Para dejar de pensar en ella pienso que ella ya no piensa en mí, que prefiere seguir distrayéndose en fiestas electrónicas y escribiendo su vida en un diario sin pretensiones literarias. Después de largos años hoy saqué la guitarra del estuche para ponerme a cantar tangos tristísimos, siempre con acordes menores para soltar alguna puta lágrima. Si Mozart ni Spinetta no logran conmoverme lo suficiente, me digo que ése no debo ser yo. Pero canto, medio borracho canto como Whitman en la colina. Como un negro que cosecha algodón en un campo de soja. Canto Ella ya me olvidó y recién entonces puedo llorar un poco y romper la guitarra contra la cama y repetirme que ella, definitivamente, ya me olvidó. Antes de irme a dormir solo, beso su foto como si fuera una estampita de Santa Catalina y me hago una promesa, la última: de ahora en más, la vida será una cumbia para mí.
Apuntes de un entomólogo lacaniano
La cabeza del alfiler piensa que el globo es el que está equivocado. (Por eso) le clava su maquiavélico aguijón para luego morir con displicencia en el vientre de la mariposa que huyó de Nabokov. En la exhalación, el globo, ya marchito, se vale de la mentira de sus alas. Nos enseña así que hasta en la muerte sobrevive un instinto solidario. Como una mano en otra mano al borde de un precipicio. O bien cayendo como el grito, la hoja sin rumbo o el aire en su melodía abismal.
Todo dicho
El día que lo encontraron muerto, desparramado en medio de un oscuro callejón de Carlos Paz, todavía estaba vestido con el disfraz de Pantera Rosa. Ignacio Lépez había llegado a su último trabajo -animador part-time del Trencito de la Alegría- después de largos meses de rebotar en sus intentos de encontrar un modesto puesto como ingeniero civil. Con el título universitario colgado en el lugar más visible de su comedor, Ignacio se había dado una última oportunidad: conseguir un trabajo, cualquier trabajo. No cargaba con mujer ni con hijos. En el mundo sólo le quedaba su madre (89 años de humanidad desparramados en un geriátrico municipal), a la que rara vez visitaba. Su única compañía, puede que su único verdadero afecto en esta vida, era su esquivo gato Poe. La noche que lo encontraron muerto, Ignacio sabía que sería la última y aún así no hizo nada al respecto. Sin apuro, a eso de las 20 se puso su ajado disfraz, guardó en el bolso Adidas el desodorante, el peine y la pulsera de oro, y después de saludar con un gesto mecánico a su jefe en el puesto de la plaza se subió por última vez al Trencito. Allí tuvo la certeza de que en la mirada de ese niño rubio estaba todo dicho.
Sabrina
"Toda la noche bailé con una lesbiana". Me lo cuenta mientras tomamos el café de todos los días, sabiendo que lo que en boca de cualquier otro sonaría como un auténtico perdedor, en la de él se escucha apenas como un capítulo más del reciente separado que sólo busca alcohol, serpentina y sexo sin explicaciones. El, que es de los que todavía se enamoran, ¿por qué iba a hacer una excepción con una lesbiana? Será por eso que me cuenta frunciendo el ceño que no le hizo ninguna gracia cuando una amiga se puso entre los dos y la besó con furia, le mordió la oreja sin dejar de mirarlo para terminar pasándose de boca a boca el trago que ya podrán imaginar quien pagó. Lejos de resignarse, él manoteó al primer tipo que iba pasando y lo besó violentamente. El otro, tocado en su hombría, le pegó una piña que lo dejó improvisando un ridículo break dance en el piso del pub.
Ella, como era de esperar, se rió en su cara, pero sorprendiendo a todos -en especial a la amiga del beso y la copa- le tendió su mano para ayudarlo a levantarse, lo besó con un larguísimo beso y por último le susurró algo al oído.
Hasta ahora, digo en más de diez años de amistad, es la primera vez que me mezquina un detalle. De tanto que nos conocemos, él y yo sabemos que tengo que hacerle la inevitable pregunta "Y, ¿qué te dijo?". Incómodo, cambia de tema y después de un largo silencio prende un cigarrillo, vacía el pocillo de café y me dice: "¿Sabías que mi mamá quería llamarme Sabrina?".
Ella, como era de esperar, se rió en su cara, pero sorprendiendo a todos -en especial a la amiga del beso y la copa- le tendió su mano para ayudarlo a levantarse, lo besó con un larguísimo beso y por último le susurró algo al oído.
Hasta ahora, digo en más de diez años de amistad, es la primera vez que me mezquina un detalle. De tanto que nos conocemos, él y yo sabemos que tengo que hacerle la inevitable pregunta "Y, ¿qué te dijo?". Incómodo, cambia de tema y después de un largo silencio prende un cigarrillo, vacía el pocillo de café y me dice: "¿Sabías que mi mamá quería llamarme Sabrina?".
La cicatriz de Moby Dick (fragmento)
La puerta se estremece por los golpes. Es extraño, el timbre funciona, por lo tanto no se entiende que golpeen en lugar de tocar el timbre. La mujer espía por la mirilla y lo ve. Lo reta: "¿Che, por qué no tocás el timbre?". Marcos no contesta. Para salir del paso masculla un chiste ininteligible y entra a la casa. Sus hijos se le abalanzan, él los besa e inmediatamente les muestra una extrañísima cicatriz: "¿Saben quién me la hizo?", les pregunta, y sin esperar respuesta (los niños están demasiado sorprendidos como para contestarle), entra en detalles: "¿Se acuerdan de Moby Dick?" Ellos lo miran incrédulos. El, sin inmutarse, les cuenta que la enorme ballena blanca del libro fue la que le dejó esa marca en el brazo. "Ojo, fue en la biblioteca", aclara y no hace otra cosa que confundirlos aún más.
Para evitar preguntas incómodas les dice que después les contará cómo sucedió, pero ahora quiere comer algo porque está muerto de hambre. Los niños se miran sin entender qué está pasando. Lucio y Camilo especulan: la cicatriz, en realidad, puede ser uno de esos tatuajes que duran un par de días. Sin embargo, el efecto está más que logrado: es una cicatriz, extraña, pero cicatriz al fin.
