Tres

La foto era en blanco y negro, con una esquina rota y un tanto ajada, como si hubiera estado mucho tiempo fuera del álbum familiar. En ella había tres hombres, en orden decreciente en cuanto a estatura y edad. El más alto era el padre, el del medio el hijo y el más pequeño el nieto. Los tres se ven bien vestidos, prolijamente peinados y algo serios, quizás cohibidos por el fotógrafo y la posteridad. Los tres han muerto hace demasiados años; no menos de 25 o 30. En realidad, no es el recuerdo lo que conmueve como ayer a toda la familia. Lo que se puede leer con toda claridad detrás de la foto es lo que aún hoy les eriza la piel, lo que revive en ellos un interminable sentimiento de venganza. La letra del asesino, palabra por palabra con la sangre de los tres, sigue latente ahí, peor que un fantasma, mucho peor que haber visto todo.

Pensándolo bien

De la noche a la mañana se le dio por hacer pilates, por escuchar esa insoportable música de delfines, por leerse todo Osho, por evitar el maquillaje y hasta por dejar de fumar sus dos cigarrillos diarios. Pero ahí no termina todo. Me hace dejar los zapatos en la puerta, colgar cada camisa y pantalón que me saco, recoger el diario (sí, soy de los que dejan una parte en el baño, otra en la cocina y hasta debajo de la cama) y hasta bañar al perro, aunque sólo tengamos un gato de esos que te caen de arriba. Esto, por ser sintético y no sonar como el típico macho despechado. El problema, el real problema, es que consciente o no ella extendió su cambio radical a mi vida y mi vida dejó de ser eso: mi vida. Ante esa descomunal invasión, siento que me quedan dos opciones, no más: irme o matarla. Pero, pensándolo bien, ¿por qué irme?

Dulces sueños en un Skona

Aún sin saberlo, todos soñamos con dormir en uno de ellos. Especialmente en los rellenos con pelo de caballo. Créanme, una noche sobre un Skona es lo más parecido a una luna de miel bajo techo, a un largo día en un spa de Bombinhas. Tan lejos estamos de ellos, en precio digo, que sólo podemos mirarlos detrás de una vidriera pensando que alguna vez la dulce fortuna nos pondrá en las manos el número ganador y con él la posibilidad de entrar a comprar un Skona. Hasta que llegue esa oportunidad, invento nuevas excusas para probar sus diferentes modelos: el de resortes bicónicos de acero, el relleno de látex, el de tela termofusionada, el de cáscara de espelta, el de plumas de ganso; en fin, son tantos que ya se me complica encontrar coartadas creíbles para recostarme un rato en un Skona. Esto, sin ir más lejos, lo estoy soñando de espaldas sobre el último modelo que pusieron en exposición. Seré más preciso: es todo blanco y a medida que uno sueña, el sueño se va escribiendo a lo largo y a lo ancho. Al despertar, un extraño cuento ha quedado impreso en ese material indefinible. Ahora bien, nada es lo que parece: los clientes que llegan y se ponen a leer con inocultable curiosidad entran en un sopor que los lleva a buscar el primer Skona que encuentran para caer como álamos talados. Ese, precisamente ése, será el que compren para sus mejores pesadillas.

Acá y más allá también

“¿Quién puso la estampita sobre el piano?”, pregunta con vehemencia aunque ya sabe la respuesta. Resignado, la deja a un costado y vuelve a poner el portarretratos con una foto de su perra. Sabe que ser soltero y vivir con la madre tiene estas cosas. La anciana no desaprovecha ocasión para intentar contagiarle al hijo algo de su desbordante fe; por ejemplo: mientras él ensaya una pieza que interpretará con la Sinfónica no es extraño que encuentre intercalado el “Oratorio de los milagros” o “Réquiem para un ángel caído”, piezas clásicas en toda reunión de feligreses. O esa molesta costumbre de interrumpir el almuerzo o la cena para rezar una oración. A disgusto, Rolando tiene que dejar de comer y sumársele aunque más no sea con un respetuoso silencio. Tampoco falta el golpe de efecto de encontrarse todas las noches en su mesa de luz con una gastada Biblia de tapas de cuero que él, con entrenado tacto, volverá a dejar sigilosamente en la habitación de su madre mientras duerme abrazada al rosario de la abuela. Aunque a veces le gustaría mirarla a los ojos y decirle que nada de eso tiene sentido, que la vida termina y ya, que no hay nadie esperándonos del otro lado, vuelve a caer en la cuenta de que es tarde, muy tarde. Ella es apenas un fantasma, un leal fantasma que le recuerda cada día que una madre siempre está más allá.

