Segurísimo
No me acuerdo su apellido, pero segurísimo que se llamaba Aníbal. Lo sé porque cuando me lo presentaron pensé para mí “se llama igual que mi hermano; imposible que me olvide su nombre”. Los años, unos veinte tal vez, pasaron y nunca más supe de él. Hoy, de pura casualidad, me encuentro con su ex mujer y vuelvo a acordarme de Aníbal. No me animo a preguntarle cómo está él o qué es de su vida. Desconozco si terminaron en buenos o malos términos; temo que me responda “no sabés, Aníbal murió hace dos años, una enfermedad fulminante, no pudimos hacer nada”. Evito entonces la pregunta incómoda y a cambio la invito a tomar un café. No sabría explicar cómo, qué dije o hice, pero a las dos horas estábamos en su cama. En el momento menos oportuno, podrán imaginarse, estábamos llegando al clímax y a la par que ella lanzaba un aaaaaaaaahhhhhhhhhh largo y sostenido, se me sale casi en un grito un aaaaaaaaa…¡níbal Olaver! La puta madre, ¿justo ahí tenía que responderme la duda que me había rondado desde que me encontré con Serena? Ella abrió los ojos como un dos de oro y con un odio indisimulable en la voz me preguntó: “¿Me estás cargando, imbécil?”. Si le decía que no, no me hubiera creído. Opté por mentirle. “Lo vi, estoy seguro que lo vi en el espejo y me hacía así con la mano (un tajo en el cuello)”. Debo decir que lo tomó mejor de lo que esperaba. “Siempre me hace lo mismo. Cada vez que me traigo un tipo, se aparece en el espejo y lo amenaza. No le des bola”. Le hice caso. Sin mirar hacia donde estaba Aníbal, me vestí a desgano y cuando Serena intentó preguntarme mi nombre le tapé la boca con un beso. Otro día tal vez se lo diga, mientras tanto prefiero que me recuerde sólo por mi apellido.
Madera oriental
Una japonesa abre la puerta. Es una foto en el diario, pero ¿quién podría afirmar que no hay vida en las fotos? No faltará quien me diga que no hay nadie esperándola, que está llegando a su casa después de un día tremendo en el hospital. Digo hospital porque para mí ella es enfermera, aunque también podría ser cirujana (manos finas, uñas muy cuidadas). Como no hay pruebas ni señales de que efectivamente alguien la esté esperando, ya estoy allí sentado, con la mesa preparada, su comida preferida y un sahumerio de madera oriental para armonizar el encuentro. Comprenderán, no quiero ser descortés, pero es hora de ir cerrándoles la puerta.
La chispa de mamá
Sabíamos que algún día le iba a pasar. Por terca, por orgullosa. Se lo decíamos y ella como si nada. Sobrevoló tantas veces y tan peligrosamente las hornallas con su larga melena sin atar que ese día no tardó en llegar. Fue un treinta de agosto; lo recuerdo como si fuera hoy. Cocinando como siempre, se acercó lo suficiente para que el fuego ganara su cabeza con una velocidad inusitada. Nosotros recién nos dimos cuenta cuando escuchamos a mamá gritar como loca y, aunque nos pedía ayuda, no esperó que le tiráramos agua o una toalla encima; salió corriendo a la calle y no hubo vecino, rápido o no de reflejos, que pudiera hacer algo por esa mujer consumiéndose a lo bonzo. Hoy no dudamos de que se salvó de milagro y ella no deja de decir a quien quiera oírla que está viva gracias a Santa Rosa de Lima. Con mis hermanas hicimos un pacto: ya no la dejamos ni acercarse a la cocina; la menor es quien se encarga de la comida y yo de prender el calefón y el calefactor. Mamá pareciera no estar molesta por nuestras decisiones; mientras peina durante horas la peluca roja, aprovecha para fumar a escondidas sus cigarrillos apagados. Uno tras otro.
