Plan canje

Un gato negro por uno blanco. El trueque, la simple transacción, a priori no representaba ninguna ventaja para Isabel. En cambio para Miguel, su vecino de enfrente, era lo más cercano a la salvación, un simbólico respiro en su vida laboral (era creativo publicitario en una empresa con base en Madrid). A Isabel le daba lo mismo, después de todo alguna vez perteneció a su ex novio y sin esperarlo se quedó con ella como si hubiera sido parte de una meditada división de bienes. Agradecido, Miguel se llevó el gato blanco y apenas entró en su departamento sintió una desconocida sensación de paz. Lo dejó subir al sillón al que el negro nunca pudo acceder y fue por un poco de leche para hacerle más amable la bienvenida. Cuando volvió al living, el gato ya no estaba. No se desesperó, pensó que estaría en pleno reconocimiento de su nuevo hogar. Lo buscó sólo con la mirada y cuando lo encontró comprendió que había sido un error, un gran error haber hecho el canje con Isabel. Asomado a la ventana de ese cuarto piso, no dejaba de ladrarle a todo lo que se moviera: autos, palomas, niños, gatos negros.

Para mí, extraña

Nieva dentro de la heladera de la familia Rentera. El servicio técnico la vio esta mañana y se declaró desorientado, sin explicación alguna para tal fenómeno. “Señora, no podemos hacer nada”, fue la resignada respuesta del muchacho de la remera rota en la axila. Los Rentera llegaron a Lobos provenientes de Bariloche hace apenas una semana con la intención de radicarse. La heladera fue comprada allá hará unos tres años. Jamás habían tenido un problema con ella pero ahora nieva todo el día, llenando la casa con su imparable producción. Por más que probaron desenchufándola, no hay caso, nieva más que antes. “Para mí, extraña”, dice Julieta con la sabiduría de sus ocho años. Ante la falta de opciones más convincentes, se da por hecho que esa es la verdadera y única razón. La heladera es enviada de vuelta a Bariloche, a la casa de la hermana del señor Rentera. Tarjeta mediante, en 12 cuotas sin interés compran una nueva en Lobos. Aparentemente esta funciona bien, salvo que se considere una anormalidad escuchar música islandesa cada vez que se abre la puertita del freezer.

Zoofisma II

En el bazar de los elefantes rotos nadie habla porque a su modo todos son culpables. Avalaron con suficiencia la creación de zoológicos de cristal y a su turno decidieron que todos los días serían una buena excusa para brindar chocando las copas con odio. Lo diferente los asustaba como el inminente zumbido de un látigo. Por eso son, por eso serán, tan iguales y tan distintos en la vengativa memoria de los espejos.

Enrique

Un miércoles de noviembre el libro no lo esperó más. El libro estaba al final de un camino que él no quiso o no pudo transitar a otro ritmo o en otro plano que no fuera el puramente verbal. Lo suyo fue como esos vinos que se saborean lentamente, donde el desafío es descubrir perfumes, notas, registros de una música oculta. Durantes años fue dejando señales de una obra completa que se intuía aunque jamás llegaba a verse en su totalidad. Su praxis literaria consistía simplemente en apuntar títulos de capítulos en una resma de papel continuo. No llegaba a escribirlos, sólo los mostraba a selectos interlocutores; no eran necesariamente amigos o familiares, podía ser un alumno de confianza, un colega con buen oído, un desconocido con mejor paladar literario. Cada uno de esos títulos que se acumulaban sospechosamente deberían leerse como capítulos de su vida. Leerse de memoria, se sobreentiende. Cuando murió, supimos sin siquiera comentarlo, que el libro por fin estaba concluido y que únicamente podríamos leerlo aquellos que alguna vez escuchamos de su boca uno que otro capítulo. Juntos, nosotros somos ese libro tan perfecto como caótico. Un Enrique auténtico.