Segurísimo

No me acuerdo su apellido, pero segurísimo que se llamaba Aníbal. Lo sé porque cuando me lo presentaron pensé para mí “se llama igual que mi hermano; imposible que me olvide su nombre”. Los años, unos veinte tal vez, pasaron y nunca más supe de él. Hoy, de pura casualidad, me encuentro con su ex mujer y vuelvo a acordarme de Aníbal. No me animo a preguntarle cómo está él o qué es de su vida. Desconozco si terminaron en buenos o malos términos; temo que me responda “no sabés, Aníbal murió hace dos años, una enfermedad fulminante, no pudimos hacer nada”. Evito entonces la pregunta incómoda y a cambio la invito a tomar un café. No sabría explicar cómo, qué dije o hice, pero a las dos horas estábamos en su cama. En el momento menos oportuno, podrán imaginarse, estábamos llegando al clímax y a la par que ella lanzaba un aaaaaaaaahhhhhhhhhh largo y sostenido, se me sale casi en un grito un aaaaaaaaa…¡níbal Olaver! La puta madre, ¿justo ahí tenía que responderme la duda que me había rondado desde que me encontré con Serena? Ella abrió los ojos como un dos de oro y con un odio indisimulable en la voz me preguntó: “¿Me estás cargando, imbécil?”. Si le decía que no, no me hubiera creído. Opté por mentirle. “Lo vi, estoy seguro que lo vi en el espejo y me hacía así con la mano (un tajo en el cuello)”. Debo decir que lo tomó mejor de lo que esperaba. “Siempre me hace lo mismo. Cada vez que me traigo un tipo, se aparece en el espejo y lo amenaza. No le des bola”. Le hice caso. Sin mirar hacia donde estaba Aníbal, me vestí a desgano y cuando Serena intentó preguntarme mi nombre le tapé la boca con un beso. Otro día tal vez se lo diga, mientras tanto prefiero que me recuerde sólo por mi apellido.

Madera oriental

Una japonesa abre la puerta. Es una foto en el diario, pero ¿quién podría afirmar que no hay vida en las fotos? No faltará quien me diga que no hay nadie esperándola, que está llegando a su casa después de un día tremendo en el hospital. Digo hospital porque para mí ella es enfermera, aunque también podría ser cirujana (manos finas, uñas muy cuidadas). Como no hay pruebas ni señales de que efectivamente alguien la esté esperando, ya estoy allí sentado, con la mesa preparada, su comida preferida y un sahumerio de madera oriental para armonizar el encuentro. Comprenderán, no quiero ser descortés, pero es hora de ir cerrándoles la puerta.

La chispa de mamá

Sabíamos que algún día le iba a pasar. Por terca, por orgullosa. Se lo decíamos y ella como si nada. Sobrevoló tantas veces y tan peligrosamente las hornallas con su larga melena sin atar que ese día no tardó en llegar. Fue un treinta de agosto; lo recuerdo como si fuera hoy. Cocinando como siempre, se acercó lo suficiente para que el fuego ganara su cabeza con una velocidad inusitada. Nosotros recién nos dimos cuenta cuando escuchamos a mamá gritar como loca y, aunque nos pedía ayuda, no esperó que le tiráramos agua o una toalla encima; salió corriendo a la calle y no hubo vecino, rápido o no de reflejos, que pudiera hacer algo por esa mujer consumiéndose a lo bonzo. Hoy no dudamos de que se salvó de milagro y ella no deja de decir a quien quiera oírla que está viva gracias a Santa Rosa de Lima. Con mis hermanas hicimos un pacto: ya no la dejamos ni acercarse a la cocina; la menor es quien se encarga de la comida y yo de prender el calefón y el calefactor. Mamá pareciera no estar molesta por nuestras decisiones; mientras peina durante horas la peluca roja, aprovecha para fumar a escondidas sus cigarrillos apagados. Uno tras otro.

Hasta ayer

Apenas terminaron de enterrarla, se miraron y sin decir palabra volvieron al auto. En el camino, Lorenzo estuvo tentado en comentarle lo que se le cruzó por la cabeza y que antes no había notado: desde el cementerio se podía apreciar la mejor vista de la ciudad. Allá abajo, en ese pozo que los años fueron rellenando pacientemente de calles, edificios e historias poco dignas de contar, un millón y pico de personas seguían evitando alzar la mirada hacia la colina donde los huesos de alguno de los suyos había ido a parar antes o después. Genaro era uno de esos supersticiosos. Hasta ayer. Con su hermano Lorenzo alguna vez se juraron no volver a pisar jamás el tumberío, pero su madre se los había pedido encarecidamente en su lecho de muerte: "El día que llegue el turno de Negrita, entiérrenla conmigo". Cumplido el deseo materno, ahora ambas descansan en paz. Ellos, en cambio, no pueden dejar de regresar todos las noches a cavar sus propias tumbas.

