Arriba pasan cosas
A Luk, el ufólogo, Jam lo conoció en un viaje de exploración al Uritorco. Año ‘79, ‘80. Ambos llegaron con el mismo libro en sus mochilas, lo que más tarde sería interpretado por los dos como una primera señal. Si bien no hubo atracción inmediata, al segundo día no paraban de hablar de avistamientos, discos de Bowie, películas de ciencia ficción y de por qué allá arriba pasan cosas. Sin embargo, la hora de regresar llegó más rápido de lo que hubieran querido. Esa noche compartieron carpa, cama y porros. Y donde no deberían haberse visto resplandores, el cielo de sus dos metros cuadrados se iluminó como los ojos de una parturienta. Cuando volvieron en sí, no encontraron respuesta científica para tal fenómeno. Fue más fácil, más práctico, pensar que finalmente habían logrado el milagro de abducirse el uno al otro.
La fe mueve
Se enciende la luz en una habitación de Lima. Una estrella fugaz cae sobre Valparaíso. La puerta de un ascensor se atranca con el fagot de un libanés. Una faca atraviesa el cuello de un preso en Lisboa. Dos mujeres de Andalucía mueren atropelladas. Y arriba de mi mujer con talle de reloj arena* estoy yo. Esta noche todo tiene que ver con todo. Esta noche las horas caben en una botella. Por eso el espejo nos habla sucio y con la boca llena. (*Breton)
Piedra, no camino
Si tenés una piedra energética en tu mesa de luz ya estás en problemas. Pregunto: ¿Nunca leíste a Ramponi? ¿No escuchaste eso de “era una piedra en el agua, seca por dentro"? ¿Qué tengo que hacer para que te des cuenta de que la energía es otra cosa? No es lo que hace girar los molinos como una ruleta fuera de foco ni tampoco los aullidos que promete la pastillita azul; es ese capitán Ahab que tenés al mando de tu cabeza, un indomable moby dick de sangre que te hace bailar el corazón como un títere pasado de éxtasis.
Dejar para mañana
Anoto: "Escribir la carta que la hermana Irma nunca le escribió a Dumier-Smith, el falso profesor de arte de Salinger". Algún día, tal vez el perfecto para atrapar al pez banana, lo haga con el grado de pasión que hoy carezco. Mientras tanto, rezo porque nadie esté escribiendo ese cuento igualmente apócrifo.
Un cigarro para la Sontag
Su mano es una planta carnívora que se cierra a deshoras en un gesto tenso, casi de nouvelle vague. Con esfuerzo atrapa el humo, ese pérfido pájaro de aire que le delata los labios heridos, la lengua como una cama deshecha. Hay fuego en su última sábana de hospital. Cenizas quedan.
Puede fallar
Como los tobas, Miguel R. lee el futuro en los sueños. Por eso, como sabe que un domingo de estos morirá al volante, decide no salir más a la calle. Se convence de que no debe ser muy complicado sobrevivir en el autoexilio. Por teléfono pide comida, cigarrillos, el diario. Los impuestos y la tarjeta los paga por Internet. Trabajo no tiene: lo echaron y no quiere recordar por qué. Con su novia, becada en Italia desde hace dos meses, se chatea sin siquiera mencionarle su inminente final. A su madre la llama al menos tres veces por día, algo que a ella no le llama la atención; su hijo siempre dio con el perfil del edípico irredimible. Un solo detalle no ha previsto Miguel R.: nunca aprendió a manejar.
Segundos afuera
Lisa, casi agua o celofán, al primer round del amor deviene cactus, nena coyote que va del techo a la sed trepada en la liana de su corpiño. Aun así, bestia herida en su propio juego, se repliega a su guarida llevándose en la piel mis espinas rotas. Uñas de la carne compartida. En su boca, el jugo de mi corazón.
Su propio anzuelo
Fueron a pescar sin caña. No era la primera vez que lo hacían de esa forma. En cada ocasión el método se repetía sin variar el más mínimo detalle: sentarse a la orilla, los pies en el agua, y lo más importante: mirar profundo hacia un punto equis. Al cabo de un rato, como eyectados por la mano humana, peces de los más variados tamaños y colores saltaban fuera del agua. La parábola, casi el vuelo, concluía en una serie de canastas ubicadas una al lado de la otra a lo largo de unos quince o veinte metros. Dos horas después, a veces el padre, otras el hijo, emitía la primera y única palabra de la tarde para decir “vamos”, tras lo cual recogían lo (no) pescado y lo cargaban en la camioneta. Claramente satisfechos, regresaban a casa disimulando el silencio con la música de la radio. Cuando el secreto dejó de serlo, de un día para otro la exigua laguna se llenó de principiantes como así también de expertos en busca de nuevas experiencias. Fue en vano. Un fracaso total. Apenas lo vieron aparecer fue demasiado tarde para pensar o escapar. "Mordieron su propio anzuelo", fue lo único que se le escuchó decir al más viejo cuando leyó en el diario lo del tiburón.