En Marcos Urquiza la línea entre lo verdadero y lo falso, lo real y lo imaginario, es tan delgada que una u otra posibilidad terminan dando lo mismo. Su esposa Alicia es enfermera y se podría decir que prácticamente vive en el hospital. Los chicos, en consecuencia, han crecido con abuelos, empleadas confiables y vecinos samaritanos. Pero hay un momento del día, apenas pasadas las diez de la noche, en que los niños sienten que ingresan a una zona paralela donde quedan atrás la crisis -palabra que escuchan cientos de veces en boca de su madre, su padre y los noticieros-, los deberes sin hacer, o las películas con el cartelito de "protección al menor". Ese territorio virtual excluye todo rasgo de realidad. Sólo cuentos, fábulas o relatos de todo tipo ocupan ese espacio vedado a cualquier persona ajena a la familia Urquiza. Allí, las mentiras piadosas operan como antídotos caseros para que las bombas del mundo no los saquen del sueño, no los dañen con sus esquirlas de brutal realidad. Tarde o temprano, caerán en la cuenta de que la felicidad es una mentira que acaba por descubrirse.
Para evitar preguntas incómodas les dice que después les contará cómo sucedió, pero ahora quiere comer algo porque está muerto de hambre. Los niños se miran sin entender qué está pasando. Lucio y Camilo especulan: la cicatriz, en realidad, puede ser uno de esos tatuajes que duran un par de días. Sin embargo, el efecto está más que logrado: es una cicatriz, extraña, pero cicatriz al fin.
En Marcos Urquiza la línea entre lo verdadero y lo falso, lo real y lo imaginario, es tan delgada que una u otra posibilidad terminan dando lo mismo. Su esposa Alicia es enfermera y se podría decir que prácticamente vive en el hospital. Los chicos, en consecuencia, han crecido con abuelos, empleadas confiables y vecinos samaritanos. Pero hay un momento del día, apenas pasadas las diez de la noche, en que los niños sienten que ingresan a una zona paralela donde quedan atrás la crisis -palabra que escuchan cientos de veces en boca de su madre, su padre y los noticieros-, los deberes sin hacer, o las películas con el cartelito de "protección al menor". Ese territorio virtual excluye todo rasgo de realidad. Sólo cuentos, fábulas o relatos de todo tipo ocupan ese espacio vedado a cualquier persona ajena a la familia Urquiza. Allí, las mentiras piadosas operan como antídotos caseros para que las bombas del mundo no los saquen del sueño, no los dañen con sus esquirlas de brutal realidad. Tarde o temprano, caerán en la cuenta de que la felicidad es una mentira que acaba por descubrirse.
Maldito muñeco de nieve
Cuando hicimos el amor por primera vez yo aún no sabía que era ciega. Para empezar no estaría nada mal pero no es esa la historia que quiero contar ahora que ya ni siquiera puedo pasar horas leyéndole, acariciándola mientras le leo, rozándola con las páginas, oliéndola. Ella olía como un jardín de Bariloche, como una noche bajo los Arrayanes. Sé que no es una comparación convencional pero olía a madera humeda, a rosa mosqueta, levemente a humo. Ella fue quien me enseñó a comparar valiéndome de los olores, a explicarme con el tacto. Todo lo que ella decía leer en mis manos se cumplió tal cual, incluso lo que le pasó. "Está escrito, yo sé que está escrito", repetía a pesar de mi enojo cada vez que me advertía que lo nuestro tenía los días contados.
Hago una pausa, respiro, me sirvo un trago. Enciendo un sahumerio de canela, su preferido. Afuera está nevando y las calles están más vacías y tristes que nunca. El cielo es un techo negro, un telón inabarcable. Me gusta la nieve, me gusta porque me recuerda a ella con una insólita expresión de felicidad y extrañeza jugando a crear muñecos deformes, imposibles. A pesar de lo que pasó, me sigue gustando la nieve porque allí su risa tenía una resonancia única, porque sus ojos de ornamento se ponían -o yo lo creía- más blancos, más brillantes.
Ahora soy yo el que puede afirmar que todo estaba escrito. Yo soy el que no vio las luces del auto viniendo hacia nosotros como una bala perdida tras esquivar a un gato infame. Ella eligió creer que mis gritos eran un mal chiste para asustarla y así lograr que regresara junto al fuego. Sus manos quedaron aferradas a la cabeza del muñeco; ambos perdieron la forma como si de pronto el sol hubiera llegado a poner las cosas en su lugar.
La única vez que había visto sangre en la nieve fue en una película. Y esta película, nuestra película, terminó como terminan todas: con el fin y las luces invitando a buscar la puerta de salida. Ella partió primero. Yo me quedé paralizado en los títulos.
Hago una pausa, respiro, me sirvo un trago. Enciendo un sahumerio de canela, su preferido. Afuera está nevando y las calles están más vacías y tristes que nunca. El cielo es un techo negro, un telón inabarcable. Me gusta la nieve, me gusta porque me recuerda a ella con una insólita expresión de felicidad y extrañeza jugando a crear muñecos deformes, imposibles. A pesar de lo que pasó, me sigue gustando la nieve porque allí su risa tenía una resonancia única, porque sus ojos de ornamento se ponían -o yo lo creía- más blancos, más brillantes.
Ahora soy yo el que puede afirmar que todo estaba escrito. Yo soy el que no vio las luces del auto viniendo hacia nosotros como una bala perdida tras esquivar a un gato infame. Ella eligió creer que mis gritos eran un mal chiste para asustarla y así lograr que regresara junto al fuego. Sus manos quedaron aferradas a la cabeza del muñeco; ambos perdieron la forma como si de pronto el sol hubiera llegado a poner las cosas en su lugar.
La única vez que había visto sangre en la nieve fue en una película. Y esta película, nuestra película, terminó como terminan todas: con el fin y las luces invitando a buscar la puerta de salida. Ella partió primero. Yo me quedé paralizado en los títulos.
Não tem fim
Me he propuesto sufrir más que Sabato. Con vos puedo lograrlo, me digo entre cínico y resentido, apurando un vino berreta mientras una moza se agacha a recoger la carta y me ilumina con las mejores tetas del bar. Levanta la vista y choca con la mía, que brilla tan lasciva como etílica. Me deja su teléfono garabateado en una servilleta sucia y como estoy decidido a sufrir más que Ernesto rompo el papel, y pienso en mi anciana vecina desnuda contra la ventana para que me baje la súbita erección.
