En tren de elegir, el exegeta de bigote anchoita destaca del inventor de caballos su obra más perfecta e imperecedera: el de calesita. Incansable, duro por fuera, tierno por dentro, ahí va, siempre dócil para conducir al niño por el ilimitado camino de los sueños. Ya quisiera igual destino el sobrevaluado dragón.
Dudosa fábula surcoreana
Li Ho Chin es un apicultor de 35 años. No sabe leer ni escribir pero por algún extraño designio puede escuchar y entender lo que dicen las abejas. Una mañana de abril de 1972, en la mismísima cara de Li Ho Chin una de ellas le cuenta a otra que la muerte del apicultor es inminente. Sin mostrarse perturbado, Li Ho Chin vuelve a paso lento a su casa, busca el viejo revolver de su padre, se sienta en la cama y decidido se dispara en el corazón. Li Ho Chin muere desconociendo, entre muchas otras cosas, que las abejas, además de sabias, son peligrosamente mentirosas.
Eso que yo
Compro comida para gatos y no tengo gato. Por cosas así una noche mi mujer se fue con mi mejor amigo y eso que yo no tenía amigos.
Nada pasó
En la foto los perros están acostados bajo la mesa. Sobre la mesa hay un florero y en el florero una marchita rosa blanca. Pienso que ya hace demasiado tiempo que papá no da señales de vida. Mamá, que acaba de escuchar mi pensamiento, sigue preparando la comida para los perros. Hace como que nada pasó. Por eso esta vez no ladra.
Wikifreak
Convocado como todas las noches por el insomnio y sus narcóticas sirenas, me subo de buena gana al barco de Homero. O traducido en mi idioma, ir a la computadora como a sus piernas, si ella estuviera aquí. Misión en el desvelo de hoy: buscar algo en Wikifreak. Tipeo “Jirafa hasta los pies”. La pantalla me explica: “Agrupación fantasma. Mix de estilos, predominantemente new romantic con sello indie. Líder único. Pensamiento lateral. Su cerebro tiene 17 años y duerme menos que un sereno. Noche a noche grazna cosas como ‘Y ese barco se hundía/ palabra por palabra/ Se hundía/ como una hostia/ en la boca mía’”. Leo también una extraña recomendación: “No busquen su disco. No existe, es apenas una voz interior”. Se sabe, esa es la más jodida, la que da vueltas como un caset girando en torno de una bic negra. He dado con la clave: para el sueño que no llega, invoco a una masajista oriental que se ensucie a lo niño las manos conmigo. Y que parezca un accidente.
Más de tres
El político que leyó más de tres libros fue encontrado muerto con un extraño rictus en sus ojos y una mancha de tinta en medio de la frente. Por años se ocultó la verdadera historia de este inesperado desenlace. Podríamos decir que las conjeturas crecieron a la par del mito, ese malvón agradecido de ver luz. Jamás trascendieron los títulos de esos libros ni los detalles de la muerte, pero en tren de leer bajo el agua todo indicaría que se trató de una venganza de la corporación. Quién era él para ponerlos en evidencia tan aviesamente. Según el forense, cenizas hubo en la boca del político. De acuerdo con su informe, eran de un papel similar al de las páginas de un libro. El parte médico oficial habló en su momento de un simple paro cardíaco; nada que no pueda provocar un poema conmovedor, una novela movilizante, un cuento esclarecedor. O una biografía en la que vivir quepa en apenas tres o cuatro libros.
La verdad de Félix Bush
“Construí una cárcel y me encerré dentro de ella por cuarenta años”, se sincera Félix Bush ante el dueño de la funeraria. Está purgando una culpa que lo corroe por dentro a tal punto que decide hablar por única y última vez. Un dios interior no alcanza, nunca le alcanzó, para explicar por qué se aisló en el bosque y le dio de pastar a sus demonios. Ahora debe confesarse frente al pueblo y ante su propia sombra. Contar su verdad como quien se saca una molesta sanguijuela del corazón. Llega el día anunciado y todos están parados esperando que hable, que explique qué luz se le apagó en los ojos, que cuente qué cazador furtivo le asestó su mejor bala en la esperanza. Félix Bush está por hablar y esa mujer que lo mira a los ojos ya está llorando, allanando la primera piedra del camino. La verdad está por caer sobre propios y extraños como una lluvia ácida que a todos salpicará. Recién entonces Félix Bush habrá de sentirse libre y podrá rumbear con la frente bien alta hacia esa caja de madera que el mismo construyó. Sabe que ahora sí ella lo estará esperando.