La misión
Amanece en Ucrania. Ana y yo tomamos el café helado porque hoy tampoco hay gas y afuera sigue nevando. Los dientes nos castañean y si bien es cierto que con guantes se hace muy complicado escribir no nos queda otra que terminar lo que empezamos. A cuatro manos seguimos dándole forma a la Biblia de Palíndromos. Nos quedan apenas quince páginas para cumplir la misión. Si pudimos con el Atlas de los Anagramas no veo por qué no podremos lograr otra vez el objetivo. Por eso nos gusta pensar que somos un auténtico par de deportistas de la palabra, un dúo que se niega a sonar en estéreo. De a ratos solemos miramos para darnos aliento. Lo hacemos en silencio, sobreentendiendo lo que ya sabemos. “Peor sería trabajar”, leo sin esfuerzo en los ojos de Ana, que ahora prefiere perderse en una bufanda hasta el próximo capítulo.
Hacer pie
El buzo se ha subido al caballo sin ayuda. Lo supongo. En la foto que yo vi ya estaba montándolo. No se sabe si acaba de salir del agua o si va en busca de ella. La gente lo ve pasar por la calle principal del pueblo como a un cowboy extraterrestre. Dudan si reír o aplaudir su paso de héroe impostor que regresa a casa. En los cafés se preguntan que lo trae por aquí si no hay agua; nunca la hubo. El buzo no se da por aludido. Mira a los costados, se pasa la lengua por los labios resecos y cuando al fin divisa un bar se baja con movimientos torpes. Caminando algo incómodo entre los parroquianos llega hasta la barra para pedir un whisky con mucho hielo. Y otro. Y otros cinco más. Cuando el techo ya no es más el techo, siente que el mar está ahí nomás. Tan cerca que no lo duda y se tira. Mientras todos ríen, su caballo hace lo de siempre: lo sacude hasta volverlo en sí y lo arrastra hasta la calle. Juntos esperan que caiga la noche. Mañana lloverá, se dice antes de quedarse otra vez sin oxígeno.
Vamos a un corte
Por no querer subir a la montaña rusa. Por eso la dejé. Tan simple como eso. “Pedime que te encuentre el Santo Grial, que no me pierda en un shopping, que me guste el vino caliente, pero por favor no me pidás que suba con vos”. Eso le tendría que haber dicho y no, hice la más fácil. La dejé llorando en medio del parque, mientras todos nos miraban como si fuéramos dos fenómenos de circo. Ellas me lanzaban miradas de odio; ellos también. Uno incluso se acercó con la clara intención de pegarme una piña y un providencial corte de luz me salvó el pellejo. En un segundo el parque quedó negro como la lengua del Marqués de Sade. Al volver la luz yo ya estaba muy lejos de allí, jugando al pocker con un puñado de extraños. A mi chica tampoco le fue tan mal. Conmovidas por su llanto, unas veinte almas caritativas se ofrecieron, por turno, a subir con ella a la maldita montaña rusa. Una hora después su cabeza era un tiovivo desmadrado. Tan mareada estaba que se había olvidado de todo. Hasta de mí.
Malaya
Todas mis novelas empiezan con una foto, hasta que llega el viento con su pico y pala y vuelta a empezar. Algo que en verdad nunca me pasó con un soneto o un palíndromo. Pienso en Jorge Luis y ahí sí, la foto indefectiblemente se me vela.
Ni para el té
El barco se estacionó en la puerta. Se enteró de casualidad porque los vecinos corrieron a avisarle, alterados por los bocinazos del Capitán. De mala gana preparó la valija. Dos camisas, tres pantalones, un par de medias y otro de calzoncillos. Los zapatos negros. Como todos los lunes, no llovía ni para el té. Los sapos hacían lo de rutina: karaoke de sí mismos. Después besó uno por uno a sus siete hijos y al número cinco le dejó un billete de cien pesos debajo de la almohada. Bebió un café a las apuradas, higienizó su dentadura y por último abrazó a su mujer con la sumisión de los castos. Salió a la calle. Una vez más el barco había partido sin él. Resignado, subió al primer camello que pasaba. A mano llevaba su paf para el oído y un libro en blanco por si despertaba.