Hasta ayer
Apenas terminaron de enterrarla, se miraron y sin decir palabra volvieron al auto. En el camino, Lorenzo estuvo tentado en comentarle lo que se le cruzó por la cabeza y que antes no había notado: desde el cementerio se podía apreciar la mejor vista de la ciudad. Allá abajo, en ese pozo que los años fueron rellenando pacientemente de calles, edificios e historias poco dignas de contar, un millón y pico de personas seguían evitando alzar la mirada hacia la colina donde los huesos de alguno de los suyos había ido a parar antes o después. Genaro era uno de esos supersticiosos. Hasta ayer. Con su hermano Lorenzo alguna vez se juraron no volver a pisar jamás el tumberío, pero su madre se los había pedido encarecidamente en su lecho de muerte: "El día que llegue el turno de Negrita, entiérrenla conmigo". Cumplido el deseo materno, ahora ambas descansan en paz. Ellos, en cambio, no pueden dejar de regresar todos las noches a cavar sus propias tumbas.
Lo de Ocampo
En el jardín de las hermanas Ocampo un cactus de origen mexicano acaba de abrirse junto a la misma pared blanca donde el sol de abril se permite un exiguo descanso. Una mariposa queda atrapada, en realidad atravesada en una espina, mientras adentro de la casa departen fogosamente unos veinte escritores. Hoy, extrañamente, nadie ha salido a fumar o a respirar un poco de aire puro. En consecuencia, ninguno habrá de toparse accidentalmente con la mariposa en el cactus. La poesía, como el amor, confirma que es elusiva por naturaleza. Con la noche, los escribas parten uno a uno hacia donde la ciudad les reserva un anaquel, una copa y una cama. Todos se van, incluso el cactus. Volando.
La procesión va
Los únicos, los mínimos e indispensables movimientos, se desarrollan en el antes y el después. Estrictamente estudiados, son tan precisos y mecánicos que parecieran responder a un guión. Cada cambio de guardia conlleva algo de patriótico déjà vu; de polaroid sanmartiniana que nunca habrá de perder la huella hacia el portarretratos. Los niños miran a esos robots domesticados como se mira a Don José sobre su fiel caballo congelado. De reojo, padres, maestros y curiosos sucumben al poder simbólico de tales muñecos de carne y hueso que apenas se permiten respiran para no alterar los laureles de la solemne foto. Pero adentro de sus cabezas, los imberbes granaderos juegan, sienten, se excitan incluso (¿imaginarán sus sables en alto?). Se ven a sí mismos tomando por asalto las piernas de esa maestra jardinera o el cuello de aquella madre de veintipico y así el frío de julio milagrosamente se les va como un transporte escolar o ese periodista desdeñoso que ni mira ni toma notas. A veces, puede que sus ojos se disparen detrás del taxista que enfurecido encierra a la motito del delivery. O se cuelguen buscándole formas reconocibles al gratuito humo de los micros. Imperturbables, debajo del uniforme ellos también bailan por un sueño.
Yendo se escribe así
Un ejército cae derrotado en una batalla que, a priori, se presentaba favorable. Cuando llega la hora de recoger a los heridos, un moribundo alcanza a dejar su última palabra, tal vez dirigida a la mujer que lo espera de vuelta a casa. La palabra está a punto de llegar a destino pero al rozar las siemprevivas del hogar detona y a ella sólo la alcanzan esquirlas de un inesperado silencio. El silencio de él abrazando al de ella.
Panda del minuto
La miro dormir. Desvelado la miro dormir. Con envidia. Hambre, acaso. En esta noche de brazos abiertos ha caído como una gemela para que yo me pierda entre sus escombros más tiernos. A oscuras, la hurgo sabiendo que aún hay fuego en su centro. Luz de giro hacia un bosque que empieza y termina en el sueño que otra vez me deja afuera. En él habita el panda que trabaja un minuto por día para procurarse la miel de su ausencia. Comerla es su instinto. Hablo de mí.