Profético
Corría loca detrás del caracol. Agitada, lengua afuera, el corazón a punto de estallar, alcanzó a rozarlo. Suficiente para saber que no se trataba de otro sueño recurrente y que morir así tenía algo de profético. Perder frente a un caracol era como entrar al mar y que el agua no la tocara. Y si el agua no la tocaba, el caracol reiría frenéticamente hasta estallar y multiplicarse en jardines ajenos. En el propio, acaso, un conejo intentara el vuelo. ¿Para qué entonces, esas antenas que sólo captan la radio que transmite el canto de los grillos día y noche?
Final alternativo
Entra a la librería decidido a comprarse un par de libros. Los lleva anotados porque siempre le pasa lo mismo; se distrae viendo las tapas, los títulos, los autores que no conoce y al final termina llevando cualquiera menos el que buscaba. Ahora está seguro de que eso no volverá a ocurrirle. En realidad, eso creía hasta que al ver una tapa que le llama la atención descubre que el título es igual al de uno de sus cuentos. No al de cualquiera, al de su mejor cuento. Le sobreviene tal bronca, tal impotencia, que no sólo no compra lo que tenía pensado sino que a una mujer que está por pagar y lleva el libro que disparó su ira le dice por lo bajo, sin que lo escuche el cajero: “Yo que usted no lo llevaría. Lo leí hace poco y es una porquería. Lo peor que ha escrito”.
Final alternativo, símil “Elige tu propia aventura”: El escritor indignado descubre que no sólo el libro se llama igual a su cuento sino que el autor tiene su mismo nombre. Ante tan borgeana situación, se le nubla la vista y se desploma como la bailarina del Cisne negro. Los que están a su alrededor cambian de planes; deciden llevarse ese libro sin importarles si en algún momento despertará.
Final alternativo, símil “Elige tu propia aventura”: El escritor indignado descubre que no sólo el libro se llama igual a su cuento sino que el autor tiene su mismo nombre. Ante tan borgeana situación, se le nubla la vista y se desploma como la bailarina del Cisne negro. Los que están a su alrededor cambian de planes; deciden llevarse ese libro sin importarles si en algún momento despertará.
Ella a él / él a ella
Ella le dijo: vos sos un mal doblaje del doctor House. El a ella: y vos, como una película de Armado Bo pero muda. Como ninguno entendió lo que quería decirle el otro, convinieron que al menos por esa noche no había razones para seguir discutiendo. Una vez más, el sexo pacificador puso las cosas en su lugar. En el alto al fuego parecían una foto de Annie Leibovitz.
Call center
Aquel cabaret mexicano era como cualquier película mexicana, un aullido de colores, un exceso de formas, luces, sonidos. Canciones pegadizas le salían al paso, románticas por demás como esas chicas gruesas, de bigotes a lo Frida y labios inflamables, que relojeaban detrás de una cortina sucia. Se quedó en la puerta, fumando para no hablar, viendo lo suficiente como para saber que el sexo no estaba ahí, que la noche prometía algo mejor que esas desalineadas julietas de utilería. Prometía, bendita Virgen de Guadalupe, esa chica del call center que amaba las novelas de Boris Vian y odiaba con fervor los boleros, toda esa pasión impostada. Ella valía mucho más que dos polvos y dos Jack Daniel's. Sin que él se diera cuenta, le escribió un nombre y un teléfono en el pasaporte. Al otro día, varado en el aeropuerto, la llamó y llamó sin resultado. Ella no contestó. Demasiado trabajo, pensó resignado.
Acting
No hizo falta mentirle ni improvisar una excusa más o menos convincente. Salía a comprar cigarrillos como todos los días. Su mujer lo miró a los ojos pero no le dijo nada. Después cerró la puerta con el temor de siempre.