Afuera llueve como en las películas de barcos o las novelas de Conrad. La tormenta, que ahora suena peor que la peor música electrónica, colabora para que un camión derrape y le pase por encima a un perro flaco que husmeaba los tachos de la basura. Dos autos más le pasan por encima. Como es de esperar, el agua se lleva su poca sangre. Ni siquiera la carta de mi madre confesándome la aparición de un cáncer de médula logra devastarme lo suficiente. Pero tengo que intentarlo. Sufrir hasta llorar un río, como cantaba aquella negra maravillosa de la que ahora no recuerdo el nombre.
Por las dudas o el gatillo fácil, como al descuido dejo sobre la mesa de luz mi tentativo epitafio: Tristeza não tem fim, felicidade sim. Entonces sí, cierro los ojos y me voy de a poco con el tic tac.
Afuera llueve como en las películas de barcos o las novelas de Conrad. La tormenta, que ahora suena peor que la peor música electrónica, colabora para que un camión derrape y le pase por encima a un perro flaco que husmeaba los tachos de la basura. Dos autos más le pasan por encima. Como es de esperar, el agua se lleva su poca sangre. Ni siquiera la carta de mi madre confesándome la aparición de un cáncer de médula logra devastarme lo suficiente. Pero tengo que intentarlo. Sufrir hasta llorar un río, como cantaba aquella negra maravillosa de la que ahora no recuerdo el nombre.
Por las dudas o el gatillo fácil, como al descuido dejo sobre la mesa de luz mi tentativo epitafio: Tristeza não tem fim, felicidade sim. Entonces sí, cierro los ojos y me voy de a poco con el tic tac.
Instrucciones para encontrar la poesía
Abajo, bien abajo, más abajo aún, allí donde trabajan las arañas o se demora la caspa, en un rincón, lo más lejos posible, diez pisos debajo de cualquier best seller fast food (novela histórica súper top, mucho da vinci y poco código, mucho misterio y más sangre y sexo y santo sudario), ahí, sorteando el último, el humeante del aggiornado gurú de la vida sin escollos (¡oh la vie en rose!) recién entonces puede que se acceda a alguno de ellos. No suelen ser menos de 20 ni más 60, hablo de libros, de poesía en estado brutal, a la espera de ese lector con alma de arqueólogo que difícilmente dé con el poema que busca o el poema que lo busca a él. Casi como sucede con ese amor que nunca llega y acaba de pasarte por al lado o aquel que tal vez esté leyendo tu mismo libro o en su mesa de luz tenga ese mismo título. Por lo que se concluye que la poesía siempre está en otro lugar; en cualquier lugar, menos, mucho menos, en las librerías de un Shopping donde un impune vendedor puede llegar a preguntarte: ¿PizarniK? ¿Es polaca, no?
Nada original
El tipo se cruza en el centro con un sesentón que se parece a Beckett. No es que conozca demasiado al escritor, pero recuerda haberlo visto hace poco en una foto del suplemento cultural de La Nación. Ni siquiera ha leído nada del irlandés. Sin embargo, el rostro de aquel Samuel se le marcó a fuego. Piensa que vagamente le recuerda a su tío Osvaldo, un militar retirado, de gesto adusto y lo menos sensible al arte que puedan imaginar. Lo extraño no es que este hombre se parezca a Becket sino que la mujer que lo acompaña es idéntica a Patti Smith; mejor dicho a la Patti Smith de la época de su disco Horses, tan flaca y sugerente ésta que cruza desapasionadamente San Martín como aquella que nos miraba insinuante desde la tapa del disco. Samuel y Patti, es decir sus versiones de este lado del mundo, podrían ser pareja, aunque no van de la mano ni dan señales de cierta cercanía afectiva. El tipo camina detrás de ellos unas dos o tres cuadras antes de que entren a una galería y los pierda definitivamente. Justo cuando pensaba que terminaría tomando solo su café, se cruza con Amalia, una morocha que, creer o reventar, cada día luce más parecida a Penélope Cruz.
Lo que dura el efecto
Se me ocurrió viendo un documental de momias, un sábado por la tarde en que mi casa -sin niños ni electrodomésticos activados- ostentaba una paz infrecuente; de camposanto de pueblo si exagero. Los que me conocen saben que la fotografía me ocupa no sólo las horas del día sino también gran parte de las noches. Será por eso que si bien sueño como todo el mundo mis sueños son lo más parecido a fotos. A ver si me explico; si por caso estoy soñando que alguien me persigue por la estación de subterráneos de Nueva York, la velocidad de la escapatoria será lo suficientemente lenta como para permitirme ir tomando, desde ángulos imposibles, el tren que se detiene con puntualidad de té inglés, la madre con su niño buscando asiento, el policía pegándole a un carterista poco hábil, el dealer que se dirige al baño a la caza de clientes, y hasta mi otro yo corriendo por la vía hasta terminar, exangüe y sediento, en un bar atendido por mi propio perseguidor... Con la contundencia de un electroshock, el inesperado encuentro me despierta, pero al despertar cada fotograma del sueño ha sido revelado. Al menos en mi laboratorio cuelgan las mismas agitadas imágenes que acabo de soñar. Mi mujer, lejos de tratarme de loco, escribe con rigurosa fidelidad lo que le cuento porque en su novela autobiográfica yo soy el protagonista y cada foto que le aporto desde lo onírico, me explica, funciona como un nuevo capítulo que ella aprovechará antes de que pase lo que yo llamo el "efecto". Lo de las momias, en cambio, es un tanto más complicado. Me he propuesto
pasar una noche con una de ellas; se trata de la que duerme celosamente protegida en un subsuelo de la Facultad de Antropología. Es una adolescente peruana y tiene casi 600 años. Confío que a su lado voy a soñar la suficiente cantidad de imágenes para montar tal vez mi mejor exposición. Y como parte de nuestra secreta sinergia estética, mi mujer tendrá, además, el final de su morosa novela (lleva siete años sumergida en ella) y, por qué no, una bizarra foto para la tapa.
pasar una noche con una de ellas; se trata de la que duerme celosamente protegida en un subsuelo de la Facultad de Antropología. Es una adolescente peruana y tiene casi 600 años. Confío que a su lado voy a soñar la suficiente cantidad de imágenes para montar tal vez mi mejor exposición. Y como parte de nuestra secreta sinergia estética, mi mujer tendrá, además, el final de su morosa novela (lleva siete años sumergida en ella) y, por qué no, una bizarra foto para la tapa.