Lo de Ocampo

En el jardín de las hermanas Ocampo un cactus de origen mexicano acaba de abrirse junto a la misma pared blanca donde el sol de abril se permite un exiguo descanso. Una mariposa queda atrapada, en realidad atravesada en una espina, mientras adentro de la casa departen fogosamente unos veinte escritores. Hoy, extrañamente, nadie ha salido a fumar o a respirar un poco de aire puro. En consecuencia, ninguno habrá de toparse accidentalmente con la mariposa en el cactus. La poesía, como el amor, confirma que es elusiva por naturaleza. Con la noche, los escribas parten uno a uno hacia donde la ciudad les reserva un anaquel, una copa y una cama. Todos se van, incluso el cactus. Volando.

La procesión va

Los únicos, los mínimos e indispensables movimientos, se desarrollan en el antes y el después. Estrictamente estudiados, son tan precisos y mecánicos que parecieran responder a un guión. Cada cambio de guardia conlleva algo de patriótico déjà vu; de polaroid sanmartiniana que nunca habrá de perder la huella hacia el portarretratos. Los niños miran a esos robots domesticados como se mira a Don José sobre su fiel caballo congelado. De reojo, padres, maestros y curiosos sucumben al poder simbólico de tales muñecos de carne y hueso que apenas se permiten respiran para no alterar los laureles de la solemne foto. Pero adentro de sus cabezas, los imberbes granaderos juegan, sienten, se excitan incluso (¿imaginarán sus sables en alto?). Se ven a sí mismos tomando por asalto las piernas de esa maestra jardinera o el cuello de aquella madre de veintipico y así el frío de julio milagrosamente se les va como un transporte escolar o ese periodista desdeñoso que ni mira ni toma notas. A veces, puede que sus ojos se disparen detrás del taxista que enfurecido encierra a la motito del delivery. O se cuelguen buscándole formas reconocibles al gratuito humo de los micros. Imperturbables, debajo del uniforme ellos también bailan por un sueño.

Yendo se escribe así

Un ejército cae derrotado en una batalla que, a priori, se presentaba favorable. Cuando llega la hora de recoger a los heridos, un moribundo alcanza a dejar su última palabra, tal vez dirigida a la mujer que lo espera de vuelta a casa. La palabra está a punto de llegar a destino pero al rozar las siemprevivas del hogar detona y a ella sólo la alcanzan esquirlas de un inesperado silencio. El silencio de él abrazando al de ella.

Panda del minuto

La miro dormir. Desvelado la miro dormir. Con envidia. Hambre, acaso. En esta noche de brazos abiertos ha caído como una gemela para que yo me pierda entre sus escombros más tiernos. A oscuras, la hurgo sabiendo que aún hay fuego en su centro. Luz de giro hacia un bosque que empieza y termina en el sueño que otra vez me deja afuera. En él habita el panda que trabaja un minuto por día para procurarse la miel de su ausencia. Comerla es su instinto. Hablo de mí.

Esa clase de hongos

Tuvieron muchos hijos, demasiados, sólo porque vivían a orillas del mar. Desde el vamos consideraron que esa cercanía sería la más propicia para la reproducción indiscriminada. ¿Quién en su sano juicio, argumentaban, podría sustraerse a la acompasada música de las olas, al rumor del viento cuando desova y especialmente a esa luna varada en la ventana? En clima tan inspirador concibieron a sus dieciocho versiones. No obstante, un día la cadena habría de cortarse abruptamente. Un tsunami soñado por el más pequeño de la casa los sorprendió en plena noche; a ella arriba, a él abajo, y a los chicos durmiendo o leyendo o jugando con los fantasmas de siempre. En cuestión de segundos, quedaron todos pendiendo del árbol más alto y antiguo de la costa. Y allí debieron continuar por años, camuflados entre ramas y aves cada vez más familiares. Vivieron de cazar pájaros, pescar mantarrayas y tortugas de agua, y, en no menor medida, de la caridad forzada de turistas desorientados. De a poco, los hijos se les fueron yendo: unos detrás de mujeres anzuelo, ellas detrás de capitanes de barco o marineros vírgenes y un puñado de la mano de la muerte misma. Ya solos y sin el hambre de entonces en el cuerpo, madre y padre se miraron a los ojos por primera vez. Un solo objetivo los llevó a bajar del árbol aquél: recoger esa clase de hongos con la que empezó todo.