Tu puerta
Mirás la lluvia pensando que alguien debería golpear tu puerta en este preciso momento. Y aunque nadie llega, en tu corazón anegado la música gira una última llave y el que dormía en vos te saca a bailar como entonces.
Contame
El ventilador de techo va por su vuelta 108.957 cuando suena el timbre. Molesto, muy molesto porque han interrumpido su conteo, le abre al sodero y apuntándole en la frente antes de que el otro le lance su acostumbrando “Buenos días, jefe”, le dice, más bien le exige: “Empezá a contar. ¡Ya!”. Pálido y totalmente aterrorizado, el sorprendido hombre de unos 50 años se larga a contar titubeante: “1, 2, 3, 4, cin…” en la mitad del cinco suena el disparo. Con sus últimas fuerzas, el sodero exhala “…co”. Más relajado, el dueño de casa cierra la puerta de calle, vuelve a su pieza y recomienza el conteo interrumpido. Esta vez arranca desde cinco.
Tres deseos
La moneda está en el aire. La niña mira y no cae. El niño cuenta los segundos y tampoco cae. Un hombre, que bien podría ser el padre de ambos, piensa que debe tratarse de una foto. Hasta que de repente cae y ya no son los mismos: sus deseos se han cumplido y en un pestañeo desaparecen de allí. La niña es una más en el casting de Narnia, el niño festeja el gol del campeonato y el hombre está con la mujer de su vida. ¿La que arrojó la moneda?
Un tipo más
Entró en la etapa Tahoma después de años entregado a la Arial. El había sido un tipo más de la Times (con ascendente en Helvética) en aquellos años de escasos cambios, de vida organizada y mínimas digresiones. Ahora lo suyo lleva el sello de los puntos suspensivos; no quiere oír hablar de paréntesis ni corchetes. Quiere aire, pocas comas, mucho blanco; sobre todo mucho blanco. Su presente se reduce a poco más de 1.000 caracteres. Suficiente para decir, y decirse, que no todo habrá de terminar con un punto.
Alféizar
Dijo ella: nunca usás la palabra alféizar. Tenés razón, le dije. Me dice: ¿Qué te parece si hablás de una paloma que cae en tu ventana, herida por el disparo de un rifle? Escribís, por ejemplo,”esa mañana, como todas las mañanas, no vi sólo la montaña desde mi ventana. Obstruyendo mi privilegiada visión de la cordillera había una paloma herida sobre el alféizar”. No me gusta, le dije. Y fui por el rifle.
Tuerca & tornillo
Trazo líneas imaginarias, límites arbitrarios. Esto queda, esto se va. Vacío la papelera a cada rato y siempre algo queda. A lo Goebbels. De ese efecto residual, de ese numen indefinible extraigo lo que a falta de palabra más precisa defino como memoria. Ese artesanal trabajo de armado, símil al de la foto de esos LCD ensamblados en Ushuaia, da por resultado una antología de momentos personales donde el corazón, su materia prima, juega un rol particular como de tuerca y tornillo, llave y picaporte, algo por el estilo. Sólo así es posible hacer esto: acostarme, mirar al techo y arrancar con un zapping de recuerdos. En ese espejo roto hay una astilla para ella. Le veo apenas la boca. Alcanza.
Hielo negro
Sería tranquilizador decir que lo había soñado, pero no, lo que había encontrado en el freezer era hielo negro. La imagen fue lo suficientemente fuerte como para cerrar la heladera de golpe y volverla abrir como si en esa segunda ocasión se disipara una primera impresión equivocada, una ilusión óptica pasible de ser corregida. No. El hielo negro seguía ahí. No se animó a tocarlo; lo contempló un largo rato y se decidió por lo más simple, quizás lo único al alcance de su mano: cambiar la heladera.
Barza
Al adolescente que va con la cabeza recostada en la ventanilla del micro la bala le roza la visera de su gorra wachiturra. Lleva puesta una camiseta del Barcelona, con el 10 de Messi en la espalda. No es consciente de lo que acaba de pasar hasta que ve cómo se desploma una mujer en el pasillo. Sabe que es su día de suerte, el primer día del resto de sus días, pero esa mujer es su madre y alguien tiene que gritar, pedir ayuda, llorarla.
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