La culpa la tuvo ella
Una sola vez en mi vida me subí a un caballo. Fue en unas vacaciones de verano en San Luis, a fines de los 80. Yo que nunca tuve ni un enclenque caballito de madera ni moría por los spaghetti westerns terminaba montando un aburrido animal de alquiler a instancias de mi novia de entonces. De lo poco que recuerdo, apenas retengo un puñado de imágenes: las pocas ganas de echarse andar del explotado equino, mi cuerpo absolutamente petrificado y sobre todo el momento, el eterno momento en que decidió cruzar -sin mi consentimiento- una ruta peligrosísima para retomar su trillado recorrido. Ya perdí la cuenta de las veces que pensé qué hubiera pasado si en ese instante el ajedrez del destino hubiese puesto en mi camino un auto o uno de los tantos micros con turistas que transitan esa zona. De poco sirvieron las tres o cuatro instrucciones que se dan cuando te alquilan un caballo. El hizo lo que quiso y yo lo que quiso mi novia. Creo que después de esa frustrada cabalgata no nos hablamos durante el resto del día; esa solía ser nuestra forma de dirimir los conflictos para evitar la pirotecnia verbal. Desde entonces, ya sin aquella novia, cada vez que voy al mar o a la montaña no lo dudo: alquilo una bicicleta. Una segura y dócil bicicleta. A los caballos los sigo prefiriendo entre las piernas de Scarlett Johansson o en los poemas de Julio González.
Dorita y los de rojo
No hay día que no le pida una aspirina. Nunca se le escuchó decir me duele la cabeza ni mostrar algún signo de molestia. Simplemente pide una aspirina, la recibe, agradece y se va. Un día, la noticia altera el monótono ritmo de la oficina. Su muerte -algunos comentan que fue por una hemorragia intestinal- sorprende hasta al más apático. Dorita, la veterana de Soriano & Asociados a la que nunca le falta una aspirina en su cartera, la que surte a cuanto hipocondríaco merodee su escritorio, no puede evitar sentirse algo culpable. Tiene un nudo en el estómago y a cada rato parte al baño a llorar sin testigos. Le duele la cabeza, buena excusa para su diaria aspirina. Se siente un poco mareada, su cara en el espejo se va difuminando como un televisor mal sintonizado. Cae lentamente pero no logra dar con su cabeza en el piso porque una compañera que va entrando alcanza a sostenerla. "¿Dorita, qué te pasa? ¿Estás bien?". Son las últimas palabras que alcanza a escuchar. Cuando despierta en el hospital está rodeada de extraños. Todos están de negro; tienen una rosa marchita en la mano y se la extienden. Ella está demasiado sorprendida y atemorizada como para recibirlas. Cree conocer a uno de ellos; efectivamente, se trata de su compañero de trabajo, el de las aspirinas, la diferencia es que ahora está pelado y lleva una cadenita de oro en el cuello. Llega un punto en que está tan confundida que llama al doctor y le ruega que le cambie la medicación. Era mejor, le dice, cuando los que la visitaban vestían de rojo y le traían chocolates y libros de Corín Tellado.
Ahí
Murió prometiéndose un año sabático. En los últimos treinta años había trabajado cada vez más para ahorrar y darse ese prometido impasse para escribir la novela de su vida, la que lo desvelaba, la que le daría un modesto pasaje a la eternidad. Cada diez años (arrancó a los cuarenta) juraba que había llegado el momento de cumplirse la promesa: dejar todo y tomarse el bendito año sabático. El envión le duraba apenas unos cuantos días hasta que la realidad, la mujer o un amigo esclarecedor lo bajaban a tierra en cuestión de segundos. ¿Con qué, si no tenés un mango ni para un fin de semana sabático, loco de mierda?, solía lanzarle ella con precisión de cenicero o despedida. Sabiamente, él había optado por seguir con la poesía. Se sabe, un poema se escribe de parado, antes o después del sexo, con o sin luz, en el baño o esperando que te atienda el doctor. La poesía nunca pide, es tan humilde que asusta. Mientras la novela sedimentaba, el fantasma de Karl Kraus le repetía su artera letanía: "Todo periodista lleva una novela dentro de sí. Si es inteligente la dejará ahí..." Y la dejó ahí.
Capote
A los 10 años tuvo un perro, su primer perro, al que su padre sin mayores explicaciones y para su asombro bautizó Capote. Se trataba de un caniche poco agraciado que, sin embargo, caía muy simpático. Una noche de verano, tres o cuatro meses después, tal vez impulsado por la sed de un día de más de 35 grados, la inquieta mascota intentó tomar agua de la pileta que habían hecho construir en el fondo de la casa. Por la mañana, al salir al patio y ver a su perro flotando, inmóvil, supo que algo andaba mal. Su madre recuerda que al niño no se le escapó ni una lágrima; sólo atinó a patear una maceta y a volver corriendo a su cuarto sin desayunar. Impávidos, observaban el cuadro de situación en silencio, mientras Capote giraba lentamente movido por la brisa de la mañana. Años después, la terapia dejaría de ser un gasto inútil para empezar a dar algunos frutos. Finalmente descubriría allí su inexplicable fobia al agua, a las piletas, a los perros, a las novelas de Capote y, sobre todo, a su padre, al hijo de puta de su padre que ni muerto dejó de ladrarle que era un maldito perdedor.
Capote
A los 10 años tuvo un perro, su primer perro, al que su padre sin mayores explicaciones y para su asombro bautizó Capote. Se trataba de un caniche poco agraciado que, sin embargo, caía muy simpático. Una noche de verano, tres o cuatro meses después, tal vez impulsado por la sed de un día de más de 35 grados, la inquieta mascota intentó tomar agua de la pileta que habían hecho construir en el fondo de la casa. Por la mañana, al salir al patio y ver a su perro flotando, inmóvil, supo que algo andaba mal. Su madre recuerda que al niño no se le escapó ni una lágrima; sólo atinó a patear una maceta y a volver corriendo a su cuarto sin desayunar. Impávidos, observaban el cuadro de situación en silencio, mientras Capote giraba lentamente movido por la brisa de la mañana. Años después, la terapia dejaría de ser un gasto inútil para empezar a dar algunos frutos. Finalmente descubriría allí su inexplicable fobia al agua, a las piletas, a los perros, a las novelas de Capote y, sobre todo, a su padre, al hijo de puta de su padre que ni muerto dejó de ladrarle que era un maldito perdedor.