Esa clase de hongos
Tuvieron muchos hijos, demasiados, sólo porque vivían a orillas del mar. Desde el vamos consideraron que esa cercanía sería la más propicia para la reproducción indiscriminada. ¿Quién en su sano juicio, argumentaban, podría sustraerse a la acompasada música de las olas, al rumor del viento cuando desova y especialmente a esa luna varada en la ventana? En clima tan inspirador concibieron a sus dieciocho versiones. No obstante, un día la cadena habría de cortarse abruptamente. Un tsunami soñado por el más pequeño de la casa los sorprendió en plena noche; a ella arriba, a él abajo, y a los chicos durmiendo o leyendo o jugando con los fantasmas de siempre. En cuestión de segundos, quedaron todos pendiendo del árbol más alto y antiguo de la costa. Y allí debieron continuar por años, camuflados entre ramas y aves cada vez más familiares. Vivieron de cazar pájaros, pescar mantarrayas y tortugas de agua, y, en no menor medida, de la caridad forzada de turistas desorientados. De a poco, los hijos se les fueron yendo: unos detrás de mujeres anzuelo, ellas detrás de capitanes de barco o marineros vírgenes y un puñado de la mano de la muerte misma. Ya solos y sin el hambre de entonces en el cuerpo, madre y padre se miraron a los ojos por primera vez. Un solo objetivo los llevó a bajar del árbol aquél: recoger esa clase de hongos con la que empezó todo.
Chau Irene
Escucho un “Chau Irene” pero no alcanzo a verle la cara a quien la despide. La voz, tenue, tal vez adolescente, sube sola al micro y parte conmigo. Trato de concentrarme para retenerla, para no distraerme con la radio del chofer o lo que conversan dos tipos que recién salen del trabajo. Desde entonces, cada mañana la voz de la que no es Irene me dice “levantate, amor” y yo me levanto con la convicción de un soldado. Desayuno solo pero siempre hablamos de todo un poco. Comentamos lo que dice el diario, lo que cada uno hará el resto del día, dónde nos gustaría ir a la noche. Una tarde cualquiera, me distraigo mirando artesanías y la voz de la que no es Irene se me pierde en la plaza y ya no hay nada que pueda hacer para impedirlo. “Chau”, es lo único que atino a decirle a sus espaldas (o a lo que imagino como ella yéndose) y cuando pienso que todos estos árboles sólo crecieron para esperar el momento en que yo decida colgarme, la Irene que no es la voz se da vuelta y me pregunta: “¿Me hablás a mí?”.
Que no, que gracias
“Es un regalo. Te juro que es un regalo. No tengás miedo, es para vos”. Y yo, que no lo conocía, que nunca recibí nada de un extraño, lo miré a los ojos para decirle que no, que gracias, pero él ya se había ido, dejando su cuerpo ahí, vacío, para que yo pusiera mi oído en su corazón aún en ritmo y al cerrar los ojos viera con los suyos eso para lo que, a falta de palabras o definición más certera, nunca dudé en llamar regalo.
Museo de la nieve
Cuando llegamos ya era demasiado tarde. Sólo quedaban charcos aquí y allá donde ahora con cierto esfuerzo llegamos a intuir un cuadro impresionista, una columna dórica, puede que una escultura románica, acaso el grabado de una mujer dormida junto al fuego. Lo que vemos, en realidad es eso que no vimos y que creemos poder reconstruir apelando a una arbitraria combinación de relato oral e imaginación. A la salida, ni ella ni yo lo decimos pero sabemos perfectamente que fue un error imperdonable haber esperado la primavera para traer a los niños.
La poca sopa
Da vueltas una, dos, veinte veces, alrededor de la lámpara hasta acercarse lo suficiente. Después, lo previsible: queda fulminada al instante. Su caída se produce tan ahí como todos podrían imaginar. El niño, otrora animalito boquiflojo, deja de comer ipso facto. Y no por asco, como cree su madre de pecho. Como activado por su propio play, se ha puesto a jugar sin importarle el grito sioux de papá. Se propone ayudar al náufrago (la ex mosca) a llegar a la costa (borde tallado del plato). Una vez rescatado, el héroe (él) espera el beso redentor de la reina voluptuosa (su prima). Jugar al salvador es algo que el gobernador Ortegoza cultiva con fervor desde entonces. El problema -nuestro, no de él- son estas demasiadas moscas para tan poca sopa. Deberíamos haberlo pensado antes.
Paritaria
Si no hay voces ni pruebas en contra, estoy en condiciones de afirmar que esta silla camina. Es todo lo que tengo para decir. Será mi palabra contra su placebo.