Un villancico para Nostradamus
Se lo dije. Se-lo-di-je. Dos veces se lo dije. “Lucy, yo no sé un carajo de electricidad. Sabés que soy un desastre con las manos. Después no digás que no te avisé”, le advertí clarito. “Dale, no es más que unir dos cables y listo. No hay que ir al Balseiro para saber eso”, retrucó irónica para meterme presión. Más cansado que convencido acepté unir el bendito par de cables como reclamaba mi pitonisa de cabecera. El resultado fue el esperable: se cumplió el vaticinio de este modesto Nostradamus de bermudas y ojotas. Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Casi una estrella fugaz bajo techo. Cuando vio el arbolito de Navidad completamente quemado, sus flamantes borlas doradas y rojas derretidas como una vela, lloró primero y después me insultó de una manera tan extraña que a mí me pareció escucharla rapear un villancico. Se lo dije. Dos veces se lo dije. Para qué. Esa noche en casa no hubo pirotecnia. Salvo la verbal, claro.
Bajo perfil bajo
Abre la puerta. En lugar de salir él, entra la calle. Un taxi lo para. Una hamburguesa lo saborea. Las sábanas lo acuestan. Un niño lo sueña. Esa mujer lo ama. La puerta lo cierra.
Caracoles muertos
Escribe desde la cárcel. Elije la radio porque escuchar todos los días el mismo programa es lo más parecido a abrirse una ventana. No es la primera vez que manda unas líneas para después escucharlas en esa voz que logra el milagro de acallar a la de su diablo guardián. Generalmente lo hace para contar que se siente solo, que extraña a su chica y a los pibes del barrio. Que ahí adentro sólo piensa en afuera. O que los días pasan como caracoles muertos. Hoy, sin embargo, escribió unas pocas palabras. Lo que perturba, lo que es complicado e incómodo de leer es esa parte donde la letra de pronto se torna temblorosa para decir “hasta acá llego”. El que lee se frena con el punto final del preso y pide, casi exige al operador, una bocanada de música; agua virtual para salir del paso y del aire. Se escucha Kafkanueces, la cumbia electrónica del momento. Para los que creen haber oído una suerte de despedida, esta música les suena más triste que un documental de botellas al mar varadas en la arena. Y con caracoles muertos.
Sinapsis
La radio anestesiada en un gol de mujer, la huella del cilantro dejándose estar en la casa prestada, el abuelo silbando una en 78 rpm, el perramus colgado como un cartel de Pepsi, ginseng versus desmemoria, la primera bic y el último post, aquel primer crujido del cuerpo, este cigarrillo sin fuego, aquella ceniza, sus iniciales en madera balsa, la aguja y la herida. La belleza como hilo conductor.
Antes, la naranja
“Lo que en la nieve crece a la larga deviene agua negra. Pozo con hambre. No hay luna que disimule esa boca abierta, esa lengua de escalera hacia adentro”. Dejó escrito en una servilleta Aldo Lisboa antes de comerse su último durazno y usar el alicate como nunca antes. El resto deberé escribirlo yo. Pero antes, la naranja.
A la Madonna
Ya no es un secreto, apenas un misterio para un puñado de incómodos creyentes. Desde hace tres días la Virgen del Agua se corporiza en los espejos de uno de los baños del Shopping. Quien la ha visto dice que no se puede dejar de mirarla, que te entra una sed desconocida y no hay líquido conocido o por conocer que libere de ese gusto amargo que se instala en las bocas. A otros les produce un guiño permanente en un ojo, cuyo antídoto más efectivo es correr al cine y ver tres películas de corrido. Dirán que no es más que una pobre versión del teléfono descompuesto, pero el otro día -el de la tormenta con vibrato- a la muy virgen se le dibujó una sugestiva sonrisa y de golpe comenzó a granizar sólo en el baño. Antes del sefiní místico, alguien logró contar que la insípida madonna se valió de esas minúsculas piedras para dejar escrito un mensaje. Lamentablemente hay que decir que un escéptico del sector Limpieza se apuró a borrarlo. De no creer.
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