Todo lo que termina
Saúl acaba de ahogarse frente a mí y ni siquiera sé quién es Saúl. Yo estaba tranquilo en el puente, mirando las luces de la ciudad, pensando en nada, cuando un hombre joven, a unos veinte metros, también apoyado en la baranda y bebiendo de una petaca, en un movimiento muy rápido y hasta se diría estudiado, se tiró al agua, decidido. Yo me quedé estupefacto, no atiné ni a correr ni a gritarle. Detrás, llegó corriendo una mujer, desencajada, gritando ¡Saúl! ¡Por Dios, Saúl, no lo hagas! En el agua, una estela marcaba el sitio exacto donde había caído Saúl. Fue culpa mía, decía ella en un sollozo convulsivo. Fue culpa mía, repetía mirando fijo al agua. Recién cuando intenté acercarme se dio cuenta de que no estaba sola. Mi presencia no modificó en nada su estado de alteración. Apenas si giró su rostro para mirarme e inmediatamente volver su vista al río. ¿Te puedo ayudar?, le pregunté, pero ya era demasiado tarde; se había tirado siguiendo el camino de Saúl. Encendí un cigarrillo, miré la última estela en el agua y me fui pensando que Andrés, una vez más, tenía razón: "Todo lo que termina, termina mal".
La cosecha de Narovsky
El tipo es un auténtico obsesivo. Está en la playa con todo lo que tiene que tener un hombre para ser feliz: un libro, cigarrillos, mate. Corre viento y aunque se está nublando no deja de ponerse protector solar. Nada le irrita más que la arena que se le pega donde acaba de pasarse crema. Sus hijas han vuelto a invitarlo a jugar al tejo y él ha vuelto a disculparse para dedicarse a su nuevo e insólito hobbie. Está concentrado en recoger vidrios de la arena (en pocos minutos la tapa del termo está repleta). Desde que una antigua novia le leyera aquel famoso aforismo de Narovsky, la idea le quedó dando vueltas y ahora, tras haber descubierto un trozo considerable de una botella de cerveza, no puede dejar de buscar pequeñas y filosas muestras de la animalidad humana. Esos restos, que la mayoría de las veces lleva el etílico sello de los desaprensivos, han dejado sus secuelas en donde se juega al vóley, se miran mujeres como si fueran amaneceres o simplemente se trota para que las vacaciones no terminen con uno. Un día, proyecta el obsesivo, bien podría construir con todos estos vidrios una botella para lanzarla al mar. A diferencia de los mensajes de los naufragos, adentro iré yo, sueña antes del tajo y el grito y la sangre y su mujer insultándolo, curita en mano.
La cosecha de Narovsky
El tipo es un auténtico obsesivo. Está en la playa con todo lo que tiene que tener un hombre para ser feliz: un libro, cigarrillos, mate. Corre viento y aunque se está nublando no deja de ponerse protector solar. Nada le irrita más que la arena que se le pega donde acaba de pasarse crema. Sus hijas han vuelto a invitarlo a jugar al tejo y él ha vuelto a disculparse para dedicarse a su nuevo e insólito hobbie. Está concentrado en recoger vidrios de la arena (en pocos minutos la tapa del termo está repleta). Desde que una antigua novia le leyera aquel famoso aforismo de Narovsky, la idea le quedó dando vueltas y ahora, tras haber descubierto un trozo considerable de una botella de cerveza, no puede dejar de buscar pequeñas y filosas muestras de la animalidad humana. Esos restos, que la mayoría de las veces lleva el etílico sello de los desaprensivos, han dejado sus secuelas en donde se juega al vóley, se miran mujeres como si fueran amaneceres o simplemente se trota para que las vacaciones no terminen con uno. Un día, proyecta el obsesivo, bien podría construir con todos estos vidrios una botella para lanzarla al mar. A diferencia de los mensajes de los naufragos, adentro iré yo, sueña antes del tajo y el grito y la sangre y su mujer insultándolo, curita en mano.
Uno y el otro
Dos amigos en el café. Hace más de 40 años que por lo menos una vez a la semana se encuentran en el mismo lugar -hablo del Café La Musa- para hablar invariablemente de fútbol, mujeres y de cómo la vida avanza y ellos siguen anclados aquí, en este desierto con ínfulas de oasis. Uno tendrá 65, 67 años, el otro, fácil unos 70. Yo estoy a unas pocas mesas de ellos, solo, y no sin cierta envidia los veo charlar con entusiasmo, reforzando con las manos y los gestos cada palabra, ese subrayado de la oralidad tan típicamente argentino. No sé de qué hablan, pero los escucho reírse ruidosamente, mientras uno enciende su quinto cigarrillo desde que llegó y el otro contesta un nuevo llamado en su impertinente celular. Los dos le hacen chistes a una moza joven que se ríe sin ganas y cuando se va le miran el culo con un dejo de nostalgia, como un trofeo lejano e inmerecido. No puedo sacarles los ojos de encima, especialmente por el furioso teñido de sus cabellos, tan artificial como llamativo. Nada parece haber cambiado desde que se conocieron en un aula de la Facultad de Abogacía. Si no fuera por ese bastón con empuñadura de marfil en la mano de Alberto o la pierna ortopédica que sostiene a Lisandro, se podría decir que siguen igual que en sus épocas de estudiantes. Uno tan rubio, el otro tan morocho.
Rosa mística
Por creer en milagros es que estoy aquí, en una precaria casa de El Algarrobal, pidiéndole a la Rosa Mística que me devuelva la inspiración, que me revele poemas grandiosos, argumentos para una novela como las de Saer, personajes inolvidables como los de Melville o Auster. La mayoría de los fieles que veo deambular por este patio atestado son mujeres humildes; muchas de ellas han llegado en colectivo, con niños colgando de sus faldas y tantas velas como hagan falta. Es muy fácil leerles en los ojos que tienen miedo, como todos los que creen en algo. Quien no cree, no teme, leí cierta vez en una estampita. Pero eso también es mentira.
Rosa mística
Por creer en milagros es que estoy aquí, en una precaria casa de El Algarrobal, pidiéndole a la Rosa Mística que me devuelva la inspiración, que me revele poemas grandiosos, argumentos para una novela como las de Saer, personajes inolvidables como los de Melville o Auster. La mayoría de los fieles que veo deambular por este patio atestado son mujeres humildes; muchas de ellas han llegado en colectivo, con niños colgando de sus faldas y tantas velas como hagan falta. Es muy fácil leerles en los ojos que tienen miedo, como todos los que creen en algo. Quien no cree, no teme, leí cierta vez en una estampita. Pero eso también es mentira.