Todo de negro
Ir en tren era lo último que había pensado cuando recibió ese llamado. Pero ahí estaba, con un libro en las manos que no lograba decidirse a leer y mirando por la ventanilla una sucesión de árboles, vacas y casas. Lo único que logró alterar la monotonía de ese paisaje en movimiento fue un espantapájaros vestido todo de negro. Ahora, cada vez que recuerda su rostro, le vuelve aquella aterradora sensación. El ominoso muñeco tenía la cara de su padre, la misma cara que puso cuando la policía le dijo que debía llevarlo detenido. Lo acusaban de un crimen que él habría de negar hasta el día de su propia muerte. Agitado por lo que acababa de ver, corrió la cortina y sin convicción abrió el libro. Por suerte, estaba todo en blanco.
Ni mú
Grillos. Un coro griego de grillos. Sólo callan cuando alguien, dentro o fuera de la casa, grita más fuerte que ellos. Indiferente, ella pone un disco. Diferente, él enciende la licuadora. Hijo 1: grita goles en la play. Hija 2: ve dibujitos japoneses. A pura bocina, un taxi recuerda que hace rato espera y no tiene todo el día. El sodero, sin freno de mano, hace otro tanto colgado del timbre. Calladito pero harto, el silencio huye; decide atrincherarse debajo del sofá. Como de costumbre, habrá de masturbarse pensando en ese maravilloso cuadro donde ni el mar ni la gaviota dicen ni mú.
Rama caída
Carece de gimnasia social. No tiene. No tuvo. No tendrá. Y no le importa en lo más mínimo. Dice: "Soy un caracol feliz transitando una huella indeleble". Por el ojal de su cabeza, día y noche entra y sale una música esférica, un silencio viral así o asá. A su lado, esa mujer anexada a su sexo late y late y ese eco anida para siempre dentro de ella. Afuera, cada hoja que cae duele como una primera vez. Asido a la rama caída no necesita antena. El es la antena.
Rodríguez y Rodríguez
Se conocieron en el pasillo de un hospital. Hablo de Rodríguez y Rodríguez. Cuando la enfermera se apareció en la puerta y preguntó “¿Rodríguez?”, ambos se le acercaron con gesto preocupado. Frente a los dos hombres, la mujer amplió la pregunta: “¿Quién es Rodríguez?”. Casi a dúo, respondieron “Yo”. La desconcertada enfermera revisó un papel y creyó así aclarar la confusión: “Luis Rodríguez”. Los dos Rodríguez se miraron. Uno dijo: “Yo soy Esteban”. El otro: “Yo Aníbal”. Más molesta que desorientada, la enfermera resopló y se fue sin decirles nada. Los Rodríguez se convidaron una sonrisa de incomodidad. No les quedó otra que darse la mano y romper el hielo. “Mucho gusto”, dijeron al unísono. Adentro, un recién nacido lanzó su primer berrido en este mundo. Pesaba 3,400, tenía ojos marrones y no se parecía ni a Esteban ni a Aníbal. Sí a Luis, el Rodríguez que la policía acababa de identificar a sólo dos cuadras del hospital. “Cruzó corriendo como loco y no vio que el micro tenía verde”, intentó explicar la anciana que vio todo.
Propiedad horizontal
Era mejor cuando no teníamos sommier. Hacíamos el amor a capela y la madera crujía tiernamente, dócil aun en su desmadrado vaivén. En esas noches sentíamos que algo más allá de los cuerpos –llamale energía, mística, simple vibración- se activaba natural entre clavo y clavo. Salvaje, una música orgánica irrumpía desde la fricción in crescendo. Hasta que esa música dejó de sonar. ¡Claro que era mejor cuando no teníamos sommier!, porque entonces todavía dormíamos juntos, soñábamos tête à tête. Ahora apenas si te veo, tan desnuda allá en la otra punta de esta pesadilla y con el silencio al medio como un tajo incómodo, llenándote donde yo ya no puedo.
Ríe (última)
En segundo plano quedan los cuatro alrededor de la mesa. El foco en este momento está puesto en el vaso al que hasta una mosca del montón elige como centro de atención. Parece que los cuatro hablan. Parece que escuchan. Y no. No hablan, no escuchan. Los cuatro miran de reojo el vaso. No es fácil, hay poca luz, apenas unas velas nada románticas. Por la tensión, la situación daría para reírse, pero a pesar del alcohol nadie se anima a abrir la boca. Hay cuatro vasos juntos y en uno flota, obscena, una dentadura. Ella es la única que ríe.
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