Eso

Yo no buscaba eso, lo juro por mi madre si hace falta. Había ido a la cocina para otra cosa, seguramente quería bajar algo de arriba del mueble antiguo que alguna vez fue de mi abuela (la italiana) y tanteando a ciegas la encontré. Eso que no buscaba -y me encontró- era una revista porno, aunque, claro, lo sabría mucho después. Según mi memoria fotográfica, tenía páginas en blanco y negro, y un papel satinado, un tanto grueso. Menos mal que no había nadie cerca porque fue un auténtico shock, como si te tiraran un balde de agua en la cara para reaccionar después de una lipotimia. Las imágenes me perturbaron a tal punto que no podía dejar de verlas una y otra vez, hasta que intuyendo que no era correcto que eso estuviera en las manos de un niño (yo tendría 8 o 9 años, no más) la volví a dejar allá arriba no sin cierta culpa. Aunque no volví a verla -en realidad no me animaba a bajarla otra vez- la presencia de eso se me imponía como un incómodo fantasma cuando entraba a la cocina o alguien miraba hacia la zona roja donde se había producido el hallazgo. Pasaban los días y lejos de olvidarme recordaba con más precisión cada página, cada imagen, cada cuerpo y hasta cada posición. Hoy podría decir que lo viví como una lección de educación sexual acelerada, agitada. Definitiva. Unos meses después di con el dato clave: el verdadero origen de la revista. Se la había regalado a mi viejo un tío mío con todo el cuidado y la prevención del caso; la había traído de España en la época de la dictadura cuando no se conseguían ni de casualidad en un kiosco aunque ofrecieras un puñado de dólares. Si salías del país, era casi un guiño de machos traer eso de contrabando, como si tratara de los alfajores que nos llegaban de Mar del Plata a la vuelta de las vacaciones de algún pariente pudiente. Debo reconocer que nunca hablamos de esto con mi padre pero estoy seguro que sabe que anduve por ahí. Será por eso que jamás nos hizo falta hablar de sexo; esas típicas preguntas del debut u otros temas incómodos por el estilo. Los silencios del viejo tenían mucho de sabiduría, me digo por lo bajo tratando de no hacer ruido mientras miro una porno francesa y mis hijas duermen rodeadas de peluches y virginales hadas madrinas.

Zoofisma

A las mujeres araña las pierden los vestidos transparentes, esos que piden un abrazo inmediato si no se quiere caer en la desnudez que los hombres pulpo no dudamos en interpretar como un grito de guerra. Y allá vamos, como buenos conejos letrados que somos.

Loca en sus ojos

Sin razón aparente, como hago buena parte de las cosas, el lunes dejé todo lo que tenía planeado para esa tarde y me fui derecho a comprar una parcela en un cementerio privado. Justo yo que cada vez que sale el tema digo “a mí crémenme, ni locos se les ocurra meterme bajo tierra”. Lo digo y de pensarlo nomás me falta el aire. Quiero creer que fue para evitarle un problema más a mi familia cuando llegue ese puto momento. Para esa inesperada inversión me gasté los pocos ahorros que tenía sabiendo que más temprano que tarde me iba a arrepentir; sobre todo cuando le contara a mi mujer. La reacción esperable (como si la estuviera escuchando) habría sido algo por el estilo: “No me comprás la cocina que está hecha pelota; no sé si te diste cuenta que le sale más humo que al Torino de tu viejo; y encima te gastás la poca plata que tenemos en una tumba!! Sos un boludo, definitivamente sos un boludo”. Sin embargo, la madre de mis hijos me sorprende con su versión más Osho: “Hiciste bien Humberto, uno nunca sabe cuándo la va a necesitar”. Lo dice bajando la vista hacia el cuchillo que sólo yo uso en la casa y que inesperadamente está en su mano brillando como las estrellas en el cielo de Hollywood. Ahora dudo si darle las gracias por no reaccionar como una loca o si salir corriendo porque la loca en este preciso momento está riendo en sus ojos como poseída.

Comienzo de la novela que no

Uno es esclavo de sus obsesiones y sólo lo entiende cuando las deja ser. La historia de la monja azul estuvo en su cabeza más de 30 años y un día, uno cualquiera, se decidió a contarla. No ya con un afán de posteridad sino más bien para morirse tranquilo. A Aldo Lisboa le habían diagnosticado un cáncer de pulmón y no le quedaba demasiado tiempo para postergar sueños o meros trámites literarios.

Ese día el cazador optó por quedarse

Noche. El ignoto escultor ruso viaja a las profundidades del bosque donde alguna vez quedó atrapada su sombra. Al llegar, conmovido, primero decide darle un nombre a ese invierno con raíces y a posteriori elige un árbol al azar porque en el sueño, el último, era cualquier árbol en el que habría de descubrir oculta la obra destinada a eternizarlo. La misma debería evocar su rostro y llevar por título“El espejo”. No contaba, mucho menos en el sueño aquél, con una tormenta nada azarosa ni con la pericia de ese rayo con hambre de pájaro carpintero. Roto el espejo en ciernes, el bosque se miró en el escultor deshecho y en sus ojos amaneció por primera vez.