Alguien con su nombre
Tipeé su nombre en el buscador de Google. Aparecieron no menos de veinte personas con su mismo nombre. Recuerdo especialmente a una cantante peruana; a una astróloga salteña radicada en Madrid; a una gimnasta adolescente del Ecuador; y si no me equivoco, a una cotizada top model portorriqueña. Hacía años que no tenía ninguna noticia sobre ella (la original, por decirlo de algún modo), por lo que ella bien podría haber sido cualquiera de las otras con su mismo nombre. Para el caso, dio lo mismo. Razón más que suficiente para optar por la astróloga salteña radicada en Madrid. Sí, ya sé, cualquiera de mis amigos se hubiera quedado con la top model, pero los acuarianos somos así; o erramos abiertamente en la elección o lo que elegimos es lo contraindicado por la comunidad astral. Y si no, pregúntenle a ella, que ahora debe estar frente a una pantalla tipeando mi nombre. Siempre buscando en vano, típico de las arianas.
Poema explicado (la testigo)
Dice Laura: yo no entiendo la poesía, no me gusta, no me llega. La siento muy artificial. Digo yo: no pienso convencerte, no me interesa; allá vos. Prefiero explicarte mi último poema. Es de manual, un poema no se explica, pero lo voy a hacer por única vez. Se llama La testigo y habla de una estatua viviente que trabaja en la peatonal haciendo lo suyo; es decir, quedarse quieta, sin mover un músculo ni mostrar ningún rasgo de humanidad. Extraño arte, pero arte al fin.
A pocos metros, una mujer cae (¿un balazo? ¿un culatazo? No se sabe bien), su cabeza golpea sobre el piso, hace un ruido imposible de olvidar. Un hombre escapa corriendo; tiene una inconfundible cicatriz tumbera y le faltan algunos dientes. La sangre de la mujer ha formado un pequeño charco del cual se abren ramificaciones, como ríos vistos desde un edificio muy alto. La mujer estatua ha visto todo, pero nadie le pregunta, nadie la puede ver como lo que es: la testigo más cercana a la muerte de la mujer. Y ella tampoco dice nada, siente que olvidó las palabras. Quiere gritar y el cemento de su boca se lo impide. El espanto la ha dejado muda. Como una estatua, después de todo.
Poema explicado (la testigo)
Dice Laura: yo no entiendo la poesía, no me gusta, no me llega. La siento muy artificial. Digo yo: no pienso convencerte, no me interesa; allá vos. Prefiero explicarte mi último poema. Es de manual, un poema no se explica, pero lo voy a hacer por única vez. Se llama La testigo y habla de una estatua viviente que trabaja en la peatonal haciendo lo suyo; es decir, quedarse quieta, sin mover un músculo ni mostrar ningún rasgo de humanidad. Extraño arte, pero arte al fin.
A pocos metros, una mujer cae (¿un balazo? ¿un culatazo? No se sabe bien), su cabeza golpea sobre el piso, hace un ruido imposible de olvidar. Un hombre escapa corriendo; tiene una inconfundible cicatriz tumbera y le faltan algunos dientes. La sangre de la mujer ha formado un pequeño charco del cual se abren ramificaciones, como ríos vistos desde un edificio muy alto. La mujer estatua ha visto todo, pero nadie le pregunta, nadie la puede ver como lo que es: la testigo más cercana a la muerte de la mujer. Y ella tampoco dice nada, siente que olvidó las palabras. Quiere gritar y el cemento de su boca se lo impide. El espanto la ha dejado muda. Como una estatua, después de todo.
La espera
El peugeot 504 blanco está estacionado al costado del Acceso Este, a unos 200 metros del puente. Parece un remís; es un remís, porque ahora que lo veo bien tiene un número en la puerta. Al volante está un hombre de contextura pequeña. Usa barba y unos lentes que parecen de otra cara, por lo grandes. Hace tres días que lo veo a la misma hora y en el mismo lugar, en aparente actitud de espera. ¿Esperará a una mujer? ¿A un pasajero? ¿Será un dealer o un agente encubierto? Al cuarto día, se decide, saca el arma de la guantera. Dispara una 9 milímetros prestada, en el mismo instante en que una retroexcavadora que trabaja en la calle lateral enciende su estridente motor. No hay ruido; mejor dicho un ruido tapa a otro; igualmente, los pájaros huyen asustados. La espera ha terminado, ¿pero qué hace esa mujer corriendo hacia el auto? ¿Por qué justo ahora lo llaman desde la base para un viaje en Colón y Patricias? ¿Y qué hace allí, justo allí, el policía que le prestó el revólver?
Y llovía, llovía
Lo bueno de soñar es que no hace falta que te crean. Por eso puedo contarles, no importa si ocurrió o no, que hace unos días salí a correr por una de las laterales del Acceso Este y me crucé con el mismísimo Leonardo Favio. Venía trotando lentamente, con su infaltable pañuelo en la cabeza y un equipo Adidas rojo furioso. Se acercó hacia donde yo estaba haciendo elongaciones, me miró de costado y sin saludarme me preguntó si tenía agua. Le dije que no y él, sin cambiar el tono, me lanzó: no te va a hacer falta, pibe, y se fue corriendo en cámara lenta. A los 20 metros, lo escucho que empieza a cantar. Ni bien alcanzo a oír esa parte que dice "y llovía, llovía", se largó un chaparrón de verano que ni les cuento. Tuve que resguardarme debajo de un eucaliptus, esperando que parara o que, en caso de tratarse de un sueño, poder despertar en mi cama. Pasó lo que tenía que pasar, desperté tan resfríado que hoy lo último que haría sería ir a correr. Cambio de planes. En el cine pasan una de Favio.
Y llovía, llovía
Lo bueno de soñar es que no hace falta que te crean. Por eso puedo contarles, no importa si ocurrió o no, que hace unos días salí a correr por una de las laterales del Acceso Este y me crucé con el mismísimo Leonardo Favio. Venía trotando lentamente, con su infaltable pañuelo en la cabeza y un equipo Adidas rojo furioso. Se acercó hacia donde yo estaba haciendo elongaciones, me miró de costado y sin saludarme me preguntó si tenía agua. Le dije que no y él, sin cambiar el tono, me lanzó: no te va a hacer falta, pibe, y se fue corriendo en cámara lenta. A los 20 metros, lo escucho que empieza a cantar. Ni bien alcanzo a oír esa parte que dice "y llovía, llovía", se largó un chaparrón de verano que ni les cuento. Tuve que resguardarme debajo de un eucaliptus, esperando que parara o que, en caso de tratarse de un sueño, poder despertar en mi cama. Pasó lo que tenía que pasar, desperté tan resfríado que hoy lo último que haría sería ir a correr. Cambio de planes. En el cine pasan una de Favio.
