorrido, boqueando y maldiciendo a madres y hermanas (ajenas) desde sus lenguas pastosas. Tras el papelón, en algo coincidieron los improvisados padrinos, lo más digno hubiera sido resolver el entuerto callejero con la habitual pirotecnia de insultos dando por cerrada una discusión vial tan usual como poco épica.

Fluir

Teje, para no morirse teje. Con frenesí cruza las agujas como espadas en un duelo con sí misma o como un cuchillo y un tenedor que pugnaran por un trozo de la carne de una vaca sagrada. Tiene 80 pero también 40 o 93 o 101. Teje porque tejer es como escribir, escribió años ha en un pulover con colores de otro mundo. "Todo es cuestión de ritmo, de fluir como en una pesadilla con final abierto", enseña sin pizarrón a quien guste oír su asordinada letanía. Ahora que muere, que su orquesta de lana se viene abajo, en la bufanda negra sin terminar puede leerse con caligrafía de bruma que esta vez será Penélope la que oville el viaje, la que teja historias de un solo ojo y seduzca a las sirenas con el nudo ciego de su silencio.