¿En qué piensan los luchadores de sumo?

El proyecto piloto, encargado por una universidad privada vinculada a capitales españoles, consiste en salir a la calle y preguntar de improviso -mientras más espontáneo sea el objetivo, mejor- a niños, adultos y ancianos: “¿En qué piensan los luchadores de sumo?”.
Es de esperar que la primera reacción sea de sorpresa para luego inquirir si no se trata de una cámara oculta o una impertinencia sin el más mínimo sentido. Entonces se les explicará que no, que no es ningún chiste y que la encuesta tiene un profundo rigor científico. Lo lógico será que tampoco crean esto y se den dos situaciones: 1) Que molestos den vuelta la cara y sigan caminando como si nada. 2) Que sugieran al encuestador que se busque un trabajo en serio.

No obstante, y luego de mucho buscar, se logra dar con un pequeño pero compacto grupo que entiende claramente la consigna y la responde con sinceridad, aunque se permiten un dejo de ironía o malicia.

Lo que sigue son algunas de las posibles
intuiciones acerca del ¿hasta hoy? desconocido mundo interior de los luchadores de Sumo, esos insondables embajadores del deporte imperial que intentan mantener viva la llama de los dioses Takemikazuchi y Takeminakata.

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- “En ese exacto momento en que la crisálida se transforma en mariposa y se echa a volar”. (Ofelia, 37).

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“En que ese perfume que le regalaron es demasiado parecido al de su jefe y él odia a su jefe”. (Jorge, 25).

- “En que su mujer está sola y su mejor amigo también está solo”. (Raúl, 31).


- “En la mosca que está acercándose y que esa distracción podría costarle la derrota”. (Ana María, 18).


- “En esa gota de transpiración que se le desliza lentamente hacia el ojo. Sabe que no puede evitarlo y sabe que le arderá. ¿Podrá? ¿Le alcanzará con un solo ojo?”. (Emilse, 22).


- “En el avión que acaba de cruzar y en el que viaja su hijo a estudiar en una universidad inglesa. Piensa si le podrá pagarle los estudios. Piensa que tal vez no fue una buena idea”. (Ricardo, 45).


- “En que esa mujer de pollera verde, ubicada enfrente, no deja de cruzar las piernas. ¿Lo estará haciendo a propósito o será un tic nervioso?”. (Adela, 39).


- “En que su contrincante tiene unos hermosos ojos azules y no está nada mal. Si tal vez adelgazara un poco…”. (Juan, 20).


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Testimonio de Ramiro Favero (26), el joven que lleva la bandera argentina en su mawashi. “Cuando me preguntaron si yo, como luchador de sumo estaba de acuerdo con la encuesta, les fui muy sincero: ‘Preferiría saber qué piensa una psicopedagoga de esas que te piden que le digás un animal con el que te identificás'. Parece que les molestó porque me dijeron un frío gracias y se fueron ahí nomás a hablar con mi oponente”.
El susodicho, Omiko Tokoro, un descendiente de japoneses pero más porteño que el Abasto, ni siquiera les tuvo paciencia. Al minuto ya había levantado a una de las encuestadoras por sobre su cabeza y cuando todos pensábamos que la iba a arrojar al estanque con los peces koi, la bajó de nuevo y muy serio le dijo: “¿Te asustaste, no? ¿En qué pensabas vos cuando estabas allá arriba?”.
Asustada y recuperando de a poco sus colores, la chica le contestó con cierta timidez: “En nada, la verdad es que no pensaba en nada”. “Bueno, en lo mismo pienso yo cuando estoy luchando. ¿Te quedó claro?”, le arrojó molesto, sacándola definitivamente del círculo virtual en el que ambos cruzaron esas pocas palabras.
Tan claro le quedó que desde ese preciso momento el proyecto fue totalmente desactivado.El equipo arribó a la simple y contundente conclusión de que el sumo es un deporte ininteligible, demasiado inasequible para ciertas espíritus sensibles que preferirían el lirismo de una pelota de béisbol partiendo en dos el aire o una jabalina arrojada allí donde estacionan los pájaros.
Por sanidad mental, lo próximo que abordarán estos profesionales de la consigna será ahondar en oficios más permeables como los pulidores de mármol, las depiladoras o los afinadores de piano, entre otros tantos seres que hacen de lo suyo una respuesta sin pregunta.