Humor
Candela tiene tres años. Es hija de mi primo Eduardo y va a la misma guardería que mi hijo Agustín. Lleva un vestidito verde que le hace juego con sus ojos verdes y está comiendo un chupetín de frutilla, apoyada con despreocupación en el ataúd de su abuelo. Afuera hay sol, aunque ya estamos en pleno junio y todos aquí adentro daríamos cualquier cosa por tomar un buen café. Candela llora porque ve llorar a su mamá, pero no entiende del todo lo que está pasando en esa habitación enorme, llena de flores y caras extrañas. Una mosca se posa en la nariz del finado. Ella quiere mucho a su abuelito. Tanto, que en su intento de matar a la mosca le da un violento golpe en la cara. Inmediatamente, como si buscara compensarlo, le convida su chupetín de frutilla; se lo pone en la boca no sin cierto esfuerzo. Estupefactos, los más cercanos a la bizarra escena no pueden creer lo que están viendo. No saben si retar a Candela, sacarla en silencio para no alterar a los demás, o si acercarse y decirle ¿qué hacés Candela, estás loca?
Si el abuelo, para quien su nieta era la luz de sus ojos, se hubiese visto así, rígido y con un chupetín en la boca, seguramente se habría reído un largo rato. Quienes lo conocimos podemos asegurar que Don Federico siempre fue un tipo con muy buen humor.
Su mano derecha
El Conde de Lumpier es dueño de medio país. Sabe que lo que quiera o pida, lo tendrá. Sin embargo, algo le quita el sueño: su firma nunca es igual. Es cierto, nadie hace dos firmas exactamente iguales, pero sí al menos parecidas. El, ni siquiera eso consigue. Un día de tantos, llama a Emilse, su ama de llaves, y le pide que intente copiar su firma. Ella, con trazo delicado, logra imitarla casi a la perfección. Inténtelo nuevamente, por favor, reclama el conde. Con su mano diestra, firma una vez más y el resultado supera al anterior, obteniendo una perfecta imitación de la rúbrica de su amo. Satisfecho por los resultados, desde ese día Emilse se convierte literalmente en la mano derecha del Conde de Lumpier. Este pacto, del cual ni siquiera los más cercanos darían fe de su existencia, permanecerá poco más de 25 años. Solamente será revelado tras la muerte del conde, cuando entre sus papeles los abogados encuentren el testamento con una modificación sustancial: al morir, todas las propiedades del conde de Lumpier deberán pasar a manos de Emilse. Por más que la decisión sorprenda a sus allegados, no hay dudas; lo certifica su propia e inconfundible firma.
Si el abuelo, para quien su nieta era la luz de sus ojos, se hubiese visto así, rígido y con un chupetín en la boca, seguramente se habría reído un largo rato. Quienes lo conocimos podemos asegurar que Don Federico siempre fue un tipo con muy buen humor.
Su mano derecha
El Conde de Lumpier es dueño de medio país. Sabe que lo que quiera o pida, lo tendrá. Sin embargo, algo le quita el sueño: su firma nunca es igual. Es cierto, nadie hace dos firmas exactamente iguales, pero sí al menos parecidas. El, ni siquiera eso consigue. Un día de tantos, llama a Emilse, su ama de llaves, y le pide que intente copiar su firma. Ella, con trazo delicado, logra imitarla casi a la perfección. Inténtelo nuevamente, por favor, reclama el conde. Con su mano diestra, firma una vez más y el resultado supera al anterior, obteniendo una perfecta imitación de la rúbrica de su amo. Satisfecho por los resultados, desde ese día Emilse se convierte literalmente en la mano derecha del Conde de Lumpier. Este pacto, del cual ni siquiera los más cercanos darían fe de su existencia, permanecerá poco más de 25 años. Solamente será revelado tras la muerte del conde, cuando entre sus papeles los abogados encuentren el testamento con una modificación sustancial: al morir, todas las propiedades del conde de Lumpier deberán pasar a manos de Emilse. Por más que la decisión sorprenda a sus allegados, no hay dudas; lo certifica su propia e inconfundible firma.
Nuestro nushu
Con la muerte de Yan Huanyi se fue la última china que hablaba el nushu, un idioma con más de cuatrocientos años que solamente entendían las mujeres de Jiang yong. Agradezco que ni siquiera la globalización les permitiera a mi mujer y a mi suegra conocer el nushu; sin embargo, caras de una misma moneda, se las ingenian para hablar en clave delante de mí, como las gitanas cuando suben a un micro y a los gritos, estridentes como los colores de sus larguísimas polleras, se comunican dejando al resto afuera de su sonoro secreto. No se ha demostrado aún cómo es posible que los ojos de las madres digan tanto. Una mirada materna codifica los misterios y las verdades de la vida de tal manera que ni el mejor filólogo podría saber qué hay allí donde los hombres no vemos más que unos ojos dulces ocultando sutiles candados. Mi mujer y mi suegra lo saben de sobra; explotan con sabiduría esa versión autóctona del nushu. Puede que ahora estén criticando en mi cara que hace más de una semana que no me afeito o que mis kilos de más deberían empezar a preocuparme. O quizás estén asegurando que escribir no es un trabajo digno, no al menos lo que esperaban de mí. La aparición en escena de mi suegro con un vaso del mejor malbec me saca de tanta elucubración y me devuelve a este domingo soleado de asado y pileta. Nuestro nushu es mucho más prosaico: hablar de fútbol, de mujeres o de cómo mentir con oficio en el truco es un idioma que ellas nunca entenderán. Chino básico.