Chau Irene

Escucho un “Chau Irene” pero no alcanzo a verle la cara a quien la despide. La voz, tenue, tal vez adolescente, sube sola al micro y parte conmigo. Trato de concentrarme para retenerla, para no distraerme con la radio del chofer o lo que conversan dos tipos que recién salen del trabajo. Desde entonces, cada mañana la voz de la que no es Irene me dice “levantate, amor” y yo me levanto con la convicción de un soldado. Desayuno solo pero siempre hablamos de todo un poco. Comentamos lo que dice el diario, lo que cada uno hará el resto del día, dónde nos gustaría ir a la noche. Una tarde cualquiera, me distraigo mirando artesanías y la voz de la que no es Irene se me pierde en la plaza y ya no hay nada que pueda hacer para impedirlo. “Chau”, es lo único que atino a decirle a sus espaldas (o a lo que imagino como ella yéndose) y cuando pienso que todos estos árboles sólo crecieron para esperar el momento en que yo decida colgarme, la Irene que no es la voz se da vuelta y me pregunta: “¿Me hablás a mí?”.

Que no, que gracias

“Es un regalo. Te juro que es un regalo. No tengás miedo, es para vos”. Y yo, que no lo conocía, que nunca recibí nada de un extraño, lo miré a los ojos para decirle que no, que gracias, pero él ya se había ido, dejando su cuerpo ahí, vacío, para que yo pusiera mi oído en su corazón aún en ritmo y al cerrar los ojos viera con los suyos eso para lo que, a falta de palabras o definición más certera, nunca dudé en llamar regalo.

Museo de la nieve

Cuando llegamos ya era demasiado tarde. Sólo quedaban charcos aquí y allá donde ahora con cierto esfuerzo llegamos a intuir un cuadro impresionista, una columna dórica, puede que una escultura románica, acaso el grabado de una mujer dormida junto al fuego. Lo que vemos, en realidad es eso que no vimos y que creemos poder reconstruir apelando a una arbitraria combinación de relato oral e imaginación. A la salida, ni ella ni yo lo decimos pero sabemos perfectamente que fue un error imperdonable haber esperado la primavera para traer a los niños.

La poca sopa

Da vueltas una, dos, veinte veces, alrededor de la lámpara hasta acercarse lo suficiente. Después, lo previsible: queda fulminada al instante. Su caída se produce tan ahí como todos podrían imaginar. El niño, otrora animalito boquiflojo, deja de comer ipso facto. Y no por asco, como cree su madre de pecho. Como activado por su propio play, se ha puesto a jugar sin importarle el grito sioux de papá. Se propone ayudar al náufrago (la ex mosca) a llegar a la costa (borde tallado del plato). Una vez rescatado, el héroe (él) espera el beso redentor de la reina voluptuosa (su prima). Jugar al salvador es algo que el gobernador Ortegoza cultiva con fervor desde entonces. El problema -nuestro, no de él- son estas demasiadas moscas para tan poca sopa. Deberíamos haberlo pensado antes.

Paritaria

Si no hay voces ni pruebas en contra, estoy en condiciones de afirmar que esta silla camina. Es todo lo que tengo para decir. Será mi palabra contra su placebo.

Todo de negro

Ir en tren era lo último que había pensado cuando recibió ese llamado. Pero ahí estaba, con un libro en las manos que no lograba decidirse a leer y mirando por la ventanilla una sucesión de árboles, vacas y casas. Lo único que logró alterar la monotonía de ese paisaje en movimiento fue un espantapájaros vestido todo de negro. Ahora, cada vez que recuerda su rostro, le vuelve aquella aterradora sensación. El ominoso muñeco tenía la cara de su padre, la misma cara que puso cuando la policía le dijo que debía llevarlo detenido. Lo acusaban de un crimen que él habría de negar hasta el día de su propia muerte. Agitado por lo que acababa de ver, corrió la cortina y sin convicción abrió el libro. Por suerte, estaba todo en blanco.

Ni mú

Grillos. Un coro griego de grillos. Sólo callan cuando alguien, dentro o fuera de la casa, grita más fuerte que ellos. Indiferente, ella pone un disco. Diferente, él enciende la licuadora. Hijo 1: grita goles en la play. Hija 2: ve dibujitos japoneses. A pura bocina, un taxi recuerda que hace rato espera y no tiene todo el día. El sodero, sin freno de mano, hace otro tanto colgado del timbre. Calladito pero harto, el silencio huye; decide atrincherarse debajo del sofá. Como de costumbre, habrá de masturbarse pensando en ese maravilloso cuadro donde ni el mar ni la gaviota dicen ni mú.