Cipreses

Un quejido ronco, acaso un murmullo, lo acompaña camino a la tumba de su madre. Mientras, su hermano lo espera en el auto, leyendo el diario que ella escribió a lo largo de cuarenta años. El camino de cipreses es una imagen que ambos guardan de su niñez, tal vez del lejano entierro del abuelo Francisco. Ahora, siente una extraña sensación de alivio en el pecho; inspira todo el aire que puede sospechando que algo de esa paz podrá llevarse consigo cuando deje las últimas flores y a solas le diga a su madre todo lo que nunca se animó. El viento forma parte de un pacto que el hermano se niega a revelar pero que él cree desentrañar de casualidad al detenerse de tanto en tanto a leer epitafios en latín. Ese epifánico aullido que de pronto proviene de los cipreses no es otra cosa que la música con la que el camposanto da la bienvenida a sus nuevos inquilinos. Esto que acaba de explicarle el hermano con su habitual sabiduría no parece tener vinculación con que extrañamente el auto no arranque. Una voz, que no es de ninguno de los dos, advierte que es inminente la caída de la noche. Ambos están tranquilos; mamá, aún tibia allá abajo, habrá de protegerlos como cuando eran niños y jugaban a hacer pozos, minúsculas tumbas, para guardar en unas la luz, en otras la sombra.

Taller literario

Bastó un zapato, un único y común zapato tirado a la orilla de la ruta, para descubrir que el hombre que alguna vez estuvo en él es prescindible en esta historia. Dentro del zapato, y esto es lo que importa, hay un escarabajo que lo abandona lentamente para trepar por la mano de un niño que lo atrapa con habilidad de adulto y lo guarda con extremo cuidado en un frasco. Lo que el pequeño desconoce es que en caso de romperse, el zapato volverá al pie original y el insecto ya no será el insecto.

Stand Up

Se paró frente a ella como si ella fuese un micrófono y de golpe arrancó con una imparable catarata verbal. Prácticamente sin respirar, empezó a decirle de todo. No ahorró insultos, reproches, golpes bajos. Fueron exactos ocho minutos, controlados por reloj. Cuando terminó, su mujer lo miró a los ojos y, tras segundos que parecieron eternos, estalló en una carcajada. Ahora sí, más confiado, se fue a bañar, eligió la remera de Groucho Marx, el jean negro y cerca de las once salió hacia el teatro convencido de que esta sería una gran noche.

Diario del Coyote

20 de noviembre, 8.30 hs. Hoy decidí ayunar. Quiero estar más liviano y rápido que nunca. Estuve haciendo una serie de cálculos y es muy probable que todo salga tal como lo planeé. Está todo dado para que éste sea finalmente el día que tanto esperé. He dejado la mesa preparada, los cubiertos afilados, el plato bien limpio. Creo que jamás sentí tanta hambre como en este momento. Esta vez no tengo excusas, debo ir por lo mío.

Con un ojo abierto

Detesto a los melancólicos. Odio sus coartadas, sus remedios homeopáticos. Repudio esa teatral autoindulgencia con que silban un tango o cortan un pedazo de carne. Estén donde estén, su lastimosa mirada remite a un puerto, especialmente al barco que se va. Estos espantapájaros de oficio sólo pueden ver al mundo en reverso, nunca la vista al frente, la mano que espera (abierta). Eso sí, son previsores: duermen con un ojo abierto, estacionado por si acaso en el vano de la puerta. Y está probado que son los que se quedan eternamente en la duda extática de si deberían haber dejado todo y animarse a dar el salto. Están tan ensimismados en su propia historia que escriben de otros únicamente para vivir la vida que se niegan a sí mismos. Para ellos, esta bala de salva; esta única y definitiva bala perdida. ¿Quién dirá mía, quién con ese pusilánime hilo de voz?

Sarkozy

No sé cómo terminamos hablando de Sarkozy. Creo que fui yo el que dijo algo de que tenía ganas de viajar y puesto a soñar gratis mencioné al voleo París, Lisboa, Praga y alguna ciudad más. Germán, un ex compañero de la secundaria con el compartía un café después de, fácil, unos quince años, me interrumpe y me dice “¿te enteraste que murió madame Arlén, nuestra vieja profesora de francés?”. “No, ni idea”, dije como para contestarle rápido y seguir con mi hipotético periplo. Justo llega Ana María que llevaba a su hija al dentista. Se para a saludar a las apuradas pero antes de irse me reclama el libro de Baudelaire que me prestó hace mil años. Cuando intento retomar el hilo, digo “porque en Francia…” y ahí, ahora me acuerdo perfectamente, el Gordo (o sea Germán) me salta: “Ni en pedo, con Sarkozy está todo mal. No te lo aconsejo”, como si hubiera vuelto de allá hace unos días y estuviera al tanto de los problemas de los galos. (Aclaro: el Gordo, como mucho, cruzó una vez a Chile). Y después la remata con su mejor cara de politólogo: “Si no fuera por la Carlita Bruni, al Sarkozy ese ya lo habrían bajado de un hondazo”. Sin esperar mi respuesta, Germán grita un impostado “Garçon, la cuenta por favor” y una vez más, como en los viejos tiempos, me deja pagando a mí. ¡Merde!

De eso se trata

Hoy es el día más feliz de mi vida: renuncié al trabajo y tengo el tiempo suficiente para escribir que hoy es el día más feliz de mi vida porque renuncié a mi trabajo. Si tuviera que trasladar esa sensación a una metáfora, diría que me veo como el perro que en vano intenta morderse la cola hasta quedar agotado e impotente pero satisfecho por haberle sido fiel a su instinto. Así me siento ahora, en este preciso momento en que miro la calesita como si fueran mis pensamientos los que giran en ella. También podría contar que acabo de separarme, pero ese es otro capítulo. Prefiero, en cambio, sentir este extraño mareo en el que todo da vueltas a mi alrededor mientras yo sigo en el eje, quién sabe por cuántas horas más.
Siempre me jacté de que podía prescindir de los psicólogos, simplemente por tener un par de amigos con fino oído y lengua discreta. Pero hoy, para qué mentir, siento que ni siquiera eso me alcanza. Entonces salgo a caminar sin rumbo fijo y termino, indefectiblemente, en el Parque. En la calesita del Parque. Me quedo horas viéndola girar, pensando que esas caritas de velocidad son en potencia las de un futbolista, un torturador, una modelo famosa o un biólogo marino. En cada una de ellas veo a mis hijas y eso me recuerda que tengo una deuda pendiente. Siento una presión a la altura del cuello, como si una corbata demasiado celosa me estuviera quitando el aire. Si me pusieran un espejo, seguramente vería mi cara morada, los ojos a punto de explotar. Esta misma cara de desconcierto frente al monitor. De eso se trata, de explotar y no saber cómo.


Me lee, la leo

Me suele pasar muy seguido eso de dormirme con un libro entre las manos. Lo habitual es que ella me lo saque con delicadeza, lo cierre y apague la luz, pero esta vez altera eso que no llega a ser una rutina y con igual cuidado me lee al oído. Ya en el sueño le escucho decirme te amo en portugués. Por cosas así, despierto se lo digo yo en mi mejor francés. Como un ajuste de cuentas, apago la luz para leerla de arriba a abajo con estas manos.

Franz en Jules

Franz Skarbina acaba de dibujar su mejor retrato, el de Jules Laforgue. Al terminarlo, de inmediato visualiza una imagen del futuro: alquien mira ese dibujo y se pregunta cuánto había de Franz en Jules.

Cuidado, canciones tristes

La enfermedad es extraña, desconocida, ni siquiera tiene nombre, o al menos eso le dicen los numerosos especialistas que la han visto en los últimos meses sin poder disimular su perplejidad. Por lo que cuenta, se la descubrió ella misma mientras caminaba a la orilla del mar, durante las vacaciones en Villa Gesell. Si tiene que explicárselo a alguien ofrece la siguiente síntesis que, por repetida, ya suena a estudiada: “Basta que recuerde o escuche una canción triste para que empiece a reír sin parar hasta que se me caen las lágrimas y recién ahí es cuando siento una especie de equilibrio reparador”. Ante este extraño cuadro, debe andar por la vida más que precavida, no sólo evitando pensar en ese tipo de canciones o, lo que es mucho más difícil, escaparle a la música que sale de radios, autos que pasan, ventanas abiertas, disquerías, novios despechados. Los médicos, o la mayoría de ellos para ser justo, no son nada optimistas al respecto. Por ahora, resignados se limitan a reír como locos con ella y hasta llorar a los gritos si tal gesto empático fuera necesario.