Y E también
Dos mujeres se miran todo el tiempo en el pasillo del tren. Dos hombres se ignoran en un bar cualquiera. Un extraño y finísimo hilo -sólo adjudicable al azar- conecta ambas situaciones. Existe una quinta persona cuya identidad no nos es revelada, ni siquiera a través de la borra del café. Este último personaje se mantiene a cierta distancia de aquellas mujeres y aquellos hombres. Tiene en claro su objetivo, la razón de estar ahí. Ninguno de los cuatro (dos hombres, dos mujeres), ha advertido su fantasmal presencia. De lo contrario, su estrategia daría por tierra y a decir verdad no cuenta con un plan B para salir del paso. Para clarificar la situación, las mujeres serán identificadas como A y B, y los hombres como C y D. El restante, el intruso o el quinto -que bien podríamos llamar E- capta ahora una lágrima en el rostro de A y un rictus de alegría en B. A su vez, C y D se saludan por casualidad. En apenas 30 segundos, las primeras imágenes (dos mujeres mirándose, dos hombres ignorándose) se tornan opuestas (dos hombres saludándose, dos mujeres ignorándose). En sí, no son más que simples fotogramas de esa película que ni ellos ni nosotros llegaremos a ver. Una de esas estúpidas historias sin estreno que el intruso -que para el caso daría igual que fuera F o Z- podría seguir filmando a nuestras espaldas; siempre en las sombras, como un torpe asesino que daría su vida por protagonizar un thriller tan previsible como la muerte de A, B, C o D.
Y E también
Dos mujeres se miran todo el tiempo en el pasillo del tren. Dos hombres se ignoran en un bar cualquiera. Un extraño y finísimo hilo -sólo adjudicable al azar- conecta ambas situaciones. Existe una quinta persona cuya identidad no nos es revelada, ni siquiera a través de la borra del café. Este último personaje se mantiene a cierta distancia de aquellas mujeres y aquellos hombres. Tiene en claro su objetivo, la razón de estar ahí. Ninguno de los cuatro (dos hombres, dos mujeres), ha advertido su fantasmal presencia. De lo contrario, su estrategia daría por tierra y a decir verdad no cuenta con un plan B para salir del paso. Para clarificar la situación, las mujeres serán identificadas como A y B, y los hombres como C y D. El restante, el intruso o el quinto -que bien podríamos llamar E- capta ahora una lágrima en el rostro de A y un rictus de alegría en B. A su vez, C y D se saludan por casualidad. En apenas 30 segundos, las primeras imágenes (dos mujeres mirándose, dos hombres ignorándose) se tornan opuestas (dos hombres saludándose, dos mujeres ignorándose). En sí, no son más que simples fotogramas de esa película que ni ellos ni nosotros llegaremos a ver. Una de esas estúpidas historias sin estreno que el intruso -que para el caso daría igual que fuera F o Z- podría seguir filmando a nuestras espaldas; siempre en las sombras, como un torpe asesino que daría su vida por protagonizar un thriller tan previsible como la muerte de A, B, C o D.
Algo para la sed
Voy llegando a la plaza. De fondo suenan como música incidental las campanas de una iglesia del siglo XIX. Me presento: soy el protagonista de la película Jujuy blues, una producción independiente en la que hasta yo puse plata de mi bolsillo. Sigo caminando. Un niño de edad indefinida me ofrece empanadas caseras, una mujer -tal vez su madre- artesanías norteñas y un anciano ciego me pide "algo para la sed". Si no fuera porque voy registrando todo con mi videocámara, juraría que la película son ellos y yo apenas un extra absolutamente prescindible. Esos rostros sufridos parecen haber sido sometidos por la realidad al peor casting. Yo pongo cara de turista y sigo recorriendo la ciudad como a mi viejo y lejano manual Kapeluz, donde esta tierra era un pedacito de mapa igual que cualquier otro. Nada más lejano.
No sé qué saldrá de este rodaje a 45º centígrados, pero de lo que estoy seguro es que a Jujuy blues habrá que verla bien entrada la noche y tomando "algo para la sed".
¿Por qué bailábamos?
La traje desde el sueño. Como si se tratase de una extracción de cajero automático, en lugar de manoseados pesos llegó a mis manos su cintura, el humo de su cigarrillo escapándosele al besarme. Había pensado en ella todo el día; intentaba encontrarle algo de lógica a eso de estar tan lejos estando tan cerca. Cada vez que nos veíamos (rara vez pasaban más de cuatro o cinco meses) volvíamos a preguntarnos por qué tanta química se perdía en el cosmos o en olvidables poemas disparados vía mails.
No puedo precisar en qué lugar estábamos, pero sí recuerdo en detalle que bailábamos un tango, desnudos y algo borrachos. Parecíamos cómodos en ese ir y venir sin hoja de ruta, sólo había que dejarse llevar por la música. A juzgar por la coordinación, parecía que siempre nos hubiéramos amado así, de pie, toda la noche, con sus quiebres y sus espasmos.
Desperté agitado, intentando descifrar por qué bailábamos (digo, nunca fuimos a una disco juntos) y sobre todo por qué un tango (siempre escuchábamos otra música; rock, ambient o algo de jazz). Pensé en algo que me dijo y de pronto la extrañé más que nunca. Antes de volver a dormirme puse mi mano entre sus piernas y otra vez la oír gemir. Igual que en el sueño.
No sé qué saldrá de este rodaje a 45º centígrados, pero de lo que estoy seguro es que a Jujuy blues habrá que verla bien entrada la noche y tomando "algo para la sed".
¿Por qué bailábamos?
La traje desde el sueño. Como si se tratase de una extracción de cajero automático, en lugar de manoseados pesos llegó a mis manos su cintura, el humo de su cigarrillo escapándosele al besarme. Había pensado en ella todo el día; intentaba encontrarle algo de lógica a eso de estar tan lejos estando tan cerca. Cada vez que nos veíamos (rara vez pasaban más de cuatro o cinco meses) volvíamos a preguntarnos por qué tanta química se perdía en el cosmos o en olvidables poemas disparados vía mails.
No puedo precisar en qué lugar estábamos, pero sí recuerdo en detalle que bailábamos un tango, desnudos y algo borrachos. Parecíamos cómodos en ese ir y venir sin hoja de ruta, sólo había que dejarse llevar por la música. A juzgar por la coordinación, parecía que siempre nos hubiéramos amado así, de pie, toda la noche, con sus quiebres y sus espasmos.
Desperté agitado, intentando descifrar por qué bailábamos (digo, nunca fuimos a una disco juntos) y sobre todo por qué un tango (siempre escuchábamos otra música; rock, ambient o algo de jazz). Pensé en algo que me dijo y de pronto la extrañé más que nunca. Antes de volver a dormirme puse mi mano entre sus piernas y otra vez la oír gemir. Igual que en el